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Una opción
radical
Dora Amador
“El culto a Dios no se puede separa del amor al prójimo,
hasta el punto de que debemos dejar la ofrende sin
presentarla si recordamos haber ofendido a alguien, y
buscar primero la reconciliación”
Ricardo Antoncich
Su huella, que es huella de amor, presente en sus actos
y sus palabras, permanecerá en mí. Ha sido afortunado
conocer a Ricardo Antoncich, este hombre singular de
sonrisa clara y mirada reflexiva profunda. En tiempo de
Adviento, a la espera jubilosa de Jesús, quiero
compartir este encuentro.
El maestro jesuita peruano está en Miami dictando un
curso de principios éticos y doctrina social de la
Iglesia y dirigiendo los Ejercicios Espirituales de
Ignacio de Loyola en el SEPI (Southeast Pastoral
Institute and Catholic Spiritual Center). Después de
muchos años de incesante viajar impartiendo cursos,
retiros, dando conferencias o cumpliendo con las
responsabilidades de teólogo en la Confederación
Latinoamericana de Religiosos, CLAR, Antoncich ha
decidido aminorar un poco la actividad internacional y
se dedica a la enseñanza de ética en la Escuela Superior
de Filosofía Antonio Ruiz Montoya, en Lima. Entre sus
libros más importantes se cuentan Temas urgentes de
la doctrina social de la Iglesia; Cristianos ante la
injusticia y Cuando recen digan Padre Nuestro.
Pregunta:
La desesperanza es a veces El grano de trigo
inevitable. Según las últimas cifras reveladas en
noviembre, el número de personas que vive por debajo del
nivel de pobreza en Estados Unidos asciende ya a 40
millones. En el festín de influencias y despojo que
impera hoy en el país más poderoso del mundo, los pobres
—viejos y niños, inmigrantes, negros, marginados— son
despreciados como nunca y sin el mínimo pudor, culpados
de su pobreza. ¿Qué puede hacer la Iglesia?
Respuesta:
El método que ha utilizado el Papa en sus encíclicas
sociales es muy interesante. Es como una constante en
que toca los temas candentes y los llama por sus nombres
candentes. En Laborem Exercens dice que el
conflicto de la sociedad tecnológica moderna es el
conflicto entre el trabajo humano y el capital. Lo que
para Marx se trata de clases sociales, para Juan Pablo
II se trata de valores humanos: el que pone el valor de
la vida en la posesión humana del capital. Allí está en
términos éticos el gran conflicto: Mientras que los
derechos del que tiene el capital están religiosamente
conservados, el derecho más humano que tiene el hombre,
que es el derecho a ganarse la vida con su trabajo, no
está protegido. El Estado no se responsabiliza por ese
trabajo, está dejado a la ley de la oferta y la demanda.
Lo que se plantea el Papa es que el desarrollo es un
fenómeno global. Hay otras fuerzas que no son económicas
que sí ayudan a desarrollar al hombre, que son las
morales. Yo creo que lo que la Iglesia está llamada a
hacer es a darle al pobre el respeto de la dignidad que
tiene, que es persona humana, es capaz, vale y puede
tener otras finalidades y puede tener otras finalidades
en la vida que no son las de poseer; tesoros que valen
más que millones, como la solidaridad, la amistad.
P.:
Hermoso, poder vivir con esos valores de compasión y
fraternidad, pero vivimos la glorificación del cinismo y
la rapiña. ¿Cómo vivir con una ética cristiana en un
mundo hostil y ateo?
R.:
Hay dos elementos: la convicción de que Dios es muy
bueno, es maternal y paternal. Tenemos que quitar las
imágenes del corazón que puedan representar a un Dios no
verdadero, creer en un Dios que es amor y fuente de
vida, eso en el aspecto religioso, en el humano, tener
un propósito muy serio, una opción radical para toda mi
vida y es la de no hacer mal a nadie. Defenderme ante el
mal que me amenaza día a día, pero con el deseo de
corresponder invirtiendo los términos. Somos anillos de
una cadena inmensa de infelicidad, alguien tiene que
cortar un anillo de esos y decir basta, y esa decisión
ética la podemos tomar hoy.
