13 de julio de 2010
Iglesia y mediación: Fray Olallo
Dimas Castellanos
El Blog de Dimas
En 1833, cuando La Habana era arrasada por el cólera y escaseaban los médicos, un niño de 13 años, inmerso en la atención a los enfermos descubrió su verdadera vocación. A la pregunta de uno de los frailes juaninos que lo observaba con curiosidad, acerca de si le gustaría servir a Dios atendiendo enfermos, respondió: -Si, Padre, sería mi mayor ilusión. Casi de inmediato hizo sus votos de pobreza, obediencia y castidad y pasó a formar parte de los hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria que desde 1603 tenía representantes en Cuba. Aquel niño convertido en fraile, que al mes de nacido había sido depositado por sus progenitores en la Real Casa Cuna del patriarca San José, era fray Olallo José Valdés.
En 1835, cuando arreciaba la epidemia del cólera en Puerto Príncipe, donde fallecieron decenas de enfermos, Olallo fue enviado para reforzar a los hermanos que laboraban el Hospital San Juan de Dios –atendido por los juaninos desde 1728–, donde permaneció durante 54 años, barriendo, lavando sábanas y vendajes, bañando a los ancianos, curando y alimentando a los dolientes. En ese fragor, acompañado de sus lecturas, devino Enfermero Mayor, utilizó las mejores técnicas para curar padecimientos, practicar operaciones quirúrgicas y actuar como farmacéutico.
Su fortaleza de carácter, su entrega, su compromiso con los más sufridos y sobre todo su fe, le permitieron enfrentar disímiles situaciones complejas.
En 1842 se aplicaron en Cuba los decretos de exclaustración, mediante los cuales las órdenes religiosas fueron suprimidas y sus bienes incautados por el Gobierno. Por ese motivo el Hospital de Puerto Príncipe pasó a la Beneficencia Pública. En ese momento, aunque los hermanos hospitalarios se vieron obligados a convertirse en empleados del Estado y someterse a exigencias ajenas a su naturaleza, fray Olallo, ignorando la orden, continuó en su labor, impidiendo que los pobres enfermos sufrieran las consecuencias negativas de la medida. En 1868, al estallar la Guerra Grande, las autoridades militares ocuparon el Hospital, lo convirtieron en plaza militar y ordenaron suspender la atención a los enfermos civiles. Olallo, no sólo se opuso a esa medida, sino que actuó como mediador, hasta lograr que sólo fueran dados de alta los enfermos que podían continuar el tratamiento fuera del recinto hospitalario, gracias a lo cual, el resto pudo permanecer en el Hospital.
Pero fue en 1873 cuando su nombre quedó inscripto definitivamente en nuestra historia. El 11 de mayo de ese año Ignacio Agramonte cayó muerto en combate en el potrero de Jimaguayú y su cadáver fue trasladado a Puerto Príncipe. Al día siguiente, su cuerpo exánime, atravesado sobre el lomo de un caballo, fue tirado en medio de la Plaza para ser exhibido como escarmiento y trofeo de guerra, con la orden de que nadie lo podía tocar. Enterado del acontecimiento, Olallo ordenó preparar una camilla, se dirigió al lugar y respondió a las autoridades militares que la única orden superior que él acataba era la del Señor. Seguidamente cargó el cuerpo, lo condujo al pasillo del Hospital y con su pañuelo, le limpió el rostro cubierto de fango y de sangre. Luego fue trasladado a la enfermería, donde fue lavado y amortajado, evitando así que los militares pudieran cumplir el objetivo que perseguían con los restos del Mayor.
Además de participar directamente en varias epidemias, como ocurrió en 1871 cuando coincidieron el cólera, la viruela y la fiebre amarilla y de atender directamente a enfermos de cólera, nunca se contagió. Cuando el Hermano Juan Manuel Torres, el único de la Orden que quedaba vivo, contrajo lepra en 1866, Olallo se hizo cargo de su aseo, alimentación y curas hasta su fallecimiento diez años después. La última prueba de su consecuente entrega a los más sufridos la realizó en 1888. Ante Notario y en presencia de los testigos, declaró que todos sus bienes, incluyendo una casa heredada y el dinero que le adeudaba la Administración pública, lo dejaba en herencia al Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe, donde sirvió durante más de medio siglo.
A los 69 años de edad, el 7 de marzo de 1889, enfermo, cuando aún atendía decenas de pacientes cada día, murió en el mismo Hospital donde ejerció su obra caritativa. Vivió para los pobres, murió pobre, su cuerpo fue cargado por pobres y entre ellos fue enterrado. En su panteón reza la inscripción: Este monumento llegaría al cielo, si lo formaran los corazones de los pobres agradecidos a quienes asistió el Padre Olallo durante 53 años en el Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe.
En marzo de 1989, la Iglesia Católica de Camagüey solicitó se realizara el proceso de santidad. En diciembre de 2006, el Papa Benedicto XVI firmó los decretos que lo reconocieron como Venerable. En noviembre de 2008 se celebró la misa de beatificación en la ciudad de Camaguey, donde se declaró canónicamente, que el fray Olallo José Valdés era Beato; un valioso ejemplo de participación de figuras de la Iglesia en los asuntos políticos y sociales de Cuba a lo largo de la historia.
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