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Juntos
en el diálogo nacional
Dora Amador
No tienen mucho en común Sarajevo y Miami. Allá, los
francotiradores disparan directo al corazón o a la
cabeza de los peatones. El odio que le tienen los
serbios a los bosnios es de tal magnitud, que sus
ataques van expresamente dirigidos a arrasar, y arrasan,
con hospitales, escuelas, iglesias, barrios, llenos de
gente inocente, civiles que en su vida han portado un
arma. En Sarajevo, ya casi nada queda en pie, la ciudad
está a punto de desaparecer.
Los testimonios del horror que se vive en Bosnia-
Herzegovina no pueden menos que perturbar el espíritu de
cualquiera, por más lejos que se esté de allí. Hasta
hace poco, croatas, serbios y musulmanes convivían en
aparente cordialidad en lo que era Yugoslavia. Pero de
pronto estalló lo que Alexander Solzhenitsin llama "la
extenuante rabia nacional que se da por todas partes y
que impide ver el resto de la vida".
El escritor ruso ha vuelto a su patria entrañable. Su
obra Cómo reorganizar Rusia. Reflexiones en la
medida de mis fuerzas, es de verdad una reflexión
profunda, inteligente, sobre su país en ruinas y los
pasos que él considera deben seguirse para reconstruirla
económica, política y espiritualmente. Se percibe en
Solzhenitsin un gran orgullo nacional cuando menciona
que proviene de Kiev, donde nació la identidad rusa.
Apoya la independencia de las etnias que a diferencia de
los ucranianos, rusos y bielorrusos no dieron origen a
Rus "como se llamaba siempre" la que ahora debe llamarse,
dice, Unión Rusa. Desconozco si las meditaciones del
escritor se están tomando en cuenta. Después de ver la
semana pasada la renuncia de Vaclav Havel a la
presidencia de Checoslovaquia, donde la escisión
nacionalista es también inminente, tengo pocas
esperanzas de que la cólera nacionalista, cual virus
contagioso, se pueda contener, mucho menos que las
reflexiones de pensadores lúcidos y sensibles se tomen
en consideración en países que, como los de ellos, están
siendo arrastrados hacia la búsqueda violenta e
irracional de una afirmación del ser.
No, ni Sarajevo ni ninguna ciudad donde se estén dando
conflictos de esa índole tienen mucho que ver con Miami.
Afortunadamente. Primero, porque a excepción de los
anglos y los afroamericanos, el resto de las etnias que
convivimos aquí no somos de aquí: vinimos hace muy poco
de nuestros respectivos países, y en Miami, cumpliendo
un tácito contrato social, convivimos en concordia.
Por el censo de 1990 supimos que en el condado de Dade,
el 50 por ciento de la población es hispana, el 29 es
blanca no hispana y el 21 es negra. Estas tres
categorías, sin embargo, no reflejan la realidad étnica
que subyace en cada una de ellas. Por ejemplo, bajo "negros"
se hallan los afroamericanos, pero también los haitianos,
los jamaiquinos y los hispanos negros que al llenar la
hoja del censo decidieron definirse por el color de la
piel en lugar de por su lengua y su cultura. Bajo "blancos
no hispanos" se hallan los anglos norteamericanos, pero
también los judíos y los europeos. Quiero detenerme en
las etnias que hablan español.
Aunque estamos juntos, no estamos revueltos. Al revés de
los ucranianos y los bielorrusos, que son "inseparables,
pero no mezclables", como dice Solzhenitsin, los
hispanos de Miami somos mezclables, pero no
inseparables. La mezcla va en ascenso: ascienden los
matrimonios entre cubanos y nicas, colombianos y
peruanos, puertorriqueños y cubanos, etcétera. Conozco
varios matrimonios de negros americanos con negras
cubanas. Sin embargo, aunque haya matrimonios
interétnicos y nos mezclemos en armonía, no hay duda de
que, hasta ahora, la separación persiste: cada cual
sigue tirando para su gente, lógicamente.
El censo dice que el 60% de la población hispana de Dade
es cubana, el otro 40% lo componen las otras
nacionalidades que hablan español. Debido a la cantidad
de latinoamericanos que durante la última década
vinieron al sur de la Florida (ya apenas llegan
nicaragüenses y muchos han regresado), existe la
percepción de que los cubanos somos cada vez menos. No
es cierto. En Dade se está llevando a cabo una especie
de Mariel aéreo a cuentagotas, pero el gotero no es muy
pequeño.
Todas las semanas llegan de visita a Miami unos 850
cubanos de la isla. Según me informa Mayra Ibarra, de
ABC Charters, hasta no hace mucho eran unos 4,000. De
acuerdo con María Brieva, de Machi Community Services,
alrededor del 10 por ciento de estos cubanos no regresa.
Pero Grisel Ibarra, abogada que se especializa en casos
de inmigración, afirma que la cifra es de un 15 a un 18
por ciento. Como los cubanos son acogidos bajo la Ley
del Ajuste Cubano, los que sencilla, silenciosamente se
quedan, pueden al año solicitar la residencia. Grisel
Ibarra me informa que en 1991, el numero de cubanos que
obtuvo la residencia fue de 57,700. Es muy difícil
imaginar la cifra de cubanos que entran semanalmente a
Dade, porque no sólo se quedan cuando vienen de visita,
también llegan en balsas y arriban en número cada vez
mayor cuando cruzan la frontera de México. Así pues, los
cubanos no somos minoría aquí, en realidad, seguimos
siendo la mayoría --somos más que los anglos, más que
los afroamericanos, más que otros hispanos-- y la cifra
aumenta por día.
¿Creará esto resentimiento entre otras etnias de habla
española de Miami? Ojalá que no, porque contrario a
todas ellas, los cubanos no podemos regresar a nuestro
país. No tenemos opción. Es la acuciante conciencia de
ello, y de haber trabajado con tanto ahínco aquí, lo que
hizo y hace que los exiliados se aferren a Miami con esa
pesadísima, insoportable pasión.
30 de julio de 1992 |