El
Corazón de Jesús, principio y término de nuestra reconciliación
penitente
Bertrand de Margerie S.J.
Propongo
aquí una reflexión acerca de la importancia de la
“Reconciliación y de la Penitencia en la Misión de la Iglesia”.
La contemplación del Misterio del Corazón de Cristo Jesús,
centro del misterio de la Iglesia, arroja una luz radiante sobre
este misterio. El Corazón de Jesús se manifiesta como un símbolo
eficaz de la reconciliación vertical y horizontal, a la vez que
un principio dinámico de penitencia sacramentalizada, en sus
diferentes aspectos: contrición, confesión, absolución y
satisfacción. Sin olvidar que “en el Bautismo es donde el
cristiano recibe el don fundamental de la metanoia o conversión”
(Paulo VI), que es la base de los actos del penitente.
I. El
Corazón traspasado de Jesús, símbolo supremo de reconciliación
En las
profundidades del corazón humano, por muy dividido interiormente
y por muy corrompido que esté se origina, bajo la acción de su
Creador y fortalecido por sus gracias actuales, el proyecto de
una triple reconciliación: consigo mismo, con los demás y con
Dios. Este es el proyecto mayor de cada uno de nosotros:
unificarse íntimamente, en unión con nuestros compañeros de
peregrinación y, sobre todo, con Aquel que es principio y
término de nuestra existencia; por consiguiente, reconciliarse
consigo mismo, con nuestros hermanos y con el Padre. Proyecto
que, por cierto, supera nuestras fuerzas.
La
Revelación nos manifiesta que el Hijo único de Dios quiso asumir
un corazón de carne, un corazón dividido, un corazón amante y
misericordioso, precisamente para convertirse en el Mediador
deseoso de la realización de nuestro triple proyecto de
reconciliación. Este Corazón quiso conocer y experimentar la
desintegración de la muerte, el odio de sus hermanos y un
misterioso abandono de su Padre a fin de cumplir en nosotros y
en el universo su voluntad reconciliadora, reconciliándonos con
nosotros mismos, con nuestros hermanos y con Él mismo y con su
Padre. Aceptó, pues, detener, en la muerte, sus latidos amorosos
para darnos, con la Sangre y el Agua de sus sacramentos, el
Espíritu, que es la reconciliación en forma de remisión de los
pecados (Jn 19, 30, 34; 20, 22-23), el Espíritu de Amor, que es
el Soplo vivificante del Corazón del Resucitado.
Los
hombres estaban incapacitados para expiar sus crímenes y
satisfacer a la justicia misericordiosa del Padre; el Hijo
unigénito, impulsado por el ardiente amor de su Corazón hacia
nosotros, reconcilió totalmente los deberes y obligaciones de la
humanidad con los derechos del Padre, poniendo en nuestras manos
su satisfacción sobreabundante e infinita. De esta manera,
Cristo Redentor es, por su Corazón humano, el autor de “esta
admirable conciliación (miranda conciliatio) entre la
justicia divina y la misericordia divina, donde tiene sus
cimientos la trascendencia del misterio de nuestra salvación”,
de acuerdo con la hermosa expresión de Pío XII en la encíclica
Haurietis Aquas.
Dicho con
otras palabras, al conciliar entre ellas las exigencias de la
Justicia y d la Misericordia divinas, gracias a la ofrenda de su
sacrificio expiatorio, Cristo reconcilió a su Padre
celestial con sus hermanos humanos. En la Sangre derramada de su
Corazón traspasado de Mediador teándrico, unificó el proyecto
trascendente y divino de reconciliar a los hombres con su
Creador, y el proyecto humano y dependiente de reconciliarse con
Dios y con los hermanos humanos. En la no-violencia amorosa de
su pasión, Jesús hizo humildemente violencia a su Padre a favor
de los hombres: “el reino de Dios sufre violencia y los
violentos lo conquistan” (Mt 11, 12). Su Corazón “manso y
humilde” (Mt 11, 29) es el símbolo de su amor no violento que a
los violentos convirtió siempre a la mansedumbre. El Corazón de
Jesús es nuestra paz y nuestra reconciliación.
