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A nuestro alcance : encarnar el evangelio
Dora Amador
Uno se pregunta cómo puede un ser humano convertir el
dolor ajeno en aliento de vida; cómo puede hallar en el
sufrimiento más devastador que padece otro un sentido
para vivir, un compromiso que le dé coherencia, razón de
ser. Acabo de conocer a una persona así, una mujer
excepcional llamada Carmen Vallejo, y de nuevo compruebo
que la respuesta siempre es una sola: es Dios que habita
en ella, que la mueve a la solidaridad con los que
sufren.
``A menos que se viva para los demás, no vale la pena
vivir... '', le dijo la Madre Teresa a Carmen cuando
visitó a Cuba en 1988. Carmen había empezado a trabajar
de voluntaria ese año con las Misioneras de la Caridad
en la parroquia de Jesús Obrero, en un barrio marginal
de La Habana. Pero fue conocer a la Madre Teresa,
escucharla --fue su intérprete en todas las reuniones y
conferencias--, compartir con ella, lo que hizo posible
lo que ella llama la transformación de su vida. ``A
partir de ese entonces empecé a ser una mujer alegre, me
di cuenta de que Jesús era la única respuesta al
sufrimiento. La Madre hizo que me valorara a mí misma,
que hallara un sentido a mi vida, y me sintiera digna''.
Carmen vino para compartir con nosotros los testimonios
estremecedores de niños y niñas enfermos de cáncer en
Cuba. También los de los padres de estos niños, sumidos
en la pobreza, que necesitan nuestra ayuda. Ha venidoo
para que la acompañemos en su misión, a la cual está
entregada junto a su esposo Rey Febles desde hace 10
años.
Ver las fotos de los niños me reveló en un minuto hasta
donde puede llegar visualmente el horror de un tumor
maligno. Leer sus cartas o las de sus madres, oír el
testimonio de Carmen: lo que ahí, en el Instituto
Nacional de Oncología vive día a día, es una experiencia
que sacude. Pero vi también a esos y otros niños
enfermos compartir alegremente una mesa con helados,
juguetes, refrescos, y a sus padres junto a ellos, acaso
sonriendo por primera vez en mucho tiempo. Vi a Carmen y
a Rey, que hicieron posible la fiesta, celebrando con
ellos.
La labor principal de este matrimonio es la catequesis
de los niños, labor que se extiende a los padres. Los
testimonios de fe y de agradecimiento de los niños, y la
conversión de muchos padres --leo cartas llenas de
emoción donde les cuentan que han ido a una iglesia, o
que han empezado a buscar a Dios y a orar-- es la
recompensa mayor que reciben Carmey y Rey.
En la sala infantil del hospital oncológico hay
capacidad sólo para 28 niños. Pero es ahí donde se
atienden a los enfermos de cáncer de Cuba. Como casi
todos los niños que van a recibir tratamiento son del
interior del país, muchas veces las madres tienen que
dejar el trabajo porque se quedan largas temporadas en
La Habana, o deben regresar cada dos o tres semanas.
Esas madres no siempre tienen donde quedarse, ni dinero
para el pasaje, o comida suficiente. Las almohadas del
hospital son inservibles, los niños no tienen cepillos
de dientes o pasta, ni pañales, y es un privilegio que
puedan probar un helado, una malta, caramelos. El
privilegio mayor: un juguete.
Para ayudar a estos niños y sus familias se acaba de
crear la organización Candelaria (nombrada así en honor
a la Virgen de la Candelaria), dirigida en el exilio por
María A. García, María A. Díaz y Cristina Brito, tres
laicas comprometidas con la ayuda religiosa a Cuba. Lo
que ellas piden es que las personas donen lo que puedan:
$5, $10, $20, que mucho se logra con eso en Cuba. Si es
posible, lo mejor es que cada persona que decida ayudar
lo haga enviando una cuota mensual, por pequeña que sea.
En los que nos toca, uno de los frutos importantes de la
visita del Papa a Cuba es un encuentro mayor entre
católicos de aquí y de allá. Otro es la ayuda económica
que algunas parroquias en Miami envían a diferentes
diócesis para la construcción o reconstrucción de
templos, envío de material religioso, etc. Otro
igualmente hermoso: el surgimiento de grupos o de
personas que van allá para trabajar en la Iglesia.
Termino citando las palabras que el Santo Padre nos
dirigió a todos los cubanos en el Encuentro con el mundo
del dolor, en el Santuario de San Lázaro en el Rincón,
el 24 de enero:
``El sufrimiento se transforma cuando experimentamos en
nosotros la cercanía y la solidaridad del Dios vivo: ``
Yo sé que mi redentor vive, y al fin... yo veré a Dios
'' (Job 19, 25.26). Con esa certeza se adquiere la paz
interior. De la alegría espiritual, sosegada y profunda,
que brota del ``Evangelio del sufrimiento'', se adquiere
conciencia de la grandeza y dignidad del hombre que
sufre generosamente y ofrece su dolor... Queridos
hermanos: los cubanos necesitan de la fuerza interior,
de la paz profunda y de la alegría que brota del `Evangelio
del sufrimiento'. Ofrézcanlo de modo generoso para que
Cuba `vea a Dios cara a cara'... y cada cubano, desde lo
más profundo de su ser, pueda decir: `Yo sé que mi
Redentor vive' . Ese Redentor no es otro que Jesucristo,
Nuestro Señor... Cuando sufre una persona en su alma, o
cuando sufre el alma de una nación, ese dolor debe
convocar a la solidaridad, a la justicia, a la
construcción de la civilización de la verdad y del amor''.
Septiembre 3, 1998. |