Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, abril de
2008
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Comentario teológico sobre la tercera parte del secreto de la
Virgen de Fátima
Cardenal Ratzinger
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13 de mayo, Día de la Virgen de
Fatima.
Cientos de miles de personas acuden al santuario y a la
procesión. |
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Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto” de
Fátima, que tras largo tiempo, por voluntad del Santo Padre,
viene publicado aquí en su integridad, tal vez quedará
desilusionado o asombrado después de todas las especulaciones
que se han hecho. No se revela ningún gran misterio; no se ha
corrido el velo del futuro. Vemos a la Iglesia de los mártires
del siglo apenas transcurrido representada mediante una escena
descrita con un lenguaje simbólico difícil de descifrar. ¿Es
esto lo que quería comunicar la Madre del Señor a la
cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes problemas y
angustias? ¿Nos es de ayuda al inicio del nuevo milenio? O más
bien ¿son solamente proyecciones del mundo interior de unos
niños crecidos en un ambiente de profunda piedad, pero que a la
vez estaban turbados por las tragedias que amenazaban su tiempo?
¿Cómo debemos entender la visión, qué hay que pensar de la
misma?
Revelación pública y revelaciones privadas — su lugar teológico
Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas
esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el
Cardenal Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de
la celebración eucarística presidida por el Santo Padre en
Fátima, es necesario hacer algunas aclaraciones de fondo sobre
el modo en que, según la doctrina de la Iglesia, deben ser
comprendidos dentro de la vida de fe fenómenos como el de
Fátima. La doctrina de la Iglesia distingue entre la «
revelación pública » y las « revelaciones privadas ». Entre
estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino
de esencia. El término « revelación pública » designa la acción
reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha
encontrado su expresión literaria en las dos partes de la
Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama « revelación
» porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los
hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer
a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo
encarnado, Jesucristo. No se trata, pues, de comunicaciones
intelectuales, sino de un proceso vital, en el cual Dios se
acerca al hombre; naturalmente en este proceso se manifiestan
también contenidos que tienen que ver con la inteligencia y con
la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al hombre
total y, por tanto, también a la razón, aunque no sólo a ella.
Puesto que Dios es uno solo, también es única la historia que él
comparte con la humanidad; vale para todos los tiempos y
encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte y la
resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es
decir, se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la
revelación ha concluido con la realización del misterio de
Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento. El
Catecismo de la Iglesia Católica, para explicar este
carácter definitivo y completo de la revelación, cita un texto
de San Juan de la Cruz: « Porque en darnos, como nos dio a su
Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo
habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que
hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en
Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora
quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación,
no sólo haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no
poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra
alguna o novedad » (n. 65, Subida al Monte Carmelo, 2,
22).
El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los
pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él
recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la
Iglesia con el acontecimiento único de la historia sagrada y de
la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta este
acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo
pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril
repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este
respecto: « Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no
está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana
comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de
los siglos » (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el
carácter único del acontecimiento y el progreso en su
comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de
despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los
discípulos: « Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no
podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os
guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su
cuenta... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo
anunciará a vosotros » (Jn 16, 12-14). Por una parte el
Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un
conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que
permitiera acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca
alcanzada de la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un «
tomar » del tesoro de Jesucristo mismo, cuya profundidad
inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del
Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una palabra densa
del Papa Gregorio Magno: « la comprensión de las palabras
divinas crece con su reiterada lectura » (Catecismo de la
Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El
Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se
realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en
consecuencia, el « crecimiento de la Palabra »: éste se lleva a
cabo a través de la meditación y del estudio por parte de los
fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la
experiencia espiritual y por medio de la predicación de « los
obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad »
(Dei Verbum, 8).
En este contexto es posible entender correctamente el concepto
de « revelación privada », que se refiere a todas las visiones y
revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo
Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos
colocar el mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto
antes de nada el Catecismo de la Iglesia Católica: « A lo
largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”,
algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de
la Iglesia... Su función no es la de... “completar” la
Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más
plenamente en una cierta época de la historia » (n. 67). Se
deben aclarar dos cosas:
1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente
diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe;
en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la
mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos
habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier
otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios
habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma y, de
ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma
humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi
vida y a la cual me confío al morir.
