|
Dejarlo
Todo
Dora Amador
11
de junio de 1999
"Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre;
conoció mi nombre desde antes que naciera".
Isaías
 |
| Yo, a los dos años de no haber sido abortada |
Dios nos crea por amor para el amor, para que unidos a
Cristo seamos parte del proyecto del Reino de Dios. Por eso nací, pero tardé en descubrir la verdadera razón
de mi ser
Se podría decir que nací de milagro. Mis padres estaban
divorciados cuando fui concebida, y mi madre, que seguía
amando a mi padre a pesar de sus infidelidades, quiso
abortar para no tener que volver a casarse, sabía que
aquel matrimonio iba a ser de nuevo un fracaso. Ya se
habían divorciado dos veces. Pero en aquella época, y en
mi familia, era impensable que una mujer diera a luz
estando divorciada, aunque el embarazo fuera de su
propio ex esposo, por lo que, al ver que era inevitable
mi nacimiento -según supe se hizo todo lo posible porque
me abortara-, se volvieron a casar. Era el tercer
matrimonio de mis padres, y en efecto, a los dos años de
mi nacimiento, terminó en divorcio, éste ya definitivo.
Es por el conocimiento doloroso de esto, pero sobre todo
porque va en contra de la Voluntad de Dios, que soy una
defensora del movimiento antiabortista del derecho a la
vida, pero también de no juzgar a la mujer que aborta.
Hay que educar, pero sobre todo, perdonar y amar. Mi
madre fue una mujer que sufrió mucho en su matrimonio, y
por las circunstancias de su vida y la carencia de una
formación religiosa, pensó que era lo más razonable.
(Infinidad de mujeres cubanas en campos y ciudades han
abortado siempre, y siguen abortando, hoy más que nunca:
según cifras recientes, Cuba es el primer país de toda
América en índice de abortos.)
Mi familia era la típica cubana: católica por tradición,
pero no compromiso; en la sala de mi casa había un
cuadro del Sagrado Corazón -después se quitó y se colgó
uno del Che Guevara-, y un Cristo de Limpias en el
cuarto de mi abuela, que me impresionaba muchísimo de
niña, porque me decían que sangraba en Semana Santa, y
yo me lo creía. A mí me bautizaron, e hice, como la
inmensa mayoría de los niños en la -Cuba
prerrevolucionaria, la Primera Comunión, pero no íbamos
casi nunca a misa, que yo recuerde, ni practicábamos la
fe; aunque sí participábamos de las costumbres y
tradiciones católicas arraigadas en el pueblo.
Nací a las 6 de la mañana el 17 de mayo de 1948, en la
clínica Colonia Española de Pinar del Río, Cuba. Mi
madre, Zoraida Morales Ramos, tenía 30 años y era
maestra; mi padre, Pedro Amador Amador, tenía 32 y era
soldado del ejército. Cuando mis padres se divorciaron
yo tenía 2 años de edad. Nos quedamos viviendo en la
casa mi madre, mi tía abuela y madrina -a quien yo
llamaba cariñosamente "Mime"- y mi hermana, Zoraida
Amador Morales, 6 años mayor que yo. Pero a los pocos
años nos mudamos todas a casa de mi abuela. Ahí viví
hasta que salí del país con mi hermana, el 2 de abril de
1962. Yo tenia 13 años, mi hermana 19.
Alegría, juegos, primos, estudios y una casa grande y
vieja de tejas, portal de barandas y un patio lleno de
árboles de frutas y aromas es lo primero que acude a mi
mente cuando rememoro mi niñez. Me gustaba jugar en el
patio, es por eso que recuerdo bien los olores: a
jazmín, a hierbabuena, a azahares. En la noche, me
gustaba mirar desde la ventana de mi cuarto cocuyos y un
cielo estrellado inolvidable. Era una niña muy seria, me
cuentan. Pero yo no lo sentía del todo así, estaba llena
de júbilo por todo lo que me rodeaba. Me encantaba
montar bicicleta, jugar con mis primos, ir los domingos
a la matiné del cine Riesgo, uno de los solos dos cines
que habían en mi pueblo natal. Era y es la provincia más
pobre e ignorada del país. Estudiar me gustaba mucho, y
gané varias veces el codiciado "Beso de la Patria", que
era un diploma de honor a la mejor estudiante, por sus
altas calificaciones y conducta, se daba al fin de curso
en las escuelas públicas.
