“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

Revista digital Palabra
XXX - Feb. 2009

Canal de la Santa Sede
en YouTube


La fuente de tus noticias: H2onews
El mejor servicio de información católica.

Cuba

Diáspora

Tierra Santa

Espiritualidad

Ética cristiana

Ecumenismo y
diálogo interreligioso

Enlaces

 

 

Apogeo del águila

Dora Amador

Esta es la tierra que dio a Whitman y a Emerson, a Eliot, a William y Henry James, y entre muchos otros, a otro grande: a Faulkner, el que creó en sus novelas la mitica y prodigiosa Yoknapatawpha. Esta es la nación de libertad y derechos civiles por la que se batieron un Abraham Lincoln, un Frederick Douglass. La que cobijó a Martí y a Félix Varela, la que llenó de estrellas su bandera e hizo de un sueño una promesa.

No porque fuera ave de rapiña que se alimenta de seres vivos, sino por su fuerza, porque se remonta a grandes alturas en su rapidísimo vuelo, el águila vino a ser símbolo de Estados Unidos. Triste trastorno de un símbolo. Hoy, al ver ondear en el aire las enormes banderas desplegadas para la celebración del nacimiento de la nación, no puedo evitar cierta tristeza. ¿Por qué tanta rapiña y tan poco alto vuelo? ¿Dónde esta la fragua? ¿Dónde los forjadores de sueños?

Si no me llegara tan profundo Estados Unidos, si me importara menos, lo colmaría de elogios --por cobarde o miope --, rimbombantes, patrioteros elogios. Si lo quisiera menos, quizá lo criticaría también menos. Pero lo quiero. Aquí crecí, aquí estudié, aquí aprendí a valorar la democracia, la libertad de pensamiento, de palabra, de prensa. Defiendo esos valores, arraigados en mí. Más que un derecho, considero un deber cívico señalar los males de la nación, que son muchos y muy graves.

Una gran parte de la población ya abraza la ilusión de que por fin se pueda cambiar el rumbo del país yendo contra los dos partidos establecidos. El fenómeno es asombroso. En Ross Perot, un hombre de negocios sin escrúpulos, es en quien este pueblo ha puesto sus esperanzas. Más sabio es quizá el escepticismo de la juventud: los jóvenes no creen ni participan en el proceso político del país. En 1990 --de cuerdo con el Washington Post National Weekly Edition--, sólo uno de cada cinco jóvenes de entre 18 a 24 años fue a votar para las elecciones congresionales. Una de las características que define a los de la generación que puede votar por primera vez es el pesimismo y su absoluta falta de fe en los políticos, a quienes asocian con las palabras "ladrones", "mentirosos", "corruptos" y "lavadores de cerebros". Al Congreso lo asocian con las palabras "confusión" y "sueldos excesivos".

No quiero detenerme en la desgracia que confrontan las personas que han sido obligadas a retirarse de sus trabajos antes de los 65 años, muchas de ellas antes de llegar incluso a los 60, con la promesa de que les darían seguros médicos. Ni a los de 65 años que sus empresas les prometieron también seguros complementarios. Los engañaron. Para "mantener las ganancias" esta semana se informó que el 95 por ciento de los patronos ha decidido cortar drásticamente o eliminar del todo los seguros de salud de sus retirados, dejando así sin cobertura médica a millones de sus antiguos empleados, muchos de los cuales no son elegibles para el Medicare. De más esta decir que una gran cantidad de estas personas contribuyeron con su trabajo de años a la riqueza de sus respectivas empresas, que ahora los arroja como bagazo. No pensemos tampoco en el trato a los viejos, su soledad y abandono, su pobrísimo Seguro Social ("ser viejo aquí es la muerte", dice una frase popular). Pensemos un instante en los estudiantes.

Contrario a Francia, España, Alemania, Suiza y otros países donde la educación superior es casi gratis, en Estados Unidos la educación universitaria cada año se encarece más, haciendo imposible para una inmensa cantidad de los jóvenes ni siquiera soñar con una carrera. El promedio mensual que en 1992 tendrán que invertir los padres en un college "público", es de $2,843. Por la carrera completa, $36,030. Si el college es privado, la cantidad mensual asciende a $6,019, y la carrera a $77,400. Aterra pensar lo que costará estudiar en unos 10 años.

La situación es tan alarmante que unas 300 universidades del país, incluidas Yale, Columbia y Duke, estan actualmente buscando nuevos presidentes, porque todos han renunciado. (Harvard, Stanford y Georgetown ya los encontraron). Los scholars que tenían esas posiciones se quejan de que su trabajo cada día tenía que ver menos con lo académico y más con la recaudación de fondos. La universidad se ha transformado en un negocio dominado por una terminología mercantil. "Los presidentes universitarios se han convertido en altos ejecutivos corporativos", dice el sociólogo de la Universidad de Berkeley Robert N. Bellah. "A los miembros de la facultad se les llama con más insistencia 'empleados' y a los estudiantes 'clientes' ".

Pero no todos los presidentes han abandonado sus cargos por el poco interés que en muchas universidades puedan inspirar Píndaro, Sófocles, Virgilio. El ex presidente de Yale, Benno Schmidt, renunció a su puesto para unirse al "genio" de los negocios, Chris Whittle, quien junto a inversionistas de la talla de Time Warner planean, como alternativa al desastre nacional que es el sistema de educación publica, crear uno privado. Intuyo que el interés principal de Whittle, Schmidt y, digamos, Steve Ross (principal ejecutivo de Time Warner, cuyo salario en 1990 fue de $78 millones), no es la educación de los niños y adolescentes norteamericanos. Creo que, así como Perot ve el país como la General Motors, ellos ven en los niños clientes en potencia y, en las escuelas privatizadas, un negocio del cual pueden obtener suculentas tajadas de ganancias.

Son los ojos de águila de los buenos negociantes. Como el ave de rapiña, su vista es muy perspicaz.

Julio 2, 1992

Webmaster: Alexandria Library Incorporated

 

Artículos de
Dora Amador publicados en

El Nuevo Herald,
 La Voz Católica
y Palabra desde 1988 hasta hoy