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La dictadura neoliberal
Dora Amador
El Nuevo Herald
28 de octubre de 2009
Yo sabía lo mezquinos que son muchos congresistas y directores ejecutivos (CEO) de las grandes corporaciones estadounidenses. Conocía el vínculo financiero que une a legisladores y empresarios: enormes contribuciones a las campañas políticas de aquellos por parte de estos y el buen trabajo de los cabilderos. Estaba informada del tráfico de influencias en Washington. Estaba al tanto además de que en estos días en el Congreso hay cuatro cabilderos de las compañías de seguros de salud por cada congresista.
Pero lo que no sabía es que esta podredumbre se había convertido en una dictadura neoliberal disfrazada, en lo político, de democracia; no estaba consciente de que los agentes de las firmas financieras habían llegado a controlar el gobierno y a corromper casi todos los sectores de la vida económica. En palabras de James K. Galbraith: la mentalidad y los métodos de los grandes negocios invadieron la vida pública, creando así lo que llama ``la república corporativa''. Un ``estado depredador'' --nombre del último libro de Galbraith-- decidido a desviar los fondos públicos a manos privadas.
Yo no había visto cómo el pueblo estadounidense se hizo siervo de una utopía bien inoculada por los jerarcas corporativos: nivel de vida igualado erróneamente a calidad de vida, comprar obsesivamente sin tener dinero con los préstamos hipotecarios o tarjetas de crédito, que idearon los banqueros para ganar inmensas fortunas con tasas de interés cada vez más altas. Cómo llegó a imperar, en una frase memorable de Alan Greenspan, la ``exuberancia irracional'' de este implacable sistema en el que los CEO han logrado tener tanto poder que han puesto en peligro la economía y la democracia del país.
Todo comenzó en los años 70, cuando los CEO decidieron no subir los salarios de sus empleados para subirse los de ellos. En esa fecha, los salarios y bonos de los CEO sumaban alrededor de $700,000 --25 veces lo que ganaban sus empleados--; en el año 2000, esa cifra subió a un promedio de $2.2 millones, es decir, 90 veces más que los empleados. Según un estudio de los economistas Kevin J. Murphy y Jan Zabojnik, en la actualidad los salarios, bonos y otros beneficios de un CEO promedio suman unos $25 millones anuales, unas 500 veces más que el ingreso de los empleados. De ahí que los bancos inventaran a partir de los 70 el negocio de prestar dinero con altos intereses para que siguiera aumentando ``la confianza del consumidor''. Hoy es una sociedad estresada que trabaja doble para poder pagar deudas o se está quedando sin trabajo ante la crisis financiera causada por la avaricia de las juntas directivas de las grandes corporaciones.
Pero vayamos al tema de la reforma del sistema de salud, que parece ser, gracias a su tesón, la primera gran batalla que ganará el gobierno de Barack Obama contra esta gente.
De acuerdo a un estudio realizado por la Universidad de Harvard --Health Insurance and Mortality in U.S. Adults-- dado a conocer el 17 de septiembre, en Estados Unidos mueren alrededor de 45,000 personas al año por no tener seguro médico. El estudio también revela que los trabajadores y otras personas en edad laboral sin seguro médico tienen un riesgo de mortalidad 40 veces mayor que los que tienen seguro. Cada 12 minutos muere un estadounidense por falta de seguro médico.
Pero lo que les interesa a los ejecutivos de las compañías de seguros de salud --como a las otras-- son las ganancias. ¿El sufrimiento de los enfermos o la muerte de sus compatriotas a quienes les niegan el seguro? Que no se enfermen, y si se enferman, que se mueran rápido, como dijo sobre el plan de salud de los republicanos el representante demócrata por la Florida Alan Grayson.
l capitalismo inhumano que ha imperado durante los últimos 25 o 30 años tiene que cambiar. ¿Hay esperanza? Yo la tengo, pero me ha horrorizado descubrir la monstruosa naturaleza de la realidad nacional.
Aplaudo al premio Nobel de la paz 2009, Barack Obama. Respeto y apoyo a este hombre que tan hábilmente ha sabido no caer en las trampas que le han tendido: el tema de la raza, que si es comunista, que si no nació aquí, que si es musulmán, seducirlo o amedrentarlo para que sirva a los grupos de intereses privados y no a los de la nación. Creo que los valores éticos del Presidente no son negociables, y su lucha contra los gigantes es magnífica, hará historia. Pero el odio que le tienen racistas y neoliberales se ve por todas partes.
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