La expectativa del Día de Reyes, las Navidades, ¡la
Noche Buena! con tanta familia llegando a casa a toda
hora; las vacaciones de verano en la playa; los viajes
al campo, donde más de una vez monté a caballo; y
aquella certeza de un hogar, de saberse rodeada de seres
queridos, en el país de uno, en el idioma y cultura de
uno, es de lo más valioso con que cuenta mi memoria.
Todo eso fue roto de golpe al triunfo de la revolución
cubana, cuando mis padres decidieron sacarnos a mi
hermana y a mí de Cuba. Se había propagado por el país
la sospecha de que el gobierno comunista enviaría a los
niños a estudiar a Rusia, por lo que comenzó un éxodo
masivo de niños que eran enviados por sus padres solos a
Estados Unidos a través de la Iglesia Católica. Mi caso
no es exactamente así, porque ya mi padre había
abandonado el país y fue él quien nos reclamó, por lo
que no tuve que ir a vivir a ningún albergue infantil,
pero la experiencia de desarraigo y desolación fue muy
similar a la de esos 15,000 niños que vivieron esa
experiencia, hoy se conocen como los niños de la
Operación Pedro Pan. Fue una época difícil que marcó mi
vida.
Mi padre se había ido para Miami en 1960. Desde 1950
vivía en La Habana, donde se había vuelto a casar e hizo
dinero como empresario, una vez dejó el ejército. A
veces mi madre nos llevaba a la capital cubana a verlo,
y exigirle su parte de nuestra manutención, que solía
olvidar. El también nos visitaba esporádicamente en
Pinar del Río. Mi recuerdo de él es bastante lejano en
aquella época. Ella se tuvo que hacer cargo sola de
nosotras. Pero no nos faltó nunca nada, pues aunque
ganaba poco como maestra, tenía 7 hermanos, y, como
dije, vivíamos en casa de mi abuela. Aquella casona en
la calle Alameda de Pinar del Río era como el eje, el centro donde
convergía toda la familia. Mi abuela era una de esas
matriarcas memorables y queridas por todos. Cuando quedó
viuda muy joven hizo enormes sacrificios para criar a
sus hijos. Tengo tíos carpinteros y maestros. Mi abuelo
era admirado en su natal Viñales -pueblo de mis
ancestros maternos- por la calidad y belleza de los
muebles que fabricaba. Lamento nunca haberlos visto. El
murió antes de yo nacer.
Debido a que mi padre logró salir al principio de la
revolución en su yate, sin ser revisado en ningún
aeropuerto, pudo sacar suficiente dinero -aún no se
había implantado el cambio de moneda nacional decretada
por el gobierno-, y así poner negocios en Miami y Puerto
Rico. Eso hizo que cuando mi hermana y yo salimos en el
62, y fuimos a vivir a su casa con su esposa, no
conociéramos de inmediato las necesidades materiales que
experimentaban la mayoría de los exiliados. Nuestras
necesidades fueron de otra índole. Mi madrastra es una
mujer buena y educada, que me mostró cariño. No
obstante, mi experiencia de aquel año y medio en que
conviví con ellos dos no fue buena: extrañaba mucho a mi
madre, mi casa, mis amigos y primos, en fin, mi mundo,
que había quedado atrás para siempre. Para colmo mi
hermana se fue de la casa de mi padre en Miami tan
pronto pudo -era mayor de edad- rumbo a Nueva York,
donde sa casó con su actual esposo.
Gracias a Dios, mi madre pudo salir de Cuba en julio de
1963; se fue en un barco de la Cruz Roja que había
llevado medicinas de EU y regresó cargado de refugiados.
Para mí fue un día muy feliz cuando la pude volver a
ver, y me fui a vivir con ella de inmediato. Mi padre me
pidió que me quedara con él, algo que después recordé
con agradecimiento y cariño, pero me era del todo
imposible. Mi corazón estaba al lado de mi madre.
