“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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El sacerdocio y el erotismo

Dora Amador

Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las torpezas carnales que causaron la corrupción de mi alma'', dijo San Agustín en su magnífica obra Confesiones.

Cuánto quebranto por la carne anhelante, que como animal indomable habitó dentro de él, dominándolo. Cuánta congoja por haber cedido tanto al deseo. La penitencia que se impuso San Agustín, voluptuoso y santo, fue la renuncia y la condena más absoluta al sexo. En sus Confesiones, la primera gran obra que inicia el género literario de la autobiografía y uno de los textos capitales de la cristiandad, San Agustín cuenta que el momento de su conversión fue cuando, impulsado por una voz divina, leyó las cartas de San Pablo al azar para ver qué le decían. Leyó y en él se grabó para siempre un pasaje de las Cartas a los Romanos en que San Pablo condena la promiscuidad. A partir de ese momento, San Agustín, que provenía del maniqueísmo, no sólo se abstiene de tener de nuevo relaciones sexuales y lo impone como condición esencial de la entrega a la vida sacerdotal, sino que llega en su posterior concepción teológica a unir la idea del pecado original con la sexualidad humana, algo que probablemente surgió de su desordenado y torcido, pero poderoso deseo de condenar su fragilidad: la promiscuidad, la infidelidad, y por tanto, la falta de amor a su pareja, algo que está muy lejos de ser amor verdadero o la necesidad muy humana de tener sexo.

Jesús y Pablo no impusieron nunca el celibato como condición indispensable de la vida apostólica. Recordemos que San Pedro era casado, y muchas de las personas que ayudaban a San Pablo eran matrimonios. "Si alguien aspira al cargo de obispo, no hay duda de que ambiciona algo eminente. Es necesario, pues, que el obispo sea irreprochable, casado una sola vez (subrayado mío), casto, dueño de sí, de buenos modales, que acoja fácilmente en su casa y con capacidad para enseñar. No debe ser bebedor ni peleador, sino indulgente, amigo de la paz y desprendido con el dinero''. Esto le escribe San Pablo a Timo- teo en una de sus cartas (1 Tim, 3:1-3).

En el Nuevo Testamento, el celibato es presentado siempre como una opción. No así en la jerarquía de la Iglesia católica que ya en el año 306, en el Concilio de Elvira, decreta que todos los sacerdotes y obispos, casados o no, deben abstenerse de tener relaciones sexuales. Pero ni Elvira ni San Agustín pudieron impedir la urgencia de la libido. Llegaron a ser tantos los curas que se casaban o que vivían en concubinato que en el año 1139, en el Segundo Concilio de Letrán, la Iglesia declaró nulos todos los matrimonios de sacerdotes. En 1563, el Concilio de Trento impuso definitivamente la disciplina del celibato en los sacerdotes. Sin embargo, muchos han visto en esto más que una condena al sexo, un interés económico. Mantener a sacerdotes solteros sin duda cuesta mucho menos que a otros con mujer e hijos; además, algo importante en aquellos tiempos: la tierra siempre la heredaría la Iglesia, no los hijos.

Cierto, un sacerdote le dedica todo su tiempo, su energía, su ser completo a Dios, a El se entrega como centro y eje de su vida y la proclamación del evangelio. Y debería ser una opción personal, vivir al servicio de Dios y la Iglesia siendo célibe o casado. Nadie puede ser virgen consagrada/o si no quiere ser virgen. Son incontables los casos de sacerdotes que después de años, a veces muchos, de disponibilidad y amor absolutos a su vida consagrada descubren que no pueden más, para decirlo claro. Al erotismo se le domina, se logra controlar y acallar, pero nunca muere. Vive siempre dentro de nosotros, y a veces va cobrando la misma o más fuerza que nuestro deseo de castidad.

El gran pecado de San Agustín, ese gran teólogo y hombre de fe que tanto nos tiene que enseñar, no radicó en tener relaciones sexuales, sino en la desordenada promiscuidad y, sobre todo, en haber relacionado para siempre a la mujer con el pecado, la tentadora, el peligro, la impureza que todo cura debe evitar, mantener lejos, de ahí la misoginia que siguió, creció y se multiplicó en la Iglesia católica. El pecado fue grande, porque negó a Cristo, que tuvo como discípulas a mujeres, cuando resucitó se dejó ver por primera vez aquel domingo glorioso por María Magdalena, y su primera apóstol fue una mujer: la samaritana.

Jesús condena la promiscuidad, pero no el sexo, no el amor. El que quiera comprobarlo que se lea los cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. Dios es amor, y se manifiesta de muchas formas, incluso como Eros. Léase si no al profeta Oseas y el Cantar de los Cantares en el Antiguo Testamento: "Yo soy para mi amado y él es para mí / Aparta de mí tus ojos, / Porque me cautivan. / ¡Qué bella eres, qué encan- tadora, / oh, amor, en tus delicias! / Tu talle se parece a la palmera; / Tus pechos a los racimos / Vaya derecho hacia el amado / Fluyendo de mis labios. / Yo soy para mi amado / Y su deseo tiende hacia mí / Amado mío, ven, salgamos al campo / Allí te entregaré todo mi amor''.

Mayo 7, 2009

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