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Vivan
los estudiantes
Dora Amador
Cuando nuestro gobernador anunció que había recortado
los fondos estatales para las escuelas y las
universidades, y los estudiantes protestaron, me vino a
la mente Dante.
"¡Oh, vosotros, los que entráis, abandonad toda
esperanza!" leyó aterrado el poeta en el umbral de las
puertas del Infierno en la Divina Comedia . Recordé el
antiguo verso quizá por la fuerza del acto simbólico que
llevó a cabo una multitud de alumnos en la Universidad
Internacional de la Florida la semana pasada: incendiar
letreros que decían "Educación, Oportunidad, Crecimiento,
Futuro, Empleos y Graduación".
Cuando cosas como ésta suceden, el espíritu se cae al
suelo. No queda más remedio que pensar que, de verdad,
no hay nada que hacer. Pero mirándolo bien, la ira que
condujo a los estudiantes a aquel acto de protesta
indica que todavía hay esperanza. Y los estudiantes de
Miami no están solos.
El desprecio y la indiferencia que por la educación
sienten los gobernantes y congresistas de este país
parecen ser nacionales. Por fortuna, las manifestaciones
de protesta --el único poder de los sin poder-- también
se están propagando entre la población.
Un estudio llevado a cabo por el Consejo Americano de
Educación y el Instituto de Investigaciones de Educación
Superior de la Universidad de California en Los Angeles,
indica que las manifestaciones estudiantiles han tenido
un aumento sin precedentes en el país en los últimos
cinco años. Incluso se han registrado más actos de
protesta, asegura el estudio, que en la histórica década
del 60. Dos de los motivos de las manifestaciones son el
aumento en los costos de la educación y la protección
del medio ambiente. En otra parte del informe se afirma
que el 44 por ciento de los estudiantes universitarios
dijo que para ellos era una meta "muy importante"
influir de algún modo en los valores de la sociedad. Un
aplauso para los estudiantes. Hay esperanza.
Que conste, que las soluciones al desastre en la
educación tampoco las proponen las instituciones
educativas.
En un artículo publicado por The New York Times
el 6 de octubre titulado “Un alivio en el costo de la
enseñanza para la clase media”, el autor, Frederick
Starr, presidente del Oberlin College, en Ohio, sugiere
que, dado el ascendente costo en la enseñanza superior,
las universidades debían explorar la posibilidad de
ofrecer bachilleratos de tres años en lugar de cuatro.
Si por clase media se entiende a las personas que
reciben un salario anual de $20,000 a $50,000, y el
costo de una carrera de cuatro años --no pensar siquiera
en estudios de posgrado conducentes a maestría o
doctorado--, asciende a $80,000 o hasta $100,000, es muy
poco probable que los 34 millones de personas que
aproximadamente componen la clase media puedan aspirar a
darles una carrera universitaria a sus hijos dentro de
poco.
Cierto, las universidades y colleges públicos van
quedando, como los privados, abiertos sólo para los
miembros de la clase rica y hay que pensar en soluciones
rápidas. ¿Pero es acaso una de ellas acortar el tiempo
de estudios requeridos para obtener un titulo? ¿Y la
meta educativa en sí? ¿Y el crecimiento intelectual de
los estudiantes? Pobres de nosotros si ahora el afán de
servicio rápido tipo McDonald's invade las universidades.
¿Podría llamarse educación de servicio rápido? Esta
crisis tiene una raíz muy profunda. Casi el 30 por
ciento de los estudiantes de escuela superior abandona
los estudios antes de graduarse.
Es curioso que este fenómeno se dé en Estados Unidos. En
Suiza, todos los estudios universitarios, hasta obtener
el doctorado, son gratis. En la Universidad de la
Sorbona, en Francia, se paga una mínima cuota, no más de
$800 anuales por toda la carrera, cantidad risible en
comparación con lo que se paga aquí. En Madrid, las
universidades Complutense y Autónoma, igual: los alumnos
españoles pagan menos de $700 anuales. Además, en esos
países, las universidades públicas, de acceso a la
población, gozan de un alto prestigio por la calidad de
sus profesores y su curriculum .
Nuestro gobierno ha alejado más la ya difícil
posibilidad de estudios superiores de la inmensa mayoría
de los floridanos.
Entre los recortes anunciados la semana pasada se
cuentan: menos cursos en las universidades; el
congelamiento de matrículas --lo cual hará que queden
fuera unos 10,000 estudiantes--; la posible eliminación
de sesiones de verano y millones de dólares menos para
las universidades públicas. En cuanto a las escuelas
elementales y superiores, despidos de maestros, aumento
en el numero de alumnos en las aulas, ya de por sí
superpobladas, y $31.4 millones menos.
La comisionada de Educación, Betty Castor, hizo un
llamado a maestros y estudiantes para oponerse a los
recortes. Yo también lo hago.
Y es que hay que confiar en que algo se logrará con
oponerse, con protestar. Es la única esperanza que nos
queda.
Octubre 28, 1991. |