Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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¿Por qué no todas las religiones son iguales?
La opinión sobre la religión está situada en dos extremos,
aquellos que afirman que la religión es la causa de todos los
radicalismos actuales o aquellos que exponen que cualquier
religión, por el mero hecho de serlo, es buena. Según este
criterio todas llevan al hombre a hacer cosas buenas, exaltan
sentimientos positivos y satisfacen en mayor o menor medida la
necesidad de trascendencia que todos tenemos. En el fondo, da
igual una que otra. Además, ¿por qué no puede haber varias
religiones verdaderas?
Es cierto que uno tiene que ser de espíritu abierto, y apreciar
todo lo positivo que haya en las diversas religiones, que es
sustancialmente diferente que decir que existen varias
religiones verdaderas: si solamente hay un Dios, no puede haber
más que una verdad divina, y una sola religión verdadera.
La sensatez en la decisión humana sobre la religión no estará,
por tanto, en elegir la religión que a uno le guste o le
satisfaga más, sino más bien en acertar con la verdadera, que
sólo puede ser una. Porque una cosa es tener una mente abierta y
otra, bien distinta, pensar que cada uno puede hacerse una
religión a su gusto, y no preocuparse mucho puesto que todas van
a ser verdaderas. Ya dijo Chesterton que tener una mente abierta
es como tener la boca abierta: no es un fin, sino un medio. Y el
fin -decía con sentido del humor- es cerrar la boca sobre algo
sólido.
Como cristiano que soy, creo que el cristianismo es la religión
verdadera. Porque si uno no cree que su fe es la verdadera, lo
que le sucede entonces, sencillamente, es que no tiene fe.
Lógicamente, creer que el cristianismo es la religión verdadera
no implica imponerla a los demás, ni menospreciar la fe de
otros, ni nada parecido. Es más, la fe cristiana bien entendida
exige ese respeto a la libertad de los demás.
Ahora bien, la adhesión a la verdad cristiana no es como el
reconocimiento de un principio matemático. La revelación de Dios
se despliega como la vida misma, y toda verdad parcial no tiene
por qué ser un completo error.
Muchas religiones tendrán una parte que será verdad y otra que
contendrá errores (excepto la verdadera, que, lógicamente, no
contendrá errores). Por esta razón, la Iglesia Católica -lo ha
recordado el Concilio Vaticano II- nada rechaza de lo que en
otras religiones hay de verdadero y de santo. Considera con
sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y
doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella
profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella
Verdad que ilumina a todos los hombres.
¿Y por qué la religión cristiana va a ser la verdadera?
Para responder esta pregunta, se pueden aportar pruebas sólidas,
racionales y convincentes, pero nunca serán pruebas aplastantes
e irresistibles. Además, no todas las verdades son demostrables,
y menos aún para quien entiende por 'demostración' algo que ha
de estar atado indefectiblemente a la ciencia experimental.
Digamos -no es muy académico- que es como si Dios no quisiera
obligarnos a creer. Dios respeta la dignidad de la persona
humana, que Él mismo ha creado, y que debe regirse por su propia
determinación. Dios jamás coacciona (además, si fuera algo tan
evidente como la luz del sol, no haría falta demostrar nada: ni
tú estarías leyendo esto ni yo ahora escribiéndolo).
Para creer, hace falta una decisión libre de la voluntad: la fe
es a la vez un don de Dios
y un acto libre. Y nadie se rinde ante una demostración no
totalmente evidente (algunos, ni siquiera ante las evidentes),
si hay una disposición contraria de la voluntad.
En este caso, sugiero, para comprensión de la lectura, comentar
algunas de las razones que pueden hacer comprender mejor porque
la religión cristiana es la verdadera. No pretendo hacerlo de
modo exhaustivo ni tremendamente riguroso: se trata simplemente
de arrojar un poco de luz sobre el asunto, resolviendo algunas
dudas, o bien fortaleciendo convicciones que ya se tiene: sólo
intento hacer más verosímil la verdad.
