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Las
visitas: realidad, dolor y críticas
Dora Amador
Las reuniones familiares entre cubanos de la isla y
cubanos de Miami traen como resultado la comparación de
la vida en ambos sitios. Dos cubanas, una exiliada que
fue a Cuba y otra de la isla que vino a Miami, expresan
las dificultades de la vida allá y las impresiones sobre
la vida aquí.
Oílda Álvarez trabaja para una tienda de departamentos
en Puerto Rico. Su única hermana está en Cuba.
"¿Cómo voy yo a tener mil o dos mil pesos en el banco y
saber que mi hermana está pasando trabajo? ¿Cómo puedo
dormir tranquila?
"El que critica que uno le mande cosas y visite a su
familia en Cuba es porque no tiene sentimientos, no
tiene corazón. Como están aquí comiendo. Yo creo que el
que tenga un padre, una madre, un hermano allá no lo
debe abandonar".
Álvarez salió de Cuba en 1969 con su madre, ya fallecida.
Ha estado cuatro veces en Cuba y dice que vuelve al año
que viene a ver de nuevo a su hermana y sus sobrinos. "Yo
no tengo lujos, para ir a Cuba tengo que ahorrar y
privarme de muchas cosas".
Gracias a los viajes que ha dado y los paquetes y dinero
que ha mandado, la hermana de Álvarez, Estela, su esposo
Rolando Cordero y sus dos hijos Roly y Marilyn viven más
cómodamente. Pudieron rehacer la cocina, el techo y el
baño que estaba destruido.
"¡Aquella miseria!", dice Álvarez. "Se les estaba
cayendo la casa arriba.
"Una vecina la delató porque tenía el gas de la estufa
abierto en su casa, cocinando. Le pusieron una multa de
50 pesos y la amenazaron con llevarla presa. ¿Cómo yo,
sabiendo eso, puedo vivir tranquila? Le regalé una
estufa eléctrica la última vez que fui. Cuando yo vi en
la tienda las vajillas y le pregunté '¿Cuál quieres?',
se me abrazó llorando".
Sin embargo, otros no piensan igual.
"Yo no estoy de acuerdo con ayudarlos. Que se sigan
muriendo. No hacemos nada alargándole la vida a un
canceroso", dice Aselia Pacheco, llegada de Cuba en
julio de 1988 y quien tiene en Cuba a su madre y dos
hermanos.
"Mi sobrina está enferma de la garganta. ¿Qué hago yo
con mandarle cuatro pomos de vitaminas? Si nosotros le
pedimos a la Unión Soviética que le quite la ayuda a
Castro, nosotros también tenemos que quitársela. Mi
postura es que los aislemos totalmente para que se acabe
de caer ese régimen. Que se caiga".
Aselia Pacheco y su esposo, el ex preso político Víctor
Delgado, fueron miembros en Cuba del Comité Cubano pro
Derechos Humanos.
Ambos tienen una postura firme en contra del envío de
paquetes o dinero a Cuba, pero no de que vengan los
cubanos a visitar a sus familiares a Miami.
"Si mi madre está allá y quiere venir, ¿le voy a decir
que no?", se cuestiona Delgado, cuya madre murió en
Cuba.
"Lo que no se puede hacer es enviarles nada, nada. Un
padre tiene una hija sin zapatos y está en una esquina
quejándose, protestando. Le mandas los zapatos para la
hija, lo silencias. Hay que hacer que la olla, que ya no
puede más, estalle", dice Delgado.
Estos días han sido de especial significado para
Pacheco, pues logró traer a su mamá por primera vez de
visita a Miami.
"Yo quiero llegar allá y contarles a mis hijos lo que es
esto. A nosotros nos tenían engañados", comenta la madre
de Pacheco, Antonia Anido, de 58 años.
Anido, quien vive en Placetas, Villa Clara, con su hija
y su nieta, es un personaje típico de la saga diaria que
vive la mayoría del pueblo cubano.
"Me levanto bien temprano y tomo un poquito de café. Ya
a las nueve tengo debilidad. Yo nunca tomo leche, porque
el poquito que hay, cuando hay, es para la niña. Cuando
llega la hora del almuerzo digo '¿qué hago?'.
"Casi siempre es un poquito de arroz y frijoles",
continúa. "A veces tengo un plátano, entonces lo frío.
Si no, un huevo. A la comida, el arroz o frijoles que
sobró del almuerzo, porque no hay más nada, además, hay
que ahorrar el petróleo crudo que se usa para cocinar.
Te acuestas con el estomago vacío y te levantas igual.
Eso es todos los días".
Bajo el estricto sistema de racionamiento imperante en
Cuba, cada persona solamente tiene derecho, por ejemplo,
a una onza de café a la semana, ocho de carne --cuando
la hay-- y, si está de suerte y llega a la tienda, pollo
dos veces al mes. "A los siete años le quitan la leche a
los niños y ya no tienen derecho a tomar leche", dice
Anido.
"Con la comida que bota mi hija aquí comemos la familia
entera allá. Cuando me llevan al supermercado aquí yo
digo, no vuelvo más. Mi nieta no sabe lo que es una
manzana, una uva, un cereal", dice Anido y añade que,
como sólo dan un paquete de 'Íntima' --toallas
sanitarias femeninas-- al mes, muchas mujeres se las
arreglan cortando mosquiteros en pedazos para
utilizarlos en su menstruación. Pero como tampoco se
consiguen fácilmente los mosquiteros, hay que lavar y
guardar todos los meses los pedacitos que se cortan para
el próximo mes.
Antonia Anido está muy impresionada con su visita a
Miami. "Allá se habla de que las personas como yo, que
son mayores, y los niños, sufren mucho. La prensa cubana
y la televisión dice que no cuidan a los viejos y que a
los niños se los roban y los violan. A la gente se le
dice tanta mentira que uno se lo cree. Hay miedo, uno
piensa allá que llegar aquí es llegar a un lugar de
vicio, de robo, de mafia y crímenes. Decir Estados
Unidos es decir... Al Capone".
Aselia Pacheco hubiese querido que su madre se quedara
con ella en Miami, pero la comprende, dice, y por eso no
siguió insistiendo. "Tengo a una hija y un hijo varón, y
dos nietos allá. Aquí está todo por la libre, allá no
tienen nada. Les hago más falta a ellos", dice Anido.
Antonia Anido regresó a La Habana el 3 de septiembre.
Septiembre 16, 1990 |