El grano de trigo
P.:
Pero, Ricardo, ¿Por qué tanto sufrimiento humano?
R: Ante el sufrimiento no preguntes por qué, sino para
qué. Siempre para qué. Cuando tengo fe soy conciente de
que la fuerza para vivir no sólo es la mía y la de los
demás, es la fuerza de Dios. El Antiguo Testamento dice:
Nunca vi a un justo desamparado de Dios; y el Nuevo
Testamento empieza diciendo: Hubo un justo desamparado
de Dios, que fue el hijo. Ese choque nos tiene que
decir: no esperes con la esperanza de que esto sea mejor
y lo puedas ver, la puedes percibir y saborear, no
importa, tú será el grano de trigo que tal vez
desaparezca, como Luther King, pero lo que quiso y buscó
lo realizó. Eso sí es esperanza cierta porque no está
contradicha. Yo espero.
P.:
¿De qué manera no contagiarse con el odio, la
violencia, la revancha?
R.:
Hay una anécdota que lo dice mejor que las palabras: A
Muñoz Seca, que fue un actor español cómico, lo
fusilaron en la guerra española, y al momento de morir
dijo: Hay una cosa que ustedes no me van a quitar, y es
el miedo… El cristiano tiene que decir: Hay una cosa que
ustedes no me van a quitar, y es el amor. Me pueden
matar, me pueden hacer lo que quieran, pero el amor no
me lo quitan. Entonces, en lugar de evitar que me
contagien con el odio, tengo algo que decir diferente y
diría con esa oración tan bonita de: Francisco de Asís:
"Donde haya odio, que yo ponga amor": Francisco el
agresivo en ese buen sentido, hay que vivir contagiando
el amor, pero sin imponerse nunca en la conciencia de
nadie.
P.:
No suena mucho al proyecto de vida a que aspira la
derecha religiosa norteamericana, que se llama a sí
misma "cristiana", aliada a los que se llaman
"servidores públicos" y se dedican sólo al saqueo.
R.:
Cuando uno es cristiano sabe que la persona de
Jesucristo es sagrada, y por lo tanto es normativa de la
conducta del que lo sigue, y tenemos que trasladarnos a
la época en que Cristo nació. El centro no era Judea, el
centro era Roma, y por tanto, imaginemos qué supondría
la conversión de un romano ante un emigrante de otra
raza que le venga a decir que es Dios. Debió de ser un
choque cultural terrible. Habría que imaginarse qué
significa para el blanco americano religioso tener que
convertirse a un negro que viene de un país subyugado
por ellos que diga: Yo traigo el mensaje de salvación.
Caramba, esto es una cosa que el romano tuvo que vivir,
y entonces, que un cristiano no defienda al marginado,
al pobre, al extranjero, pues es negación de su propia
fe. En el fondo, ese desprecio al hombre es un desprecio
a Dios.
La dignidad de cada persona
P.:
¿Qué nos depara el cristianismo del tercer milenio?
R.:
Creo que la religión del futuro va a tener que apoyarse
fuertemente en la presencia de lo humano para poder
hablar de Dios. El cristiano llevará hasta sus últimas
consecuencias el respeto a la vida, al pluralismo y la
dignidad de cada persona, y amará a la humanidad, a toda
la humanidad.
La comercialización de lo religioso es un aviso que
tenemos que tomar muy en serio, la religión no es eso,
es otra experiencia diferente, que se gana con el
testimonio de personas de cada día en los pequeños
círculos en que viven, y así tiene que hacerse la red de
la fe. El cristianismo tiene un poquito de complejo de
perder en número de personas, y creo que no es nunca un
problema de números, sino de calidad de vida humana y
cristiana.
Noviembre 23, 1995 |