Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de 2008

Autobiografía espiritual III: El icono roto

Dora Amador

El 17 de mayo cumplo 60 años, y hay en mí una necesidad misteriosa, pero muy apremiante de contar mi vida a trozos. Ya he publicado aquí dos pedazos de esa autobiografía mayor que iré escribiendo en esta página. Lo impensable se cumple hoy. Jamás hubiera imaginado que desearía contarle a nadie esto que aquí van a leer. Se trata de la carta que le escribí a una sicóloga chilena que, siendo yo novicia de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús en Santiago de Chile, me dijo que yo padecía de un trastorno en mi personalidad identificada como histrionismo. El veredicto fue el resultado de apenas unas horas de conversación que tuvimos ambas después que me hizo el test Rorschach, que se basa en la interpretación que el paciente hace de unas planchas de figuras extrañas, pero muy sugerentes, algunas de las cuales reproduzco al final de este texto. La decisión de hacer pública esta experiencia se la debo en parte al estudiante cubano de psiquiatría Carlos Lafuente, cuyo blog, Cubano sobre el diván (http://cubanosobreeldivan.blogspot.com), me resultó sumamente interesante. A fin de cuentas, ¿qué cubano, en la isla prisión o en la diáspora no necesita alguna vez de un psiquiatra?

He realizado investigaciones y he consultado con especialistas sobre el test Rorschach y para mi sorpresa no se le considera en lo absoluto serio, está hace mucho tiempo desacreditado por carecer de rigor científico para el estudio de la personalidad. Con quien conversé sobre esto en detalle fue con mi psiquiatra, que sonriendo descartó de inmediato el resultado arrojado por mi interpretación de las manchas del test. Sí padezco de ansiedad, enfermedad que se hereda por línea materna y por eso lo visito cada tres o cuatro meses. La paz, la esperanza y el amor que me sostienen me lo da Dios en su inmenso amor. La fe es un regalo. Soy la amada, the beloved, pero como el pan que se parte y se da en la Eucaristía, estoy también rota y me doy así, bendecida. Uno de los libros que han marcado mi vida es Life of the Beloved. Spiritual Living in a Secular World, de Henri Nouwen. Este escritor maravilloso, autor de unos 25 libros traducidos a muchos idiomas –uno de los más hermosos es El regreso del Hijo Pródigo, donde analiza un cuadro de Rembrandt de ese nombre, basado en la parábola evangélica. Nouwen fue por muchos años un prestigioso profesor de espiritualidad en las universidades de Notre Dame, Yale y Harvard; pero renunció a su carrera para irse a vivir con discapacitados mentales en la comunidad del Arca, en Toronto.

Pero las dos razones más poderosas que me mueven a publicar esta carta, que advierto es fuerte y muy reveladora, es mi fe y agradecimiento a Dios, que sanó la herida de tener que abandonar la maravillosa aventura de vivir la vida consagrada en una congregación que amaba. “Todo conspira para el bien de los que aman a Dios”, dice la Biblia. Fue una gran enseñanza en humildad, en sabiduría y, sobre todo, en mi don de  fidelidad a Dios, que de eso es de lo único que se trata.

Otra razón es porque tengo la certeza de que mi experiencia puede servir como un testimonio de raigal conversión a Cristo, después de una vida intensa y algo turbulenta sin otro sentido que el de la búsqueda del amor donde no era. Mi vida no ha sido sólo de índole espiritual, hay mucho carnal, mucha sensualidad y búsqueda de placer en mis años jóvenes y no tan jóvenes. Pero hablar de la carne no es referirse sólo al poderoso Eros: la carne es mucho más que eso, como bien nos dice San Pablo: es egoísmo, es ansias de poder, avaricia, envidia, revanchas y peleas, herir a otros, es deseo de venganza, obrar mal, sin caridad, es recordar ofensas e injurias, calumnias, sin perdonar,  es competencia, lujuria, es celos, es el querer beber insaciable del torrente de delicias que puede ofrecer el mundo, un mundo sin alma, ser parte de él, y por eso te aceptan. Son experiencias que no quedarán fuera de esta obra, que planeo titular: De Eros a Agape.