Esto no
obstante, al expiación reconciliadora de Cristo está muy lejos
de dispensarnos de ofrecer al Padre nuestra propia satisfacción
reparadora; por el contrario, nos la hace posible y fácil, al
suscitar su integración en el único sacrificio aceptable por
parte del Padre. Cristo no murió para dispensarnos de sufrir y
morir, sino para pudiésemos con Él, amar a su Padre, incluso en
nuestro sufrimientos y en nuestras muertes, a pesar de nuestra
debilidades y de nuestros pecados. De aquí, la institución del
sacramento de la Penitencia reparadora, signo eficaz de la
integración de nuestra satisfacción en la suya. Precisamente
gracias a este sacramento, Cristo sigue reparando por nosotros a
su Padre. Su reparación objetiva se completa en la reparación
subjetiva.
II. El
Sacramento de la Penitencia, en sus diferentes aspectos,
diviniza la Reparación
Se trata,
ahora, de mostrar brevemente cómo el culto al Corazón de Jesús
facilita el acceso a los Sacramentos de la Penitencia y de la
Eucaristía. Entendemos aquí por reparación una
participación libremente aceptada y llena de amor en el destino
de Jesús, Nuestro Señor, por la aceptación de las consecuencias
del pecado en el mundo: el dolor, el abandono, la persecución,
cierta ausencia del Dios siempre presente y la muerte. Informada
esta reparación por la caridad, se la puede considerar como la
forma de todas las virtudes en el mundo del pecado y de la cruz.
La
reparación es el ejercicio activo de una justicia amorosa para
con un Dios misericordioso, incluso en su misma justicia:
incluye la voluntad de compadecer en la Pasión de ese Dios por
nosotros y de consolarlo en su agonía como hombre, con miras a
completar lo que faltaba a sus sufrimientos, por su Cuerpo, que
es la Iglesia.
En
resumidas cuentas, la reparación asume todas las obligaciones de
la justicia para con dios en una atmósfera de amor, tanto más y
tanto mejor, por cuanto, lejos de aislar en Dios su justicia, la
ve penetrada totalmente por la misericordia, ontológicamente
idéntica a aquélla, en la infinita simplicidad del Ser divino.
Esta
reparación suscitada por Él, Cristo la hace suya en el
sacramento de la Penitencia. Sacramentaliza y diviniza nuestras
reparaciones subjetivas integrándolas en su Reparación objetiva.
“En Él – dice el Concilio de Trento - nosotros satisfacemos, al
producir dignos frutos de penitencia, que sacan de Él su fuerza,
por Él se ofrecen al Padre y, gracias a Él, son aceptadas por el
Padre”.
Esta
declaración se aplica a la contrición, a la confesión y a la
satisfacción, mediante las cuales el penitente “concelebra” con
el sacerdote, el Sacramento de la penitencia. Los “frutos de la
penitencia” serán tanto más dignos de ser ofrecidos al Padre por
el Hijo y aceptados por ambos, cuanto más penetrados estén de
amor, gracias a la práctica del culto al Corazón.
La Hora
Santa asocia al cristiano al Corazón de Jesús, destrozado
durante su agonía a la vista del pecado del mundo: “Mi alma está
triste hasta la muerte… ¿No has podido velar una hora conmigo?
Vigilad y orad” (Mc 14, 34-38). El bautizado que ha caído en
pecado se esfuerza por quebrantar voluntariamente su corazón de
dolor ante el sufrimiento que su ingratitud causó al Hijo del
Hombre. Al contemplar la agonía de Jesús en el Jardín de los
Olivos, toma parte en la lucha que Él sostiene contra el pecado.