Como toda familia exiliada en esa época, comenzamos
ambas el peregrinaje de todos los refugiados en busca de
afincamos. Era la época más difícil del exilio en busca
de trabajo, medios de subsistencia, entorno apropiado.
Entonces conocí los trabajos que estaban pasando en
Miami y otros lugares los cubanos: el gobierno nos daba
comida, y ropa, etc. Pero no se conseguía trabajo, así
que después de vivir unos meses en Miami, donde iba
llegando más familia mía, mi madre y yo vinimos para
Ponce, Puerto Rico a finales de 1963, donde había gente
conocida, también recién llegada. Aquí empecé a estudiar
en la Academia Santa María, con las monjas josefinas.
Fue la etapa más maravillosa y querida de todo ese
período de mi adolescencia -tenía 14 y 15 años-. Por
primera vez consideré entrar en la vida religiosa siendo
estudiante ahí. Disfrutaba los estudios, las compañeras
de clase, la vida en general, y Puerto Rico se me empezó
a hacer entrañable. Las religiosas ejercieron una
importante influencia, y comencé a hacer apostolado
visitando un hospital los domingos para rezar con los
enfermos. Pero una vez más tuve que abandonar la escuela
y el país, esta vez para irnos a Nueva York , a vivir
con mi hermana.
Allá fue desastrosa la experiencia; mi madre tuvo que
empezar a trabajar en una fábrica, sin saber inglés, sin
adaptarse al frío ni los trenes subterráneos
neoyorquinos; yo empecé a ser una adolescente rebelde, y
apenas quería estudiar. Dejar la escuela de Ponce, donde
me había empezado a sentir feliz después de casi 2 años
de separación familiar y constantes mudadas me resultó
doloroso. Pero en aquellos momentos no lo veía claro. Mi
disgusto se manifestó dejando la Escuela Superior.
Gracias a Dios pudimos regresar a Puerto Rico en 1966,
donde mi madre retomó su profesión de maestra en el
programa Head Start, y ahí estuvo hasta su retiro en
1981, ya ocupando el cargo de directora, muy satisfecha,
porque amaba los niños, sobre todo si eran pobres. Por
mi parte, una vez llegué a San Juan -ya no volvimos a
Ponce- empecé a trabajar para ayudarla en los gastos de
la casa como oficinista de contabilidad en una empresa
petrolera. En esos días tomé el examen de equivalencia
de Escuela Superior que ofrecía el Departamento de
Educación de P.R.
En esa empresa, la Gulf Petroleum, trabajé 7 años. Pero
no me gustaba la contabilidad, y quería hacerme de una
carrera, y comencé a estudiar de noche en la Universidad
de Puerto Rico en la facultad de Humanidades. Fue una
etapa muy hermosa. Trabajaba hasta las 5 de la tarde, y
tenía que estar a las 7 p.m. en mi primera clase; salía
de la universidad a las 10 de la noche. Apenas tenía
tiempo para nada, como no fueran los estudios en mis
horas libres, tarde en la noche y los fines de semana.
La literatura me atraía poderosamente -desde adolescente
solía leer mucho-, y ahora que me hallaba cursando
estudios, pues empezaba a ver colmado mi deseo de
estudiar Letras y en general las disciplinas de las
Humanidades. Gané una matrícula de honor, en la que no
me costaban los estudios, y mi madre me alentó para que
dejara el trabajo y así poder dedicarme a estudiar de
día a tiempo completo en la universidad y terminar la
carrera. Fue un gesto inmenso de su parte, pues no
ganaba tanto, pero así y todo se hizo cargo ella sola de
los gastos de la casa. Me gradué Magna Cum Laude en
Artes con especialidad en Literatura. Hoy lamento un
poco no haber terminado el doctorado. Ya había cursado
todos los créditos y el examen de grado de Maestría en
Literatura Comparada requeridos, pero estaba algo
cansada de lo académico, quería trabajar, además, para
esa época mi madre y mi padrastro -Manolo Sotolongo, con
quien se casó en 1975- se retiraron y quisieron mudarse
para Miami, y nos fuimos. Era el año 1981.En total había
vivido casi 20 años en Puerto Rico.