Mi conversión religiosa comenzó cuando tenía unos 40 años. El zénit de la vida, de acuerdo a Jung. Ha de ser porque a partir de esa edad, más o menos, el individuo atraviesa una especie de crisis existencial en la cual su mirada se dirige hacia adentro de sí y se busca casi a nivel inconsciente, pero por medio de un proceso muy sano y necesario, la integración. Pero la conversión es un misterio no para analizar o explicar, sino para vivirlo en toda su plenitud.

Me adentro en terreno sagrado. Esta necesidad de contar mi vida no es vana, ni en vano, es un llamado que poco a poco ha ido alumbrando un camino por el que necesito andar. Quiero citar aquí un fascinante fragmento del Evangelio de Lucas con el que me identifico plenamente, porque yo soy esta mujer:

Evangelio de Lucas, 7.

36 Un fariseo le rogó [a Jesús] que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa.
37 Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume,
38 y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.
39 Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora."
40 Jesús le respondió: "Simón, tengo algo que decirte." El dijo: "Di, maestro."
41 Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta.
42 Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?"
43 Respondió Simón: "Supongo que aquel a quien perdonó más." El le dijo: "Has juzgado bien",
44 y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos.
45 No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies.
46 No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume.
47 Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra."
48 Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados."
49 Los comensales empezaron a decirse para sí: "¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?"
50 Pero él dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz."

Cuba

Hoy no puedo dejar de ver una “coincidencia” en todo lo que sucedió súbitamente, con una sincronía asombrosa: la visita a Chile, a finales de noviembre de 2000, de la superiora provincial de las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús de Cuba para verme y conversar conmigo e informarme que se había hecho todo lo posible, pero que se me negaba el permiso de entrada a Cuba. Me dijo que incluso había ido a conversar personalmente con Caridad Diego, encargada del Departamento de Asuntos Religiosos del Partido Comunista Cubano, pero la visita no dio frutos; la apresurada decisión de que se me hiciera el test Roschach, justo unos días antes de que llegara la superiora. Me resultó curioso que este test no se lo hicieran a otras novicias, el mío fue asombrosamente rápido, parecería que para que el resultado “patológico” de mi personalidad estuviera listo cuando llegara la provincial cubana.

En nuestra conversación, la provincial que me había dicho que hiciéramos el último intento pidiendo mi repatriación a Cuba a través de la embajada cubana en Chile, y en esos días había leído apresuradamente un libro mío -La Sonrisa disidente-, me dijo abruptamente que le devolviera la carta que generosamente ella había escrito al cónsul de la embajada pidiendo mi repatriación como religiosa. Ese gesto se lo agradezco, como comprendo su miedo después de leer parte de mi libro, que no es otra cosa que algunas columnas periodísticas acerca de Cuba y los cubanos. El libro se lo dio una monja cubana que estaba en Chile en aquellos meses, me preguntó cuál era mi relación con los disidentes cubanos. Que por qué yo conocía y defendía a Oswaldo Payá y que si planeaba visitarlo si regresaba a Cuba y mostró temor porque leyó que yo había llamado a Fidel Castro El Maligno. Me confesó muy honestamente que mi entrada a Cuba iba a poner en peligro a la congregación por mi “pasado político”, entiéndase por esto mis artículos en las páginas de Opiniones de El Nuevo Herald. En suma, la mujer le tenía pánico a mi entrada a Cuba, y quizá tenía razón, a lo mejor hoy estaría presa.

Una decepción enorme fue enterarme de que la religiosa del Sagrado Corazón cubana que había empezado a residir en Chile desde mi llegada, quiso reunirse con la provincial tan pronto aterrizó en Santiago, antes de que me viera a mí. Supongo que haya sido ella la que la puso en alerta sobre mi defensa de los derechos humanos en Cuba, mi deseo de libertad para la isla, etc. Todo eso lo habíamos conversado varias veces en nuestros encuentros. Recuerdo que una vez le di a leer La patria es de todos, que bajé de internet, cuando le estaba enseñando a adentrarse en esta red, y se molestó muchísimo, ignoraba que lo habían escrito cubanos residentes en la isla. Sin embargo sí me pidió conservar la Declaración Universal de los Derechos Humanos que le di.

