Dejarlo Todo

Dora Amador
11 de junio de 1999

"Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre;
conoció mi nombre desde antes que naciera".

                                                  Isaías

Yo, a los dos años de no haber sido abortada

Dios nos crea por amor para el amor, para que unidos a Cristo seamos parte del proyecto del Reino de Dios. Por eso nací, pero tardé en descubrir la verdadera razón de mi ser

Se podría decir que nací de milagro. Mis padres estaban divorciados cuando fui concebida, y mi madre, que seguía amando a mi padre a pesar de sus infidelidades, quiso abortar para no tener que volver a casarse, sabía que aquel matrimonio iba a ser de nuevo un fracaso. Ya se habían divorciado dos veces. Pero en aquella época, y en mi familia, era impensable que una mujer diera a luz estando divorciada, aunque el embarazo fuera de su propio ex esposo, por lo que, al ver que era inevitable mi nacimiento -según supe se hizo todo lo posible porque me abortara-, se volvieron a casar. Era el tercer matrimonio de mis padres, y en efecto, a los dos años de mi nacimiento, terminó en divorcio, éste ya definitivo.

Es por el conocimiento doloroso de esto, pero sobre todo porque va en contra de la Voluntad de Dios, que soy una defensora del movimiento antiabortista del derecho a la vida, pero también de no juzgar a la mujer que aborta. Hay que educar, pero sobre todo, perdonar y amar. Mi madre fue una mujer que sufrió mucho en su matrimonio, y por las circunstancias de su vida y la carencia de una formación religiosa, pensó que era lo más razonable. (Infinidad de mujeres cubanas en campos y ciudades han abortado siempre, y siguen abortando, hoy más que nunca: según cifras recientes, Cuba es el primer país de toda América en índice de abortos.)

Mi familia era la típica cubana: católica por tradición, pero no compromiso; en la sala de mi casa había un cuadro del Sagrado Corazón -después se quitó y se colgó uno del Che Guevara-, y un Cristo de Limpias en el cuarto de mi abuela, que me impresionaba muchísimo de niña, porque me decían que sangraba en Semana Santa, y yo me lo creía. A mí me bautizaron, e hice, como la inmensa mayoría de los niños en la -Cuba prerrevolucionaria, la Primera Comunión, pero no íbamos casi nunca a misa, que yo recuerde, ni practicábamos la fe; aunque sí participábamos de las costumbres y tradiciones católicas arraigadas en el pueblo.

Nací a las 6 de la mañana el 17 de mayo de 1948, en la clínica Colonia Española de Pinar del Río, Cuba. Mi madre, Zoraida Morales Ramos, tenía 30 años y era maestra; mi padre, Pedro Amador Amador, tenía 32 y era soldado del ejército. Cuando mis padres se divorciaron yo tenía 2 años de edad. Nos quedamos viviendo en la casa mi madre, mi tía abuela y madrina -a quien yo llamaba cariñosamente "Mime"- y mi hermana, Zoraida Amador Morales, 6 años mayor que yo. Pero a los pocos años nos mudamos todas a casa de mi abuela. Ahí viví hasta que salí del país con mi hermana, el 2 de abril de 1962. Yo tenia 13 años, mi hermana 19.

Alegría, juegos, primos, estudios y una casa grande y vieja de tejas, portal de barandas y un patio lleno de árboles de frutas y aromas es lo primero que acude a mi mente cuando rememoro mi niñez. Me gustaba jugar en el patio, es por eso que recuerdo bien los olores: a jazmín, a hierbabuena, a azahares. En la noche, me gustaba mirar desde la ventana de mi cuarto cocuyos y un cielo estrellado inolvidable. Era una niña muy seria, me cuentan. Pero yo no lo sentía del todo así, estaba llena de júbilo por todo lo que me rodeaba. Me encantaba montar bicicleta, jugar con mis primos, ir los domingos a la matiné del cine Riesgo, uno de los solos dos cines que habían en mi pueblo natal. Era y es la provincia más pobre e ignorada del país. Estudiar me gustaba mucho, y gané varias veces el codiciado "Beso de la Patria", que era un diploma de honor a la mejor estudiante, por sus altas calificaciones y conducta, se daba al fin de curso en las escuelas públicas.