En Miami comencé a trabajar como redactora en Editorial
América, un conglomerado de revistas femeninas
-Vanidades, Buenhogar, Cosmopolitan, etc.-; ahí estuve
unos 4 años, pero me disgustaba el contenido tonto de
esas publicaciones dirigidas a las mujeres, y no quería
ser ya parte de la maquinaria que perpetúa la ignorancia
de la mujer ni su estereotipo superficial y degradante,
ése que proyectan las llamadas revistas femeninas. Por
tanto busqué adentrarme de lleno en el mundo
periodístico, que consideraba serio y muy necesario como
medio de información y denuncia.
Y así fue como en 1985 comencé a trabajar como redactora
de noticias
del Canal 23, y después como guionista y productora de
documentales de ése y el Canal 51. En ambos estuve
empleada 5 años. Ahí filmé programas especiales sobre la
inmigración hispana en EU; los marginados, deambulantes
y enfermos de sida, ancianos y niños abandonados de
Miami; la guerra de Nicaragua, y la amenaza de
deportación de los centroamericanos; uno sobre el 25
aniversario de la crisis de los misiles nucleares en
Cuba y dos sobre el exilio cubano. Pero aunque el
National Academy of Television Arts and Sciencies me
otorgó 4 premios Emmy por mis documentales, pronto la
gerencia cubana local del canal, interesada sólo en
publicidad y ratings, me exigió un tipo de programa más
comercial, menos "serio", porque a la audiencia había
que "entretenerla", "divertirla" en lugar de ponerla a
pensar o presentar temas "polémicos", por lo que
renuncié al trabajo. Y fue así cómo en 1989 dejé la
televisión, y acepté una oferta de El Nuevo Herald, el
diario hispano de más circulación en Estados Unidos. Y
sobre todo importante para mí, porque es el único
periódico cubano de credibilidad y prestigio donde se
ejercía la libertad de prensa.
Grande fue mi emoción cuando me vi convertida en editora
y reportera del diario, y a los dos años promovida al
puesto de columnista, sin censura. En total, trabajé en
el diario 9 intensos años. Aunque lo que más me interesó
tratar en el periódico fue el tema de Cuba y los
cubanos, me adentré mucho en asuntos que consideraba de
igual urgencia: la lucha antiarmamentista internacional,
la denuncia de injusticias sociales en Estados Unidos,
como son los servicios médicos; las leyes laborales; el
racismo, y la creciente política neoliberal
norteamericana; la defensa de los derechos civiles,
principalmente de minorías excluidas; temas feministas,
de ecología, etc. Gané el premio de la
Asociación Nacional de Periodistas Hispanos de Estados
Unidos por un reportaje, me hice conocida y llegué a
ganar muy buen salario, pero todo se iba transformando
ante mis ojos: la competencia, la envidia y el cinismo
en los medios, la discriminación como mujer que
experimenté, pero sobre todo mi creciente decepción con
el mundo que me rodeaba y el que develaba la prensa, me
hicieron ver la verdad sobre el mundo y sobre mí misma.
El Señor, que me conocía mejor que yo, me había estado
preparando el camino para cuando llegara Su hora. Y
llegó.
Desde hacía años había empezado a sentir una necesidad
muy grande de buscar a Dios. Me sentía infeliz, como si
un gran vacío se hubiera apoderado de mí. Comencé a ver
un sinsentido creciente en mi vida, la vida de los
otros, y el mundo que me rodeaba. El matrimonio no me
interesó nunca. Y aunque mi familia - mi madre, mi
hermana, mi padrastro, tíos y primos- compartía con
relativa frecuencia, y éramos más o menos felices en el
exilio (tengo más familia en Cuba), yo me sentía sin
razón de ser, sin meta ni fin.
