“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

Revista digital Palabra
XXX - Feb. 2009

Canal de la Santa Sede
en YouTube


La fuente de tus noticias: H2onews
El mejor servicio de información católica.

Cuba

Diáspora

Tierra Santa

Espiritualidad

Ética cristiana

Ecumenismo y
diálogo interreligioso

Enlaces

 

 

Entre la vida y la muerte

Dora Amador

"I shall die, but that is all that I shall do for Death”

Edna St. Vincent Millay

Tendida en la hierba, bajo la sombra y el aroma de los pinos, hechizada ante la sobrecogedora presencia de la primavera, intenté describir la experiencia, inútilmente. ¿Qué son las palabras ante semejante estallido de vida? La naturaleza se rebela ante todo amago de dominio, de humano doblez. Y el lenguaje, pobre, pobre, no podrá jamás apresar su portento, su majestad absoluta.

Aquí no reverenciamos los cambios de estaciones, porque apenas los hay. Pero allá en el norte, donde estuve de vacaciones la semana pasada, toda reverencia resulta tímida, tan poca. Fui testigo en los campos y colinas de Kentucky de los cerezos en flor y los ciclamores, de las diminutas, pero imponentes violetas que por la verde pradera se regaban y mis pies buscaban no pisar, violetas silvestres, como mi alma, que andaba a la deriva, ebria de dicha ante tanta maravilla, regalo de Dios. Los árboles, que de lejos vi secos y muertos, con qué fuerza florecían a borbotones en sus tallos. Sólo había que acercarse y presenciar el milagro. Yo los vi, los toqué. Y escuché el trinar de pájaros preciosos, algunos de pecho y pico amarillo, otros rojos o anaranjados, y los había más comunes, entre grises y ocre, lindos, y gorrioncillos que volaban con feliz certeza algo más lento que los grandes, así que pude recrearme en el cómico batir de sus alitas, que los llevaba de uno a otro lugar. Todos los días me acerqué al lago para mirar el reflejo de los troncos y las ramas en sus aguas, y los patos, que impávidos y meditativos flotaban sin rumbo aparente. Varias veces me adentré en el bosque buscando los ciervos que me dijeron merodeaban por allí, pero no los vi; los ciervos son astutos y rápidos, yo lenta, algo torpe, recién llegada de un mundo que nada tiene que ver con aquello, en todo caso, lo contrario. No wonder. Contemporánea de la cultura de la muerte y de la miseria del espíritu, de pronto me hallaba inmersa en un mundo que cantaba a la creación y la vida.

De vuelta en el desierto de cemento, como llamó a Miami la gran Lydia Cabrera, me enfrento de nuevo a la barbarie. Ahora los representantes de las naciones del mundo se hallan reunidos en un foro urgente para ver cómo impiden que los hombres se aniquilen en un holocausto nuclear. La conferencia que se celebra en Naciones Unidas es para prorrogar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) suscrito por 178 países hace 25 años. "La reducción y destrucción de todas las armas nucleares y los medios para fabricarlas debe ser la gran causa común de la humanidad" dijo el secretario general de Naciones Unidas, Boutros-Boutros Ghali, al abrir la conferencia el lunes. Qué pena que se promueva esa causa ahora, después que se han fabricado miles de bombas que podrían hacer desaparecer toda cosa viviente del planeta no una, sino varias veces en cuestión de minutos; qué pena que sea ahora, cuando ya resulta tarde. Porque aunque todos los países del mundo firmaran en el transcurso de estas cuatro semanas que durara la conferencia un tratado que prohíba para siempre la proliferación nuclear, poca cosa se puede hacer.

Sea por accidente, por ataques terroristas, por una declarada guerra nuclear, o quién sabe si por la propagación de un virus, como en la pelicula Outbreak, basada en parte en hechos reales, y remito al lector al espeluznante artículo “Infection: The Global Threat”, de Richard Horton, publicado en The New York Review of Books del 6 de abril, todo indica que la autoaniquilación es ya el destino irrevocable de la humanidad.

Los poseedores de los grandes arsenales nucleares son Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña y China, pero Israel, India y Pakistán tienen ya armas atómicas o los medios para tenerlas. El trasiego de material y tecnología nuclear se propaga como una bacteria mortal contagiosa por el aire. Irán, que vive obsesionada con destruir a Estados Unidos, está decidido a tener la bomba y la tendrá, Rusia le está vendiendo y asesorando en todo lo que necesita para fabricarla (¿en realidad, quién puede impedir que la mafia rusa  venda al mejor postor su inmenso caudal nuclear?), lo mismo Corea del Norte; e Irak, a quien Estados Unidos le destruyó su capacidad atómica durante la guerra del Golfo, es una potencia en armas bacteriológicas y químicas de proporciones hemisféricas. Las ojivas de los misiles que comanda Saddam Hussein están cargadas de gérmenes causantes de las más temibles plagas.

Si por los mares del mundo navegan submarinos con torpedos atómicos y barcos de carga nucleares, y en sus profundidades --como es el caso del Mar de Japón-- se depositan toneladas de tanques con desechos radiactivos que podrían filtrarse; si ninguna de las potencias sabe qué va a hacer con sus desechos nucleares ahora que se ha sabido el peligro que corren de explosión si se entierran; si en las entrañas de las inestables Rusia, Ucrania y China están enterrados miles de misiles; si de acuerdo con estudios muy bien fundamentados más del 50 por ciento de las centrales nucleares presentan un peligro por las fisuras en las cubas de los reactores; si los terroristas están amenazando con atacar centrales nucleares y están obteniendo material de ese tipo para la fabricación de armas (remito al articulo “Nuclear Terrorism, the Next Wave?”, publicado en The New York Times el 19 de diciembre de 1994); si, como dijo Robert S. McNamara, miembro del Washington Council on Non-Proliferation, "se puede predecir con confianza que la combinación de la falibilidad humana y las armas nucleares llevará inevitablemente a la destrucción nuclear"; si, en fin, la compra y venta de material nuclear están tan difundidas que se hace imposible controlarlas, ¿alguien cree con honradez que la reunión de Naciones Unidas impida la debacle?

Sólo daré un ejemplo de la magnitud del desastre: el gobierno checo informó hace poco que unas pruebas científicas habían confirmado que un maletín lleno de material radiactivo hallado en el baúl de un carro era uranio-235, altamente enriquecido y potencialmente perfecto para utilizar en una ojiva nuclear. Imaginémoslo, como si fuera cocaína, plutonio y uranio, la materia prima de las armas nucleares, por las calles de Praga y, como después se supo,  ahora Alemania.

Quisiera tanto no verlo, poder pensar otra cosa, pero no. A conciencia lo digo: estamos abocados a la catástrofe; a estas alturas, sólo un milagro podría salvarnos.

Abril 20, 1995

Webmaster: Alexandria Library Incorporated

 

Portada

 

 

Artículos publicados en La Voz Católica
 


Artículos publicados en Palabra Cubana