“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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El dogma de la Asunción de la Virgen

Carl Gustav Jung

La proclamación del nuevo dogma habría podido servir de ocasión para investigar sus raíces psicológicas. Para mí ha sido muy interesante observar que, entre los muchos artículos publicados , tanto por protestantes como por católicos, con motivo de la declaración del dogma, no ha habido ni uno solo, que yo sepa, que haya puesto suficientemente de relieve el motivo indudablemente poderoso de esta declaración, a saber, el movimiento popular y sus necesidades psíquicas.

En lo esencial, los autores se han contentado con eruditas consideraciones histórico-dogmáticas, que nada tienen que ver con el acontecer religioso vivo. Pero todo aquel que en los últimos decenios haya seguido con atención las apariciones tan frecuentes de María, ya haya estudiado su significado psicológico, podía saber ya qué era lo que estaba realmente ocurriendo. El hecho de que la mayoría de las veces fueran niños los que tuvieran las visiones, podía dar que pensar, pues en tales casos actúa siempre el inconsciente colectivo. Parece además que el mismo Papa tuvo diversas visiones de la madre de Dios con motivo de la declaración del dogma. Ya desde hace algún tiempo podía saberse que corría por las masas un profundo deseo de que la intercesora y mediadora ocupase por fin su puesto junto a la Santísima Trinidad y fuese recibida “en la corte celestial como reina del cielo y esposa de Dios”.

Desde hace más de mil años se daba por hecho que la madre de Dios se encontraba junto a la Trinidad; y por el Antiguo Testamento sabíamos que la Sabiduría se hallaba al lado de Dios ya antes de la creación. La teología de los reyes del antiguo Egipto nos dice que Dios puede hacerse hombre a través de una madre humana; y ya en la prehistoria se sabía que la protoesencia divina abarcaba lo masculino y lo femenino. Pero una verdad de este género no se abre paso en el tiempo hasta que no es proclamada o redescubierta solemnemente. Psicológicamente es significativo con respecto a nuestra época el que la esposa celestial se haya unido con su esposo en el año 1950. Para interpretar este acontecimiento hay que tener en cuenta naturalmente no solo los argumentos aducidos por la bula de la proclamación, sino también la prefiguración contenida en las nupcias apocalípticas del Cordero y en la anamnesis veterotestamentaria de la Sabiduría. La unión nupcial en el tálamo celestial significa la hierogamia; ésta, a su vez, es el paso previo a la encarnación, es decir, al nacimiento de aquel salvador que es considerado desde la Antigüedad como filius solis et lunae, como filius sapientiae y como correspondencia de Cristo.

Por ello, cuando en el pueblo existe el deseo de enaltecer a la madre de Dios, esta tendencia significa, si llega hasta su meta, el deseo de que nazca un salvador, un pacificador, un mediator pacem faciens inter inimicos. Aunque este salvador ha nacido ya desde siempre en el pleroma, su nacimiento en el tiempo no puede producirse si no es percibido, conocido y declarado (declaratur) por el hombre.

El motivo y el contenido del movimiento popular, que puede haber contribuido a decidir al Papa a realizar la trascendental declaratio solemnis del nuevo dogma, no es un nuevo nacimiento de Dios, sino su progresiva encarnación, que comenzó en Cristo.

Los argumentos crítico-históricos no están a la altura del dogma; más aún, estos argumentos no dan en el clavo, como tampoco dan los nada objetivos temores expresados por los arzobispos anglicanos. En primer lugar, la declaración de este dogma no modifica la concepción católica existente desde hace más de mil años; y en segundo lugar, el desconocimiento del hecho de que Dios quiere hacerse hombre eternamente y que, por ello, se encarna progresivamente en el tiempo a través del Espíritu Santo, es muy grave, y no puede significar sino que el punto de vista protestante expresado en estos temores no está a la altura de los tiempos, pues no entiende las señales de la época y no presta atención a la acción progresiva del Espíritu Santo.

