“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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El juicio sumario de Dios

Dora Amador

Han pasado 44 años de la noche horrible en que fusilaron a mi tío, un hombre inocente. Lo juzgaron a las 7 de la noche del 20 de enero de 1959 y lo fusilaron a las 5 de la mañana del otro día, 21 de enero. Mi tío se llamaba Rafael Pedraja López, tenía 26 años, era soldado del ejército de Fulgencio Batista y trabajaba como chofer de ambulancia en Pinar del Río. No había cometido ningún crimen, pero lo juzgaron sumariamente. La orden de fusilamiento de él y otros 15 hombres que murieron ese día en el paredón, la dio Delmidio Escalona; y el tiro de gracia un hombre de apellido Tellería, ``el que daba los tiros de gracia en Pinar del Río'', me asegura alguien que sabe lo que dice. Yo tenía 10 años, pero lo recuerdo bien por el grito de mi tía, que rajó la noche como con un cuchillo. Mis primos  y yo estábamos viendo televisión en la sala y cuando oímos el grito corrimos para el comedor, donde la vimos tirada en el piso sin parar de gritar y llorar: mi tía Oílda acababa de oír en una estación de radio la lista de los hombres que serían fusilados al amanecer. Ya no recuerdo más, excepto que trataban de levantarla del piso y no podían; y que el otro hermano de mi madre, tío Osvaldo, salió apurado de la casa y le gritaban ``¡Ten cuidado!''. Mi tía no pudo ver a su marido antes de morir, pero él le escribió un corto mensaje en una caja de cigarrillos Partagás donde le decía que la quería a ella y a la hija de ambos, mi prima Raisa. Mi madre me contó muchos años después que ella vio de lejos los cadáveres que llevaban en una carreta por donde chorreaba la sangre.

A María Elena Larrea, religiosa franciscana, le fusilaron a su padre, Manuel de Jesús Larrea, el 13 de marzo de 1959. Tenía 33 años, trabajaba en la estación de radio CMKC, en Santiago de Cuba, y también escribía para un periódico. Una vez entrevistó a Fidel Castro. Tampoco había asesinado a nadie, pero estaba contra la revolución. María Elena recuerda cuando allanaron su casa y se llevaron la grabadora y los papeles de su padre. A Larrea lo fusilaron en la Cárcel de Boniato, también con tiro de gracia, y fue enterrado en una fosa común.

En la cárcel que está en el kilómetro 5 de la carretera de Luis Lazo, en Pinar del Río, fusilaron el 5 de mayo de 1963 a Vicente Cuevas Pi. Este hombre no había matado a nadie, no era un delincuente, pero pertenecía a una organización política disidente llamada 20 de Mayo. Por eso fusilaron a Vicente Cuevas a los 34 años.

Ahora fusilaron a tres jóvenes que intentaban irse del país y condenaron a muchos años de presidio a 75 disidentes. Más de 40 son católicos encargados de recoger firmas para el Proyecto Varela, que pide elecciones.

Hizo bien el arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Pedro Meurice, en recordarnos en su mensaje de Pascua del 20 de abril, que ``hay que llenarse de Jesús y de su fuerza [....] pues hay demonios que no salen sino a base de mucha oración y ayuno, como nos enseñó el Señor de la Historia''.

El 5to. Domingo de Cuaresma, en la parroquia Santa Teresita en Santiago, el padre José Conrado hizo un valiente llamado en defensa de los derechos humanos en su homilía, que termina con estas palabras: ``No podemos permanecer indiferentes ante esta nueva Pasión del Señor [....] No hay opción. No nos han dejado opción. O con Cristo o contra Él''.

El Domingo de Ramos en todas las iglesias del país se leyó el mensaje de los obispos que expresa su rechazo a los fusilamientos y las condenas a los disidentes; la ovación de los presentes fue como un eco que recorrió la isla. En el muro de la catedral de La Habana estaba expuesto el texto íntegro de la carta pastoral No hay patria sin virtud, del cardenal Jaime Ortega.

En Pinar del Río, Dagoberto Valdés, director de la revista Vitral -ingeniero condenado a ganarse la vida recogiendo yaguas en los campos de Vuelta Abajo- escribió un Vía crucis cubano que rezamos juntos el Viernes Santo cientos o miles de personas en Miami, Cuba y Venezuela sin saberlo. Ha sido otra prueba de `la fuerza de lo pequeño`, como repite y confirma Dagoberto.

El 1 de mayo Fidel Castro acusó al presidente Bush de ser un ``fanático incontenible'' porque utilizaba ``extraños términos'', como ``justicia infinita'', ``Dios no es ambiguo'', y porque habla de la lucha ``del bien y el mal''. Yo disiento de Bush en ciertos temas. Lo expreso y no me encarcelan, porque vivo en un país libre. Coincido con él, sin embargo, en los ``extraños términos'' que utiliza. De Cuba me llegó una oración que rezo todos los días como un mantra: ``Nuestra Señora de la Caridad, Santa Madre de Cuba, haz que Jesucristo renazca en el corazón de todos tus hijos, y defiende a tu pueblo del mal. Amén''.

Podrá darles risa a los anticristos de Cuba -recordando las palabras del padre José Conrado- el juicio final de Dios, pero vendrá, y será sumarísimo.

Mayo 15,  2003.

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