La expectativa del Día de Reyes, las Navidades, ¡la Noche Buena! con tanta familia llegando a casa a toda hora; las vacaciones de verano en la playa; los viajes al campo, donde más de una vez monté a caballo; y aquella certeza de un hogar, de saberse rodeada de seres queridos, en el país de uno, en el idioma y cultura de uno, es de lo más valioso con que cuenta mi memoria. Todo eso fue roto de golpe al triunfo de la revolución cubana, cuando mis padres decidieron sacarnos a mi hermana y a mí de Cuba. Se había propagado por el país la sospecha de que el gobierno comunista enviaría a los niños a estudiar a Rusia, por lo que comenzó un éxodo masivo de niños que eran enviados por sus padres solos a Estados Unidos a través de la Iglesia Católica. Mi caso no es exactamente así, porque ya mi padre había abandonado el país y fue él quien nos reclamó, por lo que no tuve que ir a vivir a ningún albergue infantil, pero la experiencia de desarraigo y desolación fue muy similar a la de esos 15,000 niños que vivieron esa experiencia, hoy se conocen como los niños de la Operación Pedro Pan. Fue una época difícil que marcó mi vida.

Mi padre se había ido para Miami en 1960. Desde 1950 vivía en La Habana, donde se había vuelto a casar e hizo dinero como empresario, una vez dejó el ejército. A veces mi madre nos llevaba a la capital cubana a verlo, y exigirle su parte de nuestra manutención, que solía olvidar. El también nos visitaba esporádicamente en Pinar del Río. Mi recuerdo de él es bastante lejano en aquella época. Ella se tuvo que hacer cargo sola de nosotras. Pero no nos faltó nunca nada, pues aunque ganaba poco como maestra, tenía 7 hermanos, y, como dije, vivíamos en casa de mi abuela. Aquella casona en la calle Alameda de Pinar del Río era como el eje, el centro donde convergía toda la familia. Mi abuela era una de esas matriarcas memorables y queridas por todos. Cuando quedó viuda muy joven hizo enormes sacrificios para criar a sus hijos. Tengo tíos carpinteros y maestros. Mi abuelo era admirado en su natal Viñales -pueblo de mis ancestros maternos- por la calidad y belleza de los muebles que fabricaba. Lamento nunca haberlos visto. El murió antes de yo nacer.

Debido a que mi padre logró salir al principio de la revolución en su yate, sin ser revisado en ningún aeropuerto, pudo sacar suficiente dinero -aún no se había implantado el cambio de moneda nacional decretada por el gobierno-, y así poner negocios en Miami y Puerto Rico. Eso hizo que cuando mi hermana y yo salimos en el 62, y fuimos a vivir a su casa con su esposa, no conociéramos de inmediato las necesidades materiales que experimentaban la mayoría de los exiliados. Nuestras necesidades fueron de otra índole. Mi madrastra es una mujer buena y educada, que me mostró cariño. No obstante, mi experiencia de aquel año y medio en que conviví con ellos dos no fue buena: extrañaba mucho a mi madre, mi casa, mis amigos y primos, en fin, mi mundo, que había quedado atrás para siempre. Para colmo mi hermana se fue de la casa de mi padre en Miami tan pronto pudo -era mayor de edad- rumbo a Nueva York, donde sa casó con su actual esposo.

Gracias a Dios, mi madre pudo salir de Cuba en julio de 1963; se fue en un barco de la Cruz Roja que había llevado medicinas de EU y regresó cargado de refugiados. Para mí fue un día muy feliz cuando la pude volver a ver, y me fui a vivir con ella de inmediato. Mi padre me pidió que me quedara con él, algo que después recordé con agradecimiento y cariño, pero me era del todo imposible. Mi corazón estaba al lado de mi madre.

