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Ciencia y conciencia del tercer milenio
Dora Amador
Toda duda ha quedado disipada: la Tierra se está
calentando peligrosamente y de no hacerse algo con
urgencia inmensas muchedumbres podrían perecer en el
próximo siglo (el próximo siglo, recordemos, empieza
dentro de cuatro años). En un evento sin precedentes
celebrado hace unos días en Roma, el Panel
Intergubernamental del Cambio Climático, una institución
integrada por científicos y representantes
gubernamentales de 120 países, hicieron público un
comunicado conjunto en el que se afirma que "el balance
de la evidencia… indica una influencia humana
discernible en el clima global".
Para sintetizar, ésta es la realidad inminente que
producirá el efecto invernadero: unos 100 millones de
personas desaparecerán por el aumento del nivel del mar
y las inundaciones, que barrerían poblaciones completas.
Además, el panel confirmó que, efectivamente, ha
aumentado el número y la variedad de enfermedades
tropicales que amenazan a la humanidad. La decisión de
detener la fabricación y uso de agentes químicos y toda
actividad que contribuya a este letal calentamiento
global está en manos de los gobernantes del mundo.
¿Actuarán a tiempo de evitar la catástrofe o seguirán
evadiendo la evidencia?
El lunes 1ro. de enero entró en efecto el tratado
internacional que prohíbe la producción de
clorofluorocarbonos, carbono tetraclorídico y cloroformo
methyl, tres de los químicos que fabrica la raza
humana y que están destruyendo la capa de ozono que
protege su planeta. En realidad, no se tiene la certeza
absoluta de que los gobiernos y los vendedores de dichos
productos cumplan el tratado y, por ende, que estemos a
tiempo de impedir el caos, que es éste: a principios de
octubre de 1995, el hueco en la capa de ozono sobre la
Antártica alcanzó los 8.1 millones de millas cuadradas
—más de dos veces el tamaño de Canadá— y se expandió a
un nivel nunca antes visto, según el informe de la
Organización Meteorológica Mundial de Naciones Unidas
(ver Nucleus, la revista del Union of Concerned
Scientists, edición de Invierno, 1995-1996).
Una cumbre antropológica
La radiación ultravioleta que penetra por el enorme
hueco en la capa de ozono va a causar serios problemas
de salud en la humanidad, y acabará con muchas plantas y
muchos animales si los países no cumplen con el tratado.
De hecho, los químicos ya lanzados a la atmósfera se
quedarán ahí por décadas, continuando así la destrucción
de la capa de ozono antes de que ésta comience a
recuperarse. Y a pesar del enorme peso de la evidencia
científica, corroborada por miles de expertos de todo el
mundo, los poderosos están siendo cada vez más
influenciados por los incrédulos y los grupos de
intereses económicos que, si duda, les favorecen el
bolsillo. El efecto más inquietante lo vemos en Estados
Unidos, uno de los principales emisores de químicos
destructores, donde el clan congresional actual está
eliminando con rapidez asombrosa las leyes de protección
ambiental. ¿No resulta más asombrosa todavía la
indiferencia de estos hombres por el futuro de la
humanidad? ¿No resulta tan preocupante como el hueco
en la capa de ozono el vacío en el corazón y
la conciencia de un número cada vez mayor de políticos y
empresarios? ¿No requiere acaso este vacío también
urgentes cumbres internacionales de antropólogos,
sociólogos, sicólogos?
El presidente de Francia, Jacques Chirac, está
recibiendo su merecido por el admirable pueblo francés.
En materia de política interior no se saldrá con la
suya: el pueblo tomó las calles en una demostración
maravillosa de responsabilidad civil que debería
inspirar a los trabajadores y estudiantes
norteamericanos, actualmente gobernados por una tribu
interesada sólo en enriquecer más a los ricos y, de
paso, enriquecerse ella mientras gobierne. El presidente
francés también está recibiendo su merecido por parte de
algunos países y mucha prensa que le ha salido al paso
por su decisión de reanudar las pruebas nucleares. El
boicot internacional a los productos franceses —vinos,
alimentos, ropa, perfumes, carros, etc.— ya está
teniendo su efecto y hay posibilidades de detener a
Chirac y compañía. Esto apunta hacia una esperanza en
relación con Francia. Pero, ¿y China, que continúa sus
pruebas nucleares? ¿E Iraq, obsesa en su fabricación de
armas bacteriológicas y químicas?