Desde mi época de estudiante en Ponce, no había vuelto a
la iglesia, a no ser para la celebración de una boda o
un bautizo en la familia. Pero aunque no participaba en
nada religioso, desde que cumplí los 35 años, más o
menos,
comencé a visitar templos católicos cuando estaban
vados, y a sentarme un rato allí para orar. Orar
a mi manera, que a veces no era nada, sólo estar
en aquel
silencio y aquella paz que siempre encontraba. Por otro
lado, retomé la lectura de una Biblia de Jerusalén que
había tenido guardada desde mi época de estudiante de
Literatura. Ahora la leía desde otra óptica, que no era
literaria. Una fe grande iba surgiendo, producto de mis
súplicas a Dios. Yo buscaba al Señor, sin saber que El
me buscaba también a mí.
No sé por qué todo comenzó a coincidir. Pero a medida
que decrecía mi interés en el periodismo de denuncia
política y social, crecía, sin yo saber cómo, la
necesidad apremiante de escribir sobre temas de
espiritualidad, del mundo interior, la Iglesia, Dios.
Entonces pude apreciar la hostilidad que reina en la
prensa secular hacia los temas de contenido religioso y
los creyentes.
Leyendo en estos días la revista católica española Vida
Nueva (mayo de 1999), me encontré con un excelente
artículo titulado "Responsabilidad evangelizadora en la sociedad de la informática". Cito
del artículo: "Existe la convicción generalizada de que
los grandes medios de prensa de Europa y América,
impregnados de un liberalismo relativista y permisivo de
proporciones preocupantes, oscila, como dice el director
de La Croix, entre una hostilidad abierta-hacia la
Iglesia católica y los creyentes- y una indiferencia,
que rozan con frecuencia el sarcasmo y la caricatura."
Yo viví en el monstruo y le conozco bien las entrañas.
Aunque no sabría precisar el momento exacto, mi crisis
existencial coincidió con esa búsqueda intensa de Dios
de la cual hablé. Pero era una búsqueda un poco a
ciegas, que se fue haciendo luz lentamente. Cuando vine
a ver, mi vida había dado un giro radical, se había
operado en mí una profunda conversión.
Creo firmemente que la muerte súbita de mi madre en 1991
precipitó lo que ya hacía años se estaba gestando en mi
interior. Verla morir, enfrentarme con la muerte de mi
ser más querido, tuvo en mí un impacto de inmensa
magnitud. Sólo aquella pequeña Biblia que sostenía en
mis manos en el hospital durante los 21 días que duró su
agonía, y una monja que conocí allí, me ayudaron a
soportar un dolor tan profundo. Fue esa religiosa, Hija
de la Caridad, la que me llevó de nuevo a misa a los
pocos días de haber llegado al hospital. Y ya no volví a
faltar un domingo a la Eucaristía, que me iba
devolviendo a la vida.
A la muerte de mi madre, me quedé viviendo con mi
padrastro, a quien he tomado un cariño muy grande. Hoy
es para mí un ser entrañable, casi como un padre, tiene
en la actualidad 85 años. (Mi padre murió en 1969 en
Miami).
Hoy miro atrás y no puedo dejar de ver el paso de Dios
por mi vida, está tan claro, cómo me salvó en los
momentos más desesperantes de la tristeza, de la
angustia, de la pérdida de sentido; cómo me fue llevando
de la mano cuando
estaba ciega; cómo perdonó mis pecados y me aguardaba
anhelante para demostrarme su amor incondicional.
Pero necesito ahora narrar brevemente cómo fue que
sucedió esto, porque aunque ahora lo veo claro, me tomó
un tiempo descubrir su presencia sobrecogedora en mi
vida; darme cuenta, cobrar conciencia de la verdadera
vocación de mi vida. Claro que esto es sólo un intento
racional de trazar el proceso que me ha llevado a
renunciar a todo para entrar en la vida religiosa, sólo
un intento, porque el hecho me sobrepasa. La llamada es
un misterio, como lo es la respuesta apasionada, ese
"sí" incondicional que damos, y la fuerza que nos
impulsa a dejarlo todo para seguir a Jesús.
