Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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¿Por qué hay tantas religiones?
Juan Pablo II ha dado su propia respuesta a la pregunta
planteada por periodista italiano Vittorio Messori en el libro
«Cruzando el umbral de la esperanza». El pontífice dedicó cuatro
capítulos a responderla.
En el libro el Papa afirma que «en vez de sorprenderse de que la
Providencia permita tal variedad de religiones, deberíamos más
bien maravillarnos de los numerosos elementos comunes que se
encuentran en ellas».
Cristo vino al mundo para todos los pueblos, dice el Papa, «los
ha redimido a todos y tiene ciertamente Sus caminos para llegar
a cada uno de ellos, en la actual etapa escatológica de la
historia de la salvación. De hecho, en aquellas regiones muchos
lo aceptan y muchos más tienen en Él una fe implícita (cf.
Hebreos 11,6)».
Islam
«Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento,
lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la
Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no
advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo,
primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y
luego de modo definitivo en cl Nuevo Testamento por medio de Su
Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que
constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en
el islamismo ha sido de hecho abandonada.
»Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los
más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es
un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad,
nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El islamismo no es una
religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la
Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta
preparador del último profeta, Mahoma. También María es
recordada, Su Madre virginal; pero está completamente ausente el
drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino
también la antropología del Islam, están muy lejos de la
cristiana.
»Sin embargo, la religiosidad de los musulmanes merece respeto.
No se puede dejar de admirar, por ejemplo, su fidelidad a la
oración. La imagen del creyente en Alá que, sin preocuparse ni
del tiempo ni del sitio, se postra de rodillas y se sume en la
oración, es un modelo para los confesores del verdadero Dios, en
particular para aquellos cristianos que, desertando de sus
maravillosas catedrales, rezan poco o no rezan en absoluto.
»El Concilio ha llamado a la Iglesia al diálogo también con los
seguidores del «Profeta», y la Iglesia procede a lo largo de
este camino. Leemos en la «Nostra aetate»: "Si en el transcurso
de los siglos no pocas desavenencias y enemistades surgieron
entre cristianos y musulmanes, el Sacrosanto Concilio exhorta a
todos a olvidar el pasado y a ejercitar sinceramente la mutua
comprensión, además de a defender y promover juntos, para todos
los hombres, la justicia social, los valores morales, la paz y
la libertad" (n. 3)» (Páginas 106 y 107).
Judaísmo
«Las palabras de la "Nostra aetate" suponen un verdadero cambio.
El Concilio dice: "La Iglesia de Cristo reconoce que,
efectivamente, los comienzos de su fe y de su elección se
encuentran ya, según el misterio divino de salvación, en los
Patriarcas, Moisés y los Profetas. [...] Por eso, la Iglesia no
puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo
Testamento por medio de aquel pueblo con el que Dios, en su
inefable misericordia, se dignó sellar la Alianza Antigua, y que
se nutre de la raíz del buen olivo en el que han sido injertados
los ramos del olivo silvestre que son los gentiles. [...] Por
consiguiente, siendo tan grande el patrimonio espiritual común a
los cristianos y a los hebreos, este Sacro Concilio quiere
promover y recomendar entre ellos el mutuo conocimiento y
estima, que se consigue sobre todo por medio de los estudios
bíblicos y de un fraterno diálogo" (n. 4).
»Tras las palabras de la declaración conciliar está la
experiencia de muchos hombres, tanto judíos como cristianos.
Está también mi experiencia personal desde los primerísimos años
de mi vida en mi ciudad natal. Recuerdo sobre todo la escuela
elemental de Wadowice, en la que, en mi clase, al menos una
cuarta parte de los alumnos estaba compuesta por chicos judíos.
Y quiero ahora mencionar mi amistad, en aquellos tiempos
escolares, con uno de ellos, Jerzy Kluger. Amistad que ha
continuado desde los bancos de la escuela hasta hoy. Tengo viva
ante mis ojos la imagen de los judíos que cada sábado se
dirigían a la sinagoga, situada detrás de nuestro gimnasio.
Ambos grupos religiosos, católicos y judíos, estaban unidos,
supongo, por la conciencia de estar rezando al mismo Dios. A
pesar de la diversidad de lenguaje, las oraciones en la iglesia
y en la sinagoga estaban basadas, en considerable medida, en los
mismos textos» [...].
