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La
piedad del exilio
Dora Amador
No, no es la medicina ni la educación. El mayor logro de
la revolución es el exilio. Y no me refiero al exilio
adinerado y empresarial, sin duda admirable, que hoy se
vislumbra como una esperanza que ayude a sacar a Cuba de
la ruina económica. Me refiero a lo mejor del exilio, a
los hombres y mujeres en quienes los principios de la
democracia norteamericana se arraigaron y hoy forman
parte irreductible, no negociable, de su escala de
valores. Es el exilio que regresará a Cuba para
construir una ética llevándose consigo lo mejor de esta
nación: su democracia, su incesante fragua por la
defensa de los derechos civiles, su respeto por el
individuo, por la tolerancia y libertad de expresión.
El otro logro de la revolución es la conciencia de
derechos humanos, de resistencia pacífica y
responsabilidad civil que se ha ido creando en la isla
entre los miembros de la oposición, que han combatido al
gobierno por medio de la denuncia y la propagación de
esa conciencia.
Yo cifro mi única esperanza de una Cuba mejor, que nos
salve a nosotros de nosotros mismos, en estos cubanos
del exilio y de la isla.
Como Blanche Dubois, el patético personaje de Tennesse
Williams en Un tranvía llamado deseo, el
pueblo cubano depende de la bondad de los extraños. Sabe
que con la del exilio no puede contar: aquí bondad es
sinónimo de "blandenguería". Aquí se valora y aplaude la
intransigencia. La "dignidad" del exilio debe estar por
encima de todo vergonzoso impulso de enviar medicina o
comida para la isla.
Japón, Perú, México, España, la UNICEF y otras agencias
de Naciones Unidas han enviado comida y medicinas de
emergencia a Cuba.
Yo me pregunto qué efectos tendría en la población
cubana --y en la opinión pública norteamericana e
internacional-- si de pronto zarparan de Miami decenas
de barcos llenos de medicinas, alimentos y ropa de los
cubanos del exilio para los cubanos de la isla. Por
encima de la política, la caridad, la solidaridad, el
apoyo a los desgraciados de allá. ¿Qué pasaría? Por otro
lado, hay cosas de nuestros estrategas políticos de la
intransigencia que me resultan del todo incomprensibles.
"No es un secreto para nadie que hemos estado
reuniéndonos con funcionarios de alto nivel en el
gobierno de Cuba", dijo Jorge Mas Canosa el martes en la
sede de la Fundación Nacional Cubano Americana, cuando
dio a conocer un informe que, según la FNCA, recibió del
Consejo de Ministros de Cuba. ¿No se le llama a esto
diálogo? ¿No está dialogando entonces Jorge Mas Canosa
con "funcionarios de la cúpula del poder en Cuba", como
él mismo los llama? El informe anuncia el próximo
colapso de la economía cubana, previsto para julio.
Conste, no critico el diálogo de Mas con los
funcionarios cubanos, en caso de que sea cierto, y
aguardo, como él, el colapso. Pero ojalá sea el colapso
de la cúpula, no del pueblo. Porque sospecho que la
cúpula siempre tendrá abundante comida y medicinas.
Haití, por ejemplo.
Cuando supe que en la XXIV Asamblea del Consejo
Episcopal Latinoamericano (CELAM) se condenó el embargo
de Estados Unidos contra Cuba y Haití, llamé a monseñor
Agustín Román para que me expresara su opinión. El padre
Román me dijo no tener opinión al respecto, porque no ha
recibido el documento y tendría que leerlo primero. "El
principal causante del hambre en Cuba no es el embargo,
es el gobierno de Fidel Castro", me repitió muchas veces
el padre Román.
La posición contra el embargo tomada por los cinco
cardenales y 60 obispos de América Latina y Alemania
reunidos en Caracas durante cuatro días, quedo redactada
en un documento que será revisado este mes cuando se
vuelvan a reunir en Venezuela para añadir resoluciones.
"Los obispos hacen un llamado para que se termine la
situación del embargo sostenido contra Cuba y Haití,
porque en esos bloqueos quienes sufren no son los
gobernantes sino el pueblo", dijo el obispo auxiliar de
Caracas, Mario Moronto. Asimismo, el CELAM envió un
comunicado a la Organización de Estados Americanos y al
Departamento de Estado norteamericano donde expresa que
"la Iglesia no puede hacerse solidaria de acciones que
atentan contra la dignidad de los pueblos".
Y yo pregunto como se puede ser cristiano, o decirse
cristiano, y no padecer una escisión de la conciencia
procurando la miseria de un pueblo como estrategia de
lucha. Cuba sufre la peor hambruna de su historia, cada
día hay más enfermedades e infecciones. La gente se está
muriendo, literalmente, por falta de medicamentos. Los
cuentos en las salas de emergencia de los hospitales son
de horror. ¿Cómo pueden los católicos anteponer la
política a la caridad cristiana? ¿Cómo se puede pedir
piedad --me viene a la mente esa parte esencial de la
liturgia de la misa en la que los fieles piden tres
veces piedad al unísono en voz alta-- y en aras de una
política no tenerla con su pueblo?
Yo no estoy a favor de levantar el embargo sin
condiciones. Pero sí de que se utilice como arma de
negociación, tal y como lo plantea Eloy Gutiérrez Menoyo.
Como dice Irving Louis Horowitz en su ensayo “American
Foreign Policy Toward Castro's Cuba: Paradox,
Procrastination and Paralysis”. (The conscience
of Worms and the Cowardice of Lions.
Cuban Politics and Culture in an American Context),
libro que recomiendo, es hora de acabar con la política
de la parálisis que tan bien le ha servido al gobierno
cubano. Pero además, es cuestión de piedad.
Abril 1, 1993 |