Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de 2008

Construir un posible ante la infinidad

Lenier González Mederos
Revista Espacio Laical
Consejo Arquidiocesano de laicos de La Haana

Ángel de la Jiribilla , ruega por nosotros. Y sonríe.
Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee:
Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte.
Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra
un posible en la infinidad.
José Lezama Lima ,
                              A partir de la Poesía , 1960.

La sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular del pasado 24 de febrero quedará para la historia de Cuba como uno de esos instantes singulares donde, al contemplar ciertas ritualidades humanas condensadas en un momento puntual de la historia, logramos percibir con alguna certeza que algo podrá comenzar a cambiar para siempre. El escenario de la sucesión política en Cuba –sobre el que tanto se especuló en el pasado- se ha materializado: Raúl Castro Ruz, casi medio siglo después del triunfo rebelde de 1959, sustituye al presidente Fidel Castro al frente de los destinos del país, inaugurando así una nueva etapa política para Cuba. Pasado el momento de la investidura y de la sucesión formal de su hermano, el nuevo presidente de los Consejos de Estado y de Ministros se enfrenta ahora, cara a cara, con los anhelos de cambio de la nación.

Los sentimientos de indiferencia y discreción que la postmodernidad ha entronizado en el mundo occidental referido a la edificación de grandes proyectos políticos intrahistóricos no han logrado escamotearnos la posibilidad de soñar y construir una comunidad nacional más armónica e integrada. En los días que corren, la renovación nacional, más que una escaramuza profética, es una constatación empírica, una posibilidad real que se configura en nuestra historia. El presidente Raúl Castro está retado, en medio de circunstancias históricas peculiares, a hacer gala de altas dosis de audacia y creatividad política para afirmar su liderazgo y revertir las problemáticas políticas, sociales y económicas que se han acumulado de manera creciente en nuestro país. De ello dependerá su éxito como jefe de Estado y, quién lo duda, el futuro de los que hasta hoy han impulsado el proyecto político revolucionario.

A la hora de redactar estas líneas doy por sentado que existe conciencia en el nuevo gobierno de la necesidad de realizar cambios internos, e incluso, supongo que en los 19 meses que median entre la enfermedad del ex presidente Fidel Castro y la designación del nuevo jefe de Estado se haya colegiado una estrategia de implementación de dichos cambios. Así parecen sugerirlo las intervenciones de Raúl Castro el pasado 26 de julio de 2007 y su discurso como nuevo presidente de Cuba ante la Asamblea Nacional. Teniendo esto presente, las consideraciones que siguen intentarán perfilar algunos de los principales desafíos a los que se verá enfrentado el nuevo liderazgo cubano en los órdenes interno y externo. Además, se realizará un acercamiento a las potencialidades del nuevo mandatario para cohesionar a la clase política y al pueblo cubano en lo que podría ser una colosal empresa de refundación material y espiritual de la nación.

I

La llegada de Raúl Castro al poder no se produce de golpe, sino que ha estado precedida de un espacio de tiempo que comprende desde la enfermedad del ex presidente hasta la instauración de la nueva legislatura de la Asamblea Nacional. Durante esos 19 meses de “interinato”, el dispositivo de legitimación simbólica del gobierno cubano fue reorientado hacia la preparación de la sucesión política, que se materializó en el marco de la institucionalidad revolucionaria. Quizás este período de tiempo, que debió servir para ajustar una estrategia de gobierno, sea el primer elemento a favor de Raúl Castro.

Su pertenencia al núcleo originario que hizo la Revolución , su exitoso desempeño al frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, su liderazgo entre los mandos militares y su capacidad para dar cohesión a la policromía de posiciones dentro de la clase política cubana, lo colocan irremediablemente en el centro del vórtice político nacional y además, le facilitan la posibilidad de abrir otros horizontes para Cuba.

El presidente Raúl Castro cuenta a su favor con el repertorio simbólico de la Revolución cubana, fuertemente marcado por los discursos de justicia social y soberanía nacional, que nutre un imaginario político compartido por sectores importantes de la sociedad cubana. Aunque el poder de atracción que este capital simbólico ejerce sobre las nuevas generaciones y otros sectores de la comunidad nacional parece haber experimentando ciertos grados de erosión, no cabe duda que la sintonía con el mismo configura un eje de lealtades, un vínculo de las masas con el poder revolucionario, capaz de generar, aun hoy, confianza y consenso en una parte importante del pueblo. A este hecho debemos sumar la inexistencia en Cuba de una oposición pujante y articulada, capaz de convertirse en un vector de influencia sobre el gobierno, mediante una propuesta alternativa de cambios que suscite el interés de la ciudadanía.