«Este extraordinario pueblo continúa llevando dentro de sí mismo
las señales de la elección divina. Lo dije una vez hablando con
un político israelí, el cual estuvo plenamente de acuerdo
conmigo. Sólo añadió: "¡Si esto fuera menos costoso...!"
Realmente, Israel ha pagado un alto precio por su propia
"elección". Quizá debido a eso se ha hecho más semejante al Hijo
del hombre, quien, según la carne, era también Hijo de Israel;
el dos mil aniversario de Su venida al mundo será fiesta también
para los judíos» [...].
«Cuándo podrá el pueblo de la Antigua Alianza reconocerse en la
Nueva es, naturalmente, una cuestión que hay que dejar en manos
del Espíritu Santo. Nosotros, hombres, intentemos sólo no
obstaculizar el camino» (páginas 109, 110, 112).
Budismo
«La soteriología [doctrina de la salvación] del budismo
constituye el punto central, más aún, el único de este sistema.
Sin embargo, tanto la tradición budista como los métodos que se
derivan de ella conocen casi exclusivamente una soteriología
negativa.
»La "iluminación" experimentada por Buda se reduce a la
convicción de que el mundo es malo, de que es fuente de mal y de
sufrimiento para el hombre. Para liberarse do’ este mal hay que
liberarse del mundo; hay que romper los lazos que nos unen con
la realidad externa, por lo tanto, los lazos existentes en
nuestra misma constitución humana, en nuestra psique y en
nuestro cuerpo. Cuanto más nos liberamos de tales ligámenes, más
indiferentes nos hacemos a cuanto es el mundo, y más nos
liberamos del sufrimiento, es decir, del mal que proviene del
mundo.
¿Nos acercamos a Dios de este modo? En la "iluminación"
transmitida por Buda no se habla de eso. El budismo es en gran
medida un sistema "ateo". No nos liberamos del mal a través del
bien, que proviene de Dios; nos liberamos solamente mediante el
desapego del mundo, que es malo. La plenitud de tal desapego no
es la unión con Dios, sino el llamado "nirvana", o sea, un
estado de perfecta indiferencia respecto al mundo. Salvarse
quiere decir, antes que nada, liberarse del mal haciéndose
indiferente al mundo, que es fuente de mal (página 100).
Hinduismo
«En el hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo
expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con
los penetrantes esfuerzos de la filosofía; buscan la liberación
las angustias de nuestra condición, sea mediante formas de vida
ascética, sea a través de la profunda meditación, sea en el
refugio en Dios con amor y confianza. En el hinduismo, según sus
varias escuelas, se reconoce la radical insuficiencia de este
mundo mudable y se enseña un camino por el que los hombres, con
corazón devoto y confiado, se hagan capaces de adquirir el
estado de liberación perfecta o de llegar al estado de suprema
iluminación por medio de su propio esfuerzo, o con la ayuda
venida de lo alto» («Nostra aetate», 2).
«El Concilio recuerda que "la Iglesia católica no rechaza nada
de cuanto hay de verdadero y santo en estas religiones.
Considera con sincero respeto esos modos de obrar y de vivir,
esos preceptos y esas doctrinas que si bien en muchos puntos
difieren de lo que ella cree y propone, no pocas veces reflejan
un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres.
Pero Ella anuncia y tiene la obligación de anunciar a Cristo,
que es "camino, verdad y vida" (Juan 14,6), en quien los hombres
deben encontrar la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios
ha reconciliado Con sigo mismo todas las cosas» («Nostra aetate»,
2) (páginas 95 y 96) .
Religiones animistas
«Ponen en primer plano el culto a los antepasados. Parece que
quienes las practican se encuentren especialmente cerca del
cristianismo. Con ellos, también la actividad misionera de la
Iglesia halla más fácilmente un lenguaje común. ¿Hay, quizá, en
esta veneración a los antepasados una cierta preparación para la
fe cristiana en la comunión de los santos, por la que todos los
creyentes vivos o muertos forman una única comunidad, un único
cuerpo? La fe en la comunión de los santos es, en definitiva, fe
en Cristo, que es la única fuente de vida y de santidad para
todos. No hay nada de extraño, pues, en que los animistas
africanos y asiáticos se conviertan con relativa facilidad en
confesores de Cristo, oponiendo menos resistencia que los
representantes de las grandes religiones del Extremo Oriente»
(página 97).
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