2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se
manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única
revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa
Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que
después llegó a ser normativo para las beatificaciones y
canonizaciones: « No se debe un asentimiento de fe católica a
revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera
posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de
fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las
presenta como probables y piadosamente creíbles ». El teólogo
flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma
sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación
privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no
contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es
lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle
en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e
bilancio di una discussione, en: La Civiltà Cattolica
104, 1953, II. 392-406, en particular 397). Un mensaje así puede
ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio
en el momento presente; por eso no se debe descartar. Es una
ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la
misma.
El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es,
pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de
Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar
como otro y mejor designio de salvación, más importante que el
Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que
nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo.
Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos
aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y
extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto
debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad,
que son el camino permanente de salvación para todos. Podemos
añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre
todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos
impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que
tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo
muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado
Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la relación
entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre
Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio,
la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada
directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa
que la fe está arraigada en el corazón de todos los pueblos, de
modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La
religiosidad popular es la primera y fundamental forma de «
inculturación » de la fe, que debe dejarse orientar y guiar
continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su
vez fecunda la fe a partir del corazón.
Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran
necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las
revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo
correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría
teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido
conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento,
la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una
indicación. El Apóstol dice en ella: « No apaguéis el Espíritu,
no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con
lo que es bueno » (5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado
a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado,
pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es
necesario tener presente que la profecía en el sentido de la
Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la
voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto
camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra
con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del
porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del
pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e
indicación para el presente. La importancia de la predicción del
futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la
actualización de la única revelación, que me afecta
profundamente: la palabra profética es advertencia o también
consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede
relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los «
signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el Vaticano
II: « ...sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo,
¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En
esta parábola de Jesús por « signos de los tiempos » debe
entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los
signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la
presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones
privadas reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en
Fátima— se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de
los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante
ellos.
La estructura antropológica de las revelaciones privadas
Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de
determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas,
antes de ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima,
debemos aún intentar aclarar brevemente un poco su carácter
antropológico (psicológico). La antropología teológica distingue
en este ámbito tres formas de percepción o « visión »: la visión
con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la
percepción interior y la visión espiritual (visio sensibilis
– imaginativa – intellectualis). Está claro que en las
visiones de Lourdes, Fátima, etc. no se trata de la normal
percepción externa de los sentidos: las imágenes y las figuras,
que se ven, no se hallan exteriormente en el espacio, como se
encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente evidente,
por ejemplo, por lo que se refiere a la visión del infierno
(descrita en la primera parte del « secreto » de Fátima) o
también la visión descrita en la tercera parte del « secreto »,
pero puede demostrarse con mucha facilidad también en las otras
visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían,
sino de hecho sólo los « videntes ». Del mismo modo es obvio que
no se trata de una « visión » intelectual, sin imágenes, como se
da en otros grados de la mística. Aquí se trata de la categoría
intermedia, la percepción interior, que ciertamente tiene en el
vidente la fuerza de una presencia que, para él, equivale a la
manifestación externa sensible.
Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si
fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien
significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque
suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible
por los sentidos, una especie de visión con los « sentidos
internos ». Se trata de verdaderos « objetos », que tocan el
alma, aunque no pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible.
Para esto se exige una vigilancia interior del corazón que
generalmente no se tiene a causa de la fuerte presión de las
realidades externas y de las imágenes y pensamientos que llenan
el alma. La persona es transportada más allá de la pura
exterioridad y otras dimensiones más profundas de la realidad la
tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede comprender
por qué los niños son los destinatarios preferidos de tales
apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad
interior de percepción está aún poco deteriorada. « De la boca
de los niños y de los lactantes has recibido la alabanza »,
responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a la crítica de
los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran
inoportuno el grito de « hosanna » de los niños (Mt 21,
16).
La « visión interior » no es una fantasía, sino una propia y
verdadera manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva
también limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre
involucrado el factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino
que llega a nosotros a través del filtro de nuestros sentidos,
que deben llevar a cabo un proceso de traducción. Esto es aún
más evidente en la visión interior, sobre todo cuando se trata
de realidades que sobrepasan en sí mismas nuestro horizonte. El
sujeto, el vidente, está involucrado de un modo aún más íntimo.
