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Insolidaridad neoliberal
Dora Amador
Entrevista al profesor jesuita de ética Ricardo
Antoncich, donde se tratan los peligros del
neoliberalismo, la cultura de la muerte y los desmanes
de la razón.
De nuevo se encuentra en Miami el profesor peruano
Ricardo Antoncich para dictar el curso de Principios
Eticos en el Instituto Pastoral del Sureste, (SEPI),
centro católico hispano de estudios superiores afiliado
a la Universidad Barry.
Antoncich, sacerdote jesuita con quien siempre es un
privilegio y un placer conversar, es miembro de la
Comisión Justicia y Paz de Perú, teólogo residente de la
CLAR (Confederación Latinoamericana de Religiosos) y
autor de varias obras.
Como parte final del curso de ética, durante la primera
semana de marzo, el padre Antoncich tratará el tema de
la Doctrina Social de la Iglesia. El SEPI invita a todos
los interesados a asistir a estas clases que se darán
gratis.
Dora Amador:
Los pronunciamientos del Papa contra el marxismo y el
neoliberalismo donde quiera que va lo hacen una figura
profética de esta era. Pero para muchos cubanos
exiliados que han vivido la experiencia del comunismo,
una crítica al capitalismo es incomprensible.
Ricardo Antoncich:
Lo interesante es que el Papa le habla a unos y a otros,
incluso cuando está bajo sistemas ideológicos
diferentes. Juan Pablo II ha formulado hace mucho
tiempo, desde su encíclica, Centesimus Annus, su
clara posición ante el neoliberalismo, y es mucho más
matizada de lo que le han atribuido los que le han
atacado. El conoce el valor del mercado y de la empresa
libre, siempre y cuando se respete dentro de estos
mecanismos económicos la dignidad del hombre y el
bienestar de todos. Infelizmente el neoliberalismo no
logra el bienestar de todas las personas, hay muchos
excluidos.
DA:
A veces no queda más remedio que cuestionarse los
frutos de la razón, evaluarlos a la luz —o la sombra—
del sufrimiento de la inmensa mayoría de la humanidad,
regida por una ideología u otra, a fin de cuentas,
comunismo y capitalismo son dos caras de la misma moneda
materialista.
RA:
La razón humana, que ha hecho grandes progresos en la
técnica y que quiere resolver los problemas económicos
por medio del sistema de mercado libre, ha dado
resultados beneficiosos, pero ha provocado también por
un avance tecnológico descontrolado funestas
consecuencias ecológicas, que estamos palpando
actualmente con los fenómenos de El Niño. No son meros
problemas metereológicos, sino consecuencias del tipo de
producción industrial moderno y de los gases que
contaminan el ambiente, largamente advertido por los
ticos.
DA:
A propósito de la razón, estoy leyendo un libro
fascinante, "God: The Evidence", de Patrick Glynn. El
autor, un intelectual ateo converso, sintetiza
magistralmente el pensamiento de importantes científicos
actuales, médicos, cosmólogos, físicos, que demuestran
científicamente la existencia de Dios.
RA:
En efecto, la razón, que hace dos siglos dijo que Dios
había muerto, hoy descubre que está vivo. Ahora bien, el
problema no es que exista Dios y que la razón lo pueda
demostrar, sino que si existe interpela el corazón del
hombre, lo cuestiona, y si Dios es el creador de todos
los hombres, no puede estar satisfecho con el estilo de
humanidad que hemos construido, donde una cuarta parte
de la población del mundo disfruta de las tres cuartas
partes de los recursos del mundo.
DA:
Pienso en la eutanasia, el trato que se le da a los
viejos y los niños y el individualismo feroz inherente
al sistema.
RA:
La ventaja del sistema de mercado es indudable con los
bienes mercantilizables, pero no todos los bienes
humanos entran en el mercado. La vida humana en sentido
total es más rica y compleja que los valores
utilitarios. Por eso cuando el mercado, nos ha invadido
toda nuestra conciencia, pensamos que la vida en tanto
vale en cuanto es útil, de esa mentalidad el niño no
nacido o el anciano, o el enfermo terminal improductivo
no tienen valor ninguno, y el hombre se arroga el
derecho de dar o quitar la vida a esos seres, derecho
que sólo corresponde a Dios.
DA:
Sí, pero ahí el argumento es la libertad.
RC:
El valor máximo no es la libertad, sino la vida. Cuando
la vida no la entendemos como un misterio de gratuidad
que nos ha sido dada, y nos creemos los únicos dueños
exclusivos de ella para fijar términos a la vida misma,
sea la propia como la ajena, entonces la vida se
deshumaniza. La defensa de la libertad entendida como
sólo libertad de elección supone bienes a elegir y
capacidad de escoger. Hay otra libertad más radical, que
es la de expresarse como ser humano en una convivencia
solidaria, creando valores del espíritu, y de esa
libertad no se habla.
DA:
¿Qué proyecto ético nos presenta la Iglesia Católica
como opción?
RA:
Crecer en mi propia humanidad y recuperar la idea de que
Dios es Padre de todos.
1998/02/26 |