En 1994, ya integrada por completo a una vida
comunitaria de parroquia, grupos de oración y lo que
consideré mi apostolado en la prensa -la evangelización
a través de los medios- comencé a ir a retiros
espirituales. Recuerdo mi primer retiro en silencio, con
dirección espiritual, durante la Semana Santa. Fue en un
Centro Espiritual Católico en las colinas de Kentucky,
una experiencia fuerte y transformante, en donde Dios me
hablaba a través de todo, incluso la naturaleza, en
plena primavera, se me reveló como algo nuevo y
maravilloso, como nunca la había visto. Es difícil de
describir. Después hubo otros, pero fueron los
Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola que tomé
por 30 días en noviembre-diciembre de 1995, con el
jesuita peruano Ricardo Antoncich, lo que marcó el
cambio radical de mi vida. Nada se puede comparar con la
felicidad, la alegría, el gozo aquel. Había por fin
descubierto la perla de la cual nos hablan los
evangelios. A partir de ese momento ya no viví sino sólo
para buscar la forma de entregarme por completo a Dios,
de darme como una ofrenda, y glorificar su nombre por
medio de mi vida. Había hallado mi verdadera vocación.
Se intensificó entonces mi lectura de libros religiosos,
de vida de santos y santas, de espiritualidad, oración y
lo que me atrajera de todo lo religioso. Entre los
santos -canonizados o no- que más influencia han tenido
en mí, cito primero que nada a Thomas Merton. Su
influencia ha sido tal que al principio pensé entrar en
un monasterio para llevar una vida contemplativa. Fui a
retiros en un monasterio trapense y a otro benedictino,
donde pude compartir la Liturgia de las Horas con monjas
y monjes, una experiencia muy hermosa. Pero este amor
por la mística y la contemplación iban unidas a mi
atracción hacia la vida y la obra de Ignacio de Loyola.
Recuerdo que al finalizar el retiro ignaciano, Antoncich
me había hablado de la Sociedad del Sagrado Corazón como
una congregación de mujeres con espiritualidad bastante
ignaciana. Pero en aquel momento no consideré establecer
contacto con las RSCJ.
Fue una mañana temprano orando en mi cuarto, que me vino
a la mente una amiga religiosa que vive en Barcelona. Y
decidí llamarla para pedirle opinión. Me habló de las
RSCJ, y muy especialmente me recomendó la obra de
Dolores Aleixandre, y me envió dos pequeños libros de
ella, que me leí enseguida y me gustaron mucho. En esos
mismos días se hallaba de paso por Miami el padre
José Conrado Rodríguez. Conversamos, le manifesté mi
deseo de entrar en una orden religiosa, pero que sentía
un fuerte llamado a servir en Cuba, y fue él quien por
primera vez me habló de la Sociedad del Sagrado Corazón
en Cuba. Me dio el teléfono de Carmen Comella, a quien
llamé de inmediato. Es curioso cómo todo coincidía de
nuevo.
Carmen me sugirió que hiciera contacto con Ellen
Colesano, RSCJ de Miami. Lo cual hice. También llamé por
teléfono a las religiosas en Puerto Rico. Andaba
buscando cómo conocerlas más de cerca y hacer las
gestiones para entrar. Pero siempre en lo más profundo
de mí había la esperanza de que pudiera trabajar en
Cuba, vivir aquella pobreza, compartir aquel destino,
encarnarme en mi pueblo, y allí dar a conocer a Jesús.
Evangelizar. Las palabras del papa durante su visita a
la isla, la urgencia de su llamado, me llegaron muy
profundo. Cito de mi útimo artículo publicado en El
Nuevo Herald, donde hablo de mi renuncia: "El papa nos
dijo que el futuro de Cuba depende sólo de nosotros, los
cubanos; de cómo vivamos nuestra voluntad de compromiso
en la transformación de la realidad nacional. Que hay
que afrontar con fortaleza y prudencia los grandes
desafíos del momento presente, porque sólo en nuestras
manos está construir un futuro cada vez más digno y más
libre. Y la responsabilidad, dijo, forma parte de la
libertad. Y no hay verdadero compromiso responsable con
la fe cristiana y la patria sin una presencia activa y
audaz en todos los ambientes de la sociedad en los que
Cristo y la Iglesia se encarnan."