Como toda familia exiliada en esa época, comenzamos ambas el peregrinaje de todos los refugiados en busca de afincamos. Era la época más difícil del exilio en busca de trabajo, medios de subsistencia, entorno apropiado. Entonces conocí los trabajos que estaban pasando en Miami y otros lugares los cubanos: el gobierno nos daba comida, y ropa, etc. Pero no se conseguía trabajo, así que después de vivir unos meses en Miami, donde iba llegando más familia mía, mi madre y yo vinimos para Ponce, Puerto Rico a finales de 1963, donde había gente conocida, también recién llegada. Aquí empecé a estudiar en la Academia Santa María, con las monjas josefinas. Fue la etapa más maravillosa y querida de todo ese período de mi adolescencia -tenía 14 y 15 años-. Por primera vez consideré entrar en la vida religiosa siendo estudiante ahí. Disfrutaba los estudios, las compañeras de clase, la vida en general, y Puerto Rico se me empezó a hacer entrañable. Las religiosas ejercieron una importante influencia, y comencé a hacer apostolado visitando un hospital los domingos para rezar con los enfermos. Pero una vez más tuve que abandonar la escuela y el país, esta vez para irnos a Nueva York , a vivir con mi hermana.

Allá fue desastrosa la experiencia; mi madre tuvo que empezar a trabajar en una fábrica, sin saber inglés, sin adaptarse al frío ni los trenes subterráneos neoyorquinos; yo empecé a ser una adolescente rebelde, y apenas quería estudiar. Dejar la escuela de Ponce, donde me había empezado a sentir feliz después de casi 2 años de separación familiar y constantes mudadas me resultó doloroso. Pero en aquellos momentos no lo veía claro. Mi disgusto se manifestó dejando la Escuela Superior. Gracias a Dios pudimos regresar a Puerto Rico en 1966, donde mi madre retomó su profesión de maestra en el programa Head Start, y ahí estuvo hasta su retiro en 1981, ya ocupando el cargo de directora, muy satisfecha, porque amaba los niños, sobre todo si eran pobres. Por mi parte, una vez llegué a San Juan -ya no volvimos a Ponce- empecé a trabajar para ayudarla en los gastos de la casa como oficinista de contabilidad en una empresa petrolera. En esos días tomé el examen de equivalencia de Escuela Superior que ofrecía el Departamento de Educación de P.R.

En esa empresa, la Gulf Petroleum, trabajé 7 años. Pero no me gustaba la contabilidad, y quería hacerme de una carrera, y comencé a estudiar de noche en la Universidad de Puerto Rico en la facultad de Humanidades. Fue una etapa muy hermosa. Trabajaba hasta las 5 de la tarde, y tenía que estar a las 7 p.m. en mi primera clase; salía de la universidad a las 10 de la noche. Apenas tenía tiempo para nada, como no fueran los estudios en mis horas libres, tarde en la noche y los fines de semana. La literatura me atraía poderosamente -desde adolescente solía leer mucho-, y ahora que me hallaba cursando estudios, pues empezaba a ver colmado mi deseo de estudiar Letras y en general las disciplinas de las Humanidades. Gané una matrícula de honor, en la que no me costaban los estudios, y mi madre me alentó para que dejara el trabajo y así poder dedicarme a estudiar de día a tiempo completo en la universidad y terminar la carrera. Fue un gesto inmenso de su parte, pues no ganaba tanto, pero así y todo se hizo cargo ella sola de los gastos de la casa. Me gradué Magna Cum Laude en Artes con especialidad en Literatura. Hoy lamento un poco no haber terminado el doctorado. Ya había cursado todos los créditos y el examen de grado de Maestría en Literatura Comparada requeridos, pero estaba algo cansada de lo académico, quería trabajar, además, para esa época mi madre y mi padrastro -Manolo Sotolongo, con quien se casó en 1975- se retiraron y quisieron mudarse para Miami, y nos fuimos. Era el año 1981.En total había vivido casi 20 años en Puerto Rico.