En el orden interno, la intelectualidad y la Iglesia Católica han depositado un voto de confianza en el nuevo liderazgo cubano, instándolo al cambio gradual. Ambos sectores, mediante una política de comunicación interactiva y en un clima generador de confianza entre las partes han trasmitido a la clase política cubana -poniéndose por encima de las dolorosas heridas del pasado- aquellas cuestiones que a su juicio deberían ser cambiadas. En mi opinión, son é stos los dos grupos de la sociedad cubana que han mostrado –mediante dinámicas diferenciadas de interacción sobre el sistema político- las posiciones más audaces, articuladas y dialogantes en la actual coyuntura nacional, con lo cual muchas veces se han ganado la incomprensión y el repudio de algunos sectores. En ambos casos, sin mucha extravagancia, se ha impuesto un equilibrado realismo que nace de una fuerte vocación patriótica.

Mientras tanto, los grupos más importantes del exilio cubano mantienen, en líneas generales, la tendencia a no reconocer la legitimidad del gobierno de Raúl Castro y muchos de ellos ni siquiera aceptan la legitimidad de la Revolución cubana. Esta postura, que cierra toda posibilidad de interlocución con las autoridades de la Isla, los coloca al margen o, al menos, limita muchísimo su capacidad de influir en la dinámica interna del cambio. A este hecho se suma otro de gran trascendencia: la manera diferenciada –a veces antagónica- de concebir “el cambio” entre los sectores hegemónicos del exilio y los actores sociales dentro de Cuba. Mientras los primeros abogan por el aniquilamiento del gobierno -con cierta tendencia a “soñar” el futuro del país reproduciendo la realidad sociopolítica del lugar donde están asentados-, los actores sociales dentro de Cuba optan por un escenario más realista y menos traumático.

Aquí parece existir cierto consenso en la necesidad de que “los cambios” se produzcan mediante un proceso gradual de ajuste y reestructuración, desde la institucionalidad existente, que permita preservar la estabilidad del país y los logros en materia de derechos sociales, muy valorados por la población.

En la actualidad los dos polos más activos del exilio cubano son Miami y Madrid. La ciudad de Miami ha sido la sede tradicional de importantes organizaciones políticas adversas al gobierno cubano, que aun hoy, en su mayoría, continúan dirimiendo su antagonismo con el poder revolucionario mediante una política de presiones en Washington. Las más recientes investigaciones patrocinadas por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) muestran que un número importante de emigrados cubanos son favorables al levantamiento del bloqueo y al restablecimiento de relaciones con la Isla, lo cual deja entrever la existencia de una desconexión entre las élites políticas del exilio, y los intereses de un conjunto importante de la emigración.

Pero quizás la forma más novedosa de oponerse al gobierno de La Habana en los últimos 15 años haya provenido de algunos miembros del sector intelectual exiliado. Sin acudir a los circuitos de presión política en Washington, un importante grupo de intelectuales se ha aglutinado en torno a la revista Encuentro de la Cultura Cubana (más su versión digital), con lo cual han convertido a la ciudad de Madrid en la segunda capital del exilio cubano. Sin adentrarnos en un análisis de la evolución de las políticas editoriales de las versiones impresa y digital de la publicación y de su interacción con algunos centros de poder político –explicación que podría resultar compleja y algo extensa- tampoco han logrado en la práctica implementar una política capaz de conseguir un puente comunicativo dialogante con las autoridades de la Isla. O bien porque no pudieron, o bien porque no se lo han propuesto, o bien porque La Habana les haya cerrado las puertas, o por una mezcla de todos estos factores a la vez. A fin de cuentas, su capacidad de influencia política también es reducida. Han sido significativas las declaraciones de Rafael Rojas Gutiérrez, importante intelectual que ejerce cierto liderazgo en el grupo, al admitir el pasado mes de marzo en la Casa de América , de Madrid , que las posibilidades de influencia de los grupos opositores y del exilio en la dinámica del cambio en Cuba pudieran verse castradas si estos sectores siguen sin reconocer la legitimidad de gobierno de La Habana.

Por su parte, la comunidad internacional es propicia a un escenario de ajustes internos graduales. En América Latina el gesto más significativo ha venido del presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula Da Silva, quien viajó a la isla y brindó su apoyo político y económico al gobierno cubano, que se ha traducido en un crédito millonario, así como respaldo político en la arena internacional. Además, el contexto regional es favorable a Raúl Castro, pues numerosos gobiernos gravitan a la izquierda.

