Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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La Trinidad
de
Andrei Rublev
A lo largo de los siglos los teólogos han intentado comprender
el misterio de la Trinidad, los santos lo han vivido, los
místicos lo han gustado, pero fue Andrei Rublev el que tuvo la
dicha de mostrarlo para introducir en él al pueblo cristiano. Su
icono de la Trinidad, obra maestra del arte pictórico, es
también un compendio de Teología Trinitaria que se ofrece a la
mirada de la fe. Data del año 1411 aproximadamente y se
encuentra actualmente en la Galería Tetriakov de Moscú.
El icono representa, en una primera visión, la visita de los
tres ángeles a Abraham junto al encinar de Mambré (Génesis 18,
1-15). A través de esa escena del Antiguo Testamento se abre
todo un campo de simbología teológica que nos conduce hasta Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En primer lugar podemos ver la escena en general, tenemos tres
personajes sentados en torno a una mesa con una copa en medio.
El personaje central resalta, aparte de por su posición, por el
intenso rojo de su túnica que contrasta fuertemente con el azul
del manto. Viene de un largo camino, por eso el cuello de su
túnica está ligeramente descolocado, una estola dorada cae sobre
su hombro derecho. Está mirando hacia su derecha, al segundo
ángel, vestido con una túnica azul casi totalmente cubierta por
un manto semitransparente. Está como recibiendo al recién
llegado, su postura es de reposo. A la derecha tenemos una
tercera figura, cortada por el bastón que sostiene con la mano
izquierda. La mano derecha casi parece apoyarse en la mesa para
levantarse. La túnica es azul, como en el caso del personaje de
la izquierda, pero el manto es de un verde igual al del suelo
sobre el que se apoyan los bancos en que están sentados los tres.
El azul de las túnicas representa la divinidad de los tres
personajes, iguales y distintos a la vez. Es el Dios oculto que
parece trasparentarse en el manto del Padre, el Dios que muestra
el misterio de su amor hasta la muerte en el rojo del Hijo y el
Dios que da vida a toda la creación en el verde que el Espíritu
Santo comparte con el suelo.
El cuadro se puede dividir en dos zonas, una rectangular
superior, donde se ven una casa, un árbol y una montaña. Son
signos de las grandes realidades religiosas del Antiguo y del
Nuevo Testamento. La casa es el lugar de la presencia de Dios en
medio de su pueblo (el Templo en el Antiguo Testamento y Jesús
en el Nuevo), el árbol es el lugar de la prueba (la prueba que
vence al hombre en el arbol del bien y del mal del que come Adán
y aquella en la que el hombre sale vencedor en el árbol de la
cruz) la montaña es el lugar de la ley (la que dio Moisés en el
Sinaí y la nueva ley de Jesús en el sermón del monte). En
definitiva, el fondo del cuadro es una representación simbólica
que, de algún modo, intenta abarcar toda la historia de la
salvación. La escena que se representa tiene como trasfondo toda
esa historia porque es en ella y a través de ella como se ha
mostrado el misterio de la vida de Dios que el cuadro
representa.
Pasando a la organización de los tres personajes que están en
primer plano observamos que están estructurados en forma
circular. Un circulo exterior los enmarca y un círculo interior,
señalado por el borde de la manga del personaje central, reitera
y profundiza el movimiento circular de la imagen. Esta
organización circular hace que el cuadro tenga un movimiento
propio, la mirada del observador es conducida de un personaje a
otro en un camino infinito. Es la vida del Dios trino que se
pone ante nuestros ojos. Dios no es un puro permanecer en sí
mismo, un absoluto quieto y muerto, sino que el ser de Dios es
un permanente salir de sí una dinámica eterna de donación y
comunión en la que nos va introduciendo la circularidad del
cuadro.
Esta vida se enmarca en un doble octógono que forman las bases
sobre las que están situados los sitiales de los personajes
laterales en combinación, bien con las cabezas de estos mismos
personajes, bien con la casa y la montaña del plano superior. El
ocho representa el octavo día, el primer día de la nueva semana,
es el domingo de la resurrección. Este día tiene dos centros,
por una parte la copa, que representa la Eucaristía, por otra
parte el seno del personaje central: el Hijo. A través del amor
de Cristo, que se nos ofrece como realidad creada en la
Eucaristía, se realiza la nueva creación, el nuevo tiempo de la
salvación que es apertura a la eternidad de Dios. Compartir la
copa eucarística es adentrarse en el misterio del amor que mana
del seno de Cristo.
Esta unión entre la Eucaristía y Cristo queda realzada por una
tercera estructura: las siluetas de los personajes laterales
representan una copa, reproducción de la copa central. Esta
segunda copa, resultado de la conjunción de la obra del Padre y
del Espíritu que sostiene al Hijo, manifiesta el contenido de la
copa central: Jesucristo, el salvador que viene de un largo
camino de muerte simbolizado por el cuello descolocado de su
túnica, pero también de resurrección y gloria que se muestran en
la estola dorada que luce. La invitación de Dios en la
Eucaristía es una invitación a hacernos hijos en el Hijo, no
sólo compartimos la copa, sino que nos hacemos parte de ella, el
sacrificio y el triunfo de Cristo son también nuestro sacrificio
y nuestro triunfo
La presentación de la Eucaristía no se realiza simplemente como
algo externo, sino que el autor quiere con el cuadro invitarnos
a participar de ella. Si dividimos las partes superior e
inferior del cuadro nos daremos cuenta de un efecto importante.
En la parte superior aparece resaltada la figura central, el
Hijo. Si el cuadro fuese únicamente esta parte superior
pensaríamos que el Hijo está situado delante de las otras dos
figuras. Sin embargo, cuando miramos la parte inferior del
cuadro de forma independiente el efecto es el contrario, la
colocación de la mesa y de las piernas de los dos comensales
produce el efecto de que el personaje central está más retirado.
Por medio de esto se produce una estructura espacial cóncava, es
como si fuésemos invitados a entrar dentro de la mesa, el Hijo
se adelanta a llamarnos a ella.
Situados en el interior de esta mesa eucarística podemos asistir
a la relación entre las tres personas divinas, es una relación
doble que se establece a través de las miradas y de las manos.
Las miradas representan la relación interna de las tres divinas
personas, las manos su participación en la historia de la
salvación. Hay un cruce de miradas entre el Padre y el Hijo, y
en el centro de este cruce se introduce la mirada del Espíritu
Santo, es la vida interna de la Trinidad de Dios, continua
generación de amor entre el Padre y el Hijo y continua presencia
de amor recogido en el Espíritu. Y este amor divino no está
destinado a permanecer encerrado en Dios, al contrario, se
derrama en el mundo, la mano del Padre envía al Hijo que con la
suya, al mismo tiempo que bendice la copa eucarística, señala al
Espíritu en quien se recoge toda bendición para la salvación del
mundo. Si finalmente nos fijamos en los bastones nos daremos
cuenta de que, al mismo tiempo que señalan los espacios de las
tres divinas personas, entre el segundo y el tercero enmarcan el
pie del Espíritu Santo. Es Dios que está a punto de levantarse y
salir a nuestro encuentro.
Y aquí nos quedamos, has entrado en la vida misma de Dios, la
has contemplado y la has gozado, ahora esa vida se dirige a ti,
a tu vida creada para llenarla de divinidad. Este es el momento
final, porque no se trata de un icono para ver como espectador,
sino para contemplar y vivir como cristiano, si te has reposado
en la vida trinitaria de Dios ahora él quiere reposarse también
en tu propia vida, enhorabuena.
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