“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Una opción radical

Dora Amador

“El culto a Dios no se puede separa del amor al prójimo, hasta el punto de que debemos dejar la ofrende sin presentarla si recordamos haber ofendido a alguien, y buscar primero la reconciliación”
Ricardo Antoncich

Su huella, que es huella de amor, presente en sus actos y sus palabras, permanecerá en mí. Ha sido afortunado conocer a Ricardo Antoncich, este hombre singular de sonrisa clara y mirada reflexiva profunda. En tiempo de Adviento, a la espera jubilosa de Jesús, quiero compartir este encuentro.

El maestro jesuita peruano está en Miami dictando un curso de principios éticos y doctrina social de la Iglesia y dirigiendo los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola en el SEPI (Southeast Pastoral Institute and Catholic Spiritual Center). Después de muchos años de incesante viajar impartiendo cursos, retiros, dando conferencias o cumpliendo con las responsabilidades de teólogo en la Confederación Latinoamericana de Religiosos, CLAR, Antoncich ha decidido aminorar un poco la actividad internacional y se dedica a la enseñanza de ética en la Escuela Superior de Filosofía Antonio Ruiz Montoya, en Lima. Entre sus libros más importantes se cuentan Temas urgentes de la doctrina social de la Iglesia; Cristianos ante la injusticia y Cuando recen digan Padre Nuestro.

Pregunta: La desesperanza es a veces El grano de trigo inevitable. Según las últimas cifras reveladas en noviembre, el número de personas que vive por debajo del nivel de pobreza en Estados Unidos asciende ya a 40 millones. En el festín de influencias y despojo que impera hoy en el país más poderoso del mundo, los pobres —viejos y niños, inmigrantes, negros, marginados— son despreciados como nunca y sin el mínimo pudor, culpados de su pobreza. ¿Qué puede hacer la Iglesia?

Respuesta: El método que ha utilizado el Papa en sus encíclicas sociales es muy interesante. Es como una constante en que toca los temas candentes y los llama por sus nombres candentes. En Laborem Exercens dice que el conflicto de la sociedad tecnológica moderna es el conflicto entre el trabajo humano y el capital. Lo que para Marx se trata de clases sociales, para Juan Pablo II se trata de valores humanos: el que pone el valor de la vida en la posesión humana del capital. Allí está en términos éticos el gran conflicto: Mientras que los derechos del que tiene el capital están religiosamente conservados, el derecho más humano que tiene el hombre, que es el derecho a ganarse la vida con su trabajo, no está protegido. El Estado no se responsabiliza por ese trabajo, está dejado a la ley de la oferta y la demanda.

Lo que se plantea el Papa es que el desarrollo es un fenómeno global. Hay otras fuerzas que no son económicas que sí ayudan a desarrollar al hombre, que son las morales. Yo creo que lo que la Iglesia está llamada a hacer es a darle al pobre el respeto  de la dignidad que tiene, que es persona humana, es capaz, vale y puede tener otras finalidades y puede tener otras finalidades en la vida que no son las de poseer; tesoros que valen más que millones, como la solidaridad, la amistad.

P.: Hermoso, poder vivir con esos valores de compasión y fraternidad, pero vivimos la glorificación del cinismo y la rapiña. ¿Cómo vivir con una ética cristiana en un mundo hostil y ateo?

R.: Hay dos elementos: la convicción de que Dios es muy bueno, es maternal y paternal. Tenemos que quitar las imágenes del corazón que puedan representar a un Dios no verdadero, creer en un Dios que es amor y fuente de vida, eso en el aspecto religioso, en el humano, tener un propósito muy serio, una opción radical para toda mi vida y es la de no hacer mal a nadie. Defenderme ante el mal que me amenaza día a día, pero con el deseo de corresponder invirtiendo los términos. Somos anillos de una cadena inmensa de infelicidad, alguien tiene que cortar un anillo de esos y decir basta, y esa decisión ética la podemos tomar hoy.

El grano de trigo

P.: Pero, Ricardo, ¿Por qué tanto sufrimiento humano?

R: Ante el sufrimiento no preguntes por qué, sino para qué. Siempre para qué. Cuando tengo fe soy conciente de que la fuerza para vivir no sólo es la mía y la de los demás, es la fuerza de Dios. El Antiguo Testamento dice: Nunca vi a un justo desamparado de Dios; y el Nuevo Testamento empieza diciendo: Hubo un justo desamparado de Dios, que fue el hijo. Ese choque nos tiene que decir: no esperes con la esperanza de que esto sea mejor y lo puedas ver, la puedes percibir y saborear, no importa, tú será el grano de trigo que tal vez desaparezca, como Luther King, pero lo que quiso y buscó lo realizó. Eso sí es esperanza cierta porque no está contradicha. Yo espero.

P.: ¿De qué manera no contagiarse con el odio, la violencia, la revancha?

R.: Hay una anécdota que lo dice mejor que las palabras: A Muñoz Seca, que fue un actor español cómico, lo fusilaron en la guerra española, y al momento de morir dijo: Hay una cosa que ustedes no me van a quitar, y es el miedo… El cristiano tiene que decir: Hay una cosa que ustedes no me van a quitar, y es el amor. Me pueden matar, me pueden hacer lo que quieran, pero el amor no me lo quitan. Entonces, en lugar de evitar que me contagien con el odio, tengo algo que decir diferente y diría con esa oración tan bonita de: Francisco de Asís: "Donde haya odio, que yo ponga amor": Francisco el agresivo en ese buen sentido, hay que vivir contagiando el amor, pero sin imponerse nunca en la conciencia de nadie.

P.: No suena mucho al proyecto de vida a que aspira la derecha religiosa norteamericana, que se llama a sí misma "cristiana", aliada a los que se llaman "servidores públicos" y se dedican sólo al saqueo.

R.: Cuando uno es cristiano sabe que la persona de Jesucristo es sagrada, y por lo tanto es normativa de la conducta del que lo sigue, y tenemos que trasladarnos a la época en que Cristo nació. El centro no era Judea, el centro era Roma, y por tanto, imaginemos qué supondría la conversión de un romano ante un emigrante de otra raza que le venga a decir que es Dios. Debió de ser un choque cultural terrible. Habría que imaginarse qué significa para el blanco americano religioso tener que convertirse a un negro que viene de un país subyugado por ellos que diga: Yo traigo el mensaje de salvación. Caramba, esto es una cosa que el romano tuvo que vivir, y entonces, que un cristiano no defienda al marginado, al pobre, al extranjero, pues es negación de su propia fe. En el fondo, ese desprecio al hombre es un desprecio a Dios.

La dignidad de cada persona

P.: ¿Qué nos depara el cristianismo del tercer milenio?

R.: Creo que la religión del futuro va a tener que apoyarse fuertemente en la presencia de lo humano para poder hablar de Dios. El cristiano llevará hasta sus últimas consecuencias el respeto a la vida, al pluralismo y la dignidad de cada persona, y amará a la humanidad, a toda la humanidad.

La comercialización de lo religioso es un aviso que tenemos que tomar muy en serio, la religión no es eso, es otra experiencia diferente, que se gana con el testimonio de personas de cada día en los pequeños círculos en que viven, y así tiene que hacerse la red de la fe. El cristianismo tiene un poquito de complejo de perder en número de personas, y creo que no es nunca un problema de números, sino de calidad de vida humana y cristiana.

Noviembre 23, 1995

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