Las armas del terror
Hace unos meses se descubrieron 30 cuartos llenos de
cultivos de cólera, tuberculosis y las bacterias
causantes de la plaga medieval, almacenados en
subterráneos en el Instituto Sepp de Iraq. La compañía
suiza Chernak y la italiana Olsa vendieron a Saddam
Hussein los equipos fermentadores y los tanques
esterilizados que permiten mezclar antrax, botulismo, y
pasteurella, los agentes causantes de la plaga.
Nadie duda que Hussein utilizaría sus ojivas cargadas de
virus y bacterias en un ataque contra cualquier enemigo,
principalmente Estados Unidos; ya mató a 5,000 kurdos
con gas nervioso.
Aunque oficialmente son Gran Bretaña, Francia, China,
Rusia y Estados Unidos los poseedores de armas
nucleares, se sabe que Israel, India y Paquistán también
las tienen. También se sabe que el tráfico y venta de
uranio y otros componentes para la fabricación de estas
armas prolifera por el mundo y que poco se hace para
controlarlo. De acuerdo con Robert Wright, (Be Afraid,
Be Very Afraid, The New Republic, 1ro. de mayo de
1995) "la política actual del planeta sobre armas de
exterminación masiva puede sintetizarse de la siguiente
manera: mientras más terrible y amenazadora el arma,
menos hacemos al respecto".
Pero ha sucedido lo hasta hace poco impensable: en los
umbrales del tercer milenio algunos físicos han
comenzado a encontrar a Dios.
Frank J. Tipler, profesor de la Universidad de Tulane,
es uno de los cada vez más numerosos científicos que se
suman a finales del siglo XX a la creencia de que,
efectivamente, como cuenta el Génesis, la creación del
mundo tuvo lugar súbitamente en una especie de explosión
luminosa, que una inteligencia mayor lo rige y que hay
vida después de la muerte. "Cuando comencé mi carrera
como cosmólogo hace 20 arios era ateo. Nunca pude
imaginar que un día escribiría un libro afirmando lo que
plantea la teología judeocristiana", dice Tipler en su
reciente obra Física de la inmortalidad. La
cosmología moderna, Dios y la resurrección de los
muertos, donde intenta probar con certeza matemática la
promesa de que la redención de las almas se va a
cumplir. (Ver Físico ofrece evidencia intrigante
sobre la vida eterna, Glenn McNatt, The Baltimore
Sun).
El diálogo entre teólogos y científicos
III Un día, Matthew Fox, teólogo, y Rupert Sheldrake,
científico, decidieron discutir a fondo los escritos de
Tomás de Aquino y, entre otros, Einstein. Sus
investigaciones y reflexiones posteriores los llevaron a
aunar esfuerzos para meditar sobre esa nueva cosmología
en desarrolló que reconoce el misterio de la Creación y
la presencia de Dios en él. "Tomás de Aquino dice que
hay dos resurrecciones.. La primera es cuando se
despierta en esta vida a esa realidad, la gloria y la
maravilla del descubrimiento y la gratitud por ello, que
llena el corazón", dice Fox. El libro de ambos, La
gracia natural: Dialogas: sobre ciencia y
espiritualidad, será publicado a mediados de año.
III James E. Huchingson, profesor asociado de estudios
religiosos en la Universidad Internacional de la Florida
(centro docente que merece nuestra felicitación por la
creación reciente del Departamento de Estudios
Religiosos), es uno de los estudiosos del creciente
diálogo entre teólogos y científicos que está dando a
luz a la nueva cosmología. Remito a los lectores a su
extraordinario ensayo Ciencia y religión: Dos
antagonistas históricos encuentran terreno común,
publicado en la sección: Viewpoint de The Miami Herald
el 25 de diciembre de 1994. Huchingson nos dice aquí que
tiene que haber un poder ordenador, una inteligencia
universal que hizo y hace posible la vida en la Tierra.
Según él las posibilidades de que alguien se gane la,
lotería de la Florida 20 veces consecutivas son más
reales, mucho más probables, que las que
favorecen nuestra existencia en la Tierra, dado el caos
a que apuntaba el universo después del Big Bang,
si no fuera por esa fuerza misteriosa universal que lo
preparó todo e hizo posible nuestro ser.
Yo creo en esa inconmensurable conciencia mayor, la
llamo Dios, que todo lo observa, todo lo sabe y respeta
infinitamente la libertad humana.
1996 |