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Hermana muerte
Dora Amador
Hoy quiero hablar de mi muerte. Es un tema que rehúye
mucha gente, pero no yo, que con cierta sensación de
liberación acabo de comprar un nicho de cristal en la
capilla de un cementerio. Me gusta la idea de que mis
cenizas estén allí, cerca del altar de vitrales hermosos
y una estatua de la Virgen sobre una fuente rodeada de
plantas naturales. Parte del techo es transparente,
entra la luz del día, de noche permanecen las velas
encendidas y las estrellas se reflejan sobre el techo
claro que nos cubre, al final de todo, la luminosidad
del polvo cósmico se hace uno con nosotros, que fuimos
polvo y polvo seremos. En cuanto a mi espíritu espero y
anhelo confiada que se habrá fundido ya en el paraíso
con la llama de amor infinito que es Dios.
La capilla no es de muertos, es de vivos. Allí se
celebra misa, por eso quise que lo que quedara de mi
cuerpo estuviera cerca de la presencia real del cuerpo y
la sangre de Cristo. Dentro del nicho hay lugar para
colocar una foto, una imagen religiosa e incluso, si
quisiera, una banderita cubana.
Me asombra la tranquilidad y determinación con que tomé
la decisión esta semana, teniendo en cuenta que hasta
hace poco me era impensable un proyecto de futuro que no
conllevara el regreso a Cuba.
No sé cómo ni por qué me abandonó la convicción de que
regresaría para ayudar en la reconstrucción nacional y
espiritual de la patria. Como Dios quisiera, con las
fuerzas que tuviera. Mis sueños: vivir en la cultura
donde nací y pasé mis primeros 13 años, celebrar la vida
dentro de ese pueblo y esa isla, a los que pertenezco y
amo, recorrerla completa, admirar sus paisajes, sus
pueblos, sus iglesias, renacer con cada amanecer, hacer
día a día lo que pudiera para recrearla, recreándome con
ella, y que me enterraran allí.
Por mucho tiempo me pregunté por qué al pueblo cubano le
había tocado sufrir tanto, por qué tanta desgracia, un
exilio tan largo, el dolor de millones de familias
separadas, un dictador que lleva casi 50 años en el
poder odiando a todos los seres humanos, pero con
especial saña a los cubanos.
Como Job no soy quién para cuestionar los planes divinos,
como él he aprendido a vivir valorando la riqueza que
hay en el despojo y el abandono confiado en la
Providencia. Pero sin darme cuenta Dios me fue
contestando en muchos pasajes bíblicos: 'Yahvé dijo a
Abrán: `Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de
tu padre a la tierra que yo te mostraré'. Marchó pues
Abrán, como se lo había dicho Yahvé; tenía setenta y
cinco años cuando salió de Jarán'' (Gen 12, 1-3).
Ser exiliado, anhelar el regreso a la Tierra Prometida,
el andar siempre en camino acompañados únicamente de la
fe son una constante en las Sagradas Escrituras.
Fue Alicia Marill, una de las más grandes teólogas
cubanoamericanas, quien me hizo comprender que el
desarraigo y el dolor de ser exiliado no ha sido ni es
en vano. Que así como la Biblia está poblada de
desterrados e inmigrantes llamados a dar testimonio de
su fe y frutos donde han ido a vivir, hay un destino
misionero en el destierro cubano. En nuestra dispersión
los cristianos cubanos hemos ido sembrando semillas de
salvación, y si reflexionamos sobre nuestra experiencia
a la luz de la fe vemos que cada día hacemos algo de
valor para contribuir al bien común de la sociedad en la
que hemos sido llamados a vivir. Pensemos en el padre
Félix Varela y su obra social y evangelizadora con los
inmigrantes irlandeses en Nueva York.
Marill, que salió también siendo niña de Cuba, como los
demás grandes teólogos cubanoamericanos: Roberto
Goizueta, Orlando Espín, Claudio Urgaleta, Ada María
Isasi-Díaz, Justo González, hizo su tesis doctoral sobre
este tema, la tituló A los elegidos que viven como
extranjeros en la dispersión (1Carta de Pedro, 1).
Fundamentos para una teología y espiritualidad del
ministerio redentor de los exiliados, los refugiados y
los inmigrantes de la Arquidiócesis de Miami. Leerla fue
para mí una revelación, recomiendo su lectura ahora que
saldrá publicada. Marill es profesora de teología y
directora del programa de doctorado en ministerios en la
Universidad Barry, donde acaba de crear el Institute for
Hispanic/Latino Theology.
Está por escribirse la epopeya misionera de los laicos y
religiosos cubanos de la diáspora. La nueva
espiritualidad y teología cubana que ha nacido de esta
experiencia de desarraigo y fe. Me gustaría cooperar con
la investigación y redacción de esta obra. Digo esto
para que conste que celebro la vida y que el hecho de
que haya comprado una tumba en el exilio no significa
que haya renunciado al regreso o a seguir trabajando
intensamente a favor de la libertad, la dignidad y el
anuncio de a buena nueva a mi pueblo. Sólo que al hallar
un hondo sentido teológico en lo nacional, haber
cumplido los 58 años –44 de ellos exiliada– y ser
creyente me ha arraigado en la certeza de que pertenezco
a la estirpe itinerante de Abrahám, de Sara, de Moisés,
de María, José y Jesús exiliados en Egipto y de los
cubanos cristianos que han dado y siguen dando
testimonio de su fe donde han sido llamados a vivir.
Además, donde tú estás es donde Dios te quiere, que ahí
siembres, nada más.
31 de mayo de 2006 |