El punto de vista protestante ha perdido el contacto con los poderosos procesos arquetípicos que se desarrollan en el alma del individuo y de las masas, y con aquellos símbolos (1) que están destinados a servir de compensación a la actual situación del mundo, que es verdaderamente apocalíptica. El punto de vista protestante parece haber sucumbido a un historicismo racionalista y haber perdido la capacidad de comprender al Espíritu Santo, el cual opera en lo más oculto de cada alma. Por ello, este punto de vista no puede comprender ni asentir a una revelación ulterior del drama divino.

Este estado de cosas me ha incitado a mí, un lego in theologicis, a tomar la pluma para exponer mi opinión acerca de estas oscuras cosas. Mi intento está apoyado por la experiencia psicológica que he podido recoger en mi larga vida. Yo no menosprecio la psique; por ello no creo que un acontecimiento psíquico se convierta en humo en cuanto se le aclara. El psicologismo es una manera de pensar todavía primitiva y mágica, con la que se espera poder desencantar la realidad de la psique, a la manera de los proctofantasmistas de Fausto, que dicen: “¿Pero todavía estáis ahí? No, esto es inaudito. Desapareced; ya os hemos explicado.” Sería equivocado identificar a mí con este infantil punto de vista.

Pero me han preguntado ya tantas veces si creo o no en la existencia de Dios, que estoy un poco preocupado de que se me pueda considerar, más de lo que yo mismo pienso, como un “psicologista”. Lo que la gente no ve, o no puede entender la mayoría de las veces, es que yo considero la psique como algo verdadero. Si se cree solamente en los hechos físicos, la consecuencia inevitable es pensar que el uranio mismo, o cuando menos los aparatos del laboratorio, son los que han fabricado la bomba atómica. Pero esto es tan absurdo como querer hacer responsable de ella a una psique no real.

Dios es un hecho evidentemente psíquico y no físico, es decir, es demostrable sólo psíquicamente, pero no físicamente. A la gente no le ha entrado todavía en la cabeza que la psicología de la religión se divide en dos campos que hay que mantener netamente separados: de una parte está la psicología del hombre religioso, y de otra la psicología de la religión, es decir, de los contenidos religiosos.

Son principalmente las experiencias de este último campo las que me han dado el valor para mezclarme en la discusión del problema religioso y en especial en el pro et contra del dogma de la asunción, al que, dicho sea de paso, considero como el acontecimiento religioso más importante después de la Reforma.

Para el entendimiento no psicológico este hecho es una pedra scandali: ¿cómo puede ser propuesta como creíble una afirmación no comprobada, cuál es la asunción corporal de la Virgen al cielo? Para el entendimiento psicológico, por el contrario, el método de las pruebas pontificias es totalmente claro, pues se apoya, en primer lugar, en prefiguraciones de las que no se puede prescindir sin más, y, en segundo lugar, en una tradición oral de más de mil años. Las pruebas de la presencia del fenómeno psíquico son, pues, más que suficientes. Y en este caso no tiene importancia alguna que lo que se afirme sea un hecho físicamente imposible, ya que todas las afirmaciones religiosas son imposibilidades físicas. Si no lo fuesen, deberían ser tratadas, como ya hemos dicho, por la ciencia natural.

Mas las afirmaciones religiosas se refieren todas a la realidad del alma, y no a la physis. Lo que inquieta antes que nada al punto de vista protestante es la infinita aproximación de la deípara a la divinidad, y el hecho de que con esto se ponga en peligro la supremacía de Cristo, a la que el protestantismo se aferra sin tener en cuenta que la misma himnología protestante está llena de alusiones al “esposo divino”, quien ahora, de repente, se encuentra con que no tiene una esposa de su misma categoría. ¿O es que acaso, psicologísticamente, el “esposo” no era entendido más que como una metáfora?

Las consecuencias de la declaración pontificia no pueden escamotearse, y hacen que el punto de vista protestante quede abandonado al odium de una simple religión de varones, que no conoce ninguna representación de la mujer, algo semejante al mitraísmo, al que este prejuicio acarreó muchas desventajas. Es claro que el protestantismo no ha prestado atención suficiente a las señales de la época, las cuales apuntan hacia la igualdad de derechos de la mujer. Esta igualdad de derechos tiende a alcanzar una fundamentación metafísica en la figura de la “mujer divina”, de la esposa de Cristo.