En Miami comencé a trabajar como redactora en Editorial América, un conglomerado de revistas femeninas -Vanidades, Buenhogar, Cosmopolitan, etc.-; ahí estuve unos 4 años, pero me disgustaba el contenido tonto de esas publicaciones dirigidas a las mujeres, y no quería ser ya parte de la maquinaria que perpetúa la ignorancia de la mujer ni su estereotipo superficial y degradante, ése que proyectan las llamadas revistas femeninas. Por tanto busqué adentrarme de lleno en el mundo periodístico, que consideraba serio y muy necesario como medio de información y denuncia.

Y así fue como en 1985 comencé a trabajar como redactora de noticias

del Canal 23, y después como guionista y productora de documentales de ése y el Canal 51. En ambos estuve empleada 5 años. Ahí filmé programas especiales sobre la inmigración hispana en EU; los marginados, deambulantes y enfermos de sida, ancianos y niños abandonados de Miami; la guerra de Nicaragua, y la amenaza de deportación de los centroamericanos; uno sobre el 25 aniversario de la crisis de los misiles nucleares en Cuba y dos sobre el exilio cubano. Pero aunque el National Academy of Television Arts and Sciencies me otorgó 4 premios Emmy por mis documentales, pronto la gerencia cubana local del canal, interesada sólo en publicidad y ratings, me exigió un tipo de programa más comercial, menos "serio", porque a la audiencia había que "entretenerla", "divertirla" en lugar de ponerla a pensar o presentar temas "polémicos", por lo que renuncié al trabajo. Y fue así cómo en 1989 dejé la televisión, y acepté una oferta de El Nuevo Herald, el diario hispano de más circulación en Estados Unidos. Y sobre todo importante para mí, porque es el único periódico cubano de credibilidad y prestigio donde se ejercía la libertad de prensa.

Grande fue mi emoción cuando me vi convertida en editora y reportera del diario, y a los dos años promovida al puesto de columnista, sin censura. En total, trabajé en el diario 9 intensos años. Aunque lo que más me interesó tratar en el periódico fue el tema de Cuba y los cubanos, me adentré mucho en asuntos que consideraba de igual urgencia: la lucha antiarmamentista internacional, la denuncia de injusticias sociales en Estados Unidos, como son los servicios médicos; las leyes laborales; el racismo, y la creciente política neoliberal norteamericana; la defensa de los derechos civiles, principalmente de minorías excluidas; temas feministas, de ecología, etc. Gané el premio de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos de Estados Unidos por un reportaje, me hice conocida y llegué a ganar muy buen salario, pero todo se iba transformando ante mis ojos: la competencia, la envidia y el cinismo en los medios, la discriminación como mujer que experimenté, pero sobre todo mi creciente decepción con el mundo que me rodeaba y el que develaba la prensa, me hicieron ver la verdad sobre el mundo y sobre mí misma. El Señor, que me conocía mejor que yo, me había estado preparando el camino para cuando llegara Su hora. Y llegó.

Desde hacía años había empezado a sentir una necesidad muy grande de buscar a Dios. Me sentía infeliz, como si un gran vacío se hubiera apoderado de mí. Comencé a ver un sinsentido creciente en mi vida, la vida de los otros, y el mundo que me rodeaba. El matrimonio no me interesó nunca. Y aunque mi familia - mi madre, mi hermana, mi padrastro, tíos y primos- compartía con relativa frecuencia, y éramos más o menos felices en el exilio (tengo más familia en Cuba), yo me sentía sin razón de ser, sin meta ni fin.

