|
La
matanza de los inocentes
Dora Amador
Me resulta incomprensible cómo hay personas que están en
contra de las guerras, la pena de muerte o las
violaciones de los derechos humanos y favorecen o
permanecen indiferentes ante el aborto. De estos
crímenes el más abominable es el aborto, porque a quien
se asesina es un ser humano inocente e indefenso que se
halla totalmente confiado a la protección de la mujer
que lo lleva en su vientre. ¿Es el aborto provocado un
homicidio? Aunque no se tenga conciencia de ello lo es.
Pero las leyes, hechas por seres humanos no asesinados
cuando eran embriones o fetos, amparan este delito
nefando. La razón esgrimida es que el niño o la niña no
es una persona hasta que no nace. Quien va a ser una
persona lo es ya desde que es engendrada. ``La vida
humana es sagrada e inviolable en cada momento de su
existencia, también en el inicial que precede al
nacimiento'', dice Su Santidad Juan Pablo II en su
encíclica El Evangelio de la Vida (Evangelium vitae,
1995), que debería ser parte esencial de la formación
religiosa y cultural de todos. ``Desde el momento en que
el óvulo es fecundado se inaugura una nueva vida que no
es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo
ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará
a ser humano si no lo ha sido desde entonces'' (Declaración
sobre el aborto, Congregación para la Doctrina de la Fe,
1974).
Pero que la Iglesia haya advertido una y otra vez sobre
este crimen contra la humanidad y que lo siga
denunciando no asombra ni asusta a quienes no creen en
Dios o se dicen cristianos sin serlo. Han sido los
adelantos de la ciencia los que han confirmado lo que en
la Biblia se reveló como evidencia siempre.
La genética ha demostrado que desde el primer instante
se encuentra fijado el programa de una persona con sus
características bien determinadas. Y la máquina de
ultrasonido ha puesto ante la vista de todos que con la
fecundación se inicia una vida humana. Esto ha causado
una creciente toma de conciencia nacional sobre la
verdadera naturaleza del aborto como asesinato. Cito
aquí los testimonios de algunas personas que practicaron
el aborto por años.
• Cuando la jefa de enfermeras de una clínica de abortos
en Virginia, Joan Appleton, ayudó a hacer un aborto,
mirando por primera vez la pantalla del ultrasonido, vio
cómo la criatura de 17 semanas se movía, tratando de
salvar su vida. ``Yo vi al bebé luchando por vivir,
huyéndole del tubo de succión que lo buscaba para
destrozarlo'', dice la mujer, que tuvo una crisis que la
llevó a dejar su trabajo y unirse a un grupo pro vida.
• El doctor Joseph Randall, de Atlanta, se especializaba
en la técnica de dilatación y evacuación en abortos
tardíos por medio de la cual se hala por pedazos a los
niños no nacidos después de triturarles la cabeza. Al
final de cada operación, dice, ``hay que reensamblar a
todo el bebé: brazos, piernas, cabeza, pecho, todo, para
estar seguro de que no se deja ninguna parte dentro de
la madre. Ahí era que se ponía difícil la situación''.
Algunas enfermeras dejaron el trabajo, dice el médico,
porque no podían soportar lo que veían, hasta que él
también dejó de hacer abortos.
• La asistenta médica Debra Henry trabajó en una clínica
de abortos de Detroit por seis meses. ``Oír cómo se
rompen los huesos del bebé a medida que el médico los va
sacando fuera de la mujer es una experiencia que jamás
olvidas'', dice Henry, hoy subdirectora de la Liga pro
Vida de Michigan.
Pero son las confesiones del doctor Bernard Nathanson
las más impresionantes por tratarse de la persona que
más promovió la legalización del aborto en Estados
Unidos. En su clínica, el Centro de Salud Sexual y la
Reproducción, al que hoy llama ``un buen eufemismo para
lo que se convirtió en un matadero'', se realizaron más
de 60,000 abortos, él personalmente hizo unos 5,000. Su
conversión al catolicismo fue un proceso lento que se
inició cuando fue a dirigir el departamento de
embriología y perinatalogía (especialidad médica que se
ocupa del feto y del recién nacido) en el hospital St.
Luke, en Nueva York, equipado con los mejores equipos
técnicos para esas nuevas especializaciones. ``Desde que
comprobé con absoluta claridad que el feto respira, que
duerme con unos ciclos de sueño perfectamente definidos,
que es sensible a los sonidos [reconoce la voz de la
madre], que reacciona de distinta manera ante diferentes
tipos de música, al dolor y a cualesquiera otros
estímulos, me resultó insoslayable que el feto es una
vida que debe ser protegida; como científico yo sé, no
es que crea, es que sé, que la vida humana comienza en
la concepción''.
El doctor Bernard Nathanson se bautizó y comulgó por
primera vez en la Catedral de San Patricio, en Nueva
York, en 1996. Su libro, La mano de Dios, es una
obra maestra del género autobiográfico, pero sobre todo
un testimonio valiosísimo en contra del aborto.
La visión de un cristiano no puede limitarse al
horizonte de esta vida; el cristiano sabe que en la vida
presente se prepara la otra, y que sus decisiones y
juicios debe hacerlos fundados en el evangelio y la vida
eterna. Vivimos en el embrión de una nueva vida,
naceremos al morir. El infierno no es otra cosa que la
ausencia de Dios, no imagino tormento mayor.
La Biblia nos revela cuánto nos ama Dios desde esa
eternidad a la que nos llama: ``Mi embrión tus ojos lo
veían'' (Salmo 139/138, 16). ``Antes de haberte formado
yo en el vientre, te conocía, Y antes de que nacieses,
te tenía consagrado'' (Jeremías, 1, 5). ``Yahvé desde el
seno materno me llamó: Desde las entrañas de mi madre me
nombró'' (Isaías 49, 1). ``Al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo.... para que recibiéramos
la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es
que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de
su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!'' (Gálatas 4, 4-6).
Julio 24, 2003. |