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Un
optimismo trágico
Dora Amador
Es invierno y ha oscurecido. Un niño de 12 años va por
las calles nevadas de Sighet, en Rumania. Un mendigo que
camina a su lado le agarra de pronto el brazo y le
pregunta si alguna vez le ha tenido miedo a la oscuridad.
"Sí", responde el niño. "Le tengo miedo". "No debes
tenerle miedo a la oscuridad", le contesta el mendigo
con suavidad. "La noche es más pura que el día. Es mejor
para pensar, amar y soñar. De noche todo es más intenso,
más verdadero. El eco de las palabras que se han hablado
durante el día adquieren un significado nuevo, más
profundo. Mira --continuó diciendo-- te voy a enseñar el
arte de distinguir entre el día y la noche. Siempre mira
a una ventana, si no, a los ojos de un hombre. Si ves un
rostro, cualquier rostro, entonces puedes estar seguro
que ha llegado la noche. Porque, créeme, la noche tiene
un rostro".
El niño se llamaba Elie Wiesel, hoy tiene 64 años; y la
experiencia de aquella lejana noche cuando acababa de
empezar la Segunda Guerra Mundial, ha permanecido fija
en su memoria desde entonces. La aparición del mendigo
fue quizá un presagio de lo que acontecería en su vida,
porque Wiesel estaba predestinado a sobrevivir para ver
los rostros de infinitas noches y, superando el dolor
más atroz imaginable, narrar lo vivido.
A los cuatro años de la aparición del mendigo --en la
primavera de 1944-- la familia Wiesel, junto a los otros
15,000 judíos de Sighet, fueron trasladados en trenes al
campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, donde
la madre del niño, Sarah Feig, y su hermanita Tzipora,
fueron masacrados en las cámaras de gas nazis. En 1945,
Elie y su padre, Shlomo Wiesel, fueron llevados a
Buchenwald, otro campo de concentración en Alemania.
Allí vio el muchacho morir a su padre de inanición y
disentería.
Wiesel estaba al borde de la muerte cuando los aliados
llegaron al campo de concentración y liberaron a los
presos al final de la guerra. Después de pasar varias
semanas en un hospital, el joven de 16 años fue llevado
a Francia, donde vivió por unos años en un hogar para
huérfanos judíos. Allí supo que sus otras dos hermanas,
Hilda y Batya, habían sobrevivido, como él.
Con la piel de los judíos, los alemanes hicieron
pantallas de lámparas; con el pelo rasurado llenaron
colchones; con las cenizas de la judería fertilizaron
los campos. Ante la falta total de alimentos, en muchos
campos de concentración se llegó a practicar el
canibalismo.
Si nos dejamos guiar por la logoterapia, la teoría
analítica creada por el siquiatra judío Viktor E. Frankl,
podríamos afirmar que Wiesel sobrevivió gracias a su "optimismo
trágico", es decir, que permaneció y permanece optimista
a pesar de la condición trágica de la vida, cuyos
pilares son: el dolor, la culpa y la muerte. Fue "la
fuerza desafiante del espíritu humano", la voluntad de
darle un sentido al sufrimiento más devastador, lo que
hizo que Wiesel y millones de otros seres humanos
pudieran vivir sin caer en la neurosis crónica que
produce la pérdida absoluta del sentido, del significado
de la vida.
Frankl, a su vez único sobreviviente de su familia --su
madre, su padre, su hermano y su esposa fueron también
asesinados en las cámaras de gas de Auschwitz-- afirma
que es la búsqueda del sentido de la vida la fuerza
primordial que motiva al hombre. El siquiatra fue por
muchos años profesor de siquiatría en la Universidad de
Viena. Su monumental obra Man's Search for
Meaning , ha sido traducida a 19 idiomas.
Wiesel, ganador de muchos premios importantes, entre
ellos el Nobel de la Paz en 1986, y autor del
maravilloso Sages and Dreamers: Biblical, Talmudic
and Hasidic Portraits and Legends,
cree firmemente que la razón por la cual él sobrevivió
al holocausto fue para "dar testimonio, ser un testigo".
Para no profanar el sufrimiento judío, Weisel hizo el
juramento de mantener silencio sobre lo que vio y vivió
en los campos de concentración durante los primeros 10
años. Temía no encontrar las palabras apropiadas,
exactas para describir tanto dolor; temía traicionar los
hechos. Es a Wiesel a quien se le acredita haber
utilizado por primera vez --en un artículo de The New
York Times-- el termino "holocausto" para describir
la matanza judía. Holocausto significa sacrificio u
ofrenda religiosa en que se quema la víctima.
Fue esa voluntad de encontrar un sentido al sufrimiento,
lo que ha impulsado a Weisel a escribir, a vivir. "Si
olvidamos somos culpables", dice. "Somos cómplices. Se
les mata (a los judíos) por segunda vez". Para él, lo
trascendental es demostrar que la memoria es más fuerte
que sus enemigos.
Hace tres días, el 20 de enero, quedó inaugurado un
singular monumento a los seis millones de judíos que
murieron en los campos de concentración. En sus salones
hay amplios despliegues de fotos que intentan mostrar el
horror; hay salas de video, microfilmes y documentales;
una biblioteca con miles de libros y documentos sobre
antisemitismo, nazismo y el genocidio. El
museo-monumento está ubicado en una villa idílica
rodeada de bosques y lagos, en Wannsee, en las afueras
de Berlín.
Se escogió ese lugar y esa fecha de apertura, porque fue
allí y aquel día --20 de enero de 1942, hace 50 años--,
que 15 alemanes del más alto rango --doctores, ministros,
militares todos muy educados-- se reunieron para planear
lo que ellos denominaron "la Solución Final de la
cuestión judía". Cuando la Conferencia de Wannsee, como
se le conoce, llegó a su fin, los hombres brindaron con
champán frente a la chimenea, felices, según sus propias
palabras, de haber logrado por fin un acuerdo sobre como
exterminar a todos los judíos de Europa.
Weisel, una de las personas que más ha batallado desde
hace 25 años para que se creara el monumento en Wannsee,
estuvo presente en la inauguración. "¿Qué siente un
judío en este lugar?", preguntó el escritor. "Miedo y
temblor, ira. Ira indescriptible, indefensión y dolor,
infinito dolor". En 72 horas, miles de personas han
desfilado por el monumento. Pero algo preocupa: en una
encuesta realizada hace poco, el 42 por ciento de los
alemanes dijo que el gobierno nazi tuvo aspectos
positivos. Un 32 por ciento dijo que los judíos tenían
la culpa de que se les odiara. Y un creciente número de
jóvenes nacidos después de 1945 confiesa estar "hartos"
de oír hablar de tanto sufrimiento judío. Los cabezas
rapadas levantan swásticas y entonan, no muy lejos de
Wannsee, cantos al antiguo Fuhrer.
Enero 23, 1992 |