Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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En esta hora de Cuba: ¿Pan o libertad?
Editorial Revista Convivencia dirigida por Dagoberto Valdés
La respuesta es muy fácil a nivel de teoría y de buena voluntad:
Los dos, el pueblo cubano quiere pan y libertad. Más pan y más
libertad.
Pero en la práctica los hechos dicen algo distinto, las
estrategias y tácticas parece que ponen el intermitente para
girar a un lado y doblan irremisiblemente en sentido contrario.
Parece ser que, incluso los que desde fuera, desean lo mejor
para Cuba, queremos decir para los cubanos y cubanas, se
sorprenden a sí mismos haciendo una opción pragmática alejada de
la ética política que dicen defender, de la vida que exigen en
sus propios países, e incluso de los derechos y valores que
enseñan en sus conferencias filosóficas, escuelas políticas o
religiones.
Esta incoherencia, a menudo inconsciente, otras veces claramente
asumida, y en no pocas ocasiones revestida de la mejor de las
buenas voluntades, podríamos encontrarla, tanto en las
decisiones de la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie como
en las estrategias y cálculos de los que ostentan todo tipo de
poder e influencia. Incluso, podremos encontrarla acompañada de
una buena dosis de amnesia y algunas manías de doble rasero en
la práctica de los observadores y funcionarios internacionales y
de los que ponen ante todo sus incondicionados intereses
económicos y comerciales.
La manipulada alternativa de “pan o libertad” se pudiera
actualizar en otras acciones más sutiles pero no menos
engañosas: maniobras políticas o derechos humanos. O también:
estrategias llamadas “inteligentes” o justicia creciente. O aun
más, presencia con “derecho de piso” o posturas éticas con
riesgo de que le “serruchen el piso”. Decimos que estas
alternativas llevan en sí mismas una trampa difícil de detectar
y aun más difícil de evadir y superar.
Detrás de estas capciosas alternativas se pueden esconder varias
mareas de fondo. Por ejemplo: una concepción excluyente y amoral
de la política, como si no tuviera nada que ver con los derechos
de los ciudadanos; una voluntad de separar y supeditar los
derechos humanos civiles y políticos de los inseparables
derechos humanos económicos, sociales y culturales; una manía de
llamar estrategias inteligentes a los acomodos interesados; un
perfil hemipléjico de la justicia subordinado a la disyuntiva de
la bolsa o la vida. Un pragmatismo sin ética y sin visión larga.
Estas maniobras nos ponen en la falsa dialéctica de estar
obligados a escoger entre la dimensión material de la persona y
de la convivencia social y otras dimensiones humanas y sociales
igualmente necesarias, inalienables y urgentes.
Algunos argumentan el criterio de “ganar tiempo” para no cambiar
nada o para consolidarse en el poder. Olvidan o disimulan que,
cuando un país está en una crisis en la que cualquier cambio en
la estructura cambia la naturaleza del sistema, alargar los
cambios y ganar tiempo solo conduce a un empeoramiento de la
situación, a una profundización de la crisis y, al final, se
abre la puerta al caos. No pensemos solo en un caos ruidoso,
espectacular. En la mayoría de las ocasiones, como ocurre en
Cuba, el caos es sordo, mudo, ciego. Son infiltraciones de
burocratismo en el tejido social. Son también metástasis de
ingobernabilidad que se extienden silenciosamente de abajo hacia
arriba, de la vida familiar a la cúpula del poder. Podemos
comprobarlo a cada paso. Se parece, en ocasiones, por su estilo
y funcionamiento, a las conocidas mafias económicas. Da la
sensación de que la maquinaria social se traba. De que solo
funciona donde recibe una atención directa y puntual desde
“arriba”. De que hay una “mano macabra” que atasca las ruedas de
la producción, tupe los canales de la comunicación y pudre las
relaciones interpersonales. El burocratismo degenera en el
absurdo.
Para los cubanos de abajo la cotidianidad se convierte en agonía
alargada con sedantes que llevan etiquetas de permisos de compra
de artículos que, como sabemos, puede comprar, si tiene dinero,
cualquier ciudadano del mundo, incluso, a menos precio. La
calamidad es aceptada en nuestros hogares, escuelas, trabajos y
hospitales, parques y ciudades, autopistas y aeropuertos como si
fuera un miembro más de la familia cubana. Otras veces el
calmante es más fuerte: delaciones, represión, expulsiones,
encarcelamiento y cerrazón de ventanas que daban oxígeno y luz a
los que lograban asomarse. Y se va acumulando el malestar, y se
va copando la capacidad de aguante de los seres humanos y crece
la profundidad del pozo en el que vamos echando las reacciones
que acallamos, la autocensura que nos asfixia, la represa de
nuestros irrefrenables deseos de ser simplemente “normales” en
un mundo como el del siglo XXI. Eso es lo que se acumula con el
tiempo. Eso es lo que se desborda, por incisos y entre
paréntesis, en exabruptos personales, en desintegraciones
familiares, en escapes de violencia social. Hasta un día.
