Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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Los Iconos, contemplación de la Belleza
Maddalena Martinoli
La Belleza de los Iconos no proviene tanto de la pincelada, de
los colores brillantes o de los claroscuros del autor, sino de
lo que reflejan. No se trata del continente sino del contenido.
Decía Joseph Ratzinger que el arte de los iconos manifiesta la
gloria de Dios sobre el rostro de Cristo. Esta es la Belleza que
quieren ensalzar. Por eso, su predecesor, Juan Pablo II afirmaba
que merecía la pena hacer de nuestra vida una obra de arte.
Para comprender el sentido profundo de la realización de los
iconos, podemos detenernos en las palabras del en aquel momento
cardenal Ratzinger, pronunciadas en ocasión del Meeting de
Rimini (Italia) en 2002, en el encuentro bajo el título "El
sentimiento de las cosas, la contemplación de la belleza": "en
el arte de los iconos, el artista debe liberarse de la mera
impresión de los sentidos y en oración y ascesis adquirir una
nueva y más profunda capacidad de ver, cumplir el paso de
aquello que es meramente exterior a la profundidad de la
realidad, de manera que el artista vea lo que los sentidos en
cuanto tal no ven y aquello que, sin embargo, aparece en lo
sensible: el esplendor de la gloria de Dios, la gloria de Dos
sobre el rostro de Cristo(2 Cor 4,6)"
La lógica de los iconos
¿Cuál es entonces la lógica del icono? Debo declarar previamente
el icono, por su fuerza simbólica, es fruto de la oración y del
ayuno del iconografo y que las características del pintor de
iconos son: humildad, mansedumbre, pureza de alma y de cuerpo,
ayuno, oración y confesión frecuente. El icono expresa
figuradamente la inefabilidad de Dios y desvela
contemporáneamente la verdad del hombre. Endokimov y Sendler
subrayan cómo en los iconos se unen la pobreza del material
usado y la riqueza del significado. Baste recordar para
ejemplificarlo que la simplicidad de un soporte, como puede ser
una tabla de madera secada y tallada para obtener un marco, nos
dirige a un significado más profundo: el marco, que representa
el tiempo en que obra el hombre, enciérrala madera sobre la que
después se dibujará el icono, y este espacio delimitado
representa el tiempo de Dios que obra en la vida del hombre y se
encuentra con él.
Juan Pablo II en su Carta a los artistas veía al icono como un
puente entre los visible y lo invisible, por que el icono, de
hecho, no es una representación con un fin en sí mismo, sino que
reenvía al sujeto que representa. Por lo tanto, uno no se puede
detener en los aspectos exteriores y materiales al mirar un
icono. Nos lo advierten las palabras de Florenkij: "si afirmo
que la metafísica (el significado espiritual) del icono es
ilusorio, le quito el alma al icono y lo hago meramente
sensible, y si hablo de la deliberada intención de su técnica el
resultado es el mismo. El significado del icono es (realizar) la
Encarnación" (Las puertas reales, p. 173), es decir, hacer que
Dios se "materialice", se encarne en la obra de arte. Así como
dice Florenkij: "los artistas de los iconos no pueden más que
ser santos" y debe ser "técnicamente bastante expertos para
saber encarnar la visión celestial y bastante instruidos para
ser sensibles a las santas sugerencias".
Los elementos de los iconos
Para comprender mejor qué significa lo que vemos, cómo se
estructura el icono. Mirando un icono que representa la
Ascensión extraemos los elementos cardinales del icono:
- La luz y el oro del fondo presentes en todos los iconos son
símbolo de la eternidad. La luz de los iconos rusos vivifica las
cosas, plasma las figuras y les da consistencia y vida. No es la
luz de los cuadres de los pintores europeos como Rembrandt que
simplemente ilumina los objetos.
- En la representación los ojos de los sujetos miran fijamente
hacia delante, porque ellos viven ardientemente en la certeza de
alcanzar la meta (Cristo). En el icono se subraya la inmovilidad
de los cuerpos a favor de la movilidad de los ojos, espejo del
alma; hay un predominio del espíritu sobre el cuerpo. El
espíritu está inmerso en la inamovible paz de la vida divina, en
la que encuentra la paz y su consuelo.
- Hay siempre una concepción arquitectónica, mostrada
formalmente por la posición en escala de las figuras de los
iconos, y que nos envía a la idea de Iglesia como comunidad y
como arquitectura en la que cada piedra tiene un valor: los
profetas, los apóstoles y los santos recogidos en torno al
Salvador y a la Virgen son piedras rechazadas por los hombres,
pero transformadas en "piedras vivientes edificadas como un
edificio espiritual" (1 Pe 2, 4-5)
- Esta idea comunitaria exprime también otro concepto: el santo
no es considerado en su singularidad, sino que vive en la
comunión de los santos. Esa futura comunidad es todavía
simbólica, por que no está realizada: se verificará en el más
allá.
- El icono es la representación de la lucha del bien contra el
mal, de la fiera contra Dios. Trubeckoj (1863-1920), profesor en
la Universidad de Kiev y de Moscú, subraya este aspecto
partiendo de los datos históricos que llevan a la realización
del icono. Cuando comenzó el arte de los iconos, Rusia,
amenazada por loa tártaros y de grandes males por toda su
historia, tenía necesidad de mostrar la lucha en que se había
empeñado siempre, y más todavía, a través de los iconos, los
artistas sentían la urgencia de dar un sentido al mal que
sucedía, y buscaron dar un significado positivo al vivir. Los
iconografos con maravillosa claridad y fuerza encarnaron en las
formas y en los colores aquello que llenaba su alma: ellos
tenían "la visión de una diversas realidad vital y de una
diversa concepción del mundo" (Ensayo sobre los iconos, p. 16),
es decir, la visión de la vida celestial de los santos como meta
final, que da sentido a la vida eterna y que es el premio para
quien ha sufrido y rechazado el mal.
El significado existencial del icono
¿Qué nos dice a nosotros el icono? Nos ayudan las palabras de
Juan Pablo II: "a cada uno se le ha confiado el deber de ser
artífice de la propia vida; en cierto sentido, él debe hacer de
ella una obra de arte, una obra maestra". A nosotros los hombres
se nos ha pedido realizar en nuestra experiencia y nuestra vida
lo que se representa en los iconos: debemos mirar a la Luz que
genera; transfigurar nuestra vida ordinaria, dándole un
significado sobrenatural; realizar una unión, en la vida humana,
entre tiempo ordinario y eternidad; vivir en la comunión y en la
Iglesia, superando así nuestro individualismo.
A tal experiencia, hecha por los apóstoles sobre el Tabor, se
llega a través de la continua conversión del corazón y, como
hicieron los mismos apóstoles, repitiendo a Cristo: "¡Qué bien
se está aquí!"
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