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Apogeo
del águila
Dora Amador
Esta es la tierra que dio a Whitman y a Emerson, a
Eliot, a William y Henry James, y entre muchos otros, a
otro grande: a Faulkner, el que creó en sus novelas la
mitica y prodigiosa Yoknapatawpha. Esta es la nación de
libertad y derechos civiles por la que se batieron un
Abraham Lincoln, un Frederick Douglass. La que cobijó a
Martí y a Félix Varela, la que llenó de estrellas su
bandera e hizo de un sueño una promesa.
No porque fuera ave de rapiña que se alimenta de seres
vivos, sino por su fuerza, porque se remonta a grandes
alturas en su rapidísimo vuelo, el águila vino a ser
símbolo de Estados Unidos. Triste trastorno de un
símbolo. Hoy, al ver ondear en el aire las enormes
banderas desplegadas para la celebración del nacimiento
de la nación, no puedo evitar cierta tristeza. ¿Por qué
tanta rapiña y tan poco alto vuelo? ¿Dónde esta la
fragua? ¿Dónde los forjadores de sueños?
Si no me llegara tan profundo Estados Unidos, si me
importara menos, lo colmaría de elogios --por cobarde o
miope --, rimbombantes, patrioteros elogios. Si lo
quisiera menos, quizá lo criticaría también menos. Pero
lo quiero. Aquí crecí, aquí estudié, aquí aprendí a
valorar la democracia, la libertad de pensamiento, de
palabra, de prensa. Defiendo esos valores, arraigados en
mí. Más que un derecho, considero un deber cívico
señalar los males de la nación, que son muchos y muy
graves.
Una gran parte de la población ya abraza la ilusión de
que por fin se pueda cambiar el rumbo del país yendo
contra los dos partidos establecidos. El fenómeno es
asombroso. En Ross Perot, un hombre de negocios sin
escrúpulos, es en quien este pueblo ha puesto sus
esperanzas. Más sabio es quizá el escepticismo de la
juventud: los jóvenes no creen ni participan en el
proceso político del país. En 1990 --de cuerdo con el
Washington Post National Weekly Edition--, sólo uno de
cada cinco jóvenes de entre 18 a 24 años fue a votar
para las elecciones congresionales. Una de las
características que define a los de la generación que
puede votar por primera vez es el pesimismo y su
absoluta falta de fe en los políticos, a quienes asocian
con las palabras "ladrones", "mentirosos", "corruptos" y
"lavadores de cerebros". Al Congreso lo asocian con las
palabras "confusión" y "sueldos excesivos".
No quiero detenerme en la desgracia que confrontan las
personas que han sido obligadas a retirarse de sus
trabajos antes de los 65 años, muchas de ellas antes de
llegar incluso a los 60, con la promesa de que les
darían seguros médicos. Ni a los de 65 años que sus
empresas les prometieron también seguros complementarios.
Los engañaron. Para "mantener las ganancias" esta semana
se informó que el 95 por ciento de los patronos ha
decidido cortar drásticamente o eliminar del todo los
seguros de salud de sus retirados, dejando así sin
cobertura médica a millones de sus antiguos empleados,
muchos de los cuales no son elegibles para el Medicare.
De más esta decir que una gran cantidad de estas
personas contribuyeron con su trabajo de años a la
riqueza de sus respectivas empresas, que ahora los
arroja como bagazo. No pensemos tampoco en el trato a
los viejos, su soledad y abandono, su pobrísimo Seguro
Social ("ser viejo aquí es la muerte", dice una frase
popular). Pensemos un instante en los estudiantes.
Contrario a Francia, España, Alemania, Suiza y otros
países donde la educación superior es casi gratis, en
Estados Unidos la educación universitaria cada año se
encarece más, haciendo imposible para una inmensa
cantidad de los jóvenes ni siquiera soñar con una
carrera. El promedio mensual que en 1992 tendrán que
invertir los padres en un college "público", es
de $2,843. Por la carrera completa, $36,030. Si el
college es privado, la cantidad mensual asciende a
$6,019, y la carrera a $77,400. Aterra pensar lo que
costará estudiar en unos 10 años.
La situación es tan alarmante que unas 300 universidades
del país, incluidas Yale, Columbia y Duke, estan
actualmente buscando nuevos presidentes, porque todos
han renunciado. (Harvard, Stanford y Georgetown ya los
encontraron). Los scholars que tenían esas
posiciones se quejan de que su trabajo cada día tenía
que ver menos con lo académico y más con la recaudación
de fondos. La universidad se ha transformado en un
negocio dominado por una terminología mercantil. "Los
presidentes universitarios se han convertido en altos
ejecutivos corporativos", dice el sociólogo de la
Universidad de Berkeley Robert N. Bellah. "A los
miembros de la facultad se les llama con más insistencia
'empleados' y a los estudiantes 'clientes' ".
Pero no todos los presidentes han abandonado sus cargos
por el poco interés que en muchas universidades puedan
inspirar Píndaro, Sófocles, Virgilio. El ex presidente
de Yale, Benno Schmidt, renunció a su puesto para unirse
al "genio" de los negocios, Chris Whittle, quien junto a
inversionistas de la talla de Time Warner planean, como
alternativa al desastre nacional que es el sistema de
educación publica, crear uno privado. Intuyo que el
interés principal de Whittle, Schmidt y, digamos, Steve
Ross (principal ejecutivo de Time Warner, cuyo salario
en 1990 fue de $78 millones), no es la educación de los
niños y adolescentes norteamericanos. Creo que, así como
Perot ve el país como la General Motors, ellos ven en
los niños clientes en potencia y, en las escuelas
privatizadas, un negocio del cual pueden obtener
suculentas tajadas de ganancias.
Son los ojos de águila de los buenos negociantes. Como
el ave de rapiña, su vista es muy perspicaz.
Julio 2, 1992 |