|
Corazón abierto
Dora Amador
1991-09-30
La muerte revoloteaba por el aire, pero yo no la veía.
Ese domingo mi madre estaba sana, la sentía vital, como
de costumbre. ¿Quién iba a imaginar el golpe que rondaba?
Todavía me parece estar viéndola entrar aquel día en la
cocina, con su ramo de florecitas lilas y amarillas en
la mano que acababa de recoger del patio, como hacía con
los jazmines al atardecer.
Fue un día feliz, de familia reunida alrededor de la
mesa, reino gozoso de fuentes y platos, vino y
conversación. Después, un café de prolongada sobremesa.
Alegría de un almuerzo memorable en un Domingo de Ramos.
Al caer la noche, ya en mi casa, recibí la llamada:
tenía un dolor muy raro en el pecho y sentía los brazos
caídos. No perdí tiempo, le envié la ambulancia y salí
rápida. Todavía estaba el rescue en su casa
cuando llegué. Tendida en la camilla del vehículo, con
la cámara de oxígeno puesta, mi madre temblaba. Estaba
muy nerviosa, tan extrañada de lo que ocurría como yo.
Qué iba a saber yo el vértigo que me aguardaba tras las
paredes del hospital.
Fiel a la costumbre de este país, el medico de guardia
del Departamento de Emergencia lo dijo todo delante de
ella: el infarto era inminente. Había que ponerle
rápidamente una inyección para disolver el coágulo que
tenía alojado muy cerca del corazón, pero podía morir en
el proceso por una hemorragia. La inyección era muy
efectiva, pero también peligrosa. No me dio ninguna
esperanza, podía pasar una cosa o la otra. ¿Firmábamos o
no los papeles?
Mi hermana y yo los firmamos.
Mi madre se salvó. Una vez pasado el peligro --fueron
solo minutos de espera, creo, pero en ese instante
infinito queda abolida la concepción del tiempo--, me
acerqué a su cama y le sonreí para darle seguridad de
que todo lo malo había pasado ¡La vi tan pequeñita e
indefensa! Como nunca la había visto. Ella me sonrió
también, pero las dos sabíamos.
Había que operarla del corazón, nos dijeron al segundo
día de hospitalizada. Tenía bloqueada la arteria
principal y era urgente implantarle bypasses.
Recuerdo las noches de espera en el cuarto. Trasiego de
familia, revistas, coladas de café, uno que otro helado
o pastelitos que alguien traía, cuentos y mucho ánimo:
"Hoy en día eso es normal. Todo el mundo se opera del
corazón". "Es como una apendicitis".
Y llegó el día. La noche antes vimos televisión,
conversamos sobre cosas algo triviales, las dos tratando
de restarle importancia al asunto. En un momento dado me
pidió el teléfono para llamar a amistades y familiares
en Nueva York y Puerto Rico.
La oí bromear, y a alguien hacerle un recuento rápido,
pero muy preciso, de nuestra vida en el exilio: los días
duros del refugio; la relocalización para Boston --era
principios de los 60, fuimos parte de miles de cubanos
enviados a otros estados --, la nieve, el inglés, las
factorías, los trenes, la extrañeza inenarrable. Por
fin, en el año 65, la mudada a Puerto Rico, donde volvió
a ejercer como maestra, su profesión.
Cuando colgó el teléfono me acerqué a su cama y le di un
beso, era hora de dormir. Aunque yo tenía el temor que
inspira toda cirugía mayor, estaba confiada en que mi
madre saldría de allí bien, como tantas otras personas
que han pasado por eso.
Hoy miro atrás --han pasado cinco meses-- y ya no me
pregunto por qué tuvo que morir ahora, cuando el retorno
a Cuba parece cierto. Ahora, cuando después de 29 años
de exilio, ella sentía por primera vez el júbilo de
poder volver a ver el Valle de Viñales que amaba.
Aprendí que hay designios que uno no debe cuestionar. Su
hora, sencillamente, había llegado.
Pero hay otras cosas que sí me pregunto, ahora que el
tiempo permite recordar aquellos dolorosos momentos con
esa dosis de serenidad y raciocinio imposibles de tener
cuando se está sufriendo.
Mi madre tuvo 26 días de agonía. Los médicos sabían, a
menos de 72 horas de operada, que no sobreviviría --salió
bien de la operación, pero la atacó una neumonía
fulminante. ¿Por qué le prolongaron la vida
artificialmente por tanto tiempo? ¿Creían de verdad que
se salvaría, a pesar de que sólo tenía un uno por ciento
de posibilidad de vida, como me explicaron? ¿Por qué
tanta diálisis, tanto análisis? ¿Habrían hecho lo mismo
si no hubiera tenido un magnifico seguro medico, además
de su Medicare? Las cuentas del hospital ascendieron a
más de $260,000.
Cuando se teme por la vida de un ser querido, uno no
piensa en finanzas personales o de hospitales. Solo una
cifra viene a la mente: el uno por ciento de vida, el
espacio del milagro posible.
Las imágenes de aquel cuarto de cuidado intensivo donde
mi madre estuvo inconsciente por más de tres semanas
conectada a tubos, máquinas y sueros quedarán en mi
memoria.
Cuando por fin su ángel llegó, le di gracias a Dios.
Septiembre 30, 1991 |