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Mi
hermano Francisco
Dora Amador
Dos años antes de morir, san Francisco recibió en su
carne las heridas de Cristo. Se hallaba en la cima del
Monte La Verna haciendo un ayuno de 40 días, cuando de
pronto se sintió inmerso en una delicia nunca antes
experimentada de la contemplación del Reino de los
Cielos.
Qué anhelo de Dios sería el que lo poseyó que vio con
sus propios ojos lo que parecía ser un ángel con seis
alas, deslumbrante como el fuego, que descendía desde el
cielo. A medida que se le acercaba, Francisco vio que el
ángel con alas estaba crucificado. Ante aquel fascinante
espectáculo, el santo sintió que en su pecho se
mezclaban dolor y gozo, y a la vez, un amor inmenso y
misterioso, como una compasión llena de dicha dulcísima
al ver al Señor crucificado tan cerca de él.
Según atestiguan sus hermanos -el acontecimiento de los
estigmas está ampliamente documentado, es un hecho
histórico- cuando la visión se desvaneció, su cuerpo,
como cera caliente sobre la cual se imprimiera un sello,
quedó marcado con las llagas del Crucificado. Los clavos
eran visibles en sus manos y sus pies, y el costado
derecho tenía una herida desde donde fluía sangre con
frecuencia, como si hubiese sido atravesado por un puñal.
Francisco descendió de la montaña transformado, era un
hombre nuevo, casi resucitado, después de agonizar por
mucho tiempo al ver cómo fracasaba el gran sueño
fundacional de su congregación religiosa. El pobrecito
de Asís sabía lo que era sufrir, llorar amargamente,
pero ahora era la felicidad: no sabía que se acercaba la
muerte ni que la orden de los frailes menores,
religiosas y laicos de espiritualidad franciscana
llenarían la tierra ocho siglos después. El sólo sabía
que sobre su carne ardiente de amor llevaba talladas las
heridas de la Pasión del Señor.
No hay Dios más celoso que nuestro Dios: nos hunde en el
más profundo de los fracasos para que probemos lo que es
el desamparo absoluto, el destrozo total de todo
proyecto que antepongamos a él y desde el abismo de ese
desasosiego de muerte nos abandonemos en sus brazos y
confiar, corazón de herida tal que sólo se sana cuando
sanamos a otros: eso somos.
El 17 de septiembre la Iglesia celebró este
acontecimiento en la vida de Francisco conocido como la
stigmata. Yo, que vivo en una comunidad
franciscana, también la celebré desde temprano en la
mañana. La lectura de Laudes de ese día había sido
escrita en el siglo I, poderosa metáfora de san Pablo
que cobró vida en san Francisco: ``En cuanto a mí, ¡Dios
me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un
crucificado y yo un crucificado para el mundo llevo
sobre mi cuerpo las señales de Jesús''. (Gálatas, 6,
14-17).
Qué difícil es entender esta entrega de amor de san
Francisco, de santa Clara, de san Pablo y de tantos
otros cristianos y cristianas que desde hace más de
2,000 años dan la vida día a día por esa aventura loca
que es seguir a Jesús. A esos pasos de escandalosa
contracultura los acompañan siempre ataques, burlas,
privaciones de todo tipo y la dolorosa incomprensión.
Pero el alto precio vale la pena, el corazón se siente
tan agradecido por los dones inmerecidos.
En medio de esta pequeñez consuela mirar a los primeros
discípulos: Pedro, el que negó a su Señor tres veces, el
que cuando se calentaba las manos al fuego en una fría
noche de Jerusalén vio pasar a Jesús casi desnudo rumbo
al escarnio, los látigos y la cruz; Pablo, el que
persiguió y mató a cristianos; María Magdalena, la que
tenía siete demonios dentro; la samaritana, mujer de
cinco amantes; Juan y Santiago, ambiciosos de poder;
Mateo, el cobrador de impuestos al servicio de los
romanos; ¿y Francisco, no era un frívolo que iba de
fiesta en fiesta sólo detrás de diversión, vino y amores?
``¡Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el
cual alumbras la noche!'', dice un verso del Cántico de
las criaturas, esa obra maravillosa de san Francisco que
releo ahora que llega de nuevo el 4 de octubre, día en
que celebramos su tránsito hacia el Reino que soñó, y yo
me preparo para emprender un viaje también soñado.
Regreso a Tierra Santa este mes de octubre de 2007. Allá
llegó Francisco en 1219, dándole, con su fe y su
humildad un giro radical a la historia: durante su
estadía en este territorio bajo dominio musulmán, el
santo quiso convertir al cristianismo al sultán
Mélek-el-Kamel, algo que no logró, pero fue tal la
impresión que su valor y sus palabras causaron en el
sultán, que éste le concedió a Francisco y a sus
compañeros predicar libremente, donde quisieran. En el
2009 se celebra el 800 aniversario a la Custodia
Franciscana de Tierra Santa. Gracias a San Francisco de
Asís los Santos Lugares donde nació, vivió, predicó,
murió y resucitó el Señor no fueron destruidos por los
musulmanes. Gracias a Francisco de Asís, tenemos los
católicos una presencia viva, un lugar sagrado de
peregrinación. Qué hermoso es ver, al caminar por las
calles de esa amada y santa tierra, a los frailes
franciscanos con sus hábitos carmelitas, sus sandalias y
sus cuerdas blancas atadas a la cintura.
Tras las huellas de este maestro pobre, inmenso portador
de riqueza, amante apasionado de la flora y fauna de
Asís fui también hace unos años. Quise caminar por donde
caminó el que me ha enseñado cosas hondas y sabias, como
haber experimentado lo que él experimentó, “la alegría
perfecta”, y saber llamarle hermanas también a la
fragilidad, la vejez y a la muerte.
Septiembre 29, 2003 |