A la
intemperie, sin seguro médico
Dora Amador
Soy una de esas 14,000 personas que se quedan sin seguro
médico todos los días. Lo supe en febrero, cuando fui a
recoger unas medicinas y me dijeron en la farmacia que
tenía que pagar el precio completo porque ya no tenía
seguro. Asustada más que asombrada, llegué a casa y
llamé a Blue Cross & Blue Shield (BC&BS). Me informaron
que, en efecto, mi seguro había sido suspendido por mi
ex empleador en noviembre del 2008.
Le dije a la empleada de BC&GS con quien hablaba que yo
lo pagaría. Después de una conversación larga en la que
llenó mi solicitud, me informó que, si lo aprobaban,
pagaría alrededor de $750 mensuales. Acepté, aunque me
tuviera que privar de otras cosas necesarias, ya que mi
salario no da para el lujo de tener cobertura médica
pagada sólo por mí. La amable empleada me dijo que en
pocos días me llamaría una enfermera.
No padezco, gracias a Dios, de ninguna enfermedad, nada
de ``condición preexistente'' y ellos lo sabían: BC&BS
había sido mi aseguradora por siete años. Ellos conocen
mi historial médico: los exámenes médicos que me había
hecho en ese tiempo, que nunca estuve hospitalizada, qué
medicinas tomaba, qué médicos visitaba, etc. No tuve la
menor duda de que volvería a tener seguro en cuestión de
días.
Cuando me llamó la enfermera de BC&BS, ya mi solicitud
había pasado por las perversas manos del médico
encargado de revisarla de acuerdo a los estatutos que
usan las aseguradoras para aprobar o eliminar una
solicitud. Mi seguro médico había sido negado.
Resulta que en el 2005 --oigan esto, como dice Pánfilo--
mi doctora me había mandado a hacer un EKG de rutina y
salió algo raro, que nos sorprendió a ambas pues jamás
me había quejado de nada del corazón. Me dijo que para
estar seguras fuera a un especialista para que se me
hicieran exámenes profundos. De inmediato hice cita con
un excelente cardiólogo que trabaja en el Jim Moran
Heart and Vascular Center, del hospital Holy Cross, en
Fort Lauderdale. Uno de los mejores del país.
Era el primer estrés test que me hacían, el primer
ecocardiograma, y toda una cantidad de exámenes
carísimos con lo último en medicina nuclear. Resultado:
no padecía de enfermedad cardíaca, mi corazón y mi
circulación estaban bien, nada de qué preocuparse. Por
cierto, quedé fascinada con las imágenes en colores que
el equipo nuclear había tomado de mi corazón, me
recordaron las preciosas nebulosas que se ven del
espacio a través del telescopio Hubble.
Todos los resultados de los exámenes hechos por el
cardiólogo llegaron a BC&BS, por tanto, el EKG había
estado mal. Pero ellos ignoraron al cardiólogo y todos
los demás tests. Se empecinaron en el EKG.
Otro ``problema'' que arguyeron era que padecía de apnea
del sueño. A finales de 2008 me había quejado con la
doctora de insomnio y ella me envió a hacerme un estudio
del sueño. Cuando dormí una noche en el Holy Cross
Hospital con la cabeza llena de cables se confirmó:
pacedía de apnea leve, repito esta palabra: leve.
Adquirí la máquina que me ordenaron con la mascarita
CPAP. Ojo: no es oxígeno lo que entra por la máscara, no
lo necesito, es el mismo aire que me rodea, el problema
es que la persona con apnea puede dejar de respirar en
el sueño, la máquina te impulsa aire y respiras siempre.
No la he dejado de usar ni una sola noche.
Antes padecía de ansiedad, ya no tanto, por lo que he
suspendido unas pastillas --Celexa-- que tomé por un
tiempo. Ahora mis dos medicinas son: Simvastatin para el
colesterol y Prilosec para el reflujo estomacal. ¿Por
qué me negaron el seguro médico? ¿Por mis 61 años aunque
gozo de salud?
Me di cuenta de que no iba a poder comprar ningún seguro
bueno, ya que todas las aseguradoras se dejan llevar por
el mismo código de estatutos que le niega cobertura, por
lo que veo, a quien no sea joven y esté en perfecto
estado.
Esta semana escuché con atención al presidente Obama en
su conferencia de prensa sobre el urgente cambio que
quiere llevar a cabo en el sistema de salud del país. A
esperas estoy, para acogerme al seguro público el año
que viene. Nada, que como en Wall Street, la banca, las
aseguradoras, etc., la putrefacción ha hecho metástasis
en el alma y la conciencia de los CEO de las compañías
de seguros de salud; en los miles de médicos que reciben
dinero por recetar las nuevas y carísimas medicinas que
les piden promover las compañías farmacéuticas y por
mandar a hacer procedimientos carísimos --que los
hospitales agradecen y también recompensan-- muchas
veces innecesarios.
Julio 31, 2009 |