“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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La dictadura sutil

Dora Amador

Todos los primeros martes de mes en un salón de la iglesia de San Juan Bosco se celebra un encuentro ecuménico de líderes religiosos cubanos. He asistido varias veces en mi carácter de laica, como lo hacen otros, para escuchar y compartir ideas o proyectos y reflexiones sobre los acontecimientos que nos afectan como cristianos y cubanos.

El 6 de diciembre fue uno de esos días. Había ido a presentar el último número del periódico ecuménico cubano Palabra, que se publica en Miami y se distribuye en Cuba principalmente. También pedí que se difundiera entre las distintas iglesias cristianas allí representadas el nuevo sitio en la red, que contiene una gran documentación sobre ética cristiana, ecumenismo, espiritualidad y el acontecer eclesial, además de los principales artículos del mes. Esta última edición está dedicada a Tierra Santa. Invito a los lectores a que la lean en

www.palabracubana.org.  A medida que se intercambiaban opiniones en la reunión se hizo claro que había un asunto sumamente importante que nos preocupaba a todos: la descristianización de las Navidades.

Cuando alguien planteó el tema, me vino enseguida a la mente una noticia impresionante que vi al otro día de Thanksgiving: muchas personas, que más bien parecían reses enloquecidas tratando de salir de un corral, entraron a empujones en una tienda que acababa de abrir sus puertas. Fue tal la furia por ser todos el primero en entrar, que se vio a un hombre caer en el piso, pero la turbamulta siguió corriendo como si nada, casi pasándole por arriba. ¿Adónde iban? A comprar, porque llegó la Navidad. Quizá no menos chocante resultó la forma en que el presentador del noticiero dio la noticia con una risa tierna y comprensiva.

De esa fecha a acá el bombardeo ha sido feroz, y por supuesto se va a poner peor a medida que avanza diciembre: el nuevo y precioso SUV, la deslumbrante sortija de brillantes, la computadora, los últimos e infinitos objetos tecnológicos que, y cito a cada uno de los anuncios: es la mejor forma de demostrarle a ``ese ser querido'' cuánto se le quiere.

Navidad es comprar, comprar, comprar. Gastar, regalar, recibir regalos en un desquiciado carrusel del cual muchas personas dicen estar hastiadas, pero nadie se baja, y mucho menos lo puede detener. Endeudarse hasta la médula es de rigor, demostrar el status económico y el ``buen gusto'' comprando hasta el total agobio es en lo que se ha convertido la Navidad. ¿Qué hacer, si Santa Claus es el dios que se aguarda anhelante el 25 de diciembre?

El 29 de noviembre -y cito un cable de prensa-, el Washington Times informaba que el portavoz de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Dennos Hastert, declaró a funcionarios federales que el árbol del césped al lado oeste del Capitolio cambiará su nombre por el de ``Arbol de Navidad del Capitolio''. En los últimos años había recibido el nombre de ``Arbol de Fiesta''.

Los conflictos sobre las celebraciones navideñas son el tema del libro The War on Christmas, del periodista John Gibson, recientemente publicado. Ahí Gibson describe cómo han aumentado en Estados Unidos las restricciones a la Navidad, a pesar del hecho de que la población es mayoritariamente cristiana.

Gibson sostiene que la mentalidad que intenta eliminar la Navidad considera la religión como una actividad completamente personal que debería confinarse a la práctica privada. Pero, curiosamente, sólo el cristianismo es el objetivo. Las celebraciones judías, hindúes o musulmanas no se consideran una amenaza, sino un signo bienvenido de diversidad cultural. En contraste, cualquier exhibición pública de los símbolos o fiestas cristianas es considerada culpable de excluir a los demás grupos, o de imponer creencias.

El otro día entré a las oficinas de NBC y Telemundo en Broward. Me llamó la atención de nuevo -he visto esto muchas veces en Miami- que a un lado del lobby estaba colocada una menorá, el candelabro de siete brazos, uno de los símbolos religiosos más antiguos del judaísmo. Al otro lado estaba un arbolito con cajas de regalos. ¿Y dónde está el nacimiento, el belén, que es el verdadero símbolo de la Navidad?

Pero volvamos a nuestra reunión del 6 de diciembre. Algo que a todos nos molestaba era el anuncio de la Lotería de la Florida que no dejaban de pasar por las estaciones de televisión hispanas. En él un grupo de jóvenes aparece cantando villancicos navideños frente a un edificio. Aparece una mujer en el piso de arriba y les tira un cubo de agua. Próxima escena: los jóvenes cantan sus villancicos ahora frente a una casa, abre alguien la puerta y se las tira en la cara. Cut, cambio de escena: Los jóvenes no cesan en su empeño y espíritu navideño y llegan a otra casa. Les abre un hombre la puerta y les tira su perro.

Presente en la reunión estaba Martha Flores, conocida y querida figura de la radio de Miami. Para asombro y maravilla de todos, Martha hizo de pronto, sin esperar un minuto más, lo que tenía que hacer de acuerdo con su conciencia: llamó a Rudy García, el senador cubano y le habló sobre el disgusto que sentían muchos hispanos cristianos de Miami por ese insulto de que eran objeto por parte de las compañías publicitarias, la Lotería y los canales de televisión. Estaban sistemáticamente atacando nuestra fe, nuestra identidad. Al poco rato, estando todos almorzando, se recibió una llamada de Tallahassee: Rudy García le informaba a Martha Flores que a partir de esa misma tarde el anuncio no saldría más en la televisión. Todos aplaudimos y de nuevo comprobamos que una comunidad, una microestructura puede cambiar las injusticias y atropellos de estructuras poderosas.

Lo que celebramos en Navidad es el regalo que Dios nos hace a cada uno de nosotros, dándose a sí mismo en infinito amor. El Dios invisible se hace visible a través de Jesús, que vino para enseñarnos a ser hermanos, hijos de un mismo Padre. Y sólo nos pide ser como El, don para los demás, vivir en fraternidad. Jesús nos da plena libertad y nos invita a elegir su camino, nos redime y nos regala la vida eterna. Tremenda fiesta.

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