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En
busca de Dulce María
Dora Amador
"No cambio mi soledad por un poco de amor. Por mucho
amor, sí. Pero es que el mucho amor también es soledad.
. . ¡Qué lo digan los olivos de Getsemani!"
Poema XCVI
“¿Qué? ?Es que acaso las mujeres no valemos también?",
se quejó Regla Sañudo y Rebollo cuando el general
Enrique Loynaz del Castillo mandó a guardar las botellas
de champán al saber que lo que había tenido su mujer,
María Mercedes Muñoz Sañudo, era una hembra y no un
varón, como quería el mambí. La partera y Regla Sañudo
estaban encerradas en el cuarto junto a la madre y la
recién nacida. Al otro lado de la puerta, el
representante al Congreso de la también recién nacida
República de Cuba --era el histórico año 1902-- cambió
de idea cuando oyó a su suegra. "!Abran las botellas de
champán!", contraordenó y aunque algo decepcionados, el
general y sus amigos procedieron a brindar por el
nacimiento de Dulce María Loynaz.
Han pasado 90 años. Muchas veces se contaría esta
anécdota en la familia de orgullosa estirpe mambisa,
sobre todo cuando se vio que la niña descolló y se hizo
una gran escritora, admirada en toda la nación. Dulce
María fue la primera de cuatro hijos que tuvo de su
primer matrimonio Enrique Loynaz del Castillo, además de
general de la Guerra de Independencia del 95, autor del
Himno Invasor, y a su vez hijo de Enrique Loynaz y
Arteaga, veterano de la Guerra de los Diez Años del 68.
Loynaz del Castillo se casó dos veces más, la tercera y
última con su sobrina, Carmen Loynaz, de quien tuvo tres
hijos, entre ellos Máximo Antonio Loynaz, a quien conocí
hace tres días.
Máximo Antonio --su padre le puso así por Máximo Gómez y
Antonio Maceo-- no pretendió en ningún momento esconder
la emoción de poder hablar de su hermana y de su padre
cuando me abrió la puerta y me mandó a pasar. Más de una
vez vi llanto en sus ojos a medida que rememoraba viejas
y queridas historias familiares. Fue él quien me conto
la anécdota del champán y muchas otras. "Su bondad", me
contestó cuando le pregunté qué caracterizaba más, en su
opinión, a su hermana. "Su bondad tan grande". Máximo
Antonio, bondadosamente, me había ofrecido prestarme
cuando lo llamé por teléfono esa tarde, el único libro
que tenía de su hermana: Obra lírica, que
contiene tres libros de poemas: Versos, Juegos de agua y
Poemas sin nombre, publicado en 1995 por la editorial
Aguilar en Madrid.
Cuando supe la semana pasada que Dulce María Loynaz
había ganado el Premio Cervantes me llené de alegría y
de orgullo, pero también de cierta vergüenza. Yo no
conocía su obra. Ser exiliada, esa desgracia, lo priva a
uno de muchas cosas valiosas, vitales. Mucho afán, mucho
amor, mucho rigor se requieren para no dejar atrás el
bagaje cultural, además de la tierra y la familia. Pero
lo curioso del caso de la obra de Dulce María, para mi
sorpresa, es que resulta también prácticamente
desconocida por los cubanos de mi generación --y más
jóvenes-- que permanecieron en Cuba. Esto en gran medida
se debe, sin duda, al ostracismo de más de 30 años que
el gobierno comunista le ha impuesto a la autora. En
cuanto al exilio, "¿Quién lee poesía en Miami?", me
pregunta Armando Álvarez Bravo, poeta y crítico,
conocedor y gran admirador de la escritora. "Desgraciadamente,
la poesía para este exilio no tiene la importancia que
tuvo para el exilio del siglo XIX", se lamenta Álvarez
Bravo, autor de El prisma de la razón.
El nombre de Dulce María Loynaz me llegaba siempre como
algo lejano, legendario. Fue a través de la película
Havana, de Jana Bokova, que pude conocer un poco a
esta mujer maravillosa, de 90 años, silenciada,
marginada, que hoy nos llena de orgullo a todos. "Una de
las cumbres de la prosa hispanoamericana es su novela
Jardín", dice la escritora Concha Alzola. "Demuestra
que el mérito nunca pasa inadvertido", añade la autora
de Las conversaciones y los días. "Esa
aparente delicadeza, esa aparente exquisitez de su obra
esconde una fuerza que no todo el mundo puede captar.
Dulce María entrega a la historia una gran obra
literaria que se ha mantenido en los límites marginales.
Pero se ha hecho justicia", señala Gladys Zaldívar, cuyo
último libro de poesía Viene el asedio , abre con
un cita de Dulce María: "Soy como vuelo de piedra". Ana
Rosa Núñez cuenta que fue en casa de Dulce María Loynaz
donde leyó su primer libro de versos, Un día en el
verso 59. "Considero que es una de las más grandes
poetisas de Hispanoamérica. Dulce María supo muy bien
mantenerse en su propio mundo poético, el mundo de Dulce
María Loynaz. Es única".
En el prólogo a Obra lírica , Federico Saínz de
Robles escribe: "Su obra merece estar colocada a la par
de las obras de Gabriela Mistral, María Eugenia Vaz
Ferreira, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira
Agustini. Es decir, pertenece al grupo de las más
ilustres voces poéticas femeninas de América". Esa obra
incluye las ya mencionadas Jardín y Obra
lírica , también Poesías Escogidas (1985),
La novia de Lázaro , Un verano en Tenerife y
Enrique Loynaz del Castillo , la biografía de su
padre.
Descubrir la poesía de Dulce María ha sido importante,
como lo fue mi encuentro con los versos de otra grande,
también condenada y marginada por los comunistas, la
rusa Anna Ajmatova. Aunque hasta el momento la Obra
lírica es lo único que conozco de su poesía, es
suficiente para considerarla verdaderamente admirable.
Destaco del libro La mujer de humo, Peces, La oración
del alba, Premonición, Poemas IV, XXVI, XXXIV, Rebeldía
y también Geografía: "¿Qué es una isla? Una isla es una
ausencia de agua rodeada de agua: Una ausencia de amor
rodeada de amor . . ." . Felicidades, Dulce María Loynaz.
Noviembre 12, 1992 |