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Una
mujer esencial
Dora Amador
Quiero divulgarlo, quiero hacerme eco de una mujer
grande a la que quiero como hermana. Triste y lúgubre es
el acontecer de algunas vidas que deberían ser luz y
canto. Pero lo son, lo serán, aunque la inmediatez y la
mezquindad de su medio las condene a la oscuridad y el
silencio.
Mañana 25 de marzo hace 10 meses que María Elena Cruz
Varela salió de la cárcel. Ha sido un tiempo duro,
imborrable para la poeta valiente y valiosa que pasó 18
meses en presidio político. Si algún día se escribe la
historia espiritual de Cuba, que --ya lo dije alguna vez--
espero alguien algún día escriba, ella deberá figurar
como uno de los espíritus más excepcionales que ha dado
esa miserable isla.
Quien haya leído Mi declaración de principios (Carta
a Fidel Castro) y sepa apreciar su grandeza, sabe a lo
que me refiero. Es un documento de una entereza moral e
intelectual pocas veces igualado en un país dominado por
el absolutismo totalitario y la bajeza. Por considerarlo
histórico e ignorado, sobre todo por los cubanos de
adentro y de afuera, es que reproduzco aquí algunos
fragmentos.
El 15 de noviembre de 1990, una mujer frágil y desolada,
que se dedicaba a hacer versos en el silencio de su
pequeño apartamento en La Habana, decidió cambiar el
rumbo de su vida para que cambiara el rumbo de su país:
decidió ser libre para conjugar la libertad de su
patria. Y así, tomó una hoja de papel en blanco y una
pluma y, sin saberlo quizá, realizó lo que Nadine
Gordimer, la escritora sudafricana premio Nobel de
literatura 1991, calificó como "el gesto esencial", ese
acto de responsabilidad civil imprescindible que todo
escritor de conciencia debe realizar en algún instante
de su vida. En su hora decisiva, María Elena Cruz
Varela, poeta premiada por la Revolución, hizo esta
carta:
"Señor Presidente del Consejo de Estado:
"Como ser individual, racional y acostumbrado al
pensamiento, me niego rotundamente, con la palabra,
única arma de que dispongo, a formar parte de un 'sistema
cerrado de imposibilidades', subordinado a un
ideologismo primitivo minado de antítesis, donde se
maneja el sustantivo muerte con más frecuencia que su
antónimo vida, y lo mismo con guerra y paz, odio y amor.
"No comprendo esa terminología consignera. Me niego, en
un mundo de alternativas donde tengo derecho a mi
criterio, a unirme al coro, plagado de esa doble moral (esa
epidemia terrible) que proclama: 'donde sea, como sea y
para lo que sea… '¿Qué significa eso? No lo sé. Escapa
al razonamiento.
"Es inadmisible que una nación, a no ser en un alarmante
estado de deterioro, coree de modo irracional su propio
exterminio.
"Se me ocurren otras variantes más lícitas, más
humanitarias, que la del rebaño hundiéndose en el mar al
compás de las notas del flautista. ¿De qué sirve esa
incondicionalidad si no indica más que una masa amorfa,
enajenada, capaz de negar la esencia misma de sus
orígenes? ¿Es eso lo único que se le puede ofrecer a
este pueblo?
"No estoy de acuerdo, señor Presidente. No estoy de
acuerdo con el desorden establecido en mi país. No puedo
estarlo con frases tan desafortunadas como : 'Fidel es
nuestro papá; Fidel es el papá de todos los cubanos;
estar con Fidel es estar con la Patria".
"Se impone la reflexión, la búsqueda de soluciones
humanistas. Treinta y un años en estado de emergencia,
psicosis de guerra, batalla por la sobrevivencia, es
demasiado tiempo. Estamos agotados, estresados por la
carencia de perspectivas inmediatas.
"¿Adónde vamos? No lo sé. Creo que no lo sabe nadie.
Pero sé que se puede, se debe, evitar la catástrofe. No
se pueden exigir mayores sacrificios sin dar nada a
cambio. No se puede permitir que nuestro pueblo, ese
concepto manejado con un paternalismo rayano en la
humillación, continúe diciendo sí de una manera mecánica,
si no se le han ofrecido otras prerrogativas.
"Por la responsabilidad adquirida de escribir libros que
están leídos y juzgados por otros, por mi condición de
intelectual, me siento responsable del papel que me
corresponde en mi momento histórico. Mi posición es: NO,
NO ESTOY DE ACUERDO. Basta de experimentar con la vida
de millones de seres humanos.
"Esta, es mi declaración de principios".
Recuerdo perfectamente cuando a la redacción empezaron a
llegar los cables de prensa y las llamadas de los
activistas de derechos humanos informando sobre el acto
de repudio que una turba le había hecho a María Elena
Cruz Varela: "tumbaron la puerta abajo", "destrozaron su
apartamento", "la arrastraron por las escaleras del
edificio", "le metieron los poemas en la boca y se los
hicieron tragar, a golpes", "la patearon", "como la
humillaron e insultaron…". Fue un día de noviembre de
1991. "Una epopeya sangrienta… terrible", le dijo María
Elena la semana pasada a un periodista del periódico
español ABC que la entrevistó en La Habana.
Han pasado 31 meses desde aquel día. En ese tiempo,
María Elena Cruz Varela fue sometida a tortura física (cuatro
meses bajo una intensa luz, día y noche, con ocho
lámparas a menos de un metro de la cabeza constantemente
encendidas, lo que le provocó una hernia en los
diafragmas y una disfunción progresiva de la vista), y
psicológica (estuvo encerrada todo el tiempo con presas
comunes, muchas de ellas asesinas), se enfermó (padece
de neuropatía periférica, una enfermedad irreversible
que deja secuelas), y ha descubierto una Cuba distinta.
"Si hay que definir la situación actual, podemos decir
que es un réquiem… Para percibir esto hay que estar aquí
adentro. Por eso demando mi necesidad como cubana de
permanecer en mi país, y la posibilidad de quedarme sin
hacer concesiones, aunque tampoco buscando la manera de
caer en la cárcel".
El gobierno cubano ha intentado inútilmente que María
Elena Cruz Varela abandone el país, como lo han hecho
tantos otros disidentes. Hace falta mucha valentía,
mucha integridad, mucho espíritu y mucho amor a Cuba
para decir no. María Elena, enferma y sola, se quedó.
Marzo 24, 1994 |