Entonces podríamos preguntarnos, ¿por qué un pueblo tan noble
tiene esos brotes de violencia? Entonces, los acomodados y
responsables de cuadrar el círculo de siempre, fruncirán el seño
y se preguntarán hipócritamente ¿quién ha incitado a la
violencia? Los culpables siempre están afuera o son los que
piensan distinto. Nadie quiere la violencia. Jamás en la
historia conocida de Cuba se dio el caso como hasta hoy, de que
absolutamente todas las personas, organizaciones y partidos
disidentes u opositores dentro de la Isla sean, no violentos,
pacíficos, gradualistas. Sin embargo, no huelga decir que en la
familia, en el vecindario, en la nación, nadie tiene derecho a
jugar con candela, ni a manipular o posponer irresponsablemente
los componentes explosivos de la sociedad.
En tiempos de crisis “ganar tiempo” a costa de libertades, puede
colmar la olla, hacer saltar la zapatilla, encontrarse con
catalizadores y conducirnos directamente a indeseables
explosiones sociales, a focos de violencia irreprimible cuando
ya la gente no pueda más. Eso debemos evitarlo a todo coste con
métodos e iniciativas no-violentas para la solución seria y
profunda de los conflictos. Las “curitas” no sanan, ni los
sedantes curan.
Es verdad que en las últimas semanas se han levantado, con el
beneplácito de muchos, algunas de aquellas prohibiciones
absurdas que violaban sistemáticamente los derechos de los
cubanos. Otros ven como inaccesible el ejercicio de los derechos
reconocidos y algunos se indignan al ver cómo el simple
reconocimiento de un derecho inviolable se recibe ahora como un
regalo. Los derechos son derechos y nadie podía ni puede
otorgarlos. De todos modos rectificar es de sabios, y nos
alegramos, pero debemos decir claramente que no son los permisos
los que dan libertad, más bien los permisos, reafirman que hay
que esperar dádivas de los que se habían apropiado de la
totalidad de nuestras vidas. Son las leyes y las instituciones,
las estructuras excluyentes, las que hay que cambiar.
Pertenece a una dinámica feudal que el pueblo tenga que esperar,
ausente de las decisiones y sin saber hasta cuándo y cómo, que
una mañana alegre aparezca una nueva “resolución”, o una simple
“orientación” que, sin ninguna legalidad, derogue lo que tampoco
fuera impuesto o discriminado por leyes libremente debatidas y
aceptadas. El colmo es que unas notas de prensa anuncien otras
notas de prensa donde se dirán las fechas y modos, como si
fuéramos niños a los que hay que cuidar de malcriadeces en las
excursiones hacia la libertad.
¿Dónde está nuestra tan mencionada cultura política, dónde
nuestra madurez cívica, si todo hay que hacerlo entre
secretismos, sorpresas y cucharaditas? No pensamos que la
solución de Cuba sea en la dinámica del “todo o nada”. Creemos
que la gradualidad es lo mejor, pero con la participación de
todos, no con secretismos. ¿Por qué hay otros países, con
aparente analfabetismo cívico que pueden tratar los más graves
problemas sociales en las calles, los parlamentos, los medios de
prensa, sin sobresaltos ni crispaciones, ni caer en el desorden
o el caos? ¿Será un rezago del paternalismo de estado? ¿Será una
subestimación de la capacidad de nuestro pueblo para enfrentar
disciplinada y pacíficamente los cambios? ¿O será que en el
fondo hay un concepto antidemocrático de que, haciéndolo en
oficinas cerradas, en mediaciones ocultas y en órganos oficiales
todo fluye mejor? Claro que sin el estorbo de la participación
consciente, de la crítica y de la discrepancia el dictado baja
con más fluidez. Aparentemente. El problema, a mediano y largo
plazo, es que nadie se compromete seriamente con lo que no ha
podido pensar, gestar, cuestionar ni evaluar. El que viva lo
verá.
