“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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Una iniciativa pastoral

Dora Amador
Junio 18 de 2009

El domingo se leyó otra carta del arzobispo de Miami, John C. Favalora, en todas las misas celebradas en la Arquidiócesis de Miami. Para mi sorpresa era convocando a los católicos a asistir a sus iglesias el viernes 19 de junio, Día del Sagrado Corazón de Jesús, para pasar una hora de oración ante el Santísimo Sacramento. En todas estará expuesto a partir de las 7 de la noche y en muchas, como en la mía, habrá una charla explicando el significado de la eucaristía para los católicos.

Le agradezco mucho a monseñor Favalora esta iniciativa pastoral, espiritual, no financiera para intentar remediar los inmensos problemas que aquejan a esta arquidiócesis. El nos pide que recemos principalmente por los sacerdotes, ya que el Papa Benedicto XVI inaugurará ese día el año dedicado a los sacerdotes, que coincide con el 150 aniversario de la muerte de San Jean-Marie Vianney.

Cuando salí de la misa recordé la conversación que había tenido el día antes con monseñor Agustín Román en la Ermita. Le hablé de mi preocupación sobre los cierres de parroquias y escuelas pobres, la eliminación de la Pastoral Juvenil y recortes en otros ministerios, la venta del edificio del Youth Center y los terrenos aledaños, donde está precisamente la Casa Sacerdotal en la que residen monseñor Román, monseñor Oscar Castañeda y el padre Carlos Céspedes. No me debió asombrar la paz que proyectaba en su rostro monseñor Román ante el desasosiego de tantos fieles católicos por el estado crítico de la arquidiócesis, los miles de rumores, las noticias a cuentagotas. Me comentó que a fin de cuentas no éramos una arquidiócesis pobre, y deberíamos serlo. Cierto, pensé después, a veces las diócesis se convierten, gracias a sus obispos, en algo así como una gran empresa, y ellos en sus CEO.

La postura de monseñor Román, sus piadosas justificaciones, su no hablar mal de nadie, hasta del que más lo hiere, es algo que sé desde hace muchos años, y no esperaba menos esta vez, pero yo fui a conversar con el sacerdote que para mí es un santo en medio de la cloaca humana en la que puede convertirse una institución eclesial.

Pero algo me sacudió y cambió el rumbo de mis pensamientos: fue la actitud dolida, de monseñor Román cuando salió el tema de Alberto Cutié --ineludible en estos días. ''¿Cómo puedes creer una cosa en abril y otra en mayo? ¿Dónde está la fe?'', se preguntaba en voz alta el querido pastor de este exilio. ''Cómo puede una persona hacer eso, no aparecerse en Radio Paz de un día para otro, sin avisar siquiera, y todos los empleados tratando de superar el desconcierto y la conmoción emocional de la noticia, preparando programas sin tiempo para que la estación pudiera continuar en el aire ese día?'' A monseñor Román no le preocupaba nada, su mente estaba únicamente en la súbita decisión de cambio de iglesia, de fe, de Alberto Cutié. ''No ha querido hablar conmigo'', terminó diciendo mientras miraba hacia abajo, como alguien muy herido.

La Iglesia Episcopal no cree en la transubstanciación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo. Celebra la eucaristía, pero para ellos es sólo un símbolo. Para los católicos, lo que se halla presente en el altar después de la invocación del sacerdote al Espíritu Santo para que convierta el pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo es la presencia real del Señor, que se nos da para que lo comamos y bebamos, y en él irnos transformando. ''Dichosos los llamados al banquete del Señor'', dice el sacerdote cuando llama a los fieles a la comunión.

Soy parte de la Iglesia Católica, aunque a veces critique con ira, con una lucha interior complicada, a la institución. No es la Iglesia, cuerpo de Cristo, la que me duele, sino las altas jerarquías que tanto daño pueden hacerle. Pero sé que la fe, la esperanza se fundan en lo que nos dejó dicho Jesús: ''Las fuerzas del mal no la derrotarán''. Esas fuerzas del mal suelen estar en el centro mismo del poder eclesial.

El arzobispo Favalora nos pide que recemos por los sacerdotes, lo haré por él también. El pedido de un arzobispo en desgracia --me refiero a su desgraciado arzobispado-- merece todo nuestro amoroso apoyo.

Hay algo sumamente espiritual y apremiante en acudir a nuestras parroquias el viernes y permanecer una hora ante. Áquel por cuyas heridas hemos sido sanados. No olvidemos allí rezar esa oración, especie de mantra sagrado que nos da una inmensa paz: ''Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío''. A Él le encomendamos la reconciliación de todos los cristianos de las diferentes iglesias, y una sanación profunda en la Iglesia Católica.

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