Él ve con sus concretas posibilidades, con las modalidades de
representación y de conocimiento que le son accesibles. En la
visión interior se trata, de manera más amplia que en la
exterior, de un proceso de traducción, de modo que el sujeto es
esencialmente copartícipe en la formación como imagen de lo que
aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y
sus posibilidades. Tales visiones nunca son simples «
fotografías » del más allá, sino que llevan en sí también las
posibilidades y los límites del sujeto perceptor.
Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los
santos; naturalmente, vale también para las visiones de los
niños de Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en
absoluto simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una
real percepción de origen superior e interior, pero no son
imaginaciones como si por un momento se quitara el velo del más
allá y el cielo apareciese en su esencia pura, tal como nosotros
esperamos verlo un día en la definitiva unión con Dios. Más bien
las imágenes son, por decirlo así, una síntesis del impulso
proveniente de lo Alto y de las posibilidades de que dispone
para ello el sujeto que percibe, esto es, los niños. Por este
motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones es un lenguaje
simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: « ... no se
describen en sentido fotográfico los detalles de los
acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre
un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una
sucesión y con una duración no precisadas ». Esta concentración
de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales
visiones que, por lo demás, pueden ser descifradas sólo a
posteriori. A este respecto, no todo elemento visivo debe
tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es la visión
como conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser
comprendidos los aspectos particulares. Lo que es central en una
imagen se desvela en último término a partir del centro de la «
profecía » cristiana en absoluto: el centro está allí donde la
visión se convierte en llamada y guía hacia la voluntad de Dios.
Un intento de interpretación del secreto de Fátima
La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya
discutidas tan ampliamente por la literatura especializada que
ya no hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención
brevemente sobre el punto más significativo. Los niños han
experimentado durante un instante terrible una visión del
infierno. Han visto la caída de las « almas de los pobres
pecadores ». Y se les dice por qué se les ha hecho pasar por ese
momento: para « salvarlas », para mostrar un camino de
salvación. Viene así a la mente la frase de la Primera Carta de
Pedro: « meta de vuestra fe es la salvación de las almas »
(1,9). Para este objetivo se indica como camino -de un modo
sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural
anglosajón y alemán- la devoción al Corazón Inmaculado de María.
Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve
indicación. « Corazón » significa en el lenguaje de la Biblia el
centro de la existencia humana, la confluencia de razón,
voluntad, temperamento y sensibilidad, en la cual la persona
encuentra su unidad y su orientación interior. El «corazón
inmaculado » es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de
Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto,
« ve a Dios ». La « devoción » al Corazón Inmaculado de María
es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el
« fiat » —hágase tu voluntad— se convierte en el centro
animador de toda la existencia. Si alguno objetara que no
debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le
debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus
comunidades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1
Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar
concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De quién
podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la
Madre del Señor?
Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del « secreto » de
Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se
desprende de la documentación precedente, la interpretación que
el Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había
sido presentada anteriormente a Sor Lucia en persona. A este
respecto, Sor Lucia ha observado en primer lugar que a ella
misma se le dio la visión, no su interpretación. La
interpretación, decía, no es competencia del vidente, sino de la
Iglesia. Ella, sin embargo, después de la lectura del texto, ha
dicho que esta interpretación correspondía a lo que ella había
experimentado y que, por su parte, reconocía dicha
interpretación como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá
sólo intentar dar un fundamento más profundo a dicha
interpretación a partir de los criterios hasta ahora
desarrollados.
Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del «
secreto » hemos descubierto la de « salvar las almas », así como
la palabra clave de este « secreto » es el triple grito: «
¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! ». Viene a la mente el
comienzo del Evangelio: « paenitemini et credite evangelio »
(Mc 1,15). Comprender los signos de los tiempos
significa comprender la urgencia de la penitencia, de la
conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento
histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán
descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un
recuerdo personal: en una conversación conmigo Sor Lucia me dijo
que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las
apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la
esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir
a esto.
Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con la
espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda
imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del
juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el
mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no
es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha
preparado con sus inventos la espada de fuego. La visión muestra
después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el
esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la
llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia
de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un
modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una
película anticipada del futuro, de la cual nada podría
cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad sólo para
llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una
dirección positiva. El sentido de la visión no es el de mostrar
una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su
sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas
del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de
lugar las explicaciones fatalísticas del « secreto » que, por
ejemplo, dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría
sido en definitiva un instrumento del plan divino guiado por la
Providencia y que, por tanto, no habría actuado libremente, así
como otras ideas semejantes que circulan. La visión habla más
bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos.
Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy
claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el
inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las
personas humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener
siempre presente esta limitación interna de la visión, cuyos
confines están aquí indicados visivamente. El futuro se muestra
sólo « como en un espejo de manera confusa » (cf. 1 Co
13,12). Tomemos ahora en consideración cada una de las imágenes
que siguen en el texto del « secreto ». El lugar de la acción
aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una
grande ciudad medio en ruinas y, finalmente, una gran cruz de
troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la
historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto,
la historia como lugar de la humana creatividad y de la
convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las
destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su
propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión y de
progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más
extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de
orientación de la historia. En la cruz la destrucción se
transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de
la historia y como promesa para la misma.
Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de
blanco (« hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo
Padre »), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y,
finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos
sociales. El Papa parece que precede a los otros, temblando y
sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las
casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino
pasa en medio de los cuerpos de los muertos. El camino de la
Iglesia se describe así como un viacrucis, como camino en
un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. Se
puede ver representada en esta imagen la historia de todo un
siglo. Del mismo modo que los lugares de la tierra están
sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y
de la ciudad y están orientados hacia la cruz, también los
tiempos son presentados de forma compacta. En la visión podemos
reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo
de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia,
como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras
locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho
experimentar nuevas formas de crueldad. En el « espejo » de esta
visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios. A este
respecto, parece oportuno mencionar una frase de la carta que
Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: « la
tercera parte del “secreto” se refiere a las palabras de Nuestra
Señora: “Si no (Rusia) diseminará sus errores por el mundo,
promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos
serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho,
varias naciones serán destruidas” ».
En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene
un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos
encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papas, que
empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los
sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre
ellas por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el
Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo
Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se
hizo llevar el texto de la tercera parte del « secreto »,
reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las
puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con
las siguientes palabras: « ...fue una mano materna a guiar la
trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral
de la muerte » (13 de mayo de 1994). Que una « mano materna »
haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no
existe un destino inmutable, que la fe y la oración son
poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la
oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las
divisiones.
La conclusión del « secreto » recuerda imágenes que Lucía puede
haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de
antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que
quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia
de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la
cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que
se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los
mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los
mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a
cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte
en una sola cosa con ella. Ellos completan en favor del Cuerpo
de Cristo lo que aún falta a sus sufrimientos (cf. Col
1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía, inserta en el
misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo. La
sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho
Tertuliano. Así como de la muerte de Cristo, de su costado
abierto, ha nacido la Iglesia, así la muerte de los testigos es
fecunda para la vida futura de la Iglesia. La visión de la
tercera parte del « secreto », tan angustiosa en su comienzo, se
concluye pues con un imagen de esperanza: ningún sufrimiento es
vano y, precisamente, una Iglesia sufriente, una Iglesia de
mártires, se convierte en señal orientadora para la búsqueda de
Dios por parte del hombre. En las manos amorosas de Dios no han
sido acogidos únicamente los que sufren como Lázaro, que
encontró el gran consuelo y representa misteriosamente a Cristo
que quiso ser para nosotros el pobre Lázaro; hay algo más, del
sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y
de renovación, porque es actualización del sufrimiento mismo de
Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica.
Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su
conjunto (en sus tres partes) el « secreto » de Fátima? ¿Qué nos
dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal
Sodano: « ...los acontecimientos a los que se refiere la tercera
parte del « secreto » de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado
». En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos,
ya pertenecen al pasado. Quien había esperado en impresionantes
revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el
curso futuro de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no
nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del
mismo modo que la fe cristiana por lo demás no quiere y no puede
ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de
válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras
reflexiones sobre el texto del « secreto »: la exhortación a la
oración como camino para la « salvación de las almas » y, en el
mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión.
Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del «
secreto », que con razón se ha hecho famosa: « mi Corazón
Inmaculado triunfará ». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón
abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más
fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat
de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia
del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador,
porque gracias a este « sí » Dios pudo hacerse hombre en nuestro
mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene
poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente;
él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar
continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un
corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre
hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene
la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las
palabras de Jesús: « padeceréis tribulaciones en el mundo, pero
tened confianza; yo he vencido al mundo » (Jn 16,33). El
mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.
Joseph
Card. Ratzinger
Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe
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