Ofende al pueblo cubano que haya periodistas y medios de
comunicación que encabecen sus noticias diciendo que una persona
ha dado un permiso a un pueblo. Aun cuando sea reflejo exacto de
la realidad. Con todo respeto, esperamos, por lo menos, que no
consideren normal lo que en sus propios países constituiría una
afrenta y que en cada reporte noticioso se especificara que esos
no son los cambios estructurales, ni los métodos democráticos,
sino “gestos” y “signos” de la absoluta dependencia de nuestras
vidas cotidianas colgadas de un poder omnímodo que da permisos y
los quita según su benevolencia y conveniencia. Un país debe
caracterizarse no por lo que prohíbe sino por lo que propone.
Hemos escuchado, con demasiada frecuencia y venido de personas
con cierta responsabilidad el siguiente criterio: “Cuando el
pueblo cubano tenga más comida, vestido, casa, transporte… todo
volverá a la normalidad y todo quedará arreglado. Si esto se
reacomoda tendremos falta de libertades por más de 30 años.”
Es una falta de respeto a la dignidad del pueblo cubano,
criterios como este que restringen sus aspiraciones a cosas
materiales, al consumismo, al hedonismo, así como la apreciación
de que “acomodándolo” se tranquilizará en lo político.
Quienes nos quieran de verdad como cubanos, por favor, no
supongan que lo que necesitamos son “las ollas de Egipto” o el
“plato de lentejas” o la “zanahoria del conejo”. Que nadie se
engañe, si los cubanos somos iguales a los demás pueblos de la
tierra, ni más ni menos, entonces cuando nos den pan, exigiremos
ganarlo con nuestro trabajo independiente; cuando tengamos el
pan ganado y no otorgado por parte de un gobierno al que le
tengamos que agradecer toda la vida todo, entonces exigiremos
libertades; y no exigiremos uno antes y otro después, sino
juntos e inseparablemente unidos porque bien sabemos, por
experiencia propia, que no solo de pan vive el hombre, y que no
solo de DVDs, ni de computadoras, ni de celulares, ni de
hospedarse en los hoteles de su propio país, ni de poder viajar
libremente, ni de tener una sola moneda que valga, ni de tener
más viandas y vegetales, y más carne y más leche y más ropa y
zapatos, ni más casas y ómnibus, ni siquiera más medicinas o más
televisores o el temido libre acceso a internet…todo esto es
bueno, son derechos, pero que un día se disfrutan y al día
siguiente, si no tenemos libertad, nos hastían, y lo que hacen
es despertar e incrementar esa insaciable sed de ser más, de
saber más, de crecer como personas. Que algunos no lo piensen
así, no lo quieran, o no lo vivan así - que los conocemos- por
ellos no se debe juzgar a todo el pueblo cubano. La excepción,
una vez más, confirma la regla.
Si no, ¿por qué se van miles y miles de cubanos universitarios?
¿Por qué se van los que más cosas materiales tienen? ¿Por qué se
escapan los deportistas que pueden viajar? ¿Por qué se quedan
las bailarinas y los animadores de TV que son famosos aquí y, a
veces, tienen mejor vida que los demás? ¿Por qué desertan los
que compartieron un día altas responsabilidades y disfrutaron de
esa sensación de poder? La respuesta es que gran parte de ellos
se marcha porque toda persona ansía siempre más libertad. Y con
ella la posibilidad de educarnos en un tener diferente y
solidario; en un poder responsable y servicial; en un saber
abierto, pluralista y aplicado a la gestión con nuestro propio
esfuerzo, del pan nuestro de cada día. Este tipo de tener, de
poder y de saber, nos capacitaría para seguir luchando por
mayores grados de libertad, de oportunidades para todos, de
progreso personal y familiar honesto y sin miedo a ser
confiscado, intervenido, apresado, perseguido, delatado. Sin
este tipo de libertad responsable no seremos felices nunca,
aunque se consiguiera, milagrosamente, superar todos los
indicadores económicos de Japón y Suecia, Chile y Brasil, Canadá
o los Emiratos Árabes Unidos.
En todo caso sería al revés. Como dice Amartya Sen, Premio Nobel
de Economía, en su obra clásica, “Libertad y Desarrollo”: No
habrá desarrollo sostenible y verdadero sin libertad para todos.
Y esa libertad responsable significa levantar todos los bloqueos
que son éticamente inaceptables: los de fuera y, sobre todo, el
bloqueo interno para que la iniciativa ciudadana, personal y
empresarial, pueda levantar cabeza.
