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El
Señor de la belleza
Dora Amador
Bordeando el arroyo rumbo a la cuenca, origen y fin del
torrente, apoyándome en los árboles para no resbalar,
iba escuchando el agua correr entre las piedras. El
camino era violento: estrecho desfiladero de intrincadas
raíces, tierra pedregosa y húmeda en declive, rocas a
orillas del barranco como asientos que la naturaleza
ofrecía para descanso del caminante. ¡Arces por todas
partes! Multitud de pinos y muchos otros árboles de tan
tupido follaje que el calor del sol de agosto llegaba
fresco a aquel bosque que, como toda belleza, me hablaba
de su Autor. Paisaje de Nueva Inglaterra, epifanía de
poetas peregrinos, cantores de tu grandiosa belleza:
Robert Frost, Walt Whitman, Henry David Thoreau,
Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson. Yo no sabía
cuando inicié mis vacaciones de verano que estaría
pisando terreno sagrado. Dios se complace en alterar
nuestros proyectos, toda expectativa queda siempre
superada por la promesa: al que lo deje todo por mí le
daré el ciento por uno aquí en la tierra y después, vida
eterna.
El viaje se inició rumbo al noreste porque una
congregación religiosa de mujeres nos habían invitado a
cinco laicas asociadas a la espiritualidad franciscana a
su asamblea. Las Hermanas Franciscanas de la Penitencia
y la Caridad tienen su casa provincial en Stella
Niagara, Nueva York, a orillas del río Niágara. Por tres
días compartimos la alegría del encuentro de estas 250
religiosas que habían llegado de sus comunidades para
intercambiar reflexiones sobre la vida religiosa, la
situación mundial y nacional, la Iglesia Católica, el
islam y el diálogo interreligioso.
La declaración oficial de su misión es prueba de su
compromiso radical: ``Conscientes de nuestra experiencia
e historia personal, comunitaria y nacional de pecado y
de gracia, nosotras, como pueblo de Dios, nos
comprometemos a luchar por los derechos humanos, la
armonía ecológica y la paz global. Dondequiera que
vivimos y servimos contemplamos la palabra de Dios y nos
llamamos mutuamente a la conversión de corazón para
transformar las estructuras injustas y escuchar el grito
de los pobres. Confiando en Dios y dispuestas a correr
riesgos, caminamos con valor''.
Las jornadas de trabajo culminaron con una eucaristía y
el rito de envío a los respectivos ministerios de cada
una. Terminaba así un encuentro de fe en comunión de
esperanzas. Y a medida que me alejaba del antiguo
convento rumbo a los bosques del norte, me pareció oler
de nuevo el incienso y caer sobre mí las gotas de agua
bendita con que nos rociaron para la renovación
bautismal. Y di gracias al Señor de la Belleza por el
bautismo que me consagró a Cristo y me hizo amar a la
Iglesia Católica en su triple dimensión de misterio,
misión, comunión.
Fue entonces que se inició la segunda parte de mi viaje.
Con varios mapas como guías nos dirigimos rumbo al este
para cruzar la frontera del estado de Nueva York y así
llegar a Vermont y a New Hampshire. De Bennington a
Brattleboro, de Marlboro a Manchester, atravesando
campos y ríos, tierra labrada y selvas por angostas
carreteras en las que se avisaba de animales cercanos -ciervos,
osos, alces y otros-, puentes de madera construidos hace
más de cien años. Por el camino vimos alpinistas,
campesinos chapoteando en ríos y saltos de agua, aves y
flores silvestres preciosas; vacas blancas de pintas
negras saboreando pacientemente su hierba y pistas de
esquiar que en invierno serían blancos montes de nieve,
ahora en pleno verdor de verano. Después de aventurarnos
por la espesura de las imponentes Montañas Blancas
llegamos por fin al Lago del Perfil.
Ya me habían hablado del Viejo de la Montaña, en
Franconia Notch, un perfil tallado por la naturaleza
formado por cinco capas de granito que sobresale
abruptamente hacia el cielo desde la cima de una montaña.
Los indios le llamaron la Gran Cara de Piedra, yo le
llamo el rostro de Dios, porque cuando miré hacia arriba
lo vi claro: era el rostro de Cristo crucificado. Y
recordé una frase de la espiritualidad oriental que
llama a Cristo ``el Bellísimo, de belleza superior a
todos los mortales''.
Casi llegaba el fin de nuestra andanza por ``el país de
Dios'' -así le llaman los nativos a toda esta región-,
donde me hubiera quedado años. Pero aprendí que no es
sabio intentar atrapar la belleza, que hay que seguir,
porque Dios nos quiere aquí sólo de paso descubriendo en
el camino destellos de su Ser, que es la Belleza misma.
``Por la grandeza y hermosura de las criaturas se
descubre, por analogía, a su Creador''. (Sabiduría 13,
5).
Y tomamos el rumbo de regreso por otras rutas solitarias
que nos conducirían a nuestro destino final: la Abadía
de Weston. Estaba en una colina escondida en un bosque
en el centro de Vermont. Los monjes benedictinos se
levantan antes de la salida del sol para rezar; trabajan
cultivando la tierra y tallando obras de madera y
cerámica. Pero son conocidos principalmente por sus
cantos. Me he hospedado en monasterios benedictinos y
trapenses, pero éste, donde se celebra la misa en un
granero y es de una sencillez casi desnuda ante la
creación -almorzamos debajo de un manzano en flor- me
impresionó profundamente. Sobre todo al caer la tarde,
cuando el silencio y la soledad de aquella lejanía se
transformó de pronto en comunión de una multitud de
extraños alrededor de una misma mesa. Gentes de todas
partes habían venido para la eucaristía a pesar de los
truenos y el aguacero que golpeaba las tablas del viejo
granero. Y presencié el gran acontecimiento del mundo en
la más hermosa catedral: Jesús invitándonos a su gran
banquete de amor.
Fue una experiencia fuerte de Dios que acaso logro
transmitir con las palabras de San Agustín: ``¡Tarde te
amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!''
Septiembre 5, 2002 |