“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Catarsis cotidiana

Dora Amador

El jueves pasado, el señor Francisco G. Aruca, ferviente defensor del gobierno castrista, criticó exasperado en su programa radial matutino Ayer en Miami, mi columna “En busca de Dulce María”, porque allí afirmé que la obra de la escritora cubana, premio Cervantes 1992, había sido marginada en Cuba. Aruca, a quien escucho ocasionalmente, parecía muy irritado. Eso no es raro, esa mañana, sencillamente, me tocaba a mí: Aruca se irrita constantemente con los periodistas del Herald, cuyos artículos lee fiel, matutinamente para poder cumplir su catarsis cotidiana. Dulce María Loynaz, repetía airado, no ha sido silenciada jamás ni ha sufrido ostracismo en Cuba. Como prueba de ello, Aruca citó a la autora cuando alguna vez dijo que no escribiría más poesía y así lo había hecho: ergo, la poeta, sencillamente, se había silenciado a sí misma, no había por que culpar al gobierno cubano, concluyó Aruca. Otra prueba de que Dulce María no sufría de marginación, según él, es que en 1987 se le había otorgado el Premio Nacional de Literatura, en 1988 la Orden Félix Varela y en 1991, la Universidad de La Habana la había nombrado Doctor Honoris Causa.

A la primera aseveración, tan pobre, le quiero oponer el siguiente sencillísimo razonamiento: hace mucho dejaron de escribir García Lorca, Machado, y sin embargo, su poesía se sigue publicando, leyendo y estudiando en España. Hace mucho dejaron de escribir en Chile Gabriela Mistral, Luis Pales Matos y Julia de Burgos en Puerto Rico, pero sus obras se siguen publicando, enseñando en su país. ¿Por qué no se publicó por tantos años la obra de Dulce María Loynaz en Cuba, por qué no se lee, por qué no se estudia a una poeta que desde principios de los 50 fue catalogada como una de las más grandes de Hispanoamérica?

"La obra de Dulce María Loynaz no se conoce en Cuba", dice Daína Chaviano, graduada en Letras y Literatura Inglesa en la Universidad de La Habana en 1982. "Su obra no se estudia en los cursos de literatura cubana de la secundaria básica ni del preuniversitario, tampoco en la Universidad de La Habana", señala Daína, quien se exilió en 1991. "No existe, la obra de Dulce María Loynaz no se conoce allá", añade Soren Triff, graduado de Pedagogía en la Universidad de La Habana en 1979. "Como tampoco se conoce la obra de otro cubano nominado para el Cervantes de este año, Guillermo Cabrera Infante, ni la de Reinaldo Arenas".

Los galardones que el gobierno le ha otorgado a la poeta han sido en los últimos cinco años, después de casi 30 de ser ignorada. A saber que motivó esa secuencia de premios oficiales a partir del 87. Hace unos días, después que se supo lo del Cervantes, también se le premio con el "Giraldilla de La Habana". Ninguno vale nada, porque el premio mayor de un escritor es que su obra se lea en su país, y ni los jóvenes ni los adultos que se educaron bajo la revolución conocen a Dulce María Loynaz. Su obra, como la de tantos otros grandes escritores silenciados o exiliados, ha sido prohibida.

Grande es la escisión cultural que sufrimos los cubanos. Creo que pocas imágenes de nuestra realidad son tan acertadas como algunas de las que vemos en Havana, el filme de Jana Bokova. De los altoparlantes colocados en todas las esquinas de una ciudad en ruinas, sale la voz de un demente que grita las maravillas de su revolución. Nadie lo escucha, blancos y negros, todos mezclados, sólo van en busca de rumba y ron por el Malecón. La desolación y la desesperanza que se refleja en los rostros y las calles son los personajes centrales del documental. En una hermosa mansión, caminando sola entre objetos y recuerdos, aparece la poeta, que le habla a Jana de su amor por los abanicos --"las cosas bellas suelen ser inútiles, no se les puede pedir más que su belleza"--, por los animales que siempre ha tenido, excepto pájaros, porque "en mi casa siempre hubo pasión por la libertad, y nada que estuviera preso . . .". Y seguidamente, interrumpiendo un silencio más elocuente que todas las palabras, Dulce María Loynaz responde a una última pregunta: "De La Habana de hoy . . . más vale que no hable de ella. Excúseme".

Francisco G. Aruca, que a estas alturas defiendas la ignominia que se comete contra el país donde naciste no tiene excusa.

Noviembre 19, 1992

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