Lucha junto a Jesús inocente, contra sus propios pecados. Los
detesta. Se aparta de ellos. ¿Podrá haber una preparación mejor
para recibir fructíferamente la absolución? ¿No se facilitaría
de manera especial la vuelta de muchos a la confesión mensual,
si se restableciera, en el contexto de una celebración
penitencial, la Hora Santa los primeros Jueves de mes?
Cuando se
cultiva por estos medios una contrición profunda, cuando la
contemplación del Corazón agonizante de Jesús nos ha hecho
reconocer que moriríamos de dolor si fuéramos conscientes de la
gravedad inmensa del menor pecado venial, por cuanto ofende a la
bondad infinita, la confesión ya no se experimenta tan sólo ni
principalmente como una carga vergonzosa, sino también y mucho
más como una necesidad que satisface la sed de reparación,
suscitada por el Espíritu de Jesús con la contrición.
Juntamente
con esto, la absolución se aprecia mejor como una palabra que
nos libera de la más tiránica de las esclavitudes: el
encadenamiento al capricho de las pasiones desordenadas. El
penitente que carga sobre sí el yugo de Cristo, experimenta su
suavidad, lo liviano del peso que su mandamiento del amor pone
sobre nuestros hombros, desde el momento en que su misericordia
nos libra de la pesadísima carga de nuestra propias fallas,
gracias a la humildad de su pasión: “Mi yugo es suave y mi carga
ligera” (Mt 11, 29-30). Sobre todo por las palabras de la
absolución, el penitente experimenta en sí en la fe, el Corazón
manso y humilde de Jesús, al compartir su humildad por la
humillación voluntaria de la confesión. Gracias a que, en la
contrición, ha llegado a reconocer que antes había sido “un mal
hombre, que del tesoro malo de su corazón malo, saca cosas
malas”, y gracias a que ha reconocido, en las palabras buenas de
una confesión, sus pecados, puede ahora comprender al Hombre
bueno, a Jesús, y sacar del buen tesoro de la abundancia de su
Corazón, la cosa buena por excelencia, el perdón (cf. Mt 12,
34-35): “Tus pecados te son perdonados…vete y en adelante no
peques más” (Mc 2, 5; Jn 8, 11).
Entre las
palabras buenas que Jesús, mediante su Iglesia, saca de su
Corazón – el único bueno – para ayudar al pecador perdonado a no
volver a pecar, están las que le señalan la satisfacción que
deberá cumplir para completar en sí la Pasión de Cristo, en el
amor.
Por una
parte, esa reparación amorosa al Amor justo y misericordioso al
que ofendió, le permite restablecer el orden que había violado
con sus pecados, ese orden que él transformó en desorden, y así
“compensar a ese Amor increado, por la indiferencia, el olvido,
las ofensas, los ultrajes y las injurias” que ese Amor ha
sufrido por su vida de pecador ahora reconciliado.
Por otra
parte, consciente de su deber de caridad para sus prójimos todos
y solícito de acudir de acudir en ayuda de los demás a llevar la
carga de sus propias deudas de las penas temporales para con la
misma Justicia amorosa del Padre y del Hijo, el penitente,
inspirado por el Espíritu, desea transformar su vida entera en
una satisfacción reparadora de las faltas de los demás, en
especial de los miembros de la misma iglesia doliente en el
Purgatorio. Se preocupa por lo tanto, bajo la influencia de la
gracia sacramental de la Penitencia, de acrecentar el tesoro de
las satisfacciones de toda la Iglesia, comunión de caridad.
Por esta
razón, quiere convertirse en un “compañero de expiación” de
Cristo, de acuerdo con la magnífica expresión de Pío XI en la
encíclica Miserentissimus Redemptor. “Cristo quiere
tenernos como compañeros suyos de su expiación (socii
expiationis)”.
