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Señores presidentes
Dora Amador
Hace unos días, una cumbre similar a la que se inicia
hoy en Salvador de Bahía se llevo a cabo en Tokio. La
imagen de los siete mandatarios de los países demócratas
más desarrollados del mundo --Francia, Estados Unidos,
Japón, Alemania, Italia, Canadá, Gran Bretaña y Bruselas,
a quienes se les unió como invitada la liberada Rusia--
recorrió el planeta. Miles de millones de personas
pudieron ver en sus televisores y en las primeras planas
de los periódicos a estos jefes de estado reunidos para
buscar, a pesar de los inmensos obstáculos, formas de
incentivar el mercado mundial a través de la reducción
de tarifas y estimular el crecimiento económico de sus
respectivos países: la creación de nuevos trabajos y la
reestructuración de su mundo a las necesidades y
oportunidades de la posguerra fría yacía en el centro de
las discusiones. Que impensable se nos hace imaginar la
figura uniformada de Adolfo Hitler o de Joseph Stalin
sonriendo y firmando tratados entre ellos. Y sin
embargo, señores presidentes de la III Cumbre
Iberoamericana, ahí,
Es el mismo que el año pasado, vestido con el mismo
uniforme, sonriendo con el mismo cinismo, infinito como
su miseria, firmo junto a ustedes en Madrid todos los
acuerdos de aquella II Cumbre Iberoamericana, entre
ellos, el de crear "una sociedad libre, abierta y
pluralista con pleno ejercicio de libertades
individuales, sin perseguidos ni excluidos".
¿Será necesario, señores presidentes, que les describa
el abismo en el que Fidel Castro ha precipitado aún más
a la isla de Cuba en estos 12 meses que han transcurrido
entre aquélla y esta cumbre? ¿Las enfermedades y la
hambruna que sufre la población? ¿Los miles de cubanos
que han muerto ahogados o ametrallados intentando huir
en balsas de aquel infierno que Fidel Castro llama país?
¿Las cárceles hacinadas? Las condiciones en las
prisiones cubanas han llegado a un estado de deterioro y
deshumanización tales, que en nada se distinguen de los
campos de concentración nazis o de los gulags
estalinistas: sólo tendrían ustedes que escuchar los
testimonios recientes de lo que allí se vive:
propagación de enfermedades, inanición, falta absoluta
de atención médica y de medicinas, golpeaduras, tortura.
Las imágenes fílmicas de los cuerpos famélicos de los
judíos en Alemania son éstas, señores presidentes, son
éstas. Sólo haría falta la cámara.
Ninguna validez tienen para el dictador de Cuba los
documentos que firma o los acuerdos a que llega cuando
se halla entre ustedes: tan pronto pone su bota sobre
tierra cubana se enseñorea a sus anchas y se dedica a
realizar con meticuloso cuidado el propósito en la vida,
su razón de ser: arruinar a Cuba, destruir a los cubanos.
Un odio como el que habita en el interior de este
hombre, señores presidentes, es difícil calcular. Pero
su obra lo muestra: sólo hay que mirar a Cuba y a los
cubanos. Como la reciente Masacre de Cojímar demostró,
estamos abocados ya hacia lo que parece ser una guerra
civil.
Varios grupos de exiliados se hallan ahí, en Salvador de
Bahía, intentando hacerse oír por ustedes, como la
Fundación por los Derechos Humanos en Cuba, la Fundación
Nacional Cubano Americana, la Plataforma Democrática
Cubana, y otras. A sus manos llegaran cartas y
documentos de organizaciones opositoras dentro de la
isla firmadas por activistas de derechos humanos que
piden su mediación para la democratización de la nación.
El ministro de Asuntos Exteriores de España, Javier
Solana, les hará entrega de un documento donde se les
pide apoyo y solidaridad en la búsqueda de una
reconciliación nacional y la recuperación de la libertad
para Cuba. El mensaje le fue entregado a Solana en
Madrid por Elizardo Sánchez Santacruz, presidente de la
Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación
Nacional. Esto, señores presidentes, es el clamor de
todo un pueblo.
Aunque carezco casi de esperanzas en cuanto a lo que
puedan lograr Carlos Menem o Felipe González en sus
reuniones privadas con Fidel Castro pidiéndole la
democratización de Cuba, dada la intransigencia y el
despotismo compulsivo del dictador cubano, no descarto
la posibilidad de un milagro. Porque en esta hora fatal,
sólo un milagro puede salvar a Cuba. A él me aferro, y
por eso les pido: señores presidente, hagan algo.
Julio 15, 1993 |