Lo mismo que la persona de Cristo no puede ser sustituida  por una organización, tampoco la esposa de Cristo puede ser sustituida por la Iglesia. Lo femenino exige tener una representación tan personal como lo masculino.

Pero, según la opinión dogmática, la proclamación del dogma de la asunción de María no le ha dado el status de una diosa, aunque, como señora del cielo -en contraposición a Satán, príncipe del ámbito aéreo sublunar- y mediadora con Cristo, tiene funcionalmente los mismos derechos que el rey y el mediador, Cristo. Pero en todo caso su posición basta para satisfacer las necesidades del arquetipo.

El nuevo dogma significa la esperanza renovada de que se cumpla la nostalgia, que mueve lo más profundo del alma, de una paz y de un equilibrio de los contrarios, que se encuentran en una tensión peligrosa. Todos participamos de esta tensión y todos la vivimos en la forma individual de la inquietud propia, y esto tanto más cuanto menos se ve la posibilidad de acabar con ella por medios racionales.

Por ello no es de extrañar que, en la profundidad del inconsciente colectivo y al mismo tiempo en las masas, surja la esperanza, más aún, la espera de una intervención divina. La declaración pontificia ha venido a dar expresión consoladora a este deseo. ¿Cómo ha podido suceder que el punto de vista protestante no lo haya visto? Esta falta de comprensión sólo puede explicarse diciendo que los símbolos dogmáticos y las alegorías hermenéuticas han perdido su sentido para el racionalismo protestante. Esto mismo puede decirse, en cierta medida, de la oposición que existe también dentro de la Iglesia católica contra el nuevo dogma o contra la elevación a dogma de lo que hasta ahora había sido una simple doctrina.

