“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

Revista digital Palabra
XXX - Feb. 2009

Canal de la Santa Sede
en YouTube


La fuente de tus noticias: H2onews
El mejor servicio de información católica.

Cuba

Diáspora

Tierra Santa

Espiritualidad

Ética cristiana

Ecumenismo y
diálogo interreligioso

Enlaces

 

 

Un optimismo trágico

Dora Amador

Es invierno y ha oscurecido. Un niño de 12 años va por las calles nevadas de Sighet, en Rumania. Un mendigo que camina a su lado le agarra de pronto el brazo y le pregunta si alguna vez le ha tenido miedo a la oscuridad. "Sí", responde el niño. "Le tengo miedo". "No debes tenerle miedo a la oscuridad", le contesta el mendigo con suavidad. "La noche es más pura que el día. Es mejor para pensar, amar y soñar. De noche todo es más intenso, más verdadero. El eco de las palabras que se han hablado durante el día adquieren un significado nuevo, más profundo. Mira --continuó diciendo-- te voy a enseñar el arte de distinguir entre el día y la noche. Siempre mira a una ventana, si no, a los ojos de un hombre. Si ves un rostro, cualquier rostro, entonces puedes estar seguro que ha llegado la noche. Porque, créeme, la noche tiene un rostro".

El niño se llamaba Elie Wiesel, hoy tiene 64 años; y la experiencia de aquella lejana noche cuando acababa de empezar la Segunda Guerra Mundial, ha permanecido fija en su memoria desde entonces. La aparición del mendigo fue quizá un presagio de lo que acontecería en su vida, porque Wiesel estaba predestinado a sobrevivir para ver los rostros de infinitas noches y, superando el dolor más atroz imaginable, narrar lo vivido.

A los cuatro años de la aparición del mendigo --en la primavera de 1944-- la familia Wiesel, junto a los otros 15,000 judíos de Sighet, fueron trasladados en trenes al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, donde la madre del niño, Sarah Feig, y su hermanita Tzipora, fueron masacrados en las cámaras de gas nazis. En 1945, Elie y su padre, Shlomo Wiesel, fueron llevados a Buchenwald, otro campo de concentración en Alemania. Allí vio el muchacho morir a su padre de inanición y disentería.

Wiesel estaba al borde de la muerte cuando los aliados llegaron al campo de concentración y liberaron a los presos al final de la guerra. Después de pasar varias semanas en un hospital, el joven de 16 años fue llevado a Francia, donde vivió por unos años en un hogar para huérfanos judíos. Allí supo que sus otras dos hermanas, Hilda y Batya, habían sobrevivido, como él.

Con la piel de los judíos, los alemanes hicieron pantallas de lámparas; con el pelo rasurado llenaron colchones; con las cenizas de la judería fertilizaron los campos. Ante la falta total de alimentos, en muchos campos de concentración se llegó a practicar el canibalismo.

Si nos dejamos guiar por la logoterapia, la teoría analítica creada por el siquiatra judío Viktor E. Frankl, podríamos afirmar que Wiesel sobrevivió gracias a su "optimismo trágico", es decir, que permaneció y permanece optimista a pesar de la condición trágica de la vida, cuyos pilares son: el dolor, la culpa y la muerte. Fue "la fuerza desafiante del espíritu humano", la voluntad de darle un sentido al sufrimiento más devastador, lo que hizo que Wiesel y millones de otros seres humanos pudieran vivir sin caer en la neurosis crónica que produce la pérdida absoluta del sentido, del significado de la vida.

Frankl, a su vez único sobreviviente de su familia --su madre, su padre, su hermano y su esposa fueron también asesinados en las cámaras de gas de Auschwitz-- afirma que es la búsqueda del sentido de la vida la fuerza primordial que motiva al hombre. El siquiatra fue por muchos años profesor de siquiatría en la Universidad de Viena. Su monumental obra Man's Search for Meaning , ha sido traducida a 19 idiomas.

Wiesel, ganador de muchos premios importantes, entre ellos el Nobel de la Paz en 1986, y autor del maravilloso Sages and Dreamers: Biblical, Talmudic and Hasidic Portraits and Legends, cree firmemente que la razón por la cual él sobrevivió al holocausto fue para "dar testimonio, ser un testigo". Para no profanar el sufrimiento judío, Weisel hizo el juramento de mantener silencio sobre lo que vio y vivió en los campos de concentración durante los primeros 10 años. Temía no encontrar las palabras apropiadas, exactas para describir tanto dolor; temía traicionar los hechos. Es a Wiesel a quien se le acredita haber utilizado por primera vez --en un artículo de The New York Times-- el termino "holocausto" para describir la matanza judía. Holocausto significa sacrificio u ofrenda religiosa en que se quema la víctima.

Fue esa voluntad de encontrar un sentido al sufrimiento, lo que ha impulsado a Weisel a escribir, a vivir. "Si olvidamos somos culpables", dice. "Somos cómplices. Se les mata (a los judíos) por segunda vez". Para él, lo trascendental es demostrar que la memoria es más fuerte que sus enemigos.

Hace tres días, el 20 de enero, quedó inaugurado un singular monumento a los seis millones de judíos que murieron en los campos de concentración. En sus salones hay amplios despliegues de fotos que intentan mostrar el horror; hay salas de video, microfilmes y documentales; una biblioteca con miles de libros y documentos sobre antisemitismo, nazismo y el genocidio. El museo-monumento está ubicado en una villa idílica rodeada de bosques y lagos, en Wannsee, en las afueras de Berlín.

Se escogió ese lugar y esa fecha de apertura, porque fue allí y aquel día --20 de enero de 1942, hace 50 años--, que 15 alemanes del más alto rango --doctores, ministros, militares todos muy educados-- se reunieron para planear lo que ellos denominaron "la Solución Final de la cuestión judía". Cuando la Conferencia de Wannsee, como se le conoce, llegó a su fin, los hombres brindaron con champán frente a la chimenea, felices, según sus propias palabras, de haber logrado por fin un acuerdo sobre como exterminar a todos los judíos de Europa.

Weisel, una de las personas que más ha batallado desde hace 25 años para que se creara el monumento en Wannsee, estuvo presente en la inauguración. "¿Qué siente un judío en este lugar?", preguntó el escritor. "Miedo y temblor, ira. Ira indescriptible, indefensión y dolor, infinito dolor". En 72 horas, miles de personas han desfilado por el monumento. Pero algo preocupa: en una encuesta realizada hace poco, el 42 por ciento de los alemanes dijo que el gobierno nazi tuvo aspectos positivos. Un 32 por ciento dijo que los judíos tenían la culpa de que se les odiara. Y un creciente número de jóvenes nacidos después de 1945 confiesa estar "hartos" de oír hablar de tanto sufrimiento judío. Los cabezas rapadas levantan swásticas y entonan, no muy lejos de Wannsee, cantos al antiguo Fuhrer.

Enero 23, 1992

Webmaster: Alexandria Library Incorporated

 

Artículos de
Dora Amador publicados en

El Nuevo Herald,
 La Voz Católica
y Palabra desde 1988 hasta hoy