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Vida
eterna
Dora Amador
Afuera el viento golpeaba ventanas y puertas, adentro, a
la luz de linternas que iluminaban la total oscuridad de
la casa, cantábamos canciones viejas a capella. Nos
hallábamos reunidas en la sala, a la espera del huracán
Frances, una anciana enferma de 95 años, que también
cantó; dos perritos y nosotras, cuatro mujeres ``mayores'',
que, como diría Pierre Teilhard de Chardin, comenzamos a
experimentar las ``pasividades de nuestra disminución''.
Días antes de la llegada del ciclón había empezado a
leer su libro El medio divino, que me
acompañó en la azarosa jornada. Recuerdo que mientras el
aguacero y las ráfagas pasaban rozándonos en el pueblito
de Hollywood donde vivo, yo me sumergía en esas
maravillosas páginas, donde el gran filósofo y
científico jesuita intenta hacernos ver cómo la vida
espiritual del hombre y de la mujer puede participar en
el destino del universo. ``Por virtud de la Creación,
más aun, de la Encarnación, nada es profano para los que
saben ver. Al contrario, todo es sagrado para los que
saben distinguir esa parte elegida del ser sujeta al
poder atrayente de Cristo en el proceso de la
consumación''.
En ese misterio que es la consumación de los tiempos yo
creo por la gracia de Dios. Y en que todos estamos
llamados a colaborar con ella; en que Cristo vendrá de
nuevo, en la resurrección de los muertos y en la vida
eterna, creo.
¿Qué sería de mí sin la fe? ¿Qué sería de la inmensa
mayoría de los seres humanos sin la esperanza de una
vida eterna? Que el destino de cada uno de nosotros se
decide en esta vida no es sólo una certeza para los
cristianos, también para los judíos y los musulmanes. En
mi caso, eso maravilloso que me atrae poderosamente se
llama Cristo, fuente y fin de mi vida. Porque es esta
necesidad de absoluto lo que impulsa mi ser, mis días y
mis noches, todos mis esfuerzos.
Pero hay momentos en que todo nos parece absurdo o
pavoroso, y lo es: sucesos ciegos y brutales causados
por la naturaleza o por seres humanos nos arrastran con
total indiferencia. Todo hecho pedazos en un instante,
todo lo que nos había tomado años y esfuerzo construir
laboriosamente. Hay otros, no menos difíciles, de
oscuridad interior, de ansiedad profunda en que nuestra
oración parece inútil. Pero no hay oración ni esfuerzo
amoroso que caiga en el vacío. En lo más hondo del ser
creyente está la convicción de que Dios está ahí,
sondeándonos en nuestro silencio y en nuestra angustia
cuando golpean ráfagas que hacen estremecer lo más
íntimo del ser.
La primera lectura bíblica del lunes 27 de septiembre -cuando
escribo estas líneas-, es de Job, uno de los libros de
la Sabiduría. Ahí está el hombre justo, sin mancha de
pecado alguno, al que sin embargo le acaece la peor de
las desgracias: ``Estaba este [un siervo de Job]
contando lo sucedido cuando un último lo interrumpió,
diciendo: `Tus hijos e hijas estaban comiendo y bebiendo
vino en casa del mayor de ellos. De repente sopló un
viento del desierto y sacudió las cuatro esquinas de la
casa; ésta se derrumbó sobre los jóvenes y han muerto
todos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia'.
Entonces Job se levantó y rasgó su manto. Luego, se
cortó el pelo al rape, se tiró al suelo y, echado en
tierra, empezó a decir: `Desnudo salí del seno de mi
madre y desnudo volveré a él. Yahvé me lo dio, Yahvé me
lo quitó, bendito sea el nombre de Yahvé!' '' (Job
1,6-22).
Sé que algunos lectores no creyentes se irritarán o
burlarán de este pasaje bíblico en momentos como los que
estamos viviendo en nuestro abatido entorno. Pero
acontecimientos como éstos son buenos recordatorios de
que no siempre estamos en control.
De Chardin, que era paleontólogo, comparó la condición
humana a la de un grupo de mineros atrapados por
accidente en un lugar muy profundo de la tierra. Para
que estos hombres emprendan la larga y arriesgada lucha
de subir tienen que presuponer dos cosas: existe una
apertura al otro lado, y cuando se llegue a esa apertura
habrá aire para respirar y luz para ver.
De igual manera, Dios nos atrae tenaz, amorosamente a su
luz, a la vida eterna. Al final de su vida, escribió De
Chardin esta frase: ``La expectación del fin del mundo,
es decir, de una salida para el mundo es acaso la
función suprema cristiana y la característica más
distintiva de nuestra religión''.
Como él y como millones de personas, yo creo y vivo con
esa expectación de un cielo nuevo y una tierra nueva: la
nueva Jerusalén ``que bajaba del cielo, de junto a Dios,
engalanada como una novia que se adorna para recibir a
su esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: `Esta
es la morada de Dios con los hombres; El habitará en
medio de ellos; ellos serán su pueblo y Él será Dios con
ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá
muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo
anterior ha pasado' ''.
Septiembre 30, 2004 |