Pero, en todo caso, un cierto racionalismo le cuadra mejor al protestantismo que al catolicismo. Este último deja campo libre al proceso secular del símbolo arquetípico y le hace triunfar en su forma originaria, sin tener en cuenta las dificultades de su intelección ni las objeciones críticas. La Iglesia católica muestra así su carácter maternal, al permitir que el árbol que nace de su propio seno se desarrolle según sus leyes propias. Por el contrario, el protestantismo, sujeto a un espíritu paternal, no solamente surgió de una disputa con el espíritu mundano del tiempo, sino que prosigue esa disputa con las corrientes espirituales de cada época, pues el pneuma, de acuerdo con su originaria naturaleza aérea, es dúctil y se encuentra siempre en una corriente viva, comparable unas veces al agua y otras veces al fuego. El pneuma puede alejarse de su lugar originario, puede extraviarse y perderse, cuando es violentado en demasía por el espíritu del tiempo. Para cumplir su misión, el espíritu protestante tiene que ser inquieto y a veces incómodo; tiene que ser revolucionario, para asegurar así a la tradición la capacidad de ejercer influencia sobre las transformaciones de las intuiciones mundanas. Las sacudidas que el espíritu protestante sufre en esta discusión con el espíritu del tiempo, transforman y vitalizan a su vez la tradición, la cual, en su proceso lento y secular, llegaría finalmente a una rigidez total, y con ello a la ineficacia. La pura crítica y la oposición contra ciertos procesos del cristianismo católico no le permitirán al protestantismo más que llevar una vida miserable, si no recapacita -acordándose de que la cristiandad está en dos campamentos separados, o mejor, dichos está formada por una desunida pareja de hermanos-, en que, junto a la defensa de su propia existencia, tiene que reconocer también la justificación de la existencia del catolicismo. A un hermano que por motivos teológicos quisiera cortar a su hermana mayor el hilo de la vida habría que calificarle con razón de inhumano -y esto aun prescindiendo del cristianismo-, y viceversa. Una crítica puramente negativa no es constructiva; la crítica está justificada únicamente en la medida en que es creadora. Por ello nos parece que sería provechoso que el protestantismo confesase, por ejemplo, que, si el nuevo dogma le ha producido un trauma, ha sido no solo porque este dogma ilumina dolorosamente la brecha que existe entre los dos hermanos, sino también porque dentro del cristianismo ha tenido lugar, a partir de bases existentes ya hace mucho tiempo, un proceso que aleja al cristianismo en cuanto tal del ámbito de la concepción mundana, todavía más de lo que hasta ahora lo alejaba. El protestantismo sabe -o debería saber- lo mucho que su existencia debe a la Iglesia católica. ¿Pues qué sería del protestantismo si no pudiese ya protestar y criticar? A la vista del escándalo intelectual que el nuevo dogma significa, el protestantismo debería recordar su responsabilidad crítica (“¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”) e investigar con toda seriedad las razones que, abierta o encubiertamente, han sido decisivas para la declaración del nuevo dogma. Sería bueno prescindir de fáciles sospechas, y aceptar que detrás de la declaración se oculta algo más importante que el capricho del Papa. Sería de desear que el protestantismo comprendiese que el nuevo dogma le da una nueva responsabilidad ante el espíritu mundano de la época, pues no puede desautorizar sin más ante los ojos del mundo a su para él problemática hermana. El protestantismo, si no quiere perder su propia estimación, debe ser justo con su hermana, aunque éste no le resulte simpática. El protestantismo podría lograrlo así, por ejemplo, si aprovechando esta buena ocasión, se plantease el problema de lo que significan, más allá de su concretismo textual, no sólo el nuevo dogma, sino todas las demás afirmaciones más o menos dogmáticas. Como su dogmática, caprichosa y vacilante, y su estructura eclesiástica, laxa y resquebrajada por divisiones, no le permiten al protestantismo permanecer rígido e inaccesible al espíritu del tiempo y como, además, por su responsabilidad para con el espíritu, está destinado a ocuparse del mundo y de sus pensamientos, sería bueno que, con ocasión de la entrada de la madre de Dios en el tálamo celestial, el protestantismo afrontara la tarea de realizar una nueva interpretación de las tradiciones cristianas. Puesto que se trata de verdades que están profundamente arraigadas en el alma, y de las que nadie que tenga una brizna de inteligencia puede dudar, la solución de esta tarea tiene que ser posible. Para ello se necesita libertad de espíritu, que, como sabemos, sólo está garantizada en el protestantismo. Para la orientación histórica y racionalista, la asunción significa una bofetada en el rostro, y lo seguirá significando mientras quiera seguir aferrada a los argumentos de la razón y de la historia. Nos encontramos aquí ante un caso clarísimo que pide ser entendido psicológicamente, pues el mitologema que aflora es de tal modo claro, que sería necesaria una ceguera intencionada para no ver su naturaleza simbólica o su posibilidad de ser interpretado simbólicamente.

La dogmatización de la asunción de María hace referencia a la hierogamia que tiene lugar en el pleroma; a su vez, como ya hemos indicado, esta hierogamia significa el nacimiento futuro del niño divino, el cual, conforme a la tendencia de Dios a la encarnación, elegirá al hombre empírico como lugar de su nacimiento. Este acontecimiento metafísico es conocido por la psicología del inconsciente con el nombre de proceso de individuación. En la medida en que este proceso se realiza, por lo general de manera inconsciente, como lo ha hecho siempre, tiene el mismo significado que tiene la bellota para la encina, la ternera para la vaca y el niño para el adulto. Pero si el proceso de individuación se hace consciente, la conciencia tiene que enfrentarse al inconsciente y encontrar un equilibrio entre los contrarios. Como esto no es posible lógicamente, la única solución son los símbolos, los cuales hacen posible la unión irracional de los contrarios. Los símbolos son producidos espontáneamente por el inconsciente y son amplificados por la conciencia. Los símbolos centrales de este proceso describen el Sí mismo, es decir, la totalidad del hombre, el cual se compone de lo consciente y de los contenidos del inconsciente. El Sí mismo es el hombre pleno, cuyos símbolos son el niño divino o sus sinónimos. Este proceso, que aquí hemos esquematizado sumariamente, se puede observar constantemente en el hombre moderno, o se puede estudiar en los documentos de la filosofía hermética de la Edad Media. Uno se queda asombrado del paralelismo de los símbolos cuando conoce ambas cosas: la psicología del inconsciente y la alquimia.

