“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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El Señor de la belleza

Dora Amador

Bordeando el arroyo rumbo a la cuenca, origen y fin del torrente, apoyándome en los árboles para no resbalar, iba escuchando el agua correr entre las piedras. El camino era violento: estrecho desfiladero de intrincadas raíces, tierra pedregosa y húmeda en declive, rocas a orillas del barranco como asientos que la naturaleza ofrecía para descanso del caminante. ¡Arces por todas partes! Multitud de pinos y muchos otros árboles de tan tupido follaje que el calor del sol de agosto llegaba fresco a aquel bosque que, como toda belleza, me hablaba de su Autor. Paisaje de Nueva Inglaterra, epifanía de poetas peregrinos, cantores de tu grandiosa belleza: Robert Frost, Walt Whitman, Henry David Thoreau, Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson. Yo no sabía cuando inicié mis vacaciones de verano que estaría pisando terreno sagrado. Dios se complace en alterar nuestros proyectos, toda expectativa queda siempre superada por la promesa: al que lo deje todo por mí le daré el ciento por uno aquí en la tierra y después, vida eterna.

El viaje se inició rumbo al noreste porque una congregación religiosa de mujeres nos habían invitado a cinco laicas asociadas a la espiritualidad franciscana a su asamblea. Las Hermanas Franciscanas de la Penitencia y la Caridad tienen su casa provincial en Stella Niagara, Nueva York, a orillas del río Niágara. Por tres días compartimos la alegría del encuentro de estas 250 religiosas que habían llegado de sus comunidades para intercambiar reflexiones sobre la vida religiosa, la situación mundial y nacional, la Iglesia Católica, el islam y el diálogo interreligioso.

La declaración oficial de su misión es prueba de su compromiso radical: ``Conscientes de nuestra experiencia e historia personal, comunitaria y nacional de pecado y de gracia, nosotras, como pueblo de Dios, nos comprometemos a luchar por los derechos humanos, la armonía ecológica y la paz global. Dondequiera que vivimos y servimos contemplamos la palabra de Dios y nos llamamos mutuamente a la conversión de corazón para transformar las estructuras injustas y escuchar el grito de los pobres. Confiando en Dios y dispuestas a correr riesgos, caminamos con valor''.

Las jornadas de trabajo culminaron con una eucaristía y el rito de envío a los respectivos ministerios de cada una. Terminaba así un encuentro de fe en comunión de esperanzas. Y a medida que me alejaba del antiguo convento rumbo a los bosques del norte, me pareció oler de nuevo el incienso y caer sobre mí las gotas de agua bendita con que nos rociaron para la renovación bautismal. Y di gracias al Señor de la Belleza por el bautismo que me consagró a Cristo y me hizo amar a la Iglesia Católica en su triple dimensión de misterio, misión, comunión.

Fue entonces que se inició la segunda parte de mi viaje. Con varios mapas como guías nos dirigimos rumbo al este para cruzar la frontera del estado de Nueva York y así llegar a Vermont y a New Hampshire. De Bennington a Brattleboro, de Marlboro a Manchester, atravesando campos y ríos, tierra labrada y selvas por angostas carreteras en las que se avisaba de animales cercanos -ciervos, osos, alces y otros-, puentes de madera construidos hace más de cien años. Por el camino vimos alpinistas, campesinos chapoteando en ríos y saltos de agua, aves y flores silvestres preciosas; vacas blancas de pintas negras saboreando pacientemente su hierba y pistas de esquiar que en invierno serían blancos montes de nieve, ahora en pleno verdor de verano. Después de aventurarnos por la espesura de las imponentes Montañas Blancas llegamos por fin al Lago del Perfil.

Ya me habían hablado del Viejo de la Montaña, en Franconia Notch, un perfil tallado por la naturaleza formado por cinco capas de granito que sobresale abruptamente hacia el cielo desde la cima de una montaña. Los indios le llamaron la Gran Cara de Piedra, yo le llamo el rostro de Dios, porque cuando miré hacia arriba lo vi claro: era el rostro de Cristo crucificado. Y recordé una frase de la espiritualidad oriental que llama a Cristo ``el Bellísimo, de belleza superior a todos los mortales''.

Casi llegaba el fin de nuestra andanza por ``el país de Dios'' -así le llaman los nativos a toda esta región-, donde me hubiera quedado años. Pero aprendí que no es sabio intentar atrapar la belleza, que hay que seguir, porque Dios nos quiere aquí sólo de paso descubriendo en el camino destellos de su Ser, que es la Belleza misma. ``Por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador''. (Sabiduría 13, 5).

Y tomamos el rumbo de regreso por otras rutas solitarias que nos conducirían a nuestro destino final: la Abadía de Weston. Estaba en una colina escondida en un bosque en el centro de Vermont. Los monjes benedictinos se levantan antes de la salida del sol para rezar; trabajan cultivando la tierra y tallando obras de madera y cerámica. Pero son conocidos principalmente por sus cantos. Me he hospedado en monasterios benedictinos y trapenses, pero éste, donde se celebra la misa en un granero y es de una sencillez casi desnuda ante la creación -almorzamos debajo de un manzano en flor- me impresionó profundamente. Sobre todo al caer la tarde, cuando el silencio y la soledad de aquella lejanía se transformó de pronto en comunión de una multitud de extraños alrededor de una misma mesa. Gentes de todas partes habían venido para la eucaristía a pesar de los truenos y el aguacero que golpeaba las tablas del viejo granero. Y presencié el gran acontecimiento del mundo en la más hermosa catedral: Jesús invitándonos a su gran banquete de amor.

Fue una experiencia fuerte de Dios que acaso logro transmitir con las palabras de San Agustín: ``¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!''

Septiembre 5, 2002

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