“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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La matanza de los inocentes

Dora Amador

Me resulta incomprensible cómo hay personas que están en contra de las guerras, la pena de muerte o las violaciones de los derechos humanos y favorecen o permanecen indiferentes ante el aborto. De estos crímenes el más abominable es el aborto, porque a quien se asesina es un ser humano inocente e indefenso que se halla totalmente confiado a la protección de la mujer que lo lleva en su vientre. ¿Es el aborto provocado un homicidio? Aunque no se tenga conciencia de ello lo es. Pero las leyes, hechas por seres humanos no asesinados cuando eran embriones o fetos, amparan este delito nefando. La razón esgrimida es que el niño o la niña no es una persona hasta que no nace. Quien va a ser una persona lo es ya desde que es engendrada. ``La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento'', dice Su Santidad Juan Pablo II en su encíclica El Evangelio de la Vida (Evangelium vitae, 1995), que debería ser parte esencial de la formación religiosa y cultural de todos. ``Desde el momento en que el óvulo es fecundado se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces'' (Declaración sobre el aborto, Congregación para la Doctrina de la Fe, 1974).

Pero que la Iglesia haya advertido una y otra vez sobre este crimen contra la humanidad y que lo siga denunciando no asombra ni asusta a quienes no creen en Dios o se dicen cristianos sin serlo. Han sido los adelantos de la ciencia los que han confirmado lo que en la Biblia se reveló como evidencia siempre.

La genética ha demostrado que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de una persona con sus características bien determinadas. Y la máquina de ultrasonido ha puesto ante la vista de todos que con la fecundación se inicia una vida humana. Esto ha causado una creciente toma de conciencia nacional sobre la verdadera naturaleza del aborto como asesinato. Cito aquí los testimonios de algunas personas que practicaron el aborto por años.

• Cuando la jefa de enfermeras de una clínica de abortos en Virginia, Joan Appleton, ayudó a hacer un aborto, mirando por primera vez la pantalla del ultrasonido, vio cómo la criatura de 17 semanas se movía, tratando de salvar su vida. ``Yo vi al bebé luchando por vivir, huyéndole del tubo de succión que lo buscaba para destrozarlo'', dice la mujer, que tuvo una crisis que la llevó a dejar su trabajo y unirse a un grupo pro vida.

• El doctor Joseph Randall, de Atlanta, se especializaba en la técnica de dilatación y evacuación en abortos tardíos por medio de la cual se hala por pedazos a los niños no nacidos después de triturarles la cabeza. Al final de cada operación, dice, ``hay que reensamblar a todo el bebé: brazos, piernas, cabeza, pecho, todo, para estar seguro de que no se deja ninguna parte dentro de la madre. Ahí era que se ponía difícil la situación''. Algunas enfermeras dejaron el trabajo, dice el médico, porque no podían soportar lo que veían, hasta que él también dejó de hacer abortos.

• La asistenta médica Debra Henry trabajó en una clínica de abortos de Detroit por seis meses. ``Oír cómo se rompen los huesos del bebé a medida que el médico los va sacando fuera de la mujer es una experiencia que jamás olvidas'', dice Henry, hoy subdirectora de la Liga pro Vida de Michigan.

Pero son las confesiones del doctor Bernard Nathanson las más impresionantes por tratarse de la persona que más promovió la legalización del aborto en Estados Unidos. En su clínica, el Centro de Salud Sexual y la Reproducción, al que hoy llama ``un buen eufemismo para lo que se convirtió en un matadero'', se realizaron más de 60,000 abortos, él personalmente hizo unos 5,000. Su conversión al catolicismo fue un proceso lento que se inició cuando fue a dirigir el departamento de embriología y perinatalogía (especialidad médica que se ocupa del feto y del recién nacido) en el hospital St. Luke, en Nueva York, equipado con los mejores equipos técnicos para esas nuevas especializaciones. ``Desde que comprobé con absoluta claridad que el feto respira, que duerme con unos ciclos de sueño perfectamente definidos, que es sensible a los sonidos [reconoce la voz de la madre], que reacciona de distinta manera ante diferentes tipos de música, al dolor y a cualesquiera otros estímulos, me resultó insoslayable que el feto es una vida que debe ser protegida; como científico yo sé, no es que crea, es que sé, que la vida humana comienza en la concepción''.

El doctor Bernard Nathanson se bautizó y comulgó por primera vez en la Catedral de San Patricio, en Nueva York, en 1996. Su libro, La mano de Dios, es una obra maestra del género autobiográfico, pero sobre todo un testimonio valiosísimo en contra del aborto.

La visión de un cristiano no puede limitarse al horizonte de esta vida; el cristiano sabe que en la vida presente se prepara la otra, y que sus decisiones y juicios debe hacerlos fundados en el evangelio y la vida eterna. Vivimos en el embrión de una nueva vida, naceremos al morir. El infierno no es otra cosa que la ausencia de Dios, no imagino tormento mayor.

La Biblia nos revela cuánto nos ama Dios desde esa eternidad a la que nos llama: ``Mi embrión tus ojos lo veían'' (Salmo 139/138, 16). ``Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía, Y antes de que nacieses, te tenía consagrado'' (Jeremías, 1, 5). ``Yahvé desde el seno materno me llamó: Desde las entrañas de mi madre me nombró'' (Isaías 49, 1). ``Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo.... para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!'' (Gálatas 4, 4-6).

Julio 24, 2003.

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