La superiora se reunió conmigo después de reunirse con ella y era obvio que venía con cierto prejuicio, o temor cauteloso, yo sentí un rechazo hacia mí en su trato, que intentaba ser generoso. Me asombró que cuando por fin nos sentamos a conversar, además de lo que ya dije arriba, le hablé de mi vida pasada con entera honestidad, como lo había hecho con mi directora espiritual, sin esconder nada. Pero ella no le dio importancia a que yo no fuera virgen y que hubiera tenido relaciones amorosas por años, a ella le interesaba nada más lo político. De hecho, quedé maravillada con su gesto desechando como no tan importante todo aquello, que yo consideraba grave. A ella nada más le preocupaba la política. Ni mi directora espiritual estadounidense en Miami, también Religiosa del Sagrado Corazón, ni mi directora espiritual chilena, ni la superiora cubana habían puesto objeción alguna a que continuara en el camino de la vida religiosa, con las tres fui honesta acerca de mi pasado, a fin de cuentas, yo era del mundo y tenía unos 45 años cuando decidí ser célibe y vivir la castidad en entrega y fidelidad total a Cristo. ¡Ay!, pero también súbitamente, cuando ya se iba a ir de regreso a Cuba la provincial superiora –es decir cuando la decisión estaba tomada- cobraron importancia mis relaciones amorosas pasadas.

Conste, no las culpo absolutamente de nada. De hecho yo cometí la imprudencia de proponerle a las dos, ya que me negaban el permiso de entrada, ir de visita y quedarme en La Habana. El gobierno tendría sólo tres opciones: 1. llevarme a la fuerza para el avión cuando se venciera mi permiso de visita a mi país; 2. Meterme presa, para lo cual les dije estaba preparada y 3. dejarme viviendo en Cuba sin formar alboroto alguno, a fin de cuentas sería una religiosa más viviendo en una comunidad sujeta a la obediencia debida. Cualquiera de las tres opciones sería una victoria, la mejor, quedarme allá y trabajar en paz junto a ellas; las otras dos servirían de denuncia de cómo un gobierno le niega el derecho a vivir en su propio país a una cubana y la expulsa o encarcela si no se va en el momento estipulado. Otra flagrante violación de los derechos humanos del régimen cubano.

No hay duda, las religiosas temieron mucho, incluso que me convirtiera en un “problema”, como los son algunos católicos allá que, sabemos, han caído en desgracia no sólo gubernamental sino eclesiástica.

Fueron muy dolorosos esos días, lloré mucho. Tan pronto supe que no podría entrar a Cuba decidí abandonar Chile y regresar como laica a Miami, para rehacer mi vida. Sin duda, ella tenía razón: no se puede entrar en una orden religiosa con condiciones, y mi condición era ir a servir en Cuba. Todo quedó claro en el corto tiempo de discernimiento que tuve: mi vocación no era ser monja.

Sin embargo, fue tan hermosa la experiencia, tan transformante, que hoy miro atrás y la veo como un retiro de tres años inmersos en una fuerte vida de oración, estudio, vida comunitaria, vida en misión. En algún momento narraré lo que es vivir la vida consagrada, pero no sólo en el convento, sino afuera, en las calles, entre pobres y desamparados, gente sufriente y enferma, hospitales, niños abandonados y desahuciados; hijos de drogadictos o prostitutas. Compartí con muchos con ellos, y me enseñaron mucho, fueron ellos quienes más me mostraron el rostro del crucificado. También compartí con jesuitas comunistas muy admiradores del régimen castrista. Recuerdo que una de las novicias que quien convivía en la casa de formación, que es como se le llama al noviciado –éramos ocho en total– me dijo que su  mamá tenía una foto de Fidel Castro en su sala. También recuerdo, ¡cómo olvidarlo! que en una reunión diocesana importante, con cientos de asistentes, se puso como música de fondo las canciones de Silvio Rodríguez. Y qué decir de la figura del Che entre los teólogos de la liberación que conocí. Por fin creo que ya, después de ocho o diez años han cambiado de punto de vista. Pero dejemos eso a un lado, la Iglesia es mucho más que eso, es Madre y Maestra, mucho más que instituciones, curas, monjas y laicos. Hay mucho pecado en sus entrañas, pero a pesar de las debilidades humanas vive, se fortalece. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, la formamos cada uno de nosotros, en el templo habitado por el Espíritu que somos.

