“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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La torre de Babel

Dora Amador

Cuánto me alegro de que se haya venido todo abajo, que la Constitución Europea haya sido rechazada, que esa jerarquía de ilustrados eurodiputados no lleguen a un acuerdo sobre el presupuesto y que alguna vez se den cuenta de que, como en la torre de Babel, quisieron ser más que Dios y todo fue caos y confusión, fracaso y, lo peor, pecado (pecado es la ruptura intencional de la relación con Dios).

Eso hicieron los redactores y editores de la Constitución de la UE: romper con Dios, negarlo con desprecio. En muchas encíclicas, mensajes, cartas pastorales, homilías, Juan Pablo II, el Grande, les advirtió, les suplicó, intentó razonar con ellos que era imperativo que la nueva Constitución europea ``reconozca las raíces cristianas'' que han contribuido al ``patrimonio espiritual del continente''. Esa cultura nacida de la Roma de Pedro y Pablo, que es hoy crecientemente atea o musulmana.

Pero los eurodiputados dijeron categóricamente no. ¿Cristo? ¿El cristianismo? ¿Dios? ¡Quién ha visto hablar de eso, sobre todo en el Parlamento Europeo! Y el gigante trató de erguirse soberbio y se desplomó estrepitosamente. Tenía los pies de barro.

``Vivir como si Dios no existiera'', nos dice Juan Pablo II en su último libro, Memoria e identidad, ``significa colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal, es decir, fuera del contexto de los valores, de los cuales Él mismo, Dios, es la fuente. Se pretende que sea el hombre mismo quien decida sobre lo que es bueno o malo [....] Esta parábola [La vid y los sarmientos] nos permite explicar de la mejor manera el drama de la ilustración europea. Rechazando a Cristo, o por lo menos poniendo en paréntesis su actuación en la historia del hombre y de la cultura, ciertas corrientes de pensamiento europea han cambiado de rumbo. Se ha privado al hombre de ``la vid'', del injerto en esa vid que permite lograr la plenitud de la humanidad. Se puede decir que se abrió el camino a las demoledores experiencias del mal que vendrían más tarde de una forma cualitativamente nueva, jamás conocida antes o, al menos, no con tal magnitud''. El Papa se refiere por supuesto al Holocausto, el fascismo, el comunismo y las dos guerras mundiales. Un libro necesario en el que Juan Pablo II exhorta a la humanidad a considerar la libertad ``no sólo como un don, sino como una tarea'' destinada al servicio del bien común. Y aborda magistralmente los más acuciantes temas de política internacional, la democracia, la libertad y lo que llama ``las ideologías del mal''.

Mucho me ha dado que pensar una anécdota que cuenta. Cuando estaba estudiando en Roma, un día tuvo una conversación con un sacerdote flamenco de Bélgica, que le dijo: ``Dios ha permitido que la experiencia de un mal como el comunismo les haya tocado a ustedes. Y ¿por qué lo ha permitido? [...] Se nos libró en Occidente, tal vez porque no hubiéramos sido capaces de soportar una prueba semejante, mientras que ustedes la aguantarán''.

¿Qué papel desempeñó la fe cristiana en el colapso del ateísmo marxista? Es un tema apasionante que trataré en otra ocasión: el vuelco que dio la historia cuando Mijaíl Gorbachov cruzó el umbral de San Pedro -la primera vez que un líder soviético lo hacía-, y su comentario a Raisa: Juan Pablo II ``es la autoridad moral más importante del mundo y es eslavo''; la espiritualidad de Vaclav Havel; la fe y la fibra cristianas de tantos países detrás del telón de acero. Es significativo que casi todos los eurodiputados de los países postcomunistas que hoy integran la Unión Europea pidieron que se incluyera en la Constitución a Dios y los fundamentos cristianos de su cultura.

Es mi deseo y mi oración que lo que logró Karol Wojtyla en Europa del este -el derrocamiento del totalitarismo comunista-, lo logre Joseph Ratzinger en la Europa que no conoció el comunismo: derrocar la dictadura del relativismo nihilista.

Junio 23, 2005

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