“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Juntos en el diálogo nacional

Dora Amador

No tienen mucho en común Sarajevo y Miami. Allá, los francotiradores disparan directo al corazón o a la cabeza de los peatones. El odio que le tienen los serbios a los bosnios es de tal magnitud, que sus ataques van expresamente dirigidos a arrasar, y arrasan, con hospitales, escuelas, iglesias, barrios, llenos de gente inocente, civiles que en su vida han portado un arma. En Sarajevo, ya casi nada queda en pie, la ciudad está a punto de desaparecer.

Los testimonios del horror que se vive en Bosnia- Herzegovina no pueden menos que perturbar el espíritu de cualquiera, por más lejos que se esté de allí. Hasta hace poco, croatas, serbios y musulmanes convivían en aparente cordialidad en lo que era Yugoslavia. Pero de pronto estalló lo que Alexander Solzhenitsin llama "la extenuante rabia nacional que se da por todas partes y que impide ver el resto de la vida".

El escritor ruso ha vuelto a su patria entrañable. Su obra Cómo reorganizar Rusia. Reflexiones en la medida de mis fuerzas, es de verdad una reflexión profunda, inteligente, sobre su país en ruinas y los pasos que él considera deben seguirse para reconstruirla económica, política y espiritualmente. Se percibe en Solzhenitsin un gran orgullo nacional cuando menciona que proviene de Kiev, donde nació la identidad rusa. Apoya la independencia de las etnias que a diferencia de los ucranianos, rusos y bielorrusos no dieron origen a Rus "como se llamaba siempre" la que ahora debe llamarse, dice, Unión Rusa. Desconozco si las meditaciones del escritor se están tomando en cuenta. Después de ver la semana pasada la renuncia de Vaclav Havel a la presidencia de Checoslovaquia, donde la escisión nacionalista es también inminente, tengo pocas esperanzas de que la cólera nacionalista, cual virus contagioso, se pueda contener, mucho menos que las reflexiones de pensadores lúcidos y sensibles se tomen en consideración en países que, como los de ellos, están siendo arrastrados hacia la búsqueda violenta e irracional de una afirmación del ser.

No, ni Sarajevo ni ninguna ciudad donde se estén dando conflictos de esa índole tienen mucho que ver con Miami. Afortunadamente. Primero, porque a excepción de los anglos y los afroamericanos, el resto de las etnias que convivimos aquí no somos de aquí: vinimos hace muy poco de nuestros respectivos países, y en Miami, cumpliendo un tácito contrato social, convivimos en concordia.

Por el censo de 1990 supimos que en el condado de Dade, el 50 por ciento de la población es hispana, el 29 es blanca no hispana y el 21 es negra. Estas tres categorías, sin embargo, no reflejan la realidad étnica que subyace en cada una de ellas. Por ejemplo, bajo "negros" se hallan los afroamericanos, pero también los haitianos, los jamaiquinos y los hispanos negros que al llenar la hoja del censo decidieron definirse por el color de la piel en lugar de por su lengua y su cultura. Bajo "blancos no hispanos" se hallan los anglos norteamericanos, pero también los judíos y los europeos. Quiero detenerme en las etnias que hablan español.

Aunque estamos juntos, no estamos revueltos. Al revés de los ucranianos y los bielorrusos, que son "inseparables, pero no mezclables", como dice Solzhenitsin, los hispanos de Miami somos mezclables, pero no inseparables. La mezcla va en ascenso: ascienden los matrimonios entre cubanos y nicas, colombianos y peruanos, puertorriqueños y cubanos, etcétera. Conozco varios matrimonios de negros americanos con negras cubanas. Sin embargo, aunque haya matrimonios interétnicos y nos mezclemos en armonía, no hay duda de que, hasta ahora, la separación persiste: cada cual sigue tirando para su gente, lógicamente.

El censo dice que el 60% de la población hispana de Dade es cubana, el otro 40% lo componen las otras nacionalidades que hablan español. Debido a la cantidad de latinoamericanos que durante la última década vinieron al sur de la Florida (ya apenas llegan nicaragüenses y muchos han regresado), existe la percepción de que los cubanos somos cada vez menos. No es cierto. En Dade se está llevando a cabo una especie de Mariel aéreo a cuentagotas, pero el gotero no es muy pequeño.

Todas las semanas llegan de visita a Miami unos 850 cubanos de la isla. Según me informa Mayra Ibarra, de ABC Charters, hasta no hace mucho eran unos 4,000. De acuerdo con María Brieva, de Machi Community Services, alrededor del 10 por ciento de estos cubanos no regresa. Pero Grisel Ibarra, abogada que se especializa en casos de inmigración, afirma que la cifra es de un 15 a un 18 por ciento. Como los cubanos son acogidos bajo la Ley del Ajuste Cubano, los que sencilla, silenciosamente se quedan, pueden al año solicitar la residencia. Grisel Ibarra me informa que en 1991, el numero de cubanos que obtuvo la residencia fue de 57,700. Es muy difícil imaginar la cifra de cubanos que entran semanalmente a Dade, porque no sólo se quedan cuando vienen de visita, también llegan en balsas y arriban en número cada vez mayor cuando cruzan la frontera de México. Así pues, los cubanos no somos minoría aquí, en realidad, seguimos siendo la mayoría --somos más que los anglos, más que los afroamericanos, más que otros hispanos-- y la cifra aumenta por día.

¿Creará esto resentimiento entre otras etnias de habla española de Miami? Ojalá que no, porque contrario a todas ellas, los cubanos no podemos regresar a nuestro país. No tenemos opción. Es la acuciante conciencia de ello, y de haber trabajado con tanto ahínco aquí, lo que hizo y hace que los exiliados se aferren a Miami con esa pesadísima, insoportable pasión.

30 de julio de 1992

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Artículos de
Dora Amador publicados en

El Nuevo Herald,
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