Ya yo había encontrado mi camino, mi verdad, mi vida. El tesoro, la perla por lo que abandoné todo. Me siento colmada y muy agradecida a Dios. ¿Cómo si no, hubiera experimentado el abandono, la desinstalación total, el corazón traspasado de Cristo si no vivo esto? Me acercó más a él, y se cumplió su voluntad en mí, que es lo únicamente importante.

La casualidad no existe. Yo no pude ir a Cuba para vivir inculturada en mi pueblo, sufrir lo que sufrían, carecer de lo que carecían, pero darles, junto a las religiosas, una esperanza, propagar el Reino de Dios entre nosotros, que es el reino del amor. No pude. El 8 de diciembre de 2000 llegué a Miami. Y recomencé mi vida. Me venía mucho a la mente en aquellos días lo que me dijo un jesuita maltés radicado en Santiago de Chile –que yo era un icono roto– cuando le conté mi experiencia con la sicóloga, con las religiosas cubanas, con mi decisión de regresar a la vida laica y a mi patria cubanoamericana, Miami, que tan lejanamente había sentido desde Chile. Chile, país maravilloso, pero donde el exilio, el desarraigo se siente con creces. Y pensar que yo pensaba que Miami no era parte de Cuba, cuán equivocada estaba. Pero no puedo terminar sin agradecer a las chilenas que me acogieron y con las cuales conviví por todo un año. Cómo olvidar que el 8 de septiembre de 2000 me llevaron al Santuario de la Virgen del Carmen, en Maipú, porque ese día un grupo de cubanos celebraban allí la misa de la Caridad del Cobre. Y cómo olvidar su cercanía todos esos meses, su generosidad, las experiencias compartidas, la enseñanza. Cómo admiré el compromiso político de su sociedad civil, su tránsito pacífico de la dictadura a la democracia, su fe, su conciencia, su cultura. Me alegro mucho de haber vivido allá un año. No lo olvido, forma parte importante de mi peregrinaje.

El regreso a Miami

¿Quién me iba a decir en 1998, fecha en que entré como postulante en Puerto Rico, quien me iba a decir incluso en diciembre de 2000, cuando regresé a Miami, devastada, sin comprender nada, que estaría proclamando la Palabra de Dios en Cuba a través de dos programas radiales que llevan el nombre de esta revista, Palabra, y se transmiten por onda corta los lunes y viernes a las 9:30 p.m. en la banda de 49 metros por Radio República, la voz del Directorio Democrático Cubano? ¿Cómo imaginar que mi trabajo editorial estaría dedicado de lleno a la búsqueda de la libertad y la democracia cubana?

Hoy soy inmnensamente feliz realizando este trabajo, y publicar esta página, Palabra, un espacio virtual católico cubano que llega a muchos compatriotas en la diáspora, en Cuba y a personas de otros países. El número de lectores ha ido en aumento en los últimos dos años. A ellos, gracias.

Aquí comienza la carta. He omitido los nombres de las religiosas y de la psicóloga.

Carta a la sicóloga:

21 de enero de 2001

Primero que nada recibe un abrazo y mis felicitaciones por este nuevo año que empieza, que el Señor de la misericordia te acompañe en tu caminar. ¿Qué mejor cosa te puedo desear? Eres creyente, me dijiste con el bisturí de la sicología clínica en la mano, por tanto sé que valoras y acoges este deseo sincero de alguien que, como tú, quiso ser monja un día, tan intenso fue el deseo de ambas de consagrar nuestra vida a Dios. Pero descubrimos que ese deseo no cesa ni mengua al ser laicas: estamos llamadas a la santidad por el bautizo, y de eso se trata: la vida como vocación.