El gobierno de los Estados Unidos ha reaccionado con cierta “cautela”, se ha negado a dialogar con Raúl, pero ha puesto en evidencia sus preferencias por una solución sucesoria que garantice el orden interno y evite un éxodo masivo hacia las costas de la Florida. Además , la política de bloqueo y aislamiento de las diferentes administraciones norteamericanas ha reducido muchísimo la capacidad de influencia de las autoridades de dicho país sobre el gobierno cubano y otros sectores de nuestra sociedad. Por otra parte, la agresividad de la política norteamericana hacia Cuba –que en ocasiones ha cobrado visos de subversión interna- refuerza las posiciones de los inmovilistas dentro del sistema, y mantiene su tradicional línea errática que cohabita con los enfoques tradicionales de las élites políticas del exilio.

La iniciativa diplomática de diálogo del gobierno socialista español abrió el pasado año 2007 una brecha en la llamada posición común de la Unión Europea hacia Cuba, con lo cual reconfiguró el marco de relaciones de algunos de los países del bloque con Cuba, e inauguró un mecanismo bilateral trasatlántico de consultas políticas que confiere a España un rango de interlocutor privilegiado en el diálogo entre La Habana y la Unión Europea.

En el ámbito de las expectativas internacionales , Raúl Castro goza de una sólida ventaja, pues un grupo importante de gobiernos esperan por él, le han dado un voto de confianza y han tomado muy en serio sus promesas de cambio. La visita “exploratoria” realizada a nuestro país por Louis Michel, Comisario para el Desarrollo y la Asistencia Humanitaria de la Unión Europea, el pasado mes de marzo de 2008 , evidencia esta realidad. El posible triunfo demócrata en los Estados Unidos -que entraña la posibilidad de restablecer la interacción política y económica entre ambos países- podría dibujar un escenario muy interesante en un futuro próximo. Además, ningún gobierno latinoamericano, al menos públicamente, ha objetado la legitimidad del nuevo presidente cubano.

Estas variables, en el orden interno e internacional, de ser adecuadamente consideradas y utilizadas, podrían constituir un capital político nada despreciable para iniciar una gestión de gobierno con una dosis importante de estabilidad. Si bien el tablero está dispuesto, ahora los próximos escenarios quedan por la destreza del jugador.

II

No todo es color de rosa para Raúl Castro. La fórmula para revertir los problemas de Cuba es bien complicada, pues la solución se desdobla en varios frentes internos, relacionados con la detección de los problemas claves a solucionar, la construcción del consenso político necesario para ello, la modernización de las instituciones internas de respaldo para hacerlas operantes, representativas y funcionales –Partido Comunista de Cuba (PCC), Poder Popular, aparato administrativo, etc.- para luego, con su apoyo, poder transformar la realidad.

Es decir, el necesario cambio de las mentalidades y de las estructuras para dotar al gobierno de cierta estabilidad en las transformaciones, tendrá que producirse en paralelo a los acuciantes cambios económicos, políticos y sociales que requiere el país. En el seno de las instituciones políticas de respaldo, siempre imprescindibles en un escenario de cambios, no priman los cuadros preparados para la implementación de una política de descentralización, si llegara a aplicarse una variante con estas características. La verticalidad del aparato administrativo del Estado en tantos años ha condicionado una mentalidad de ordeno y mando que entorpece la capacidad de los dirigentes de la base para generar iniciativas autónomas.

Al deficitario desempeño de las instituciones y a la carencia de líderes en los estamentos de base e intermedios, debemos sumar el arraigo de una cultura política de la intolerancia, la crisis en el sistema de valores, la tendencia a valorar positivamente la unanimidad, la falta de conciencia cívica y la imposibilidad de generar agendas movilizativas desde la sociedad hacia el Estado. Esta situación de precariedad en instituciones y medios humanos es, a mi juicio, uno de los mayores factores de riesgo para el nuevo gobierno. La renovación generacional e institucional debería ser una prioridad política de primer nivel.

A esta realidad debemos sumar que el presidente Raúl Castro debe lidiar en el interior de la clase gobernante con un importante sector que quizás no vea con agrado la posibilidad de iniciar un proceso de cambio de conceptos y estructuras en el país, y que incluso algunos de sus miembros pueden considerar cualquier transformación como una traición al proceso vivido durante el último medio siglo. Implementar un ajuste interno sin provocar fisuras en la clase política sería un ejercicio de equilibrismo que tendría que realizar Raúl Castro a cada paso que de.

III

La táctica para hacer detonar el inicio de un proceso interno de trasformaciones fue la convocatoria que hizo Raúl Castro a la ciudadanía a expresar sus inconformidades en asambleas abiertas, propuesta que fue acompañada de su reclamo personal a expresarse con total libertad. Este algoritmo de poder contribuyó a afianzar su liderazgo y legitimidad entre los miembros de la clase política, los actores sociales y en la arena internacional. El conjunto de reclamos emanados de este proceso puede haber contribuido a convencer a los miembros del gobierno de que los cambios son apremiantes y además renovó la expectativa en Cuba y en el mundo acerca del inicio de un proceso de transformación del sistema cubano.