La diferencia entre el proceso de individuación natural que ocurre inconscientemente y el que se ha hecho conscientemente, es muy grande. En el primer caso la conciencia no interviene en absoluto. En el segundo caso, por el contrario, son tantas las tinieblas que se oponen a la luz, que, de una parte, la personalidad queda iluminada, y, de otra, la consciencia se ensancha inevitablemente y gana en amplitud de visión. El diálogo entre el inconsciente y la conciencia no sólo hace que la luz que ilumina las tinieblas sea comprendida por ellas, sino también que la luz comprenda a las tinieblas. El filius solis et lunae es tanto símbolo como posibilidad de la unión de los contrarios, es el alfa y omega del proceso de individuación, es el mediator, el intermedius. Habet mille nomina, de aquello de lo que brota causalmente el proceso de individuación y a lo que tiende, es algo inefable y sin nombre.

Sólo por medio de la psique podemos demostrar que la divinidad obra sobre nosotros; pero no podemos distinguir si estos influjos vienen de Dios o del inconsciente, es decir, no podemos determinar si la divinidad y el inconsciente son dos magnitudes distintas. Ambos son conceptos límites y significativos de contenidos trascendentales. Pero empíricamente se puede confirmar con probabilidad suficiente que en el inconsciente aparece un arquetipo de la totalidad, el cual se manifiesta espontáneamente en sueños, etc., y que existe una tendencia, independiente de la voluntad, a referir los otros arquetipos a este arquetipo central.

Por ello, parece probable que el arquetipo de la totalidad ocupe por sí mismo una cierta posición central, que le aproxima a la imagen de Dios. La semejanza es confirmada de manera especial por el hecho de que este arquetipo produce símbolos que han caracterizado y simbolizado ya desde siempre a la divinidad. Este hecho permite cierta restricción en nuestra afirmación anterior acerca de la no diferenciabilidad del concepto de Dios y de inconsciente: la imagen de Dios coincide, exactamente hablando, no con el inconsciente en cuanto tal, sino con un contenido especial de éste, con el arquetipo del Sí mismo. Pero este arquetipo ya no puede distinguirse empíricamente de la imagen de Dios. Es cierto que se pude postular arbitrariamente una diferenciación de estas dos magnitudes. Pero esto no nos sirve para nada; antes al contrario, sirve únicamente para separar al hombre de Dios, con lo cual se dificulta la encarnación de este último. Es cierto que la fe tiene razón para presentar ante los ojos del hombre la inconmensurabilidad y la inasequibilidad de Dios; pero la fe enseña también la cercanía, la inmediatez de Dios y es precisamente esta cercanía la que tiene que ser empírica, si ha de tener algún significado. Sólo conozco como real lo que opera sobre mí. Lo que no opera sobre mí puede perfectamente no existir. La indigencia religiosa tiende hacia la totalidad, y por ello se apodera de las imágenes totalitarias ofrecidas por el inconsciente, las cuales brotan de las profundidades de la naturaleza del alma con independencia de la conciencia.

Capítulo XIX del libro: “Respuesta a Job” de C. G. Jung

(1) - La repulsa del simbolismo psicológico, por parte del Papa, podría explicarse diciendo que lo que al Papa le interesa principalmente es acentuar la realidad del acontecimiento metafísico. Debido al menosprecio general que existe por la psique, todo intento de llegar a una intelección psicológica adecuada, es sospechoso de antemano de psicologismo. Naturalmente hay que proteger al dogma contra este peligro. Mas cuando la física intenta explicar la luz, nadie cree que por ello la luz vaya a desaparecer. Pero de la psicología se cree que todo lo que ella aclara, queda eo ipso entenebrecido. Naturalmente, no puedo esperar que mi especial y diferente punto de vista sea conocido por cualquier asociación competente.

