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Epidemia y conciencia
Dora Amador
Que muchos de los homeless que nos encontramos
tirados en bancos o en la hierba, debajo de puentes o
deambulando como zombis por las calles de Miami tienen
SIDA ya lo sabíamos. Que innumerables personas que nos
pasan por el lado en tiendas, restaurantes, cines,
fiestas, iglesias, malls , están infectadas con
el virus HIV también lo suponíamos. Lo que no
imaginábamos era que una nueva enfermedad muy similar al
SIDA, pero que no se detecta en la sangre y no se sabe
cómo se transmite, iba a comenzar a contaminar a la
gente. En Miami se informan ya cuatro casos. En todo el
mundo, alrededor de 30. La cifra, que se dio a conocer
hace unos días en Amsterdam, en la Octava Conferencia
Internacional sobre el Síndrome de Inmunodeficiencia
Adquirida, creo que podría ser mayor: las entidades
médicas y gubernamentales tienen pavor, aunque no lo
dicen. Pero incluso si el número dado a conocer es
exacto, no debería aliviar nuestra inquietud:
exactamente así se empezó a manifestar el SIDA en 1981,
como una nueva y misteriosa enfermedad que padecían sólo
unas cuantas personas.
Pero pensemos sólo un instante en Miami, tercera ciudad
con más casos de SIDA en Estados Unidos, donde la
epidemia esta fuera de control, como en todas partes. "Si
la gente respondiera a esta crisis. Hay tanta depresión
por ahí . . . ", me dice Mark Razook, un estudiante de
Barry University que está haciendo su internado para la
Maestría en Trabajo Social en A Woman's Place, división
del Mental Health Association del condado de Dade. El
trabajo de Razook, quien habla muy bien español y señala
que hay muchos hispanos con SIDA sin casa por la ciudad,
es orientar y ayudar emocionalmente a personas que
tienen HIV. Desde que empezó a trabajar en este lugar en
mayo, 47 personas nuevas con el virus han llegado
pidiendo ayuda. Razook opina que para septiembre tendrá
alrededor de 100. "Hace tiempo debimos alarmarnos con
esto. Toda esta gente está en la calle, durmiendo en
aceras y portales y muchos siguen propagando el virus.
Algunos tienen tuberculosis. Hay una absoluta carencia
de refugios para mujeres y parejas con HIV", comenta
preocupado.
Y es para preocuparse. Al hospital Jackson ingresan
todos los meses un promedio de 170 casos nuevos de SIDA.
Como allí siempre hay más enfermos que camas, tan pronto
los pacientes se mejoran, se les da de alta. Sabemos que
la tuberculosis es altamente contagiosa, y que se esta
propagando un nuevo tipo llamada "resistente", porque no
se cura con ningún antibiótico. Urge que se sepa la
situación en el hospital Jackson Memorial, el SIDA, la
tuberculosis resistente --que puede contagiar a
cualquiera, no sólo a los enfermos de SIDA-- y la
posible nueva epidemia similar al SIDA. ¿Qué hay detrás
del silencio y el aparente intento de evadir a la prensa?
Pero en esta ciudad, ni el Jackson es el único hospital
que atiende los enfermos de SIDA, ni todos los enfermos
son homeless: miles de infectados tienen la
suerte de poseer algún tipo de seguro médico, hogares y
alguien que los cuide. Por doloroso, me es casi
imposible imaginar el grado de desamparo y desolación
que ha de sentir una persona que se sabe portadora del
virus o ya con síntomas de SIDA. Esta plaga se propaga
con una malignidad que escapa a todo intento de
comprensión. Pero habría que preguntarse dónde radica la
maldad. ¿En los que contagian a conciencia o sin ella?
¿En algún misterioso designio de fin de siglo para
acabar con parte de la humanidad? ¿En la inconciencia de
algunos científicos y entidades responsables por la
investigación de nuevas enfermedades para protegernos de
ellas?
A lo mejor por un inconsciente instinto de conservación
síquica, a medida que ha ido creciendo la cifra de los
inmunodeficientes, ha ido en aumento una especie de
inmunidad a las cifras. En algún momento de esta
galopante plaga, los números dejaron de impresionarnos.
Observe: en 1992, unos 12 millones de personas están
infectadas con HIV. Dentro de siete u ocho años, de 38 a
110 millones lo estarán. El Centro del Control de las
Enfermedades (CCE), que insiste en que no debemos
preocuparnos, admitió la semana pasada que en este país
360 cirujanos son portadores del virus que causa el SIDA,
también lo son 5,000 médicos especialistas, 1,200
dentistas y unos 35,000 trabajadores de la salud, entre
ellos enfermeros y enfermeras. "No existe justificación
alguna para restringir la práctica de profesionales de
la salud infectados con el SIDA", dijo la semana pasada
la Comisión Nacional sobre el síndrome de
inmunodeficiencia adquirida.
Pero cabría preguntarse si debemos confiar del todo en
lo que afirma el CCE y otras instituciones. De acuerdo
con el doctor Lawrence K. Altman, Amsterdam fue una
experiencia muy vergonzosa, porque allí se supo que
estas agencias habían pasado por alto dos principios
fundamentales de la salud publica: primero, investigar
rápidamente casos misteriosos de una enfermedad para
determinar su causa y, segundo, comunicarse rápidamente
con el público y los científicos para aliviar cualquier
alarma. Hace dos años que el CCE sabe que existe una
enfermedad similar al SIDA que parece no trasmitirse por
medio del HIV-1 y el HIV-2. ¿Están algunos bancos de
sangre contaminados y no se detecta? ¿Se trasmite el
virus por la sangre? ¿Cómo se contrae?
Habría también que preguntarse quienes son más
inconscientes e irresponsables, los médicos que sabían
de la enfermedad, pero no lo decían hasta no publicarlo
en alguna revista medica importante para asegurarse de
que no les robaran el crédito, o los funcionarios
federales de la salud, que parecían evitar una polémica
relacionada con el SIDA durante la campaña electoral.
6 de agosto de 1992 |