Vemos, por
consiguiente, que la expiación perfecciona la unión con Cristo,
al asociarnos a los sufrimientos de Cristo; la completa,
ofreciendo víctimas por el prójimo (expiatio uniones cum
Christo, víctimas pro fratribus offerendo, consummat)”.
Ahora
bien, Pío XI agrega de inmediato: “Eso fue con toda certeza la
intención misericordiosa de Jesús cuando nos mostró su Corazón
cargado con los símbolos de su Pasión y abrasado por las llamas
del amor… El espíritu de expiación y de reparación ha ocupado
siempre el papel primero y principal en el culto al Sagrado
Corazón de Jesús” hasta tal punto, que la reparación no es en sí
misma, sino la traducción – una de las traducciones posibles –
del concepto evangélico de “metanoia”.
En otros
términos, por la conversión que acompaña necesariamente a la
reparación, Cristo lleva a cabo su propósito de hacernos sus
compañeros de expiación y de asociarnos a su obra redentora. Por
ella, y particularmente cuando se sacramentaliza, nos concede el
realizar nuestra vocación fundamental de personas humanas:
actuar y padecer como co-redentores.
Esta
reparación sacramentalizada que promueve el culto al Corazón del
Reparador divino viene a convertirse en la palanca de una
reparación social y horizontal: la gracia sacramental de la
Penitencia nos impele e invita a “reparar nuestras faltas contra
la justicia y contra la caridad para con el prójimo; reparación
que manifiesta nuestra reconciliación con Dios”.
Conclusión: La misión de la Iglesia es la de fomentar el
‘corazón a corazón’ entre el Reconciliador y los reconciliados
A la luz
de nuestras reflexiones, el Corazón de Jesús se nos presenta
como el principio y el término de la Reconciliación que nos
ofrece.
Se halla
en su principio, por cuanto fue su Amor increado el que le
inspiró la decisión de asumir un amor humano, un corazón de
carne a fin de poder expiar nuestras faltas en el sufrimiento y
en la muerte.
Se halla
también en su término, ya que, también con Él, en el sacramento
de la Penitencia, nos reconciliamos, practicando para con Él la
reparación y la compasión consoladora, que llega siempre hasta
Él a través de la gente que sufre, en la cual esconde y
manifiesta su presencia.
Todo viene
de Dios, que nos ha reconciliado consigo por el Corazón de
Cristo… Dios Padre, en efecto, es quien, en el Corazón de
Cristo, se reconciliaba con el mundo, no tomando en cuenta
nuestros pecados. Es por esto que la Iglesia nos suplica, por
las entrañas de Cristo: Dejémonos reconciliar con Dios por su
Corazón; reconciliémonos con su Padre en una reparación
sacramentalizada de justicia y de amor.
Para
participar mejor en la misión de la Iglesia a favor de la
Reconciliación y de la Penitencia, renovemos nuestra contrición,
nuestra conversión y nuestra consagración total al Corazón del
Reparador divino, único e infinito.
Por la
reparación, participemos en su muerte por amor; en tanto que la
absolución reconciliadora hace brillar en nosotros el poder de
su resurrección (cf. Flp. 3, 10).
Cf.
Gaudium et spes, 10 y 11: “Los desequilibrios que fatigan al
mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio
fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano… La
corrupción del corazón humano sufre con frecuencia desviaciones
contrarias a su debida ordenación”. De manera más acuciante,
Juan Pablo II escribe: “El misterio interior del hombre, en el
lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la
palabra ‘corazón’. Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha
penetrado de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre
y ha entrado en su ‘corazón’ ” Redemptor Hominis, 8, 2).
Además, el
creyente – sea cristiano, judío o musulmán – que ha recibido del
Dios revelador la fe en la existencia de los santos Ángeles,
desea también reconciliarse con ellos.
Gaudium et
spes, 22.
Cf.
