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La dictadura sutil
Dora Amador
Todos los primeros martes de mes en un salón de la
iglesia de San Juan Bosco se celebra un encuentro
ecuménico de líderes religiosos cubanos. He asistido
varias veces en mi carácter de laica, como lo hacen
otros, para escuchar y compartir ideas o proyectos y
reflexiones sobre los acontecimientos que nos afectan
como cristianos y cubanos.
El 6 de diciembre fue uno de esos días. Había ido a
presentar el último número del periódico ecuménico
cubano Palabra, que se publica en Miami y se distribuye
en Cuba principalmente. También pedí que se difundiera
entre las distintas iglesias cristianas allí
representadas el nuevo sitio en la red, que contiene una
gran documentación sobre ética cristiana, ecumenismo,
espiritualidad y el acontecer eclesial, además de los
principales artículos del mes. Esta última edición está
dedicada a Tierra Santa. Invito a los lectores a que la
lean en
www.palabracubana.org.
A medida que se intercambiaban opiniones en la reunión
se hizo claro que había un asunto sumamente importante
que nos preocupaba a todos: la descristianización de las
Navidades.
Cuando alguien planteó el tema, me vino enseguida a la
mente una noticia impresionante que vi al otro día de
Thanksgiving: muchas personas, que más bien parecían
reses enloquecidas tratando de salir de un corral,
entraron a empujones en una tienda que acababa de abrir
sus puertas. Fue tal la furia por ser todos el primero
en entrar, que se vio a un hombre caer en el piso, pero
la turbamulta siguió corriendo como si nada, casi
pasándole por arriba. ¿Adónde iban? A comprar, porque
llegó la Navidad. Quizá no menos chocante resultó la
forma en que el presentador del noticiero dio la noticia
con una risa tierna y comprensiva.
De esa fecha a acá el bombardeo ha sido feroz, y por
supuesto se va a poner peor a medida que avanza
diciembre: el nuevo y precioso SUV, la deslumbrante
sortija de brillantes, la computadora, los últimos e
infinitos objetos tecnológicos que, y cito a cada uno de
los anuncios: es la mejor forma de demostrarle a ``ese
ser querido'' cuánto se le quiere.
Navidad es comprar, comprar, comprar. Gastar, regalar,
recibir regalos en un desquiciado carrusel del cual
muchas personas dicen estar hastiadas, pero nadie se
baja, y mucho menos lo puede detener. Endeudarse hasta
la médula es de rigor, demostrar el status económico y
el ``buen gusto'' comprando hasta el total agobio es en
lo que se ha convertido la Navidad. ¿Qué hacer, si Santa
Claus es el dios que se aguarda anhelante el 25 de
diciembre?
El 29 de noviembre -y cito un cable de prensa-, el
Washington Times informaba que el portavoz de la Cámara
de Representantes de Estados Unidos, Dennos Hastert,
declaró a funcionarios federales que el árbol del césped
al lado oeste del Capitolio cambiará su nombre por el de
``Arbol de Navidad del Capitolio''. En los últimos años
había recibido el nombre de ``Arbol de Fiesta''.
Los conflictos sobre las celebraciones navideñas son el
tema del libro The War on Christmas, del periodista John
Gibson, recientemente publicado. Ahí Gibson describe
cómo han aumentado en Estados Unidos las restricciones a
la Navidad, a pesar del hecho de que la población es
mayoritariamente cristiana.
Gibson sostiene que la mentalidad que intenta eliminar
la Navidad considera la religión como una actividad
completamente personal que debería confinarse a la
práctica privada. Pero, curiosamente, sólo el
cristianismo es el objetivo. Las celebraciones judías,
hindúes o musulmanas no se consideran una amenaza, sino
un signo bienvenido de diversidad cultural. En contraste,
cualquier exhibición pública de los símbolos o fiestas
cristianas es considerada culpable de excluir a los
demás grupos, o de imponer creencias.
El otro día entré a las oficinas de NBC y Telemundo en
Broward. Me llamó la atención de nuevo -he visto esto
muchas veces en Miami- que a un lado del lobby estaba
colocada una menorá, el candelabro de siete brazos, uno
de los símbolos religiosos más antiguos del judaísmo. Al
otro lado estaba un arbolito con cajas de regalos. ¿Y
dónde está el nacimiento, el belén, que es el verdadero
símbolo de la Navidad?
Pero volvamos a nuestra reunión del 6 de diciembre. Algo
que a todos nos molestaba era el anuncio de la Lotería
de la Florida que no dejaban de pasar por las estaciones
de televisión hispanas. En él un grupo de jóvenes
aparece cantando villancicos navideños frente a un
edificio. Aparece una mujer en el piso de arriba y les
tira un cubo de agua. Próxima escena: los jóvenes cantan
sus villancicos ahora frente a una casa, abre alguien la
puerta y se las tira en la cara. Cut, cambio de escena:
Los jóvenes no cesan en su empeño y espíritu navideño y
llegan a otra casa. Les abre un hombre la puerta y les
tira su perro.
Presente en la reunión estaba Martha Flores, conocida y
querida figura de la radio de Miami. Para asombro y
maravilla de todos, Martha hizo de pronto, sin esperar
un minuto más, lo que tenía que hacer de acuerdo con su
conciencia: llamó a Rudy García, el senador cubano y le
habló sobre el disgusto que sentían muchos hispanos
cristianos de Miami por ese insulto de que eran objeto
por parte de las compañías publicitarias, la Lotería y
los canales de televisión. Estaban sistemáticamente
atacando nuestra fe, nuestra identidad. Al poco rato,
estando todos almorzando, se recibió una llamada de
Tallahassee: Rudy García le informaba a Martha Flores
que a partir de esa misma tarde el anuncio no saldría
más en la televisión. Todos aplaudimos y de nuevo
comprobamos que una comunidad, una microestructura puede
cambiar las injusticias y atropellos de estructuras
poderosas.
Lo que celebramos en Navidad es el regalo que Dios nos
hace a cada uno de nosotros, dándose a sí mismo en
infinito amor. El Dios invisible se hace visible a
través de Jesús, que vino para enseñarnos a ser hermanos,
hijos de un mismo Padre. Y sólo nos pide ser como El,
don para los demás, vivir en fraternidad. Jesús nos da
plena libertad y nos invita a elegir su camino, nos
redime y nos regala la vida eterna. Tremenda fiesta.
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