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La laptop perdida
Dora Amador
Lo que voy a contar es verídico, aunque
parezca absolutamente increíble. Pocos días antes de
Semana Santa fui a la tienda Apple, en el mall de
Aventura, para corregir un problema técnico que tenía en
mi laptop. Resuelto el asunto, volví al valet parking,
muy cerca de la tienda, y le pagué al muchacho algo
avergonzada, porque me demoraba más de la cuenta, no
encontraba el monedero dentro de la cartera, que estaba
enredada con un paquete y lo que yo creía era la
computadora. Me monté en el carro y llegué a casa.
Me fui a bajar. ¿Dónde estaba mi laptop?
Comencé a buscar convencida de que estaba allí, es que
no la veía, aunque mi mente la divisaba claramente,
preciosa, siempre disponible, compañera de un lado a
otro conmigo y mi trabajo. Sin pensarlo volé hasta
Aventura. Hablé con el chico del valet parking, que se
acordaba de cuando le pagué y me fui, pero de más nada.
Hurgué en sus ojos, ¿estaría diciendo la verdad? Todos
me parecían sospechosos. Miraba de un lado a otro,
esperando verla en algún lugar abandonada. Nada.
Fui a Security y a Lost and Found, nada,
perdida para siempre. Regresé a casa devastada. Todo el
trabajo que estaba haciendo, los documentos y fotos
recientes para un libro en preparación, perdidos.
Pasaron días, como al tercero me di
cuenta de que algo mucho más grave me sucedía que la
pérdida del dichoso aparato, y era mi apego a él. ¿Me
iba a quitar la paz una laptop? Como siempre, a partir
del Domingo de Ramos le dediqué más horas diarias a la
oración, la lectura bíblica y espiritual y la meditación.
Fue como un retiro en silencio, en casa, la culminación
de una Cuaresma honda y tranquila, que se interrumpió
bruscamente por este suceso.
Ya había empezado a rehacer mi trabajo en
mi vieja iMac de 2004, pero seguía extrañando mi laptop.
¡Entonces sucedió! Como una gracia no merecida --nunca
es merecida-- me llené de júbilo en algún momento al
saber que había olvidado ya aquella máquina, me
importaba un bledo, era basura. Supe que no era casual,
casi nada lo es. ¡Qué felicidad, el desapego! ¡Qué
libertad no depender de nada ni de nadie, excepto de
Aquel a quien lo despojaron hasta de su ropa,
crucificado desnudo, escupido, sangrante de latigazos,
la burla de todos... ¡Qué inconmensurable confirmar, una
vez más, que nada te puede apartar del amor de Dios!
Ya era Jueves Santo y fuimos a la misa de
las 7 p.m. Regresamos a casa, tenía un mensaje en el
teléfono. Era de un joven que quería devolverme una
laptop que su esposa había encontrado en el mall de
Aventura. Me dio su dirección, y yo y mis amigas, llenas
de la poderosa experiencia de la Eucaristía de ese día
sagrado, partimos de inmediato para Sunny Isles como a
una aventura inesperada, que te desborda. Allá nos
estaban esperando a la entrada del edificio Gabriela
Hernández, mexicana, y su esposo, Gino Landa, venezolano.
Ella, que es estudiante, trabaja en Engraving
Sensations, un kiosco que está en el centro del mall
frente a la tienda Apple. Gino, su esposo, trabaja como
cocinero y estudia para chef en el famoso college Le
Cordon bleu. Gabriela me contó que vio la laptop encima
de una máquina ATM, que pasaban las horas y nadie la
recogía. Entonces decidió recogerla y llevarla para su
casa. Sospechaba que, si se la entregaba a alguien, no
la devolverían. Gino también fue muy honesto. ¡Una
laptop! El no tenía ninguna, y para la universidad le
venía tan bien. ¿Se quedaba con ella? ¿De quién era? La
pareja pensó y se debatió entre la tentación y la
decisión. Según me cuenta Gino le sorprendió ver varias
imágenes de Jesús que estaban en iPhoto.
Fueron a Apple y por el número de serie
supieron mi nombre y teléfono. Nos lo contaban
divertidísimos. Yo los miraba, sus gestos, sus palabras,
su juventud, su energía, sus proyectos estudiantiles y
de trabajo, su matrimonio, todo estaba lleno de una
ilusión maravillosa. Mi agradecimiento por su
generosidad es imposible de describir. Y es que en ellos
se encarnó la vivencia de lo sucedido en ese Jueves
Santo. La generosidad siempre sorprende. Y no debería.
Abrazos, mis mejores deseos para ambos,
mi prometida oración por sus estudios y su futuro, por
supuesto, una recompensa económica que no esperaban,
pero que era mínima para la grandeza de su gesto.
Fui yo la que dejó olvidada la laptop
encima de la máquina ATM cuando fui a sacar unos dólares.
¿Fui yo o fue Dios, que quiso darme de nuevo una de sus
grandes enseñanzas, recordarme lo único importante?=
30 de abril de 2009 |