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Entre
la vida y la muerte
Dora Amador
"I shall die, but that is all that I shall do for Death”
Edna St. Vincent Millay
Tendida en la hierba, bajo la sombra y el aroma de los
pinos, hechizada ante la sobrecogedora presencia de la
primavera, intenté describir la experiencia, inútilmente.
¿Qué son las palabras ante semejante estallido de vida?
La naturaleza se rebela ante todo amago de dominio, de
humano doblez. Y el lenguaje, pobre, pobre, no podrá
jamás apresar su portento, su majestad absoluta.
Aquí no reverenciamos los cambios de estaciones, porque
apenas los hay. Pero allá en el norte, donde estuve de
vacaciones la semana pasada, toda reverencia resulta
tímida, tan poca. Fui testigo en los campos y colinas de
Kentucky de los cerezos en flor y los ciclamores, de las
diminutas, pero imponentes violetas que por la verde
pradera se regaban y mis pies buscaban no pisar,
violetas silvestres, como mi alma, que andaba a la
deriva, ebria de dicha ante tanta maravilla, regalo de
Dios. Los árboles, que de lejos vi secos y muertos, con
qué fuerza florecían a borbotones en sus tallos. Sólo
había que acercarse y presenciar el milagro. Yo los vi,
los toqué. Y escuché el trinar de pájaros preciosos,
algunos de pecho y pico amarillo, otros rojos o
anaranjados, y los había más comunes, entre grises y
ocre, lindos, y gorrioncillos que volaban con feliz
certeza algo más lento que los grandes, así que pude
recrearme en el cómico batir de sus alitas, que los
llevaba de uno a otro lugar. Todos los días me acerqué
al lago para mirar el reflejo de los troncos y las ramas
en sus aguas, y los patos, que impávidos y meditativos
flotaban sin rumbo aparente. Varias veces me adentré en
el bosque buscando los ciervos que me dijeron merodeaban
por allí, pero no los vi; los ciervos son astutos y
rápidos, yo lenta, algo torpe, recién llegada de un
mundo que nada tiene que ver con aquello, en todo caso,
lo contrario. No wonder. Contemporánea de la
cultura de la muerte y de la miseria del espíritu, de
pronto me hallaba inmersa en un mundo que cantaba a la
creación y la vida.
De vuelta en el desierto de cemento, como llamó a Miami
la gran Lydia Cabrera, me enfrento de nuevo a la
barbarie. Ahora los representantes de las naciones del
mundo se hallan reunidos en un foro urgente para ver
cómo impiden que los hombres se aniquilen en un
holocausto nuclear. La conferencia que se celebra en
Naciones Unidas es para prorrogar el Tratado de No
Proliferación Nuclear (TNP) suscrito por 178 países hace
25 años. "La reducción y destrucción de todas las armas
nucleares y los medios para fabricarlas debe ser la gran
causa común de la humanidad" dijo el secretario general
de Naciones Unidas, Boutros-Boutros Ghali, al abrir la
conferencia el lunes. Qué pena que se promueva esa causa
ahora, después que se han fabricado miles de bombas que
podrían hacer desaparecer toda cosa viviente del planeta
no una, sino varias veces en cuestión de minutos; qué
pena que sea ahora, cuando ya resulta tarde. Porque
aunque todos los países del mundo firmaran en el
transcurso de estas cuatro semanas que durara la
conferencia un tratado que prohíba para siempre la
proliferación nuclear, poca cosa se puede hacer.
Sea por accidente, por ataques terroristas, por una
declarada guerra nuclear, o quién sabe si por la
propagación de un virus, como en la pelicula Outbreak,
basada en parte en hechos reales, y remito al lector al
espeluznante artículo “Infection: The Global Threat”, de
Richard Horton, publicado en The New York
Review of Books del 6 de abril, todo indica que la
autoaniquilación es ya el destino irrevocable de la
humanidad.
Los poseedores de los grandes arsenales nucleares son
Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña y China,
pero Israel, India y Pakistán tienen ya armas atómicas o
los medios para tenerlas. El trasiego de material y
tecnología nuclear se propaga como una bacteria mortal
contagiosa por el aire. Irán, que vive obsesionada con
destruir a Estados Unidos, está decidido a tener la
bomba y la tendrá, Rusia le está vendiendo y asesorando
en todo lo que necesita para fabricarla (¿en realidad,
quién puede impedir que la mafia rusa venda al mejor
postor su inmenso caudal nuclear?), lo mismo Corea del
Norte; e Irak, a quien Estados Unidos le destruyó su
capacidad atómica durante la guerra del Golfo, es una
potencia en armas bacteriológicas y químicas de
proporciones hemisféricas. Las ojivas de los misiles que
comanda Saddam Hussein están cargadas de gérmenes
causantes de las más temibles plagas.
Si por los mares del mundo navegan submarinos con
torpedos atómicos y barcos de carga nucleares, y en sus
profundidades --como es el caso del Mar de Japón-- se
depositan toneladas de tanques con desechos radiactivos
que podrían filtrarse; si ninguna de las potencias sabe
qué va a hacer con sus desechos nucleares ahora que se
ha sabido el peligro que corren de explosión si se
entierran; si en las entrañas de las inestables Rusia,
Ucrania y China están enterrados miles de misiles; si de
acuerdo con estudios muy bien fundamentados más del 50
por ciento de las centrales nucleares presentan un
peligro por las fisuras en las cubas de los reactores;
si los terroristas están amenazando con atacar centrales
nucleares y están obteniendo material de ese tipo para
la fabricación de armas (remito al articulo “Nuclear
Terrorism, the Next Wave?”, publicado en The New
York Times el 19 de diciembre de 1994); si, como
dijo Robert S. McNamara, miembro del Washington Council
on Non-Proliferation, "se puede predecir con confianza
que la combinación de la falibilidad humana y las armas
nucleares llevará inevitablemente a la destrucción
nuclear"; si, en fin, la compra y venta de material
nuclear están tan difundidas que se hace imposible
controlarlas, ¿alguien cree con honradez que la reunión
de Naciones Unidas impida la debacle?
Sólo daré un ejemplo de la magnitud del desastre: el
gobierno checo informó hace poco que unas pruebas
científicas habían confirmado que un maletín lleno de
material radiactivo hallado en el baúl de un carro era
uranio-235, altamente enriquecido y potencialmente
perfecto para utilizar en una ojiva nuclear.
Imaginémoslo, como si fuera cocaína, plutonio y uranio,
la materia prima de las armas nucleares, por las calles
de Praga y, como después se supo, ahora Alemania.
Quisiera tanto no verlo, poder pensar otra cosa, pero
no. A conciencia lo digo: estamos abocados a la
catástrofe; a estas alturas, sólo un milagro podría
salvarnos.
Abril 20, 1995 |