Haurietis Aquas: “Haec divina caritas est CORDES Christi
ejusque Spiritus petriosissimum donum Eique (scilicet Patri) Cor
suum ostendit vivum» AAS, núm 48 de 1956), PP. 335 y 337): «Esta
divina caridad, [es] don preciosísimo del Corazón de Cristo y de
su Espíritu y a Aquel [es decir al Padre] muestra su Corazón
vivo” (Ed. Tipográfica Poliglota Vaticana, versión castellana,
1956, pp. 27 y 29).
Cf. San
Anselmo: “Cur Deus homo?” (¿Por qué Dios hombre?), II, 20:
“¿Podrá concebirse proceder más misericordioso que el de dios
Padre, que dice al pecador condenado a los tormentos eternos y
desprovisto de lo que podría rescatarlo: “Toma a mi Hijo
Unigénito y ofréceselo en tu lugar”, y que el propio Hijo,
diciéndole: “Tómame y rescátate” – tolle me et redime te?” De
aquí la expresión del Doctor Angélico: “Dado que el hombre no
podía satisfacer, por sí mismo, por el pecado de toda la humana
naturaleza, Dios le dio a su Hijo para satisfacer por él” (Summa
Theológica, III, 46, 1.3.). Pío XII concluye de allí: “El divino
redentor… habiendo conciliado, bajo el estímulo de la
caridad ardentísima para con nocoytros, las obligaciones y
compromisos del género humano con los derechos de Dios, ha sido
sin duda el autor de aquella maravillosa reconciliación
entre la divina justicia y la divina misericordia, que
justamente constituye la absoluta y trascendencia del misterio
de nuestra salvación” (Haurietis Aquas, verio cit., p. 16). Los
subrayados son del autor del artículo.
Juan Pablo
II: Redemptor Hominis 9: “La redención del mundo – ese
misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada –
es, en su raíz más profunda, ‘la plenitud de la justicia en un
corazón humano… para que pueda hacerse justicia de los corazones
de muchos hombres’ ”.
Es decir:
entre las diversas exigencias, a primera vista opuestas, de
estas dos perfecciones divinas, idénticas en la simplicidad del
Ser divino.
Cf. Supra
nota 5.
Cf.
Letanías del Corazón de Jesús: “Cor Jesu, Pax et
Reconciliatio nostra, miserere nobis”.
Acerca del
paso histórico de la noción patrística de reparación (sobre todo
objetiva) a la noción moderna (que acentúa los aspectos
subjetivos), ver Alonso, Joaquín María, c.m.f: “Teología de la
Reparación” en Efemérides Mariol., núm. 27, 1877, pp. 305 ss.
También Solano, Jesús, S.I. Desarrollo histórico de la
Reparación, Roma, Cuore di Cristo, 1980. Partiendo de los datos
históricos que nos proporcionan estos dos autores, podríamos
resumir la evolución de esta manera: Para los primeros siglos,
la reparación significa la restauración por Dios de su
obra dañada por el pecado; para nosostros, su significado es,
sobre todo, el de la compensación ofrecida a Dios. Esta
segunda acepción se hallaba implícita en la primera y en la
manera de celebrar el sacramento de la penitencia durante los
primeros siglos. A partir de san Anselmo, lo implícito se torna
explícito; a este santo le correspondió sobre todo destacar la
noción de satisfacción, ya presente en Tertuliano, subrayando su
orientación vertical de reparación teocéntrica. Simultáneamente,
la reparación de justicia, polarizada por un orden subjetivo por
restaurar, pasó a ser reparación de amor informando la
precedente de la cual hace una restitución de amor.
Rahner,
Kart, S.I., en Stierli, Joseph, S.I.: Le Coeur du Sauver,
Mulhouse, 1956, pp. 179-180. Hemos modificado ligeramente el
texto.