Un sorprendente desarrollo
Podemos empezar, por ejemplo, por considerar lo que ha supuesto
el cristianismo en la historia de la humanidad. Piensen cómo, en
los primeros siglos, la fe cristiana se abrió camino en el
Imperio Romano de forma prodigiosa. El cristianismo recibió un
tratamiento tremendamente hostil. Hubo una represión brutal, con
persecuciones sangrientas, y con todo el peso de la autoridad
imperial en su contra durante muchísimo tiempo (unos dos
siglos).
Es necesario pensar también que la religión entonces
predominante era una amalgama de cultos idolátricos, enormemente
indulgentes, en su mayor parte, con todas las debilidades
humanas. Tal era el mundo que debían transformar. Un mundo cuyos
dominadores no tenían interés alguno en que cambiara. Y la fe
cristiana se abrió paso sin armas, sin fuerza, sin violencia de
ninguna clase. Y, pese a esas objetivas dificultades, los
cristianos eran cada vez más.
Lograr que la religión cristiana se arraigase, se extendiera y
se perpetuara; lograr la conversión de aquel enorme y poderoso
imperio, y cambiar la faz de la tierra de esa manera, y todo a
partir de doce predicadores pobres e ignorantes, faltos de
elocuencia y de cualquier prestigio social, enviados por otro
hombre que había sido condenado a morir en una cruz, que era la
muerte más afrentosa de aquellos tiempos... Sin duda para el que
no crea en los milagros de los evangelios, me pregunto si no
sería éste milagro suficiente. Algo absolutamente singular en la
historia de la humanidad.
Jesús de Nazareth
Sin embargo, la pregunta básica sobre la identidad de la
religión cristiana se centra en su fundador, en quién es Jesús
de Nazareth.
El primer trazo característico de la figura de Jesucristo
-señala André Léonard- es que afirma ser de condición divina.
Esto es absolutamente único en la historia de la humanidad. Es
el único hombre que, en su sano juicio, ha reivindicado ser
igual a Dios. Y recalco lo de reivindicado porque, como veremos,
esta pretensión no es en modo alguno signo de jactancia humana,
sino que, al contrario, va acompañada de la mayor humildad.
Los grandes fundadores de religiones, como Confucio, Lao-Tse,
Buda y Mahoma, jamás tuvieron pretensiones semejantes. Mahoma se
decía profeta de Allah, Buda afirmó que había sido iluminado, y
Confucio y Lao-Tse predicaron una sabiduría. Sin embargo,
Jesucristo afirma ser Dios.
Los gestos de Jesucristo eran propiamente divinos. Lo que de
entrada sorprendía y alegraba a las gentes era la autoridad con
que hablaba, por encima de cualquier otra, aun de la más alta,
como la de Moisés; y hablaba con la misma autoridad de Dios en
la Ley o los Profetas, sin referirse más que a sí mismo: "Habéis
oído que se dijo..., pero yo os digo..." A través de sus
milagros manda sobre la enfermedad y la muerte, da órdenes al
viento y al mar, con la autoridad y el poderío del Creador
mismo.
Sin embargo, este hombre, que utiliza el yo con la audacia y la
pretensión más insostenibles, posee al propio tiempo una
perfecta humildad y una discreción llena de delicadeza. Una
humilde pretensión de divinidad que constituye un hecho singular
en la historia y que pertenece a la esencia misma del
cristianismo.
En cualquier otra circunstancia -piénsese de nuevo en Buda, en
Confucio o en Mahoma- los fundadores de religiones lanzan un
movimiento espiritual que, una vez puesto en marcha, puede
desarrollarse con independencia de ellos. Sin embargo,
Jesucristo no indica simplemente un camino, no es el portador de
una verdad, como cualquier otro profeta, sino que es Él mismo el
objeto propio del cristianismo.