Te escribo porque necesito compartir contigo algunas cosas que considero importantes. Ha pasado ya algún tiempo de mi regreso a Miami, y he tenido oportunidad de reflexionar con paz y cierta perspectiva que da el tiempo y la distancia, sobre nuestro último encuentro, tan perturbador para mí. Por favor ten en cuenta que lo que sigue es una expresión de dolor, una búsqueda de respuesta que no hallo, una queja profunda que va dirigida fraternalmente a ti como sicóloga hermana en la fe. En realidad creo que la carta va dirigida a la vida misma, acaso al mismo Dios. La relectura de Job me va ayudando en estos días.

Sé que un elemento clave de tu diagnóstico acerca mi personalidad fue el resultado del test Rorschach. Dos cosas noté que te llamaron la atención: que haya visto en el último dibujo en colores lo que me pareció ser una honda de esas que los niños usan para tirar piedras (así te la describí) y yo, algo divertida, le puse "la honda de David". También vi allí, en esa última tarjeta de la serie de manchas, un mar azul con pequeños peces y otros animalitos acuáticos en el fondo, como los que se ven en la tele en un programa de viaje submarino. Veía también las costas de Miami a un lado y las de Cuba al otro. Pues bien, hojeando el otro día un libro de arte cubano de reciente publicación, hallé estas pinturas, esculturas e instalaciones artísticas que me asombraron por la similitud conceptual que tiene con lo que yo vi en ese último dibujo del Rorschach. Así pues, decidí enviarte estas reproducciones de artistas cubanos jóvenes, porque tienen una significativa relación con lo que vi ese día.

Como ves, hay mucho mar en nuestro arte, mucha agua, muchas balsas, olas, botes, remos y ahogados, mucha cosa que flota ilógicamente: como el tren que viaja sobre el mar, o la muchacha que tiene mar en sus pupilas y de ahí sale una lágrima, o el hombre que por brazos tiene remos, etc. Todo esto tiene una explicación dolorosamente histórica, y el arte sabemos que en más de un sentido es precisamente un símbolo o una interpretación de la historia y la realidad de un pueblo: el pueblo cubano lleva más de 40 años huyendo de su país. Si vivieras en Miami o Cuba sabrías de la presencia constante del mar Caribe en nuestro imaginario mental, puerta anhelada de salida para los de allá; y para los que vivimos en Miami, una angustiosa e incesante llegada de balsas que arriban con seres humanos deshidratados, quemados, cuando no llegan las balsas vacías, porque los navegantes han sido devorados por las aguas o los tiburones. Las imágenes son ineludiblemente cotidianas en los noticieros televisivos.

Te estoy enviando también una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre. ¿Conoces otro país cuya patrona lo sea por haberse aparecido en el mar a tres náufragos? Ya ves lo profundas que son las raíces histórico-culturales y religiosas que se hunden en nuestra memoria nacional, y que tiene que ver con mar, naufragio, salvación. Entonces, ¿es tan extraño que haya visto el Mar Caribe en el Rorschach? Es cierto que también vi algún órgano sexual, pero parece, por lo que he leído que eso es normal, algo común en las interpretaciones de otras personas. Debo confesarte que sentí un alivio agradable cuando me vi reconocida, reafirmada, en tanto artista que pintó y pinta lo que yo, más o menos, vi en un test sicológico que se me hacía para evaluar mi sanidad mental.

