Templos

Dora Amador
El Nuevo Herald
Febrero 12, 2004

El que el estado cubano le construya una catedral a la Iglesia Ortodoxa en La Habana y reciba al patriarca Bartolomeo I debe ser motivo de alegría para todos los cristianos, pues a eso nos llama el espíritu ecuménico. Lo triste y significativo es que a la Iglesia Católica no se le permita construir un solo templo, aun sufragando ella todos los gastos, desde hace 45 años. Los permisos de construcción de iglesias le han sido negados una y otra vez desde que el gobierno de Fidel Castro llegó al poder.

Y mientras el patriarca Bartolomeo I consagraba el 25 de enero la catedral San Nicolás y le confería a Castro una alta condecoración cristiana, la Sagrada Cruz de San Andrés, en la cárcel de Guanajay a ocho prisioneros de conciencia, cristianos de confesión católica, el régimen comunista les prohibía recibir servicios religiosos, la visita de un sacerdote o tener una Biblia en sus celdas. Los nombres de estos ocho presos son, de acuerdo con la Agencia Católica de Informaciones en América Latina: Osvaldo Alfonso Valdés, Margarito Broche Espinosa, Carmelo Díaz Fernández, Efrén Fernández Fernández, Jorge Luis González, Marcelo López, Omar Pernet Hernández y Fabio Prieto Llorente.

¿Por qué Fidel Castro, enemigo de Dios y del hombre, permite construir una catedral ortodoxa en los terrenos del antiguo convento San Francisco de Asís? Recuerdo cuando en mayo de 1998 lo visité. Desde la puerta pude ver el interior espacioso del edificio del siglo XVI, en cuyo centro colgaba un Cristo crucificado como suspendido en el aire, en el centro del templo. Expresé algo sobre la belleza de la iglesia y la joven que estaba cobrando la entrada dijo enseguida con tono molesto y decididamente aclaratorio: ``Esto no es una iglesia, es un museo''. No respondí nada. Mirando al crucificado, entré en silencio. Habrán convertido en museo el edificio, pero el Cristo con los brazos abiertos que me recibió allí está vivo en el corazón de muchos hombres y mujeres que han hallado en Él la misericordia, la esperanza y la fe que necesitan para vivir.

Cito las palabras de Oswaldo Payá Sardiñas, coordinador del Movimiento Cristiano Liberación y del Proyecto Varela, en su mensaje al patriarca Bartolomeo durante su visita a La Habana. El líder católico le da la bienvenida a Cuba, ``tierra cristiana que ha sufrido en las últimas décadas el intento de descristianización de su memoria, su vida y su cultura por un régimen que sabía que, para someter a todas las personas y a toda la persona, tenía que arrancar el nombre de Dios de los corazones. Pero la fe prevaleció y se ha sostenido en medio de muchos sufrimientos, persecuciones, discriminaciones, destierros y martirios. Hombres y mujeres, ancianos y niños, religiosos y laicos, animados por el amor de Dios, predicando el Evangelio y sirviendo a nuestro pueblo''.

Muchos de los templos católicos fueron confiscados por el gobierno cubano al principio de la revolución, y muy pocos se han recuperado. No han vuelto a construirse iglesias y muchas de las existentes se encuentran en estado de deterioro o se han derrumbado; antes de la visita del Papa, por ejemplo, en la diócesis de Cienfuegos se celebraba misa en más de 10 iglesias sin techo.

El movimiento de ayuda a las iglesias sin techo en Cuba, que comenzó espontáneamente en parroquias de Miami, ha ido cobrando gran fuerza en los últimos años.

A principios de año la Fundación Guantánamo-Baracoa de Miami, ofreció un almuerzo de recaudación de fondos para esa nueva diócesis creada por Su Santidad Juan Pablo II en enero de 1998. En el almuerzo pudimos ver un vídeo de la parroquia La Milagrosa que trajo monseñor Carlos Baladrón, obispo de Guantánamo-Baracoa. Las ventanas y las paredes están destruidas, el techo también con filtraciones de agua. Más de 200 personas asistieron a la misa y el almuerzo que hizo posible que monseñor Baladrón regresara a Cuba con suficiente dinero para emprender la obra de restauración de una iglesia muy querida.

Animados por el amor de Dios, los cubanos católicos de la diáspora han ido creando vínculos cada vez más estrechos y fecundos con los de la isla a través de encuentros laicales y religiosos, de ayuda humanitaria y espiritual. Animados por el amor de Dios, cientos si no miles de familias cubanas hoy prestan sus casas para impartir catequesis, celebrar la misa o compartir la lectura del Evangelio en grupos de oración. Estas ``casas de misión'' constituyen un signo transparente de lo que le dijo Jesús a Pedro, algo que me gusta repetir: ``Sobre esta piedra construiré mi Iglesia y las fuerzas del mal no la podrán derribar''.

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