Una iniciativa pastoral
Dora Amador
Junio 18 de 2009
El domingo se leyó otra carta del
arzobispo de Miami, John C. Favalora, en todas las misas
celebradas en la Arquidiócesis de Miami. Para mi
sorpresa era convocando a los católicos a asistir a sus
iglesias el viernes 19 de junio, Día del Sagrado Corazón
de Jesús, para pasar una hora de oración ante el
Santísimo Sacramento. En todas estará expuesto a partir
de las 7 de la noche y en muchas, como en la mía, habrá
una charla explicando el significado de la eucaristía
para los católicos.
Le agradezco mucho a monseñor Favalora
esta iniciativa pastoral, espiritual, no financiera para
intentar remediar los inmensos problemas que aquejan a
esta arquidiócesis. El nos pide que recemos
principalmente por los sacerdotes, ya que el Papa
Benedicto XVI inaugurará ese día el año dedicado a los
sacerdotes, que coincide con el 150 aniversario de la
muerte de San Jean-Marie Vianney.
Cuando salí de la misa recordé la
conversación que había tenido el día antes con monseñor
Agustín Román en la Ermita. Le hablé de mi preocupación
sobre los cierres de parroquias y escuelas pobres, la
eliminación de la Pastoral Juvenil y recortes en otros
ministerios, la venta del edificio del Youth Center y
los terrenos aledaños, donde está precisamente la Casa
Sacerdotal en la que residen monseñor Román, monseñor
Oscar Castañeda y el padre Carlos Céspedes. No me debió
asombrar la paz que proyectaba en su rostro monseñor
Román ante el desasosiego de tantos fieles católicos por
el estado crítico de la arquidiócesis, los miles de
rumores, las noticias a cuentagotas. Me comentó que a
fin de cuentas no éramos una arquidiócesis pobre, y
deberíamos serlo. Cierto, pensé después, a veces las
diócesis se convierten, gracias a sus obispos, en algo
así como una gran empresa, y ellos en sus CEO.
La postura de monseñor Román, sus
piadosas justificaciones, su no hablar mal de nadie,
hasta del que más lo hiere, es algo que sé desde hace
muchos años, y no esperaba menos esta vez, pero yo fui a
conversar con el sacerdote que para mí es un santo en
medio de la cloaca humana en la que puede convertirse
una institución eclesial.
Pero algo me sacudió y cambió el rumbo de
mis pensamientos: fue la actitud dolida, de monseñor
Román cuando salió el tema de Alberto Cutié --ineludible
en estos días. ''¿Cómo puedes creer una cosa en abril y
otra en mayo? ¿Dónde está la fe?'', se preguntaba en voz
alta el querido pastor de este exilio. ''Cómo puede una
persona hacer eso, no aparecerse en Radio Paz de un día
para otro, sin avisar siquiera, y todos los empleados
tratando de superar el desconcierto y la conmoción
emocional de la noticia, preparando programas sin tiempo
para que la estación pudiera continuar en el aire ese
día?'' A monseñor Román no le preocupaba nada, su mente
estaba únicamente en la súbita decisión de cambio de
iglesia, de fe, de Alberto Cutié. ''No ha querido hablar
conmigo'', terminó diciendo mientras miraba hacia abajo,
como alguien muy herido.
La Iglesia Episcopal no cree en la
transubstanciación del pan y el vino en cuerpo y sangre
de Cristo. Celebra la eucaristía, pero para ellos es
sólo un símbolo. Para los católicos, lo que se halla
presente en el altar después de la invocación del
sacerdote al Espíritu Santo para que convierta el pan y
el vino en cuerpo y sangre de Cristo es la presencia
real del Señor, que se nos da para que lo comamos y
bebamos, y en él irnos transformando. ''Dichosos los
llamados al banquete del Señor'', dice el sacerdote
cuando llama a los fieles a la comunión.
Soy parte de la Iglesia Católica, aunque
a veces critique con ira, con una lucha interior
complicada, a la institución. No es la Iglesia, cuerpo
de Cristo, la que me duele, sino las altas jerarquías
que tanto daño pueden hacerle. Pero sé que la fe, la
esperanza se fundan en lo que nos dejó dicho Jesús:
''Las fuerzas del mal no la derrotarán''. Esas fuerzas
del mal suelen estar en el centro mismo del poder
eclesial.
El arzobispo Favalora nos pide que
recemos por los sacerdotes, lo haré por él también. El
pedido de un arzobispo en desgracia --me refiero a su
desgraciado arzobispado-- merece todo nuestro amoroso
apoyo.
Hay algo sumamente espiritual y
apremiante en acudir a nuestras parroquias el viernes y
permanecer una hora ante.
Áquel
por cuyas heridas hemos sido sanados. No olvidemos allí
rezar esa oración, especie de mantra sagrado que nos da
una inmensa paz: ''Sagrado Corazón de Jesús, en Ti
confío''. A Él le encomendamos la reconciliación de
todos los cristianos de las diferentes iglesias, y una
sanación profunda en la Iglesia Católica. |