Te envío también dos breves textos, uno de José Marti, nuestro héroe de la independencia patria, y el otro de un autor joven, de cuyo libro se hace la reseña en la revista literaria Encuentro de la red que son las páginas que te mando. En ambos escritos, uno del siglo pasado y otro actual, se menciona la honda de David, una metáfora muy recurrente en la literatura cubana; quien primero la usó fue Martí para referirse al Goliat que para él era Estados Unidos en aquellos cruentos años de lucha emancipadora. Pero esa imagen sigue viva, muy viva hoy en nuestra cultura, ahora para referirse a otro Goliat. Te pregunto: ¿es tan sicológicamente sospechoso que yo haya visto una honda en ese dibujo Rorschach, y que me viniera a la mente la honda de David? Podría enviarte muchos otros textos donde se hace referencia a esa metáfora, pero no quiero cansarte.

Todo esto me lleva a hacer otras preguntas: ¿Qué papel desempeña el inconsciente colectivo de una nación en la psiquis de alguien que interpreta el Rorschach? Si la sicóloga es de otra cultura, y por supuesto es la que emite el juicio sobre esa interpretación de la paciente, ¿cuán válido es ese juicio? Hablamos aquí de lo que Unamuno llamó "la intrahistoria" de un pueblo. ¿Tienes algún paciente mapuche, le has hecho el test del muy alemán señor Rorschach a un indígena de la Araucanía, a ver qué ve él o ella en esas tarjetas? Esto de las culturas me cuestiona ante un test de esta naturaleza, tan radical y aparentemente infalible al emitir un diagnóstico.

Pero tengo otras preguntas acaso más importantes, importantes para mí, claro, después de intentar imaginarme varias veces qué debe ver una persona normal en esas manchas grises que culminan con un dibujo a colores. Es para mí una gran incógnita, te confieso.

¿Es alguien que quiere entrar en la vida religiosa normal? ¿Qué dice la psiquis de alguien que quiere estar en el mundo sin ser del mundo (evangelios)? ¿Cómo debe ser examinado alguien que opta radicalmente por la pobreza, la castidad, la obediencia en un mundo como el que vivimos? ¿No debe padecer ya de entrada algún trastorno serio? ¿Qué resultados habría arrojado el test Rorschach de Juana de Arco? ¿No sería histriónica la chiquilla que empuñó la espada y derrotó al ejército inglés para salvar a Francia? ¿Y el resultado de un test hecho a Margarita María Alacoque, que vio en llamas el Corazón de Jesús y conversaba con el Señor amorosamente? ¿Cuál sería el diagnóstico sicológico de un Francisco de Asís, desnudo en medio de una plaza pública, tirando por la borda la riqueza de su padre? ¿Y cuál el de Teresa de Jesús volando levitando en estado de éxtasis, o San Juan de la Cruz en sus poesías donde se mezclan el erotismo y el misticismo, como en el Cantar de los Cantares, o Ignacio de Loyola en La Storta? ¿Qué habría visto en las tarjetas el voluptuoso San Agustín?

Mucho me temo que no habrían santos ni místicos en la Iglesia Católica si hubiesen sido examinados con el implacable y nada espiritual Rorschach, y de ello hubiese dependido su entrada o no en la vida religiosa. Pienso ahora en Santa Rosa Filipina Duchesne, rscj que siendo de la aristocracia lo dejó todo en Francia para atravesar el Atlántico rumbo a Estados Unidos a los 48 años. Quería evangelizar indios. Le dio por eso. ¿Qué vería ella en el Rorschach? No logro imaginarme a Santa Magdalena Sofía Barat sometiendo a Rosa Filipina o cualquier otra religiosa a exámenes sicológicos, quizá es una de las razones por las que habían más vocaciones: se daba por sentado la llamada de Dios a esa vida, que se comprobaba con la convivencia, en la comunidad, en la vida de oración, de apostolado, etc.

Si eres creyente y yo creo que lo eres, ¿crees o no en la conversión? En ese cambio radical del corazón que te mueve a hacer locuras, maravillosas locuras, como dejarlo todo para seguir al Señor. ¿O es que eso se debe leer solo en los evangelios, pero a la hora de hacerlo de verdad, la persona es juzgada "demasiado apasionada”, que "no mide las consecuencias de sus actos". ¿Midió las consecuencias de sus actos la pecadora que vertió el frasco de perfume sobre los pies de Jesús, se los secaba con sus cabellos y lo besaba apasionadamente delante de fariseos y letrados? ¿Midió sus actos Pedro, Juan, Pablo? ¿Por qué entonces me preguntabas asombrada si no tenía "un plan B"? No, te dije, no tengo plan B.

