“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Epidemia y conciencia

Dora Amador

Que muchos de los homeless que nos encontramos tirados en bancos o en la hierba, debajo de puentes o deambulando como zombis por las calles de Miami tienen SIDA ya lo sabíamos. Que innumerables personas que nos pasan por el lado en tiendas, restaurantes, cines, fiestas, iglesias, malls , están infectadas con el virus HIV también lo suponíamos. Lo que no imaginábamos era que una nueva enfermedad muy similar al SIDA, pero que no se detecta en la sangre y no se sabe cómo se transmite, iba a comenzar a contaminar a la gente. En Miami se informan ya cuatro casos. En todo el mundo, alrededor de 30. La cifra, que se dio a conocer hace unos días en Amsterdam, en la Octava Conferencia Internacional sobre el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, creo que podría ser mayor: las entidades médicas y gubernamentales tienen pavor, aunque no lo dicen. Pero incluso si el número dado a conocer es exacto, no debería aliviar nuestra inquietud: exactamente así se empezó a manifestar el SIDA en 1981, como una nueva y misteriosa enfermedad que padecían sólo unas cuantas personas.

Pero pensemos sólo un instante en Miami, tercera ciudad con más casos de SIDA en Estados Unidos, donde la epidemia esta fuera de control, como en todas partes. "Si la gente respondiera a esta crisis. Hay tanta depresión por ahí . . . ", me dice Mark Razook, un estudiante de Barry University que está haciendo su internado para la Maestría en Trabajo Social en A Woman's Place, división del Mental Health Association del condado de Dade. El trabajo de Razook, quien habla muy bien español y señala que hay muchos hispanos con SIDA sin casa por la ciudad, es orientar y ayudar emocionalmente a personas que tienen HIV. Desde que empezó a trabajar en este lugar en mayo, 47 personas nuevas con el virus han llegado pidiendo ayuda. Razook opina que para septiembre tendrá alrededor de 100. "Hace tiempo debimos alarmarnos con esto. Toda esta gente está en la calle, durmiendo en aceras y portales y muchos siguen propagando el virus. Algunos tienen tuberculosis. Hay una absoluta carencia de refugios para mujeres y parejas con HIV", comenta preocupado.

Y es para preocuparse. Al hospital Jackson ingresan todos los meses un promedio de 170 casos nuevos de SIDA. Como allí siempre hay más enfermos que camas, tan pronto los pacientes se mejoran, se les da de alta. Sabemos que la tuberculosis es altamente contagiosa, y que se esta propagando un nuevo tipo llamada "resistente", porque no se cura con ningún antibiótico. Urge que se sepa la situación en el hospital Jackson Memorial, el SIDA, la tuberculosis resistente --que puede contagiar a cualquiera, no sólo a los enfermos de SIDA-- y la posible nueva epidemia similar al SIDA. ¿Qué hay detrás del silencio y el aparente intento de evadir a la prensa?

Pero en esta ciudad, ni el Jackson es el único hospital que atiende los enfermos de SIDA, ni todos los enfermos son homeless: miles de infectados tienen la suerte de poseer algún tipo de seguro médico, hogares y alguien que los cuide. Por doloroso, me es casi imposible imaginar el grado de desamparo y desolación que ha de sentir una persona que se sabe portadora del virus o ya con síntomas de SIDA. Esta plaga se propaga con una malignidad que escapa a todo intento de comprensión. Pero habría que preguntarse dónde radica la maldad. ¿En los que contagian a conciencia o sin ella? ¿En algún misterioso designio de fin de siglo para acabar con parte de la humanidad? ¿En la inconciencia de algunos científicos y entidades responsables por la investigación de nuevas enfermedades para protegernos de ellas?

A lo mejor por un inconsciente instinto de conservación síquica, a medida que ha ido creciendo la cifra de los inmunodeficientes, ha ido en aumento una especie de inmunidad a las cifras. En algún momento de esta galopante plaga, los números dejaron de impresionarnos. Observe: en 1992, unos 12 millones de personas están infectadas con HIV. Dentro de siete u ocho años, de 38 a 110 millones lo estarán. El Centro del Control de las Enfermedades (CCE), que insiste en que no debemos preocuparnos, admitió la semana pasada que en este país 360 cirujanos son portadores del virus que causa el SIDA, también lo son 5,000 médicos especialistas, 1,200 dentistas y unos 35,000 trabajadores de la salud, entre ellos enfermeros y enfermeras. "No existe justificación alguna para restringir la práctica de profesionales de la salud infectados con el SIDA", dijo la semana pasada la Comisión Nacional sobre el síndrome de inmunodeficiencia adquirida.

Pero cabría preguntarse si debemos confiar del todo en lo que afirma el CCE y otras instituciones. De acuerdo con el doctor Lawrence K. Altman, Amsterdam fue una experiencia muy vergonzosa, porque allí se supo que estas agencias habían pasado por alto dos principios fundamentales de la salud publica: primero, investigar rápidamente casos misteriosos de una enfermedad para determinar su causa y, segundo, comunicarse rápidamente con el público y los científicos para aliviar cualquier alarma. Hace dos años que el CCE sabe que existe una enfermedad similar al SIDA que parece no trasmitirse por medio del HIV-1 y el HIV-2. ¿Están algunos bancos de sangre contaminados y no se detecta? ¿Se trasmite el virus por la sangre? ¿Cómo se contrae?

Habría también que preguntarse quienes son más inconscientes e irresponsables, los médicos que sabían de la enfermedad, pero no lo decían hasta no publicarlo en alguna revista medica importante para asegurarse de que no les robaran el crédito, o los funcionarios federales de la salud, que parecían evitar una polémica relacionada con el SIDA durante la campaña electoral.

6 de agosto de 1992

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Artículos de
Dora Amador publicados en

El Nuevo Herald,
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