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NOTA SOBRE JUNG --------------------------------------------------------------------

El ensayo que hemos presentado contiene líneas de reflexión e investigación de gran interés para un cristiano, por eso lo hemos puesto aquí. Sin embargo tenemos que poner en guardia al lector sobre la tendencia de su autor a psicologizar lo espiritual. Es este punto el más criticado y el más dudoso de la obra de Jung. Tiene este autor la tendencia a interpretar como hechos psiquicos -tanto si son de la mente individual, del subconsciente individual, como de lo que él llama el subconsciente colectivo (¿que es verdaderamente eso?...)- lo que en la tradición universal serían hechos provenientes no de un hipotético subconsciente sino en todo caso de un supraconsciente que además no es individual sino sobrehumano. Para Jung la experiencia religiosa es de naturaleza psíquica, una hierofania, dentro de la psique, de arquetipos y de potencias externas al Yo consciente pero intrapsíquicas. En el libro Psicología y religión, de 1940, considera la fe en la existencia real de seres espirituales sólo como proyección al exterior de potencias interiores de naturaleza meramente psicológica: “[...] no se puede ni siquiera sostener una doctrina de la deidad en el sentido de una existencia no psicológica”. Esto vale también para la existencia de Dios: en el ensayo Die Psychologie der unbewussten Prozesse, “La psicología de los procesos inconscientes”, de 1917, Jung definió el problema de la existencia de Dios incluso como “[...] uno de los problemas más estúpidos que se puedan plantear”.

Hay visiones, verdades y doctrinas que no son creación del ser humano sino que son previas al ser humano y están por encima de él y desde luego de su capacidad de invención... No es Dios una creación del Subconsciente del hombre, sino el hombre una creación de Dios... No son los “arquetipos” meras invenciones humanas acumuladas durante milenios en el “inconsciente colectivo” sino que, al contrario, es el ser humano (y toda la manifestación) el que es una “creación” o coagulación de los “arquetipos eternos”. En este sentido Jung invierte la doctrina tradicional y de esa manera termina por rebajar las altas doctrinas metafísicas y suprahumanas. Por otra parte Jung se apropia del termino “arquetipo” dándole un significado diferente y opuesto al significado que tiene en la doctrina platónica o cristiana. “Arquetipo” no significa lo mismo en boca de Jung o en boca de Platón o de San Agustín... Con todo algunos de sus planteamientos y comentarios pueden abrir líneas de reflexión y de investigación a todo aquel que sepa superar el sicologismo que las impregna y que sea capaz de “dar la vuelta” y ver en su verdadera dimensión estos asuntos...

La opinión de Frithjof Schuon puede ser esclarecedora de algunos aspectos: “Se ve generalmente en el junguismo, en relación con el freudismo, un paso de reconciliación hacia las espiritualidades tradicionales, pero no hay nada de eso: la única diferencia desde este punto de vista es que, si Freud se jactaba de ser un enemigo irreductible de la religión, Jung simpatiza con ella mientras la vacía de su contenido, reemplazándola por el psiquismo colectivo, luego por algo infraespiritual y, por consiguiente, antiespiritual. Hay aquí un inmenso peligro para las antiguas espiritualidades, cuyos representantes, sobre todo en Oriente, carecen demasiado a menudo de sentido crítico con respecto al espíritu moderno, y ello en virtud de un complejo de “rehabilitación”; tampoco con excesiva sorpresa, pero sí con viva inquietud, hemos recogido un eco de este tipo desde Japón, donde el equilibrio psicoanalista ha sido comparado con el satori del Zen, y no dudamos que sería fácil encontrar confusiones parecidas en la India y en otros lugares. Como quiera que sea, las confusiones de las que se trata, se ven en gran medida favorecidas por el rechazo casi universal de ver al diablo o de llamarle por su nombre, o, en otros términos, por esa especie de convicción tácita hecha de optimismo de encargo, de tolerancia, en realidad, rencorosa con la verdad, y de ajustamiento obligatorio al cientismo y a los gustos oficiales, sin olvidar la “cultura” que todo lo avala y que a nada compromete, si no es precisamente a una cómplice “neutralidad”; a esto se añade un desprecio no menos universal y casi oficial de todo lo que es, no decimos “intelectualismo”, sino verdaderamente intelectual, teñido, pues, en la mentalidad de la gente, de un matiz de “dogmatismo”, de “escolástica”, de “fanatismo” y de “prejuicio”. Todo ello concuerda perfectamente con el psicologismo de nuestro tiempo, e incluso es, en gran parte, su resultado.”

Carlo Gustav Jung, vida y obra

http://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Gustav_Jung

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