“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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El  relámpago en la memoria

Dora Amador
1993-08-05

El final de julio ha sido muy lluvioso. Tarde tras tarde las nubes oscuras, los truenos, el torrente. A la intemperie, un cielo que se quiebra por el súbito relámpago. Fue observándolos --como la luna, el rayo ejerce un raro hechizo en mí--, que me vinieron a la mente otros relámpagos muy similares a los que veía iluminar con furia el firmamento. Son los fugaces, eternos relámpagos de la memoria, los flash backs, esos recuerdos rápidos e involuntarios que yacen sumergidos en el subconsciente y que por algún misterioso mecanismo son impulsados a la superficie, sólo para zambullirse de nuevo, no sin antes haber provocado, con su asomo, vagas reflexiones o divagaciones hilvanadas de vivencias que de pronto imponen su presencia.

Mi memoria del Mississippi no fue un relámpago. El poderoso río está por todas partes desbordado, cómo no iba a desbordarse en mí, si por el navegué hace años, cuando estaba de visita en Nueva Orleans. El recuerdo se hacía inevitable. Ineludiblemente fiel al bovarismo (Madame Bovary, como el Quijote, se empeñó en vivir la experiencia literaria), quise recrear algo del mito legado por Mark Twain y William Faulkner, y así, emprendí el viaje por sus aguas. El barco lento, lento, se deslizaba por el apacible río de entonces, como se desliza ahora por mi mente el recuerdo de aquella aventura sureña.

Fue viendo el Mississippi rebelarse en estos días ante todo vano intento humano por contenerlo, romper diques, inundar ciudades y campos y en su fiera confluencia con el Missouri encrestarse abismal, que el relámpago de una noche de diluvio, feliz y dolorosa, irrumpió en mí.

Aguacero torrencial. Omar se aleja caminando por la Alameda, desierta y oscura. Lo veo así, con las manos elevadas, cubriéndose la cabeza con aquella toalla vieja y empapada. Sé que no quiso mirar hacia atrás para no verme por última vez. Le había prometido que regresaría dentro de poco. Me quedé en la acera bajo el aguacero mirándolo perderse en la bruma mientras el taxi que me conduciría a La Habana aguardaba por mí.

Fue la última vez que lo vi. Nos habíamos pasado la noche tomando ron Havana Club y fumando unos cigarrillos muy fuertes y malos que había que estar encendiendo constantemente. Sentados en el comedor de la casa de mi infancia, intentábamos retener las horas que fugaces se nos iban. Tanto que decirnos en tan poco tiempo. A veces, en lugar de hablar sólo nos mirábamos y entonces los dos recordábamos los días en que retozábamos inseparables por aquel mismo comedor, aquel patio, aquella casa.

Esto fue en 1979. Había regresado a Cuba con los viajes de la comunidad. Hacía 17 años --salí del país en el 62-- que no veía a mi familia. Se nos permitía estar siete días en la isla, siete días en los cuales apenas dormí. El tumulto de emociones intensificaban mi estado de vigilia, ahora convertida en un sueño, el sueño del regreso que estaba viviendo.

Han pasado 14 años de aquella visita. Por mi casa deambula una tía que ha bajado mucho de peso; como a todos los ancianos, le suspendieron hace tiempo la leche, y me cuentan que para el desayuno toma sólo agua con azúcar. La hija de una prima tiene beriberi. En Pinar del Rio la neuritis óptica golpea con fuerza. Omar, aquel muchacho alto y delgado, de ojos grandes y hermosos, que de niño --el niño más lindo del mundo-- jugaba conmigo, y que en mi viaje lo había descubierto guitarrista y escultor, esta hoy débil y enfermo. Le mando unas inyecciones que lo alivian y posiblemente le salvan la vida, él, alguna que otra carta con una flor dibujada.

Cómo no entender la avalancha de cubanos que como la crecida del río se desbordara sobre Cuba. Comprendo por qué algunos se obstinan en ponerle diques al torrente que se avecina. Sólo a los que no les duela en carne viva el hambre, la miseria, la enfermedad de un familiar puede condenar a los exiliados que vayan a Cuba a ver a sus seres queridos. Y lo que los estrategas miopes insisten en no ver es la fuerza arrasadora que llevará esta marea. Adentro, los muros de contención ya tiemblan.

Agosto 5, 1993

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