|
El día que triunfó el amor
Dora Amador
Para monseñor Agustín Román y el padre Francisco
Santana, por su entereza, su valentía y su amor a Cuba.
Que el Espíritu de Dios vive en nosotros, que fue El, no
otro, el que nos movió y mueve a este gesto grandioso de
socorrer a nuestros hermanos, todo creyente lo siente,
lo sabe. Porque esto ha sido y es asunto de fe, de
gracia, de dones, y quedará para siempre como el día en
que se inició nuestra verdadera libertad. Esa, la que
nos enseñó Jesús, la que se da adentro, en el corazón, y
nuestros corazones se han abierto, libres de odio,
colmados de generosidad.
De tantos momentos de emoción y felicidad vividos en
estos días, sólo menciono tres. Cuando antes de ir para
WQBA, La Cubanísima, el sábado por la mañana, entré al
supermercado y empecé a llenar el carrito de comida para
personas que no conocía, sólo sabía que eran cubanos y
tenían hambre. De pronto, la factura semanal se salía de
su rutina, era el pan compartido de que nos habla
Cristo. Qué fiesta saber que como yo, miles de exiliados
hacían lo mismo.
La palabra
Otro fue el domingo, cuando regresé por la tarde a la
estación y me encontré con Eva Barbas y Miriam de la
Peña, madres de Pablo Morales y Mario de la Pena, los
jóvenes pilotos de Hermanos al Rescate asesinados. Me
acerqué a ellas, las abracé y les pregunté: "¿Qué
sienten?"
"Siento que Pablito está aquí espiritualmente", me dijo
Eva. "Yo le pido a todos que recuerden que Dios no
quiere odio, quiere amor. Y que aquí, con amor se gana
la lucha".
"Nuestro Señor nos enseñó a amar al prójimo como a ti
mismo", contestó Miriam de la Peña. "La palabra de Dios
nos enseña a amar y no a odiar, y con amor todo se
puede. He estado tan ocupada en el servicio, que no he
oído las acusaciones. Confiamos en que la Iglesia
Católica lo va a entregar al pueblo cubano".
Era como un rapto, algo indescriptible, cientos de
gentes llegaban una a una a dejar sus compras, muchos
empaquetaban, marcando cada lata, cada paquete, con la
palabra "Exilio", 'Amor", y Julio
Muchos empaquetaban, marcando cada lata, cada paquete,
con la palabra 'Exilio'.
Estorino y Agustín Acosta y Roberto Rodríguez Tejera y
Amado Gil, de un lado a otro, incesantes, todos
demostrando en cada acto lo que es ética cristiana. Lo
impresionante, lo memorable es que aquella enorme
cantidad de alimentos y medicinas que se iba acumulando
provenía del pueblo.
El otro acontecimiento que vi como un símbolo de lo que
allí estaba pasando, fue la paloma blanca que se posó en
el techo de la estación. Ya yo estaba en casa,
escuchando la radio, mirando la televisión, tratando de
no perderme nada de este momento extraordinario, sin
precedentes del exilio cubano. Agustín Acosta, gerente
de WQBA, le señaló hacia arriba a Angel Zayón, del Canal
51, y le dijo con una sonrisa: es el Espíritu Santo. La
cámara giró, y en el zoom la vi yo: de una belleza
excepcional. Uno no está exento de la necesidad de
buscar signos, y los encuentra. Se me ocurrió pensar
súbitamente que su presencia rompía el ciclo maléfico
que un hombre terrible sembró hace muchos arios en su
pueblo. En lugar de amor, trajo odio y muerte, y mucha,
mucha gente puso su fe en él. Instauró una nueva
religión: el ateísmo militante, él como dios.
El Espíritu
Pero algo ha cambiado. El pueblo cubano acude a las
iglesias en busca de algo que le fue prohibido, y sin lo
cual ya sabe que no puede vivir: el Espíritu de Dios. El
marxismo lo niega, lo niega el fidelismo. ¿Será por eso
que ha durado tantos arios? ¿No es también un signo que
el alimento y la sanación la busquen también en un
templo?
Lilit, diosa de la tempestad que surgió como una leyenda
entre los judíos desterrados en Babilonia. Lili, huracán
"anómalo" que torció su rumbo en Cuba, quién sabe por
qué.
Dios mío, peña mía, refugio mío. Mi alcázar, mi
libertador.
-----
'Si hablo las lenguas de los hombres y aun de los
ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que
resuena o un platillo discordante. Y si hablo de parte
de Dios, y entiendo sus propósitos secretos, y sé todas
las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover
montañas, pero no tengo amor, no soy nada. Y si reparto
entre los pobres todo lo que poseo, y aun si entrego mi
propio cuerpo para tener de que enorgullecerme, pero no
tengo amor, de nada me sirve. Tener amor es saber
soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser
presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no
enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las
injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo
todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo. El
amor jamás dejará de existir… Tres cosas hay que son
permanentes: la fe, la esperanza y el amor; pero la más
importante de las tres es el amor'.
I Carta de/Apóstol San Pablo a los Corintios, 13;
1-13.
Octubre 20 de 2002 |