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7 de febrero de 2010

Washington: La podredumbre moral

Dora Amador

 

 

"Les estoy pidiendo que crean. No sólo en mi capacidad de traer el auténtico cambio a Washington... Les estoy pidiendo creer en la suya".
                                          Barack Obama

 

 

Aunque hay grandes excepciones –creo que Barack Obama es una de ellas– la política y los políticos son sucios, muy sucios. Washington hoy, una cloaca humana. Quizá este sea mi último artículo sobre el tema, que me abruma en los días cruciales que vivimos en Estados Unidos. Imposible mantenerme al margen, pero me pregunto una y otra vez, ¿por qué escribir sobre ello? ¿Por qué si me cuesta, si lo rechazo? Me hallo en una especie de lucha interior por vencerme a mí misma.

Mi opinión, es decir, mi posición ante el horror que estamos presenciando en la política nacional lo han expresado hoy mucho mejor que yo podría haberlo hecho, varias personas en distintos medios que leo diariamente. Felicito a mi respetado y querido amigo, Andrés Hernández Alende, que está a cargo de las páginas de Opiniones de El Nuevo Herald, por publicar este artículo hoy: Harry Reid: Los retos de la nación.

Hay otros que como un espejo limpio, también reflejan la imperiosa necesidad de elevar el debate cívico, dejar tanto cinismo y egoísmo y enfrentar la tremenda crisis que atraviesa Estados Unidos: crisis económica, sí, pero sobre todo ética y humana.

Son estos: Fiscal Scare Tactics, de Paul Krugman, en The New York Times; los editoriales de ese diario What Price Politics? y The Truth About the Deficit; Obama Calls Out GOP, but Nobody's Home, aparecido en la revista Time de esta semana. Pero hay otros dos, vitales para comprender aún más a la bestia política capitalina: The Republican Holding Government Hostage, de Benjamin Sarlin, en The Daily Beast y Financial Reform Talks Halted, de Victoia McGrane, en Politico.com.

 

Congreso de Estados Unidos

 

Ahí está lo que yo pienso, creo y siento como ciudadana de este país. No tengo más que decir, quien tenga inteligencia, esté al tanto de las noticias de televisión, lea la prensa y tenga la capacidad de discernir –contando siempre con que sea una persona de buena voluntad– sabe de qué lado está a verdad, la justicia, la acción que se debe tomar para salir del desastre nacional en que nos encontramos inmersos.

Los cristianos sabemos que somos "ciudadanos de la casa de Dios", que está por encima de toda ciudadanía. Esa frase me ha venido a la mente varias veces hoy, a medida que llevaba a cabo mi rutina, mi aflicción, de leer la prensa diaria. Debo ir superando esta debilidad de la voluntad. El querer estar informada hasta el máximo de lo que está sucediendo en política es como una adicción de la cual hay que salir para darle paso a un sano interés –mucho menos abarcador en material de lectura e información inútil– por los acontecimientos para, si viene al caso, actuar de acuerdo a la conciencia, por ejemplo, la solidaridad con el pueblo haitiano. Lo demás es falsa ilusión, bagazo, contaminación.

Corte Suprema de Estados Unidos

 

Después de todo, hay cosas mucho más vitales a las cuales debemos estar atentos y que no tienen tanto que ver con el mundo exterior como con el interior. Para adeslindar esta parte de la realidad que quiero ir dejando atrás debo recordar más a menudo el cuento del Rey, el anillo y el mensaje sabio que muchos lectores quizá conozcan, yo lo escuché hace relativamente poco:

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total...
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y este le dijo:

-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas –le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo solo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

 

 

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso:

Simplemente decía “Esto también pasará".

Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido del sirviente y del místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

-Este momento también es adecuado: vuelve a leer el mensaje.

-¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

-Escucha –dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.

Entonces el anciano le dijo: -Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.

Aquí termina el cuento.

Me prometo a mí misma que cuando me sienta tentada a escribir sobre la política en Washington, los demócratas y republicanos vendidos a los cabilderos, a quienes no les interesa el bien común de la nación; en el obstruccionismo republicano; en los "honorables" miembros de la Corte Suprema que votaron a favor de permitirle a las corporaciones dar dinero para anuncios a favor o en contra de un candidato político; en Wall Street y los CEO, me prometo repetir como un mantra sagrado el mensaje que nos dejó Dios en el Salmo 40 (lo escribo en inglés porque me gusta más): "Desist, and know that I am God".