Nos
inspiramos aquí en Pío XI: Miserentissimus Redemptor AAS,
20, 128, p. 169: “Increato Amori… illatae injuriae compensari
debent… ob justitiae et amoris titulum” (Las injurias inferidas
al Amor increado deben compensarse a título de la justicia y del
amor). Obsérvese el paralelismo entre las dos virtudes humanas
de justicia y caridad, por una parte, y las dos virtudes divinas
de justicia y amor, por otra (cf. Supra notas 5 a 8), todas
ellas en juego en el culto rendido al Corazón divino y humano de
Jesús, el Mediador. La reparación es justicia amorosa para con
el Amor justo y misericordioso. Luego, Pío XI subraya que el
amor nos impulsa a la compasión consoladora.
Col 1, 24.
Concilio
de Trento, DB 904, DS 1691.
Retengamos
la admirable exégesis que hace Francisco Suárez de Mt 11, 28-30
(cf 9, 2 ss) en Defensio Fidei, II, 9, 15 (Opera Omnia,
Vives, T. 24p. 164): 2El sentido de las palabras de Cristo es de
que Él mismo es el único Redentor que puede quitar la carga y
trabajos de los pecadores, así como de las penas contraídas por
los pecados, y también, que es Él, e autor de la gracia y de la
ley evangélica, quien nos liberó de la carga de la Ley antigua.
Así pues, Cristo llama a todos a que acudan a Él, como al médico
y autor de la salvación”.
No
olvidemos relacionar el texto de Mt 12, 34 con Mt 19, 17: “Uno
solo es el Bueno”.
Pío XI:
Miserentissimus Redemptor, loc. cit. p. 169. “A fin de que por
la penitenciase reconstituya el orden violado”.
Ibídem.
Cf. Gal
6,2, aclarado por Mt 11, 30.
Por el
ofrecimiento del valor satisfactorio de sus buenas obras.
Pio XI
Miserentissimus Redemptor, loc cit., p. 174. ese asociarse
los cristianos a Cristo que expía, anima a Pío XI, poco después,
a esperar de Dios el perdón de los pecados actuales del género
humano: “Nuestra más firme esperanza es de que la justicia de
Dios que, en su misericordia, habría perdonado a Sodoma en
atención a diez justos, perdone con mayor razón aún al género
humano, porque la comunidad cristiana toda, de todo lugar y de
toda raza, habrá ofrecido sus insistentes súplicas y sus
reparaciones eficaces, unidas a Cristo, su Mediador y Cabeza” (ibid.,
p. 178) Palabras son éstas, que hoy día, ante la amenaza del
holocausto atómico, adquieren particular valor. Sólo del
ejercicio reparador del sacerdocio de los bautizados puede
esperarse del Corazón de Jesús la paz no obstante las amenazas
atómicas
Notemos de
paso la identificación constante que se hace, en la redacción de
la Encíclica Miserentissimus Redemptor, entre los
vocablos reparación, expiación y satisfacción, especialmente en
la p. 169 del citado documento.
Ibídem, p.
172.
En otra
parte (ver Osservatore Romano, ed francesa, de 24 de
noviembre de 1981, p. 8), hemos hecho resaltar la identificación
que se hace en la encíclica Haurietis Aquas (loc. cit, pp
33 y 39) entre la reparación y la ley divina de la “metanoia”
mencionada bajo el término expiación. El ejercicio de la
reparación al Corazón de Jesús es una forma privilegiada de
cumplir con el mandamiento divino de la metanoia
Paulo VI:
Ancora una volta, AAS. 66, 1974, p. 448. Texto comentado en el
mismo artículo mencionado en la nota precedente.
Cf. Flp.
1,8 y 2 Co , 20. La alternación entre “dejémonos reconciliar” y
“reconciliémonos” hace alusión – a través de las dos
traducciones, la una activa, del padre Allo (Segunda Epístola
a los Corintios, París, 1937, p. 171) y la otra pasiva de la
Biblia de Jerusalén – al complejo sentidodel original griego y
de su imperativo aoristo pasivo, que invita a la aceptación de
una acción recibida de lo alto.