Pero mi hora de viajar a mi país no había llegado. Y
seguí visitando y compartiendo con las RSCJ de Miami. Le
pedí a Rosemary Bears, una de las religiosas de la casa
de Coconut Grove, que fuera mi directora espiritual, y
le doy gracias al Señor por aquel año en que me estuvo
acompañando, fue una gran ayuda y guía.
Finalmente pude viajar a Cuba en mayo de 1998 y conocer
a Carmen Comella. El día de Santa Magdalena Sofía Barat,
25 de mayo, lo pasé completo con las Hermanas en la
parroquia del Rosario. Día hermoso de oración,
Eucaristía y vivencia compartidas. Esta visita cambió mi
vida por completo. Recuerdo muy vivamente cuando le
hablé a Carmen de mi deseo. Y me viene a la mente
aquello de que Dios es como la fuente que sale al
encuentro del sediento. Me tomó de sorpresa su acogida
tan natural, su pregunta: "Muy bien, ¿tú quieres venir a
hacer el noviciado en Cuba?" Y mi "si', que salió rápido
y espontáneo. No sólo se me abrían las puertas, la
posibilidad real de entrar en la Sociedad del Sagrado
Corazón, se me invitaba a hacerlo en Cuba. A partir de
ese momento, no hubo mujer más feliz que yo.
Cuando regresé a Miami el 26 de mayo empecé a prepararlo
todo para mi renuncia al periódico en septiembre, fecha
en que habíamos acordado Carmen y yo que vendría para la
Provincia de Puerto Rico a convivir con las RSCJ por un
período de unos 6 meses. Y en efecto, así fue, mi última
columna en el diario la escribí, cómo olvidarlo, el 8 de
septiembre, día de la Virgen de Caridad; mi
último día en el trabajo fue el 11 de ese mes. Vine para
Puerto Rico el 20 de septiembre, un día antes del
huracán Georges.
Han pasado casi nueve meses de mi presencia en esta isla
amada. He convivido con las Hermanas en todas las
comunidades de la Provincia: Patillas, Barranquitas,
Santurce, Aguas Buenas y ahora en mi destino final antes
de ir para Cuba: Ponce, donde haré el postulantado y el
noviciado si antes no me llega la visa de Cuba. ¿No es
una coincidencia feliz que haya vuelto a Ponce,
precisamente como religiosa aquí, donde por vez primera
sentí el llamado?
A los 51 años de edad soy postulante de la Sociedad del
Sagrado Corazón, y ya no me lamento ni pregunto por qué
el Señor no me llamó antes a la vida religiosa. Acojo
con felicidad el presente, y pienso que a lo mejor yo le
estaba sirviendo de otra manera. Ahora estoy a la espera
de la visa cubana para regresar a la patria, y hacer el
noviciado allá; allá ser esa obrera de la mies
evangélica; allá entregarme sin medida a la obra de
Santa Magdalena Sofía Barat, y como un sólo corazón y
una sola alma, unida a mis hermanas, transmitir el amor
del Corazón de Jesús. Si el gobierno cubano no me
permite entrar a Cuba, aquí estaré, en Puerto Rico,
hasta que el Señor quiera, feliz también porque estoy en
sus manos, rodeada de hermanas que han sido muy
generosas y me han acogido con mucho cariño.
La Sociedad del Sagrado Corazón en Puerto Rico me ha
pedido que escriba esta autobiografía. Quisiera terminar
aclarando, una vez más, que si no soy aceptada y tengo
que regresar a la vida secular, lo haré ciertamente con
asombro y tristeza, porque mi mayor anhelo, mi deseo más
grande es vivir la vida consagrada para siempre, y creo
que para eso he sido llamada por Dios. Pero de no poder
entrar por la razón que sea, aceptaré lo que el Señor
quiera para mí, que no sé lo que será, pero este paso no
habrá sido en vano.
Que el Espíritu de Dios me dé entonces la lucidez para
discernir Su voluntad, y hacerla sin vacilar, ésa es y
será mi felicidad. Porque yo digo con San Pablo que ya
nada ni nadie me puede apartar del amor de Cristo.
|