“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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Corazón abierto

Dora Amador
1991-09-30

La muerte revoloteaba por el aire, pero yo no la veía. Ese domingo mi madre estaba sana, la sentía vital, como de costumbre. ¿Quién iba a imaginar el golpe que rondaba?

Todavía me parece estar viéndola entrar aquel día en la cocina, con su ramo de florecitas lilas y amarillas en la mano que acababa de recoger del patio, como hacía con los jazmines al atardecer.

Fue un día feliz, de familia reunida alrededor de la mesa, reino gozoso de fuentes y platos, vino y conversación. Después, un café de prolongada sobremesa. Alegría de un almuerzo memorable en un Domingo de Ramos.

Al caer la noche, ya en mi casa, recibí la llamada: tenía un dolor muy raro en el pecho y sentía los brazos caídos. No perdí tiempo, le envié la ambulancia y salí rápida. Todavía estaba el rescue en su casa cuando llegué. Tendida en la camilla del vehículo, con la cámara de oxígeno puesta, mi madre temblaba. Estaba muy nerviosa, tan extrañada de lo que ocurría como yo.

Qué iba a saber yo el vértigo que me aguardaba tras las paredes del hospital.

Fiel a la costumbre de este país, el medico de guardia del Departamento de Emergencia lo dijo todo delante de ella: el infarto era inminente. Había que ponerle rápidamente una inyección para disolver el coágulo que tenía alojado muy cerca del corazón, pero podía morir en el proceso por una hemorragia. La inyección era muy efectiva, pero también peligrosa. No me dio ninguna esperanza, podía pasar una cosa o la otra. ¿Firmábamos o no los papeles?

Mi hermana y yo los firmamos.

Mi madre se salvó. Una vez pasado el peligro --fueron solo minutos de espera, creo, pero en ese instante infinito queda abolida la concepción del tiempo--, me acerqué a su cama y le sonreí para darle seguridad de que todo lo malo había pasado ¡La vi tan pequeñita e indefensa! Como nunca la había visto. Ella me sonrió también, pero las dos sabíamos.

Había que operarla del corazón, nos dijeron al segundo día de hospitalizada. Tenía bloqueada la arteria principal y era urgente implantarle bypasses.

Recuerdo las noches de espera en el cuarto. Trasiego de familia, revistas, coladas de café, uno que otro helado o pastelitos que alguien traía, cuentos y mucho ánimo: "Hoy en día eso es normal. Todo el mundo se opera del corazón". "Es como una apendicitis".

Y llegó el día. La noche antes vimos televisión, conversamos sobre cosas algo triviales, las dos tratando de restarle importancia al asunto. En un momento dado me pidió el teléfono para llamar a amistades y familiares en Nueva York y Puerto Rico.

La oí bromear, y a alguien hacerle un recuento rápido, pero muy preciso, de nuestra vida en el exilio: los días duros del refugio; la relocalización para Boston --era principios de los 60, fuimos parte de miles de cubanos enviados a otros estados --, la nieve, el inglés, las factorías, los trenes, la extrañeza inenarrable. Por fin, en el año 65, la mudada a Puerto Rico, donde volvió a ejercer como maestra, su profesión.

Cuando colgó el teléfono me acerqué a su cama y le di un beso, era hora de dormir. Aunque yo tenía el temor que inspira toda cirugía mayor, estaba confiada en que mi madre saldría de allí bien, como tantas otras personas que han pasado por eso.

Hoy miro atrás --han pasado cinco meses-- y ya no me pregunto por qué tuvo que morir ahora, cuando el retorno a Cuba parece cierto. Ahora, cuando después de 29 años de exilio, ella sentía por primera vez el júbilo de poder volver a ver el Valle de Viñales que amaba.

Aprendí que hay designios que uno no debe cuestionar. Su hora, sencillamente, había llegado.

Pero hay otras cosas que sí me pregunto, ahora que el tiempo permite recordar aquellos dolorosos momentos con esa dosis de serenidad y raciocinio imposibles de tener cuando se está sufriendo.

Mi madre tuvo 26 días de agonía. Los médicos sabían, a menos de 72 horas de operada, que no sobreviviría --salió bien de la operación, pero la atacó una neumonía fulminante. ¿Por qué le prolongaron la vida artificialmente por tanto tiempo? ¿Creían de verdad que se salvaría, a pesar de que sólo tenía un uno por ciento de posibilidad de vida, como me explicaron? ¿Por qué tanta diálisis, tanto análisis? ¿Habrían hecho lo mismo si no hubiera tenido un magnifico seguro medico, además de su Medicare? Las cuentas del hospital ascendieron a más de $260,000.

Cuando se teme por la vida de un ser querido, uno no piensa en finanzas personales o de hospitales. Solo una cifra viene a la mente: el uno por ciento de vida, el espacio del milagro posible.

Las imágenes de aquel cuarto de cuidado intensivo donde mi madre estuvo inconsciente por más de tres semanas conectada a tubos, máquinas y sueros quedarán en mi memoria.

Cuando por fin su ángel llegó, le di gracias a Dios.

Septiembre 30, 1991

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Artículos de
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