|
El sacerdocio y el erotismo
Dora Amador
Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las
torpezas carnales que causaron la corrupción de mi
alma'', dijo San Agustín en su magnífica obra
Confesiones.
Cuánto quebranto por la carne anhelante, que como animal
indomable habitó dentro de él, dominándolo. Cuánta
congoja por haber cedido tanto al deseo. La penitencia
que se impuso San Agustín, voluptuoso y santo, fue la
renuncia y la condena más absoluta al sexo. En sus
Confesiones, la primera gran obra que inicia el
género literario de la autobiografía y uno de los textos
capitales de la cristiandad, San Agustín cuenta que el
momento de su conversión fue cuando, impulsado por una
voz divina, leyó las cartas de San Pablo al azar para
ver qué le decían. Leyó y en él se grabó para siempre un
pasaje de las Cartas a los Romanos en que San Pablo
condena la promiscuidad. A partir de ese momento, San
Agustín, que provenía del maniqueísmo, no sólo se
abstiene de tener de nuevo relaciones sexuales y lo
impone como condición esencial de la entrega a la vida
sacerdotal, sino que llega en su posterior concepción
teológica a unir la idea del pecado original con la
sexualidad humana, algo que probablemente surgió de su
desordenado y torcido, pero poderoso deseo de condenar
su fragilidad: la promiscuidad, la infidelidad, y por
tanto, la falta de amor a su pareja, algo que está muy
lejos de ser amor verdadero o la necesidad muy humana de
tener sexo.
Jesús y Pablo no impusieron nunca el celibato como
condición indispensable de la vida apostólica.
Recordemos que San Pedro era casado, y muchas de las
personas que ayudaban a San Pablo eran matrimonios. "Si
alguien aspira al cargo de obispo, no hay duda de que
ambiciona algo eminente. Es necesario, pues, que el
obispo sea irreprochable, casado una sola vez (subrayado
mío), casto, dueño de sí, de buenos modales, que acoja
fácilmente en su casa y con capacidad para enseñar. No
debe ser bebedor ni peleador, sino indulgente, amigo de
la paz y desprendido con el dinero''. Esto le escribe
San Pablo a Timo- teo en una de sus cartas (1 Tim,
3:1-3).
En el Nuevo Testamento, el celibato es presentado
siempre como una opción. No así en la jerarquía de la
Iglesia católica que ya en el año 306, en el Concilio de
Elvira, decreta que todos los sacerdotes y obispos,
casados o no, deben abstenerse de tener relaciones
sexuales. Pero ni Elvira ni San Agustín pudieron impedir
la urgencia de la libido. Llegaron a ser tantos los
curas que se casaban o que vivían en concubinato que en
el año 1139, en el Segundo Concilio de Letrán, la
Iglesia declaró nulos todos los matrimonios de
sacerdotes. En 1563, el Concilio de Trento impuso
definitivamente la disciplina del celibato en los
sacerdotes. Sin embargo, muchos han visto en esto más
que una condena al sexo, un interés económico. Mantener
a sacerdotes solteros sin duda cuesta mucho menos que a
otros con mujer e hijos; además, algo importante en
aquellos tiempos: la tierra siempre la heredaría la
Iglesia, no los hijos.
Cierto, un sacerdote le dedica todo su tiempo, su
energía, su ser completo a Dios, a El se entrega como
centro y eje de su vida y la proclamación del evangelio.
Y debería ser una opción personal, vivir al servicio de
Dios y la Iglesia siendo célibe o casado. Nadie puede
ser virgen consagrada/o si no quiere ser virgen. Son
incontables los casos de sacerdotes que después de años,
a veces muchos, de disponibilidad y amor absolutos a su
vida consagrada descubren que no pueden más, para
decirlo claro. Al erotismo se le domina, se logra
controlar y acallar, pero nunca muere. Vive siempre
dentro de nosotros, y a veces va cobrando la misma o más
fuerza que nuestro deseo de castidad.
El gran pecado de San Agustín, ese gran teólogo y hombre
de fe que tanto nos tiene que enseñar, no radicó en
tener relaciones sexuales, sino en la desordenada
promiscuidad y, sobre todo, en haber relacionado para
siempre a la mujer con el pecado, la tentadora, el
peligro, la impureza que todo cura debe evitar, mantener
lejos, de ahí la misoginia que siguió, creció y se
multiplicó en la Iglesia católica. El pecado fue grande,
porque negó a Cristo, que tuvo como discípulas a
mujeres, cuando resucitó se dejó ver por primera vez
aquel domingo glorioso por María Magdalena, y su primera
apóstol fue una mujer: la samaritana.
Jesús condena la promiscuidad, pero no el sexo, no el
amor. El que quiera comprobarlo que se lea los cuatro
evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. Dios es amor, y
se manifiesta de muchas formas, incluso como Eros. Léase
si no al profeta Oseas y el Cantar de los Cantares en el
Antiguo Testamento: "Yo soy para mi amado y él es para
mí / Aparta de mí tus ojos, / Porque me cautivan. / ¡Qué
bella eres, qué encan- tadora, / oh, amor, en tus
delicias! / Tu talle se parece a la palmera; / Tus
pechos a los racimos / Vaya derecho hacia el amado /
Fluyendo de mis labios. / Yo soy para mi amado / Y su
deseo tiende hacia mí / Amado mío, ven, salgamos al
campo / Allí te entregaré todo mi amor''.
Mayo 7, 2009 |