Desde mi época de estudiante en Ponce, no había vuelto a la iglesia, a no ser para la celebración de una boda o un bautizo en la familia. Pero aunque no participaba en nada religioso, desde que cumplí los 35 años, más o menos, comencé a visitar templos católicos cuando estaban vados, y a sentarme un rato allí para orar. Orar a mi manera, que a veces no era nada, sólo estar en aquel silencio y aquella paz que siempre encontraba. Por otro lado, retomé la lectura de una Biblia de Jerusalén que había tenido guardada desde mi época de estudiante de Literatura. Ahora la leía desde otra óptica, que no era literaria. Una fe grande iba surgiendo, producto de mis súplicas a Dios. Yo buscaba al Señor, sin saber que El me buscaba también a mí.

No sé por qué todo comenzó a coincidir. Pero a medida que decrecía mi interés en el periodismo de denuncia política y social, crecía, sin yo saber cómo, la necesidad apremiante de escribir sobre temas de espiritualidad, del mundo interior, la Iglesia, Dios. Entonces pude apreciar la hostilidad que reina en la prensa secular hacia los temas de contenido religioso y los creyentes.

Leyendo en estos días la revista católica española Vida Nueva (mayo de 1999), me encontré con un excelente artículo titulado "Responsabilidad evangelizadora en la sociedad de la informática". Cito del artículo: "Existe la convicción generalizada de que los grandes medios de prensa de Europa y América, impregnados de un liberalismo relativista y permisivo de proporciones preocupantes, oscila, como dice el director de La Croix, entre una hostilidad abierta-hacia la Iglesia católica y los creyentes- y una indiferencia, que rozan con frecuencia el sarcasmo y la caricatura."

Yo viví en el monstruo y le conozco bien las entrañas.

Aunque no sabría precisar el momento exacto, mi crisis existencial coincidió con esa búsqueda intensa de Dios de la cual hablé. Pero era una búsqueda un poco a ciegas, que se fue haciendo luz lentamente. Cuando vine a ver, mi vida había dado un giro radical, se había operado en mí una profunda conversión.

Creo firmemente que la muerte súbita de mi madre en 1991 precipitó lo que ya hacía años se estaba gestando en mi interior. Verla morir, enfrentarme con la muerte de mi ser más querido, tuvo en mí un impacto de inmensa magnitud. Sólo aquella pequeña Biblia que sostenía en mis manos en el hospital durante los 21 días que duró su agonía, y una monja que conocí allí, me ayudaron a soportar un dolor tan profundo. Fue esa religiosa, Hija de la Caridad, la que me llevó de nuevo a misa a los pocos días de haber llegado al hospital. Y ya no volví a faltar un domingo a la Eucaristía, que me iba devolviendo a la vida.

A la muerte de mi madre, me quedé viviendo con mi padrastro, a quien he tomado un cariño muy grande. Hoy es para mí un ser entrañable, casi como un padre, tiene en la actualidad 85 años. (Mi padre murió en 1969 en Miami).

Hoy miro atrás y no puedo dejar de ver el paso de Dios por mi vida, está tan claro, cómo me salvó en los momentos más desesperantes de la tristeza, de la angustia, de la pérdida de sentido; cómo me fue llevando de la mano cuando estaba ciega; cómo perdonó mis pecados y me aguardaba anhelante para demostrarme su amor incondicional.

Pero necesito ahora narrar brevemente cómo fue que sucedió esto, porque aunque ahora lo veo claro, me tomó un tiempo descubrir su presencia sobrecogedora en mi vida; darme cuenta, cobrar conciencia de la verdadera vocación de mi vida. Claro que esto es sólo un intento racional de trazar el proceso que me ha llevado a renunciar a todo para entrar en la vida religiosa, sólo un intento, porque el hecho me sobrepasa. La llamada es un misterio, como lo es la respuesta apasionada, ese "sí" incondicional que damos, y la fuerza que nos impulsa a dejarlo todo para seguir a Jesús.

