“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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A nuestro alcance : encarnar el evangelio

Dora Amador

Uno se pregunta cómo puede un ser humano convertir el dolor ajeno en aliento de vida; cómo puede hallar en el sufrimiento más devastador que padece otro  un sentido para vivir, un compromiso que le dé coherencia, razón de ser. Acabo de conocer a una persona así, una mujer excepcional llamada Carmen Vallejo, y de nuevo compruebo que la respuesta siempre es una sola: es Dios que habita en ella, que la mueve a la solidaridad con los que sufren.

``A menos que se viva para los demás, no vale la pena vivir... '', le dijo la Madre Teresa a Carmen cuando visitó a Cuba en 1988. Carmen había empezado a trabajar de voluntaria ese año con las Misioneras de la Caridad en la parroquia de Jesús Obrero, en un barrio marginal de La Habana. Pero fue conocer a la Madre Teresa, escucharla --fue su intérprete en todas las reuniones y conferencias--, compartir con ella, lo que hizo posible lo que ella llama la transformación de su vida. ``A partir de ese entonces empecé a ser una mujer alegre, me di cuenta de que Jesús era la única respuesta al sufrimiento. La Madre hizo que me valorara a mí misma, que hallara un sentido a mi vida, y me sintiera digna''.

Carmen vino para compartir con nosotros los testimonios estremecedores de niños y niñas enfermos de cáncer en Cuba. También los de los padres de estos niños, sumidos en la pobreza, que necesitan nuestra ayuda. Ha venidoo para que la acompañemos en su misión, a la cual está entregada junto a su esposo Rey Febles desde hace 10 años.

Ver las fotos de los niños me reveló en un minuto hasta donde puede llegar visualmente el horror de un tumor maligno. Leer sus cartas o las de sus madres, oír el testimonio de Carmen: lo que ahí, en el Instituto Nacional de Oncología vive día a día, es una experiencia que sacude. Pero vi también a esos y otros niños enfermos compartir alegremente una mesa con helados, juguetes, refrescos, y a sus padres junto a ellos, acaso sonriendo por primera vez en mucho tiempo. Vi a Carmen y a Rey, que hicieron posible la fiesta, celebrando con ellos.

La labor principal de este matrimonio es la catequesis de los niños, labor que se extiende a los padres. Los testimonios de fe y de agradecimiento de los niños, y la conversión de muchos padres --leo cartas llenas de emoción donde les cuentan que han ido a una iglesia, o que han empezado a buscar a Dios y a orar-- es la recompensa mayor que reciben Carmey y Rey.

En la sala infantil del hospital oncológico hay capacidad sólo para 28 niños. Pero es ahí donde se atienden a los enfermos de cáncer de Cuba. Como casi todos los niños que van a recibir tratamiento son del interior del país, muchas veces las madres tienen que dejar el trabajo porque se quedan largas temporadas en La Habana, o deben regresar cada dos o tres semanas. Esas madres no siempre tienen donde quedarse, ni dinero para el pasaje, o comida suficiente. Las almohadas del hospital son inservibles, los niños no tienen cepillos de dientes o pasta, ni pañales, y es un privilegio que puedan probar un helado, una malta, caramelos. El privilegio mayor: un juguete.

Para ayudar a estos niños y sus familias se acaba de crear la organización Candelaria (nombrada así en honor a la Virgen de la Candelaria), dirigida en el exilio por María A. García, María A. Díaz y Cristina Brito, tres laicas comprometidas con la ayuda religiosa a Cuba. Lo que ellas piden es que las personas donen lo que puedan: $5, $10, $20, que mucho se logra con eso en Cuba. Si es posible, lo mejor es que cada persona que decida ayudar lo haga enviando una cuota mensual, por pequeña que sea.

En los que nos toca, uno de los frutos importantes de la visita del Papa a Cuba es un encuentro mayor entre católicos de aquí y de allá. Otro es la ayuda económica que algunas parroquias en Miami envían a diferentes diócesis para la construcción o reconstrucción de templos, envío de material religioso, etc. Otro igualmente hermoso: el surgimiento de grupos o de personas que van allá para trabajar en la Iglesia.

Termino citando las palabras que el Santo Padre nos dirigió a todos los cubanos en el Encuentro con el mundo del dolor, en el Santuario de San Lázaro en el Rincón, el 24 de enero:

``El sufrimiento se transforma cuando experimentamos en nosotros la cercanía y la solidaridad del Dios vivo: `` Yo sé que mi redentor vive, y al fin... yo veré a Dios '' (Job 19, 25.26). Con esa certeza se adquiere la paz interior. De la alegría espiritual, sosegada y profunda, que brota del ``Evangelio del sufrimiento'', se adquiere conciencia de la grandeza y dignidad del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor... Queridos hermanos: los cubanos necesitan de la fuerza interior, de la paz profunda y de la alegría que brota del `Evangelio del sufrimiento'. Ofrézcanlo de modo generoso para que Cuba `vea a Dios cara a cara'... y cada cubano, desde lo más profundo de su ser, pueda decir: `Yo sé que mi Redentor vive' . Ese Redentor no es otro que Jesucristo, Nuestro Señor... Cuando sufre una persona en su alma, o cuando sufre el alma de una nación, ese dolor debe convocar a la solidaridad, a la justicia, a la construcción de la civilización de la verdad y del amor''.

Septiembre 3,  1998.

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