Crear este ambiente interno para acometer las reformas es políticamente necesario, pero a su vez, si no se actúa a la altura de las circunstancias, ello puede tener un efecto boomerang contra los promotores de dicha iniciativa política: el PCC y el propio presidente. Defraudar las expectativas y la confianza que la intelectualidad, la Iglesia Católica, la ciudadanía en general y la comunidad internacional han colocado en el nuevo gobierno acarrearía un costo político altísimo, que podría tener consecuencias impredecibles e indeseables para Cuba.

Las transformaciones que serían promovidas para satisfacer esta atmósfera de creciente expectativa tienen límites y, por el momento, estos se enmarcan dentro de lo que vendría a ser la construcción de un “modelo socialista cubano”, en el cual cabrían reformas estructurales en el ámbito de la economía, e incluso, algunas en el área de las estructuras políticas. Todo ello matizado por el hecho de que la vida y el momento histórico que vivimos le imponen a Raúl Castro el reto de enfrentarse a la realidad con un estilo más pragmático, posiblemente en sintonía con su propia personalidad. Hasta ahora en ninguna de sus intervenciones públicas ha culpado al “enemigo externo” de la situación del país, sino que ha colocado delicadamente la mayor responsabilidad sobre la inoperancia de las instancias gubernamentales.

Además, el traspaso del gobierno a sus manos representa un cambio cualitativo, referido a la forma tradicional en que se ha ejercido el poder en Cuba durante el último medio siglo. Hemos experimentado el corrimiento desde un liderazgo que construía el consenso sobre la base del carisma personal, hacia un liderazgo más institucional y colegiado que podría estar siendo una fuente renovada y estable de autoridad en el país. El realismo político y su preocupación por la institucionalidad podrían ser sus aportes más importantes a la nación cubana a largo plazo.

Otro de los principales retos de Raúl Castro en la hora actual es restablecer la confianza entre los diferentes sectores de la nación. El presente le da la posibilidad de implementar un proyecto de gobierno donde logre restaurar la esperanza mediante la inclusión del mayor número posible de cubanos dispuestos a contribuir en este empeño desde sus propios repertorios identitarios. La decisión de asimilar la “otredad” llevaría en sí el reto de redefinir los márgenes actuales de inclusión/exclusión en la participación política de los actores sociales. Estar a la altura de semejante responsabilidad implica dar respuestas políticas creativas y audaces, que rompan el canon de lo que hasta hoy ha sido políticamente correcto en el socialismo insular.

El presidente Raúl Castro tiene la responsabilidad histórica de implicar a todos los cubanos en una nueva dialéctica de la inclusión, donde la retroalimentación y el respeto a la diferencia se conviertan en canales viabilizadores de un orden social superior. En pleno siglo XXI el nuevo gobierno está retado a ampliar los horizontes de un imaginario político limitado a la defensa de la justicia social y la soberanía nacional, e inaugurar una gestión que logre garantizar -junto a estos logros irrenunciables- el ejercicio de los deberes y derechos del ser humano como base del proyecto nacional.

Entonces, los cambios en las estructuras del Estado no deben ser motivados solamente por un criterio de funcionalidad operacional, sino por la posibilidad real de acoger la pluralidad de subjetividades de los seres humanos. De ello dependerá que las instituciones logren ser más participativas, incluyentes y democráticas. Este cometido no estaría exento tampoco de riesgos políticos, si tenemos presente la decisión del gobierno de mantener un solo partido político: de ser asumido este reto con seriedad, llevaría necesariamente a un rediseño de la actual arquitectura institucional de ese Partido y al vaciamiento de su definido carácter marxista, pues este tendría que acoger en su seno a otros cubanos de las más variadas tendencias.

De estos gestos de audacia política podría depender la posibilidad de que el actual gobierno pueda seguir rigiendo los destinos del país: están llamados a refundar aquello que algunos han pretendido “demoler”, otorgándole a todos los actores sociales de la nación la cuota de legitimidad necesaria para trabajar todos juntos por el bien común de la patria.

Epílogo

Para nadie es un secreto que vivimos un momento excepcional de nuestra historia como nación. Todos los sectores sensibilizados con el tema cubano –dentro y fuera del país- son conscientes de esta realidad. Como nunca antes , existe un claro consenso de que son necesarios ajustes conceptuales y estructurales que permitan renovar la vida nacional. Raúl Castro ha dado el paso al frente y parece comprometido en la tarea de construir nuevos horizontes. El país parece confiar. Están por verse su destreza y capacidad para implicar a todos los cubanos en semejante empeño. De ello podría depender su éxito. Para el presidente Raúl Castro, a los 75 años de edad, el reloj de la historia ha comenzado a contar. Mientras tanto, la nación espera.

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