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La
torre de Babel
Dora Amador
Cuánto me alegro de que se haya venido todo abajo, que
la Constitución Europea haya sido rechazada, que esa
jerarquía de ilustrados eurodiputados no lleguen a un
acuerdo sobre el presupuesto y que alguna vez se den
cuenta de que, como en la torre de Babel, quisieron ser
más que Dios y todo fue caos y confusión, fracaso y, lo
peor, pecado (pecado es la ruptura intencional de la
relación con Dios).
Eso hicieron los redactores y editores de la
Constitución de la UE: romper con Dios, negarlo con
desprecio. En muchas encíclicas, mensajes, cartas
pastorales, homilías, Juan Pablo II, el Grande, les
advirtió, les suplicó, intentó razonar con ellos que era
imperativo que la nueva Constitución europea ``reconozca
las raíces cristianas'' que han contribuido al ``patrimonio
espiritual del continente''. Esa cultura nacida de la
Roma de Pedro y Pablo, que es hoy crecientemente atea o
musulmana.
Pero los eurodiputados dijeron categóricamente no. ¿Cristo?
¿El cristianismo? ¿Dios? ¡Quién ha visto hablar de eso,
sobre todo en el Parlamento Europeo! Y el gigante trató
de erguirse soberbio y se desplomó estrepitosamente.
Tenía los pies de barro.
``Vivir como si Dios no existiera'', nos dice Juan Pablo
II en su último libro, Memoria e identidad, ``significa
colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal,
es decir, fuera del contexto de los valores, de los
cuales Él mismo, Dios, es la fuente. Se pretende que sea
el hombre mismo quien decida sobre lo que es bueno o
malo [....] Esta parábola [La vid y los sarmientos] nos
permite explicar de la mejor manera el drama de la
ilustración europea. Rechazando a Cristo, o por lo menos
poniendo en paréntesis su actuación en la historia del
hombre y de la cultura, ciertas corrientes de
pensamiento europea han cambiado de rumbo. Se ha privado
al hombre de ``la vid'', del injerto en esa vid que
permite lograr la plenitud de la humanidad. Se puede
decir que se abrió el camino a las demoledores
experiencias del mal que vendrían más tarde de una forma
cualitativamente nueva, jamás conocida antes o, al menos,
no con tal magnitud''. El Papa se refiere por supuesto
al Holocausto, el fascismo, el comunismo y las dos
guerras mundiales. Un libro necesario en el que Juan
Pablo II exhorta a la humanidad a considerar la libertad
``no sólo como un don, sino como una tarea'' destinada
al servicio del bien común. Y aborda magistralmente los
más acuciantes temas de política internacional, la
democracia, la libertad y lo que llama ``las ideologías
del mal''.
Mucho me ha dado que pensar una anécdota que cuenta.
Cuando estaba estudiando en Roma, un día tuvo una
conversación con un sacerdote flamenco de Bélgica, que
le dijo: ``Dios ha permitido que la experiencia de un
mal como el comunismo les haya tocado a ustedes. Y ¿por
qué lo ha permitido? [...] Se nos libró en Occidente,
tal vez porque no hubiéramos sido capaces de soportar
una prueba semejante, mientras que ustedes la aguantarán''.
¿Qué papel desempeñó la fe cristiana en el colapso del
ateísmo marxista? Es un tema apasionante que trataré en
otra ocasión: el vuelco que dio la historia cuando
Mijaíl Gorbachov cruzó el umbral de San Pedro -la
primera vez que un líder soviético lo hacía-, y su
comentario a Raisa: Juan Pablo II ``es la autoridad
moral más importante del mundo y es eslavo''; la
espiritualidad de Vaclav Havel; la fe y la fibra
cristianas de tantos países detrás del telón de acero.
Es significativo que casi todos los eurodiputados de los
países postcomunistas que hoy integran la Unión Europea
pidieron que se incluyera en la Constitución a Dios y
los fundamentos cristianos de su cultura.
Es mi deseo y mi oración que lo que logró Karol Wojtyla
en Europa del este -el derrocamiento del totalitarismo
comunista-, lo logre Joseph Ratzinger en la Europa que
no conoció el comunismo: derrocar la dictadura del
relativismo nihilista.
Junio 23, 2005 |