En 1994, ya integrada por completo a una vida comunitaria de parroquia, grupos de oración y lo que consideré mi apostolado en la prensa -la evangelización a través de los medios- comencé a ir a retiros espirituales. Recuerdo mi primer retiro en silencio, con dirección espiritual, durante la Semana Santa. Fue en un Centro Espiritual Católico en las colinas de Kentucky, una experiencia fuerte y transformante, en donde Dios me hablaba a través de todo, incluso la naturaleza, en plena primavera, se me reveló como algo nuevo y maravilloso, como nunca la había visto. Es difícil de describir. Después hubo otros, pero fueron los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola que tomé por 30 días en noviembre-diciembre de 1995, con el jesuita peruano Ricardo Antoncich, lo que marcó el cambio radical de mi vida. Nada se puede comparar con la felicidad, la alegría, el gozo aquel. Había por fin descubierto la perla de la cual nos hablan los evangelios. A partir de ese momento ya no viví sino sólo para buscar la forma de entregarme por completo a Dios, de darme como una ofrenda, y glorificar su nombre por medio de mi vida. Había hallado mi verdadera vocación.

Se intensificó entonces mi lectura de libros religiosos, de vida de santos y santas, de espiritualidad, oración y lo que me atrajera de todo lo religioso. Entre los santos -canonizados o no- que más influencia han tenido en mí, cito primero que nada a Thomas Merton. Su influencia ha sido tal que al principio pensé entrar en un monasterio para llevar una vida contemplativa. Fui a retiros en un monasterio trapense y a otro benedictino, donde pude compartir la Liturgia de las Horas con monjas y monjes, una experiencia muy hermosa. Pero este amor por la mística y la contemplación iban unidas a mi atracción hacia la vida y la obra de Ignacio de Loyola. Recuerdo que al finalizar el retiro ignaciano, Antoncich me había hablado de la Sociedad del Sagrado Corazón como una congregación de mujeres con espiritualidad bastante ignaciana. Pero en aquel momento no consideré establecer contacto con las RSCJ.

Fue una mañana temprano orando en mi cuarto, que me vino a la mente una amiga religiosa que vive en Barcelona. Y decidí llamarla para pedirle opinión. Me habló de las RSCJ, y muy especialmente me recomendó la obra de Dolores Aleixandre, y me envió dos pequeños libros de ella, que me leí enseguida y me gustaron mucho. En esos mismos días se hallaba de paso por Miami el padre

José Conrado Rodríguez. Conversamos, le manifesté mi deseo de entrar en una orden religiosa, pero que sentía un fuerte llamado a servir en Cuba, y fue él quien por primera vez me habló de la Sociedad del Sagrado Corazón en Cuba. Me dio el teléfono de Carmen Comella, a quien llamé de inmediato. Es curioso cómo todo coincidía de nuevo.

Carmen me sugirió que hiciera contacto con Ellen Colesano, RSCJ de Miami. Lo cual hice. También llamé por teléfono a las religiosas en Puerto Rico. Andaba buscando cómo conocerlas más de cerca y hacer las gestiones para entrar. Pero siempre en lo más profundo de mí había la esperanza de que pudiera trabajar en Cuba, vivir aquella pobreza, compartir aquel destino, encarnarme en mi pueblo, y allí dar a conocer a Jesús. Evangelizar. Las palabras del papa durante su visita a la isla, la urgencia de su llamado, me llegaron muy profundo. Cito de mi útimo artículo publicado en El Nuevo Herald, donde hablo de mi renuncia: "El papa nos dijo que el futuro de Cuba depende sólo de nosotros, los cubanos; de cómo vivamos nuestra voluntad de compromiso en la transformación de la realidad nacional. Que hay que afrontar con fortaleza y prudencia los grandes desafíos del momento presente, porque sólo en nuestras manos está construir un futuro cada vez más digno y más libre. Y la responsabilidad, dijo, forma parte de la libertad. Y no hay verdadero compromiso responsable con la fe cristiana y la patria sin una presencia activa y audaz en todos los ambientes de la sociedad en los que Cristo y la Iglesia se encarnan."

