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Catarsis cotidiana
Dora Amador
El jueves pasado, el señor Francisco G. Aruca, ferviente
defensor del gobierno castrista, criticó exasperado en
su programa radial matutino Ayer en Miami, mi columna
“En busca de Dulce María”, porque allí afirmé que la
obra de la escritora cubana, premio Cervantes 1992,
había sido marginada en Cuba. Aruca, a quien escucho
ocasionalmente, parecía muy irritado. Eso no es raro,
esa mañana, sencillamente, me tocaba a mí: Aruca se
irrita constantemente con los periodistas del Herald,
cuyos artículos lee fiel, matutinamente para poder
cumplir su catarsis cotidiana. Dulce María Loynaz,
repetía airado, no ha sido silenciada jamás ni ha
sufrido ostracismo en Cuba. Como prueba de ello, Aruca
citó a la autora cuando alguna vez dijo que no
escribiría más poesía y así lo había hecho: ergo, la
poeta, sencillamente, se había silenciado a sí misma, no
había por que culpar al gobierno cubano, concluyó Aruca.
Otra prueba de que Dulce María no sufría de marginación,
según él, es que en 1987 se le había otorgado el Premio
Nacional de Literatura, en 1988 la Orden Félix Varela y
en 1991, la Universidad de La Habana la había nombrado
Doctor Honoris Causa.
A la primera aseveración, tan pobre, le quiero oponer el
siguiente sencillísimo razonamiento: hace mucho dejaron
de escribir García Lorca, Machado, y sin embargo, su
poesía se sigue publicando, leyendo y estudiando en
España. Hace mucho dejaron de escribir en Chile Gabriela
Mistral, Luis Pales Matos y Julia de Burgos en Puerto
Rico, pero sus obras se siguen publicando, enseñando en
su país. ¿Por qué no se publicó por tantos años la obra
de Dulce María Loynaz en Cuba, por qué no se lee, por
qué no se estudia a una poeta que desde principios de
los 50 fue catalogada como una de las más grandes de
Hispanoamérica?
"La obra de Dulce María Loynaz no se conoce en Cuba",
dice Daína Chaviano, graduada en Letras y Literatura
Inglesa en la Universidad de La Habana en 1982. "Su obra
no se estudia en los cursos de literatura cubana de la
secundaria básica ni del preuniversitario, tampoco en la
Universidad de La Habana", señala Daína, quien se exilió
en 1991. "No existe, la obra de Dulce María Loynaz no se
conoce allá", añade Soren Triff, graduado de Pedagogía
en la Universidad de La Habana en 1979. "Como tampoco se
conoce la obra de otro cubano nominado para el Cervantes
de este año, Guillermo Cabrera Infante, ni la de
Reinaldo Arenas".
Los galardones que el gobierno le ha otorgado a la poeta
han sido en los últimos cinco años, después de casi 30
de ser ignorada. A saber que motivó esa secuencia de
premios oficiales a partir del 87. Hace unos días,
después que se supo lo del Cervantes, también se le
premio con el "Giraldilla de La Habana". Ninguno vale
nada, porque el premio mayor de un escritor es que su
obra se lea en su país, y ni los jóvenes ni los adultos
que se educaron bajo la revolución conocen a Dulce María
Loynaz. Su obra, como la de tantos otros grandes
escritores silenciados o exiliados, ha sido prohibida.
Grande es la escisión cultural que sufrimos los cubanos.
Creo que pocas imágenes de nuestra realidad son tan
acertadas como algunas de las que vemos en Havana,
el filme de Jana Bokova. De los altoparlantes colocados
en todas las esquinas de una ciudad en ruinas, sale la
voz de un demente que grita las maravillas de su
revolución. Nadie lo escucha, blancos y negros, todos
mezclados, sólo van en busca de rumba y ron por el
Malecón. La desolación y la desesperanza que se refleja
en los rostros y las calles son los personajes centrales
del documental. En una hermosa mansión, caminando sola
entre objetos y recuerdos, aparece la poeta, que le
habla a Jana de su amor por los abanicos --"las cosas
bellas suelen ser inútiles, no se les puede pedir más
que su belleza"--, por los animales que siempre ha
tenido, excepto pájaros, porque "en mi casa siempre hubo
pasión por la libertad, y nada que estuviera preso . .
.". Y seguidamente, interrumpiendo un silencio más
elocuente que todas las palabras, Dulce María Loynaz
responde a una última pregunta: "De La Habana de hoy . .
. más vale que no hable de ella. Excúseme".
Francisco G. Aruca, que a estas alturas defiendas la
ignominia que se comete contra el país donde naciste no
tiene excusa.
Noviembre 19, 1992 |