Por eso, la verdadera fe cristiana comienza cuando un creyente
deja de interesarse por las ideas o la moral cristianas, tomadas
en abstracto, y le encuentra a Él como verdadero hombre y
verdadero Dios.
Cuando se trata de discernir entre lo verdadero y lo falso, y en
algo importante, como lo es la religión, conviene profundizar
bastante. La religión verdadera será efectivamente la de mayor
atractivo, pero para quien tenga de ella un conocimiento
suficientemente profundo.
¿Puede uno salvarse con cualquier religión?
La verdad sobre Dios es accesible al hombre en la medida en que
éste acepte dejarse llevar por Dios y acepte lo que Dios ordena;
en la también en que el hombre quiera buscar a Dios rectamente.
Por ello, es un barbarismo decir que los que no son cristianos
no buscan a Dios rectamente. Hay gente recta que puede no llegar
a conocer a Dios con completa claridad. Por ejemplo, por no
haber logrado liberarse de una cierta ceguera espiritual. Una
ceguera que puede ser heredada de su educación, o de la cultura
en la que ha nacido, y en ese caso, Dios que es justo, juzgará a
cada uno por la fidelidad con que haya vivido conforme a sus
convicciones. Es preciso, lógicamente, que a lo largo de su vida
hayan hecho lo que esté en su mano por llegar al conocimiento de
la verdad. Y esto es perfectamente compatible con que haya una
única religión verdadera.
En esta línea, la Iglesia católica señala que los que sin culpa
de su parte no conocen el Evangelio ni la Iglesia pero buscan a
Dios con sincero corazón e intentan en su vida hacer la voluntad
de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia,
pueden conseguir la salvación eterna.
Y como asegura Peter Kreeft, el buen ateo participa de Dios
precisamente en la medida en que es bueno. Si alguien no cree en
Dios, pero participa en alguna medida del amor y la bondad, vive
en Dios sin saberlo. Esto no significa, sin embargo, que basta
con ser bueno sin necesidad de creer en Dios para lograr la
salvación eterna. La persona no debe creer en Dios porque nos
sea útil, o porque nos permita ser buenos, sino,
fundamentalmente, porque creemos que Dios es verdadero.
En esta línea hay que mostrarnos un tanto escépticos ante
algunas crisis de fe supuestamente intelectuales, pero que en el
fondo esconden una opción por fabricarse una religión propia, a
la medida de los propios gustos o comodidades. Cuando una
persona hace una interpretación acomodada de su religión para
rebajar así sus exigencias morales, o no se preocupa de recibir
la necesaria formación religiosa adecuada a su edad y
circunstancias, es bien probable que la pretendida crisis
intelectual bien pueda tener otros orígenes.
¿Por qué, entonces, la Iglesia es necesaria para la salvación
del hombre?
La Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues
Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a
nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia» (Lumen gentium, 14).
Siguiendo a la Dominus Iesus, esta no se contrapone a la
voluntad salvífica universal de Dios; por lo tanto, «es
necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la
posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los
hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma
salvación» (Redemptoris missio, 9). Para aquellos que no son
formal y visiblemente miembros de la Iglesia, «la salvación de
Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente
en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación
interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto
de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo» (ibid,
10).
Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y
ofrecen elementos de religiosidad, que forman parte de «todo lo
que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los
pueblos, así como en las culturas y religiones» (Redemptoris
missio, 29). A ellas, sin embargo, no se les puede atribuir un
origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es
propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede
ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de
supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10, 20-21),
constituyen más bien un obstáculo para la salvación.
En este sentido, la Dominus Iesus es bastante clara cuando
afirma que con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha
establecido a la Iglesia para la salvación de todos los hombres.
Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia
considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al
mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista «marcada por
un relativismo religioso que termina por pensar que "una
religión es tan buena como otra"» (Redemptoris missio, 36). Como
exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia «anuncia y
tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es
"el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en quien los
hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien
Dios reconcilió consigo todas las cosas» (Nostra aetate, 2).
Artículo cedido por Aciprensa
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