Pero mi hora de viajar a mi país no había llegado. Y seguí visitando y compartiendo con las RSCJ de Miami. Le pedí a Rosemary Bears, una de las religiosas de la casa de Coconut Grove, que fuera mi directora espiritual, y le doy gracias al Señor por aquel año en que me estuvo acompañando, fue una gran ayuda y guía.

Finalmente pude viajar a Cuba en mayo de 1998 y conocer a Carmen Comella. El día de Santa Magdalena Sofía Barat, 25 de mayo, lo pasé completo con las Hermanas en la parroquia del Rosario. Día hermoso de oración, Eucaristía y vivencia compartidas. Esta visita cambió mi vida por completo. Recuerdo muy vivamente cuando le hablé a Carmen de mi deseo. Y me viene a la mente aquello de que Dios es como la fuente que sale al encuentro del sediento. Me tomó de sorpresa su acogida tan natural, su pregunta: "Muy bien, ¿tú quieres venir a hacer el noviciado en Cuba?" Y mi "si', que salió rápido y espontáneo. No sólo se me abrían las puertas, la posibilidad real de entrar en la Sociedad del Sagrado Corazón, se me invitaba a hacerlo en Cuba. A partir de ese momento, no hubo mujer más feliz que yo.

Cuando regresé a Miami el 26 de mayo empecé a prepararlo todo para mi renuncia al periódico en septiembre, fecha en que habíamos acordado Carmen y yo que vendría para la Provincia de Puerto Rico a convivir con las RSCJ por un período de unos 6 meses. Y en efecto, así fue, mi última columna en el diario la escribí, cómo olvidarlo, el 8 de septiembre, día de la Virgen de Caridad; mi último día en el trabajo fue el 11 de ese mes. Vine para Puerto Rico el 20 de septiembre, un día antes del huracán Georges.

Han pasado casi nueve meses de mi presencia en esta isla amada. He convivido con las Hermanas en todas las comunidades de la Provincia: Patillas, Barranquitas, Santurce, Aguas Buenas y ahora en mi destino final antes de ir para Cuba: Ponce, donde haré el postulantado y el noviciado si antes no me llega la visa de Cuba. ¿No es una coincidencia feliz que haya vuelto a Ponce, precisamente como religiosa aquí, donde por vez primera sentí el llamado?

A los 51 años de edad soy postulante de la Sociedad del Sagrado Corazón, y ya no me lamento ni pregunto por qué el Señor no me llamó antes a la vida religiosa. Acojo con felicidad el presente, y pienso que a lo mejor yo le estaba sirviendo de otra manera. Ahora estoy a la espera de la visa cubana para regresar a la patria, y hacer el noviciado allá; allá ser esa obrera de la mies evangélica; allá entregarme sin medida a la obra de Santa Magdalena Sofía Barat, y como un sólo corazón y una sola alma, unida a mis hermanas, transmitir el amor del Corazón de Jesús. Si el gobierno cubano no me permite entrar a Cuba, aquí estaré, en Puerto Rico, hasta que el Señor quiera, feliz también porque estoy en sus manos, rodeada de hermanas que han sido muy generosas y me han acogido con mucho cariño.

La Sociedad del Sagrado Corazón en Puerto Rico me ha pedido que escriba esta autobiografía. Quisiera terminar aclarando, una vez más, que si no soy aceptada y tengo que regresar a la vida secular, lo haré ciertamente con asombro y tristeza, porque mi mayor anhelo, mi deseo más grande es vivir la vida consagrada para siempre, y creo que para eso he sido llamada por Dios. Pero de no poder entrar por la razón que sea, aceptaré lo que el Señor quiera para mí, que no sé lo que será, pero este paso no habrá sido en vano.

Que el Espíritu de Dios me dé entonces la lucidez para discernir Su voluntad, y hacerla sin vacilar, ésa es y será mi felicidad. Porque yo digo con San Pablo que ya nada ni nadie me puede apartar del amor de Cristo.

 

 ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.