|
La
paloma enamorada
Dora Amador
Más de una lectura ofrece la pintura El Cristo de
espaldas, de Tomás Fundora, cuya reproducción en
forma de afiche, o en miniaturas con oraciones escritas
por detrás, se está haciendo popular en La Habana.
Fundora vive en Cayo Largo, en el sur de la Florida, y
después de tener por más de 20 años el cuadro escondido
por temor a más represalias (varias fracturas sufrió en
las manos cuando algunos fundamentalistas se molestaron
con la obra y lo golpearon), ahora lo tiene colgado en
su galería.
Fundamentalistas hay en todas las religiones, en todas
partes, pero obras de arte con la figura de Jesucristo
como centro, que nos inviten a la reflexión, no abundan.
Un amigo que está de visita aquí y regresa mañana a
Cuba, me comentó que allá alguien le había dicho que,
para él, Cristo estaba mirando al mar, interpretación
nada peregrina si surgió en la isla. Otros me han
comentado que mira al cielo o a un horizonte lejano e
impreciso. El artista me dice que él no pintó el mar, ni
el cielo, pero que se presta a esa interpretación, y a
otras.
Metáfora del seguimiento
El Cristo de espaldas fue pintado en los temibles días
de la Crisis de Octubre --1962--, cuando además, Fundora
acababa de salir de Cuba, y se sentía, como la mayoría
de los cubanos allá y acá, desesperado. (Así, de hecho,
empieza una oración escrita por él en el dorso de una
reproducción del cuadro: “Cristo de los desesperados”).
Fue quizá por eso que le dio ese título a la obra,
porque se sintió abandonado por Dios, Dios le daba la
espalda. Pero Fundora dice también que lo había pintado
así porque la perspectiva del seguidor es sencilla: ``Nadie
que está siguiendo a Cristo lo ve de frente''. Por
supuesto, ésta es una interpretación superficial, casi
nula, de la metáfora del ``seguimiento de Jesús'', clave
de la espiritualidad cristiana, eje sobre el cual gira
la relación raigal de todo creyente con Jesucristo.
``El que quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo,
cargue con su cruz, y sígame''. Esta es la frase
evangélica fundamental que nos muestra lo que es el
seguimiento de Jesús y las consecuencias que conlleva
hacerlo. En esta frase están también prefiguradas todas
las que el Hijo de Dios le dirige no sólo a sus
discípulos, sino a las multitudes. Pero como seguir a
Jesús es --escuchar el llamado y obedecerle-- estar
dispuesto a asumir su destino, son muchos los llamados,
pocos los elegidos. Sólo es obediente el creyente, sólo
es creyente el obediente.
Los niveles de comprensión de la metáfora son múltiples
y riquísimos. Recomiendo dos excelentes libros sobre el
tema: El seguimiento de Jesús, de José María
Castillo, y El precio de la gracia. El
seguimiento, de Dietrich Bonhoeffer, ambos de
Ediciones Sígueme. (Se pueden conseguir en cualquier
librería católica, y si no los tienen, se pueden ordenar).
¿En qué consiste, pues, ese seguimiento? Es la adhesión
total, no de palabra sólo, sino de conducta y de vida a
la persona y la obra de Cristo. Es vínculo de amor,
mística --pasión, entrega absoluta a Dios--, pero
también compromiso social y ética cristiana. Quien sigue
a Jesús está dispuesto a romper con todo y lanzarse a la
total desinstalación, el riesgo, el fracaso y la muerte,
porque el lazo entre seguimiento verdadero y cruz es
estrecho. Usando esa preciosa metáfora de la poeta
cubana Silvia Rodríguez Rivero en su canto a la Virgen
de la Caridad, Misteriosa Transparencia, el
seguimiento de Jesús es volar como una paloma enamorada,
rumbo a él. Porque en esa opción libre y radical es
donde único se encuentra la vida plena, vida que es,
además, eterna.
Con razón la pintura de Fundora ha despertado interés.
Pero suele suceder que los artistas no son los mejores
intérpretes de su obra, obra que muchas veces trasciende
toda intención o resultado. Y no deja de ser curioso que,
pintada en Nueva York hace más de 30 años, reaparezca
ahora en Cuba, donde se viven procesos sin precedentes
de conversión.
Mi primera lectura de la obra fue la del cubano de la
isla: Jesús está allá, frente al mar. Pero curiosamente,
a mí, que estoy en Miami, no me da la espalda --Jesús
nunca la da--, me llama de frente a que lo siga, yendo
hacia donde está.
Agosto 27, 1998. |