Pero hasta el despojo de mi deseo de ser religiosa ha sido bueno. ¿Sabes? Las primeras semanas de mi salida de la congregación me sentía en mi desgracia (la palabra es clara: des-gracia) como despojada del amor de Dios, y es que en mi dolor grande y hondo, llegué a confundir ese amor infinito y misericordioso del Corazón de Jesús con la Sociedad del Sagrado Corazón. La relectura de las bienaventuranzas, la convicción profunda que renace como una luz o una brisa en mi corazón de que por algo Jesús prefiere a los excluidos, a los rechazados, a los que sufren, eso, la Eucaristía diaria me devuelven la alegría y la certeza del amor de Dios que por un momento terrible sentí vacilar. Es tan grande el desencanto, la caída tan súbita. Dos años y medio de convicción de una vocación, de un caminar en acompañamiento espiritual fecundo, de una vida comunitaria y apostólica que confirmaba ese llamado, fueron tirados al piso de un manotazo en menos de 24 horas. No fuiste tú la que dio el manotazo, tampoco fue la superiora cubana, fue Dios, que tiene sus formas de acercarnos a su Hijo, de hacernos crecer en la fe, y para eso nada tan sabio, en su inmensa sabiduría, como experimentar el dolor, la humillación, la injusticia.

Respecto a las cosas de mi vida pasada [relaciones amorosas y sexuales] que compartí en nuestras dos conversaciones y que también fueron importantes en tu opinión de que no debería entrar en la congregación, ¿qué puedo decir? Fue un error de mi parte no precisamente contarlo con honestidad, como lo hice, sin ocultar nada, sino creer que no sería obstáculo. Nunca lo fue, eso me lo dejaron saber muy claramente mi primera directora espiritual, Religiosa del Sagrado Corazón aquí en Miami ni mi directora chilena. Pero súbitamente, sí lo era. Pero ante esto también pregunto ¿Habría rechazado Jesús a la samaritana; o a María Magdalena? ¿Habríamos sido educados en la Iglesia Católica por el maravilloso San Agustín si se le hubiese juzgado por su pasado cargado de erotismo y turbulentos devaneos, tan vivamente narrado en Las Confesiones?

Pero todo es providencia divina; todo, obra de Dios, así asumo lo que ha sucedido. Eso no impide, sin embargo, que sienta la necesidad de compartir contigo estos pensamientos. Me niego a aceptar el método Rorschach, tan poco seguro y desacreditado entre muchos sicólogos. He hecho investigaciones. Pero además, quiero preguntar: ¿por qué a algunas novicias se les hace ese test y a otras no? Por supuesto que no tienes que responder a ninguna de estas preguntas, sólo, repito, necesito conversar contigo, la sicóloga que quiso un día ser monja. Y ahora analiza a monjas.

Te agradezco tu escucha atenta, tus palabras, tu honestidad. Comparaste mi padecimiento sicológico con el de grandes escritores, gracias, pero no lo soy. Soy, o era, una periodista de relativo éxito que se enamoró de Jesús, y como el hombre que halla un tesoro y lo vende todo para obtener el terreno donde enterró ese tesoro, corrí enamorada tras el Señor, sin plan B, como hicieron los discípulos. Ahora recompongo las piezas de todo esto tan extraño que ha sucedido, reubicándome en el mundo laico, que sin duda disfruto y valoro como nunca antes, completamente abandonada en las manos de Dios.

Hasta hace poco me asombraba que no hubieran vocaciones, que hubiera la crisis que hay en la vida religiosa. Ya no. Hay buenas razones. El Espíritu sabe donde sopla, nosotros no.

Recibe mi agradecimiento grande: estoy donde debo estar, bendito sea Dios, que Él te bendiga.

Test Rorschach

 

Autobiografía espiritual I

Autobiografía espiritual II