“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Vida eterna

Dora Amador

Afuera el viento golpeaba ventanas y puertas, adentro, a la luz de linternas que iluminaban la total oscuridad de la casa, cantábamos canciones viejas a capella. Nos hallábamos reunidas en la sala, a la espera del huracán Frances, una anciana enferma de 95 años, que también cantó; dos perritos y nosotras, cuatro mujeres ``mayores'', que, como diría Pierre Teilhard de Chardin, comenzamos a experimentar las ``pasividades de nuestra disminución''.

Días antes de la llegada del ciclón había empezado a leer su libro El medio divino, que me acompañó en la azarosa jornada. Recuerdo que mientras el aguacero y las ráfagas pasaban rozándonos en el pueblito de Hollywood donde vivo, yo me sumergía en esas maravillosas páginas, donde el gran filósofo y científico jesuita intenta hacernos ver cómo la vida espiritual del hombre y de la mujer puede participar en el destino del universo. ``Por virtud de la Creación, más aun, de la Encarnación, nada es profano para los que saben ver. Al contrario, todo es sagrado para los que saben distinguir esa parte elegida del ser sujeta al poder atrayente de Cristo en el proceso de la consumación''.

En ese misterio que es la consumación de los tiempos yo creo por la gracia de Dios. Y en que todos estamos llamados a colaborar con ella; en que Cristo vendrá de nuevo, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, creo.

¿Qué sería de mí sin la fe? ¿Qué sería de la inmensa mayoría de los seres humanos sin la esperanza de una vida eterna? Que el destino de cada uno de nosotros se decide en esta vida no es sólo una certeza para los cristianos, también para los judíos y los musulmanes. En mi caso, eso maravilloso que me atrae poderosamente se llama Cristo, fuente y fin de mi vida. Porque es esta necesidad de absoluto lo que impulsa mi ser, mis días y mis noches, todos mis esfuerzos.

Pero hay momentos en que todo nos parece absurdo o pavoroso, y lo es: sucesos ciegos y brutales causados por la naturaleza o por seres humanos nos arrastran con total indiferencia. Todo hecho pedazos en un instante, todo lo que nos había tomado años y esfuerzo construir laboriosamente. Hay otros, no menos difíciles, de oscuridad interior, de ansiedad profunda en que nuestra oración parece inútil. Pero no hay oración ni esfuerzo amoroso que caiga en el vacío. En lo más hondo del ser creyente está la convicción de que Dios está ahí, sondeándonos en nuestro silencio y en nuestra angustia cuando golpean ráfagas que hacen estremecer lo más íntimo del ser.

La primera lectura bíblica del lunes 27 de septiembre -cuando escribo estas líneas-, es de Job, uno de los libros de la Sabiduría. Ahí está el hombre justo, sin mancha de pecado alguno, al que sin embargo le acaece la peor de las desgracias: ``Estaba este [un siervo de Job] contando lo sucedido cuando un último lo interrumpió, diciendo: `Tus hijos e hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa del mayor de ellos. De repente sopló un viento del desierto y sacudió las cuatro esquinas de la casa; ésta se derrumbó sobre los jóvenes y han muerto todos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia'. Entonces Job se levantó y rasgó su manto. Luego, se cortó el pelo al rape, se tiró al suelo y, echado en tierra, empezó a decir: `Desnudo salí del seno de mi madre y desnudo volveré a él. Yahvé me lo dio, Yahvé me lo quitó, bendito sea el nombre de Yahvé!' '' (Job 1,6-22).

Sé que algunos lectores no creyentes se irritarán o burlarán de este pasaje bíblico en momentos como los que estamos viviendo en nuestro abatido entorno. Pero acontecimientos como éstos son buenos recordatorios de que no siempre estamos en control.

De Chardin, que era paleontólogo, comparó la condición humana a la de un grupo de mineros atrapados por accidente en un lugar muy profundo de la tierra. Para que estos hombres emprendan la larga y arriesgada lucha de subir tienen que presuponer dos cosas: existe una apertura al otro lado, y cuando se llegue a esa apertura habrá aire para respirar y luz para ver.

De igual manera, Dios nos atrae tenaz, amorosamente a su luz, a la vida eterna. Al final de su vida, escribió De Chardin esta frase: ``La expectación del fin del mundo, es decir, de una salida para el mundo es acaso la función suprema cristiana y la característica más distintiva de nuestra religión''.

Como él y como millones de personas, yo creo y vivo con esa expectación de un cielo nuevo y una tierra nueva: la nueva Jerusalén ``que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: `Esta es la morada de Dios con los hombres; El habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y Él será Dios con ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado' ''.

Septiembre 30, 2004

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