Es por esto que consideramos que ningún modelo traído por los
pelos o minuciosamente planeado, puede alcanzar lo que el libre
protagonismo y creatividad de los cubanos y cubanas. Por
ejemplo, el modelo chino no puede exportarse a un país
occidental como Cuba que conoció –aunque limitadamente- la
experiencia de la democracia y la iniciativa personal, familiar
y empresarial que, a pesar de todos los pesares, aun permanece
en su memoria cultural y en su ideario político. Además, el
modelo chino es el modelo del gobierno chino, no necesariamente
de todo el pueblo chino. ¿Cómo puede ocurrírsele a alguien que
se pueda copiar de un país a otro teniendo en cuenta la abismal
diferencia de culturas? Puestos a copiar, ¿por qué se podría
copiar el modelo chino y no el brasileño o el argentino más
cercanos a nuestra idiosincrasia y dentro de nuestra región
natural? ¿por qué ir a buscar al milenario Irán o al laborioso
Vietnam, si podemos encontrar algo más cercano y adecuado en el
Chile que crece a nuestro lado sin aspavientos y sin censuras?
En resumen: ¿Por qué lo que es bueno y reconocido por el
discurso oficial, y por la prensa en otros países es un delito
en el nuestro? O por el contrario, ¿por qué lo que en nuestro
país es legal y reconocido como lo mejor para preservar a Cuba
de los males, es un flagrante delito que viola los más
elementales derechos humanos en cualquier otro país, cultura y
latitud? Algo debe andar mal, es mal enseñado y peor ejecutado,
cuando se evalúa que todo el mundo está mal y un solo país se
convierte en bastión de lo que sus actuales gobernantes
consideran como el mejor de los proyectos que hasta los más
cercanos aliados recomiendan, en voz baja, reformar o cambiar.
Ya lo dijeron los antiguos, por lo general, “lo perfecto es
enemigo de lo bueno.”
Pues bien, como simples ciudadanos que somos, nos gustaría
compartir algunas ideas tan sencillas como estas:
Uno, que no piensen en Cuba como un país que se “normalizará”
solamente con comida y cosas materiales.
Dos, que los propios cubanos no nos acostumbremos a la calamidad
y nos despertemos unos a otros a una conciencia crítica y
propositiva.
Tres, que no caigamos en la trampa de contraponer pan y
libertad. Que aprendamos de una vez que el pan escasea y se pone
rancio cuando falta la libertad, y que la libertad sin pan es
una injusticia y una quimera.
Cuatro, que solo la libertad responsable, y una amplia
oportunidad de iniciativa para todos, es fuente de progreso
material y de desarrollo humano integral.
Y cinco, que nadie vendrá a hacer por nosotros lo que los
cubanos necesitamos: Cada país tiene el gobierno, el presente y
el futuro que merece y que se construye con su propio esfuerzo.
Nosotros somos y debemos ser “los protagonistas de nuestra
propia historia personal y nacional” – la más importante y
vigente recomendación del Papa Juan Pablo II en su visita a
Cuba. La solidaridad internacional es un complemento de este
protagonismo abierto al mundo. Los caminos, las estrategias, los
escenarios, las veleidades palaciegas y los modelos importados,
pueden variar, pero lo que es cierto como una piedra es que a
los cubanos, a todos los cubanos, de aquí y de allá, pero sobre
todo a los de aquí, es a los únicos que nos corresponde pensar
los cambios que necesitamos, escoger los caminos que más
correspondan a nuestra historia y cultura; montar los escenarios
que más favorezcan las reformas pacíficas, desenmascarar las
veleidades propias y ajenas, materialistas o espiritualistas; y
hacer y consolidar el nuevo proyecto de país que nunca se vea
secuestrado por solo una parte excluyente de sus hijos, de modo
que el resto de los compatriotas tengamos que pagar la libertad
a costa del pan, ni mucho menos tengamos que agradecer las
migajas del viejo pan al altísimo e impagable costo de nuestra
libertad personal, social o nacional.
Estamos seguros que esto es y será posible. Estamos seguros que
los cubanos y cubanas tenemos los valores, los conocimientos y
la generosidad que estas opciones requieren. Estamos seguros que
los que tengan que ceder cederán sin esperar que el caos los
obligue, y que los que tengan que recibir, recibirán sin
humillar a los que han cedido, sin encaramarse nuevamente en el
techo de la República. Eso han podido hacer muchos países de los
más variados sistemas de izquierda y derecha; de las más
disímiles culturas, y de todos los continentes. ¿Qué nos hace
pensar que Cuba no pueda lograrlo con el concurso de todos sus
hijos e hijas? ¿O será que algunos tienen, o tenemos, una baja
apreciación de nuestro país? Si los demás lo han conseguido,
nosotros podremos hacerlo bien. Lo creemos y para ello vivimos y
trabajamos aquí. Hay que esforzarse, hay que superarse, pero
sobre todo hay que ser incluyentes y optimistas.
Cuba lo logrará.
Pinar del Río, 10 de abril de 2008
www.convivenciacuba.org
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