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Clinton: una receta inaguantable

Roberto Suárez
Editor de El Nuevo Herald
18 de octubre de 1992

La historia de los pueblos está llena de desgracias asociadas directamente a la búsqueda de cambios. Hoy, la palabra cambio es la palabra del día y se ha convertido en la única razón para escoger al próximo presidente de este país, según la estrategia política escogida por Bill Clinton para desacreditar al presidente George Bush.
Cambio y más cambio. En la televisión y en los debates es lo que se oye sin que se definan los cambios ni las consecuencias. El pueblo norteamericano debe reflexionar sobre eso.

Los cubanos tenemos una triste experiencia que nunca olvidaremos. Es cierto que Cuba padecía una dictadura militar y era necesario un cambio. En el afán de lograrlo, pocos reflexionaron en las consecuencias de un cambio dirigido por Fidel Castro. Transcurridas más de tres décadas, el pueblo cubano padece todavía la más horrenda pesadilla. La historia se repitió en Nicaragua. Cualquier cambio era mejor que la dinastía de los Somoza y ello condujo a un sistema peor: el sandinismo fidelista.

Esta nación, no hace muchos años, a raíz de la renuncia del entonces presidente Richard Nixon, comenzó a sentir una ola de opinión muy similar a la actual, reclamando cambios. Fue otro gobernador, en este caso el de Georgia, quien apareció en la escena con esa misma estrategia. Apelaba al sentimiento popular anti-Washington con una cara fresca y una sonrisa; prometía cambios que resolverían todos los problemas nacionales. Jimmy Carter es una persona decente, de buenos sentimientos, pero esas características no son las únicas requeridas para ser un buen presidente y dirigir esta gran nación.

El pueblo se percató enseguida de sus desaciertos y no lo reeligió. En el campo nacional, la inflación llegó a niveles nunca vistos, los intereses subieron y la confianza en el futuro llegó al suelo. El índice de miseria y el malestar nacional se generalizó. Durante su gobierno padecimos la subida al poder del ayatollah Khomenei en Irán y la subsiguiente captura de rehenes norteamericanos en la embajada de Estados Unidos en Teherán, así como la toma del poder por los sandinistas en Nicaragua con el beneplácito del propio Carter.

Hoy estamos frente a una situación coincidentemente similar. Se van a celebrar elecciones presidenciales dentro de un par de semanas y el tema de mayor consideración presentado por el candidato demócrata es la necesidad de cambios. Clinton hace hincapié en el desmoronamiento de este país. Eso es incierto. Hay problemas económicos, como los hay en todas partes, pero pocas veces en la historia el prestigio de esta nación ha estado tan alto, y Estados Unidos continúa siendo la nación líder indiscutible del mundo. Dicen que los años de la administración republicana han sido los peores de la historia. ¡Qué poco recuerdan la historia!

La administración republicana de los últimos 12 años acumuló logros extraordinarios. Sacó a la nación del malestar (malaise) nacional a que la llevó Carter. Bajaron los índices de inflación e intereses, y por varios años fue constante el crecimiento económico. Durante este periodo, se derrumbó el Muro de Berlín, el marxismo se destruyó en su propia cuna, la Unión Soviética se desintegró, y con ello terminó la Guerra Fría. La guerra del Golfo fue una demostración de tecnología y poderío único en la historia. Por primera vez en muchos años, el pueblo demostró su orgullo de ser americano. Digan lo que quieran los fanáticos del Partido Demócrata, los niños de esta generación no tendrán que adiestrarse para sobrevivir el riesgo de una guerra atómica.

¿Hay problemas que resolver? Sí, los hay. Pero cambiar por cambiar no es la mejor manera de lograrlo. La fórmula no es cambiar al Presidente. Más valdría cambiar a algunos miembros del Congreso, que después de todo han torpedeado las iniciativas del presidente Bush y han puesto la política por delante de los intereses de la nación.

Los cambios que Clinton propone siguen la línea de los que introdujo Carter. Más impuestos y más gastos, y los resultados serán los mismos. Si es elegido, Clinton va a defraudar al pueblo. Se ha disfrazado de centrista, y es un engaño. Sabía que el pueblo, a través de los años, rechazó a los candidatos demócratas de izquierda, como Eugene McCarthy, George McGovern, Walter Mondale y Michael Dukakis, y de lobo se convirtió en la Caperucita Roja. Hasta utiliza la sonrisa de Carter.

Por eso los liberales se han volcado de lleno a respaldar a Clinton. Incluyendo la prensa. Pero no se dejen engañar. Reflexionen. Clinton no ha estado claro. Cambia la historia cuando lo descubren adulterando la verdad. Se ha entregado a todos los grupos de intereses especiales y a todos les debe algo por el apoyo. Esa masa de votantes no fanatizada, que es quien elige a los presidentes, debe reflexionar, no dejarse confundir por la retórica y votar por Bush. Deben hacerlo por el futuro de la nacion.

¿Se imaginan ustedes una nación donde el poder ejecutivo, el legislativo, el judicial y el cuarto poder estén dominados por la izquierda liberal? Por favor, no. Esa receta no hay quien la aguante.