La
Devoción al Corazón de Jesús y sus raíces en el dogma cristiano

Columba
Marmion
“Devoción”
viene de la palabra latina devovere: dedicarse,
consagrarse así mismo a una persona amada. La devoción hacia
Dios es la más alta expresión de nuestro amor. “Amarás a Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu, con
todas tus fuerzas”: Diliges Dominum Deum tuum ex TOTO corde
tuo, et ex TOTA anima tua, et ex TOTA mente tua(1). Ese
totus marca la devoción: amar a Dios con toda la persona, si
reservarse nada, sin cesar, amarla hasta el punto de consagrarse
a su servicio con prontitud y facilidad, tal es la devoción en
general; y así entendida, la devoción constituye la perfección:
porque ella es la flor misma de la caridad(2).
La
devoción a Jesucristo es la consagración de todo nuestro ser y
de toda nuestra actividad a la persona del Verbo encarnado,
abstracción hecha de tal estado particular de la persona de
Jesús o de tal misterio especial de su vida. Por esta devoción a
Jesucristo, nos daremos a la tarea de conocer, honrar y servir
al Hijo de Dios que se manifiesta en nosotros por su santa
humanidad.
Una
devoción particular, sea la “consagración” a Dios considerado
especialmente en uno de sus atributos o una de sus perfecciones,
como la santidad o la misericordia, o aun una de las tres
personas divinas, sea de Cristo contemplado en sus misterios,
bajo uno u otro de sus estados: es siempre el mismo Cristo Jesús
que honramos, a cuya persona adorable se dirigen todos nuestros
homenajes; pero consideramos su persona bajo tal aspecto
particular donde se manifiestan a nosotros en tal misterio
especial. Así, la devoción a la santa Infancia es la devoción a
la persona misma de Cristo contemplado especialmente en los
misterios de su natividad y de su vida de adolescente en
Nazareth; la devoción a las cinco llagas es la devoción a la
persona del Verbo encarnado considerado en sus sufrimientos,
sufrimientos simbolizados por las cinco llagas cuyas gloriosas
cicatrices Cristo quiso conservar después de su resurrección. La
devoción puede tener un objeto especial, propio, inmediato, pero
termina siempre en la persona misma(3).
A partir
de aquí, comprendemos lo que hay que entender por devoción al
Sagrado Corazón de Jesús. De una manera general, la consagración
a la persona Jesús mismo, que manifiesta su amor por nosotros y
que nos muestra su amor por nosotros y que nos muestra su
corazón como símbolo de este amor. ¿Qué honramos pues en esta
devoción? A Cristo mismo, en persona. Pero cuál es el objeto
inmediato, especial, propio de esta devoción? El corazón de
carne de Jesús, el corazón que latía por nosotros en su pecho de
Hombre-Dios; pero no le honramos separado de la naturaleza
humana de Jesús ni de la persona del Verbo eterno a quien esta
naturaleza humana está unido en la encarnación. ¿Y eso es todo?
No; falta todavía agregar esto: honramos este corazón como
símbolo del amor de Jesús respecto de nosotros.
La
devoción al Sagrado Corazón se remite, pues, al culto del Verbo
encarnado que nos manifiesta su amor y nos muestra su corazón
como símbolo de este amor.
Es sabido
que, según ciertos protestantes, la Iglesia es como un cuerpo
sin vida; habría recibido toda su perfección desde los comienzos
y tendría que permanecer petrificada; todo lo que surgiese en
adelante, sea en materia dogmática, sea en el ámbito de la
piedad no es, a sus ojos superfetación y corrupción.
Para
nosotros, la Iglesia es un organismo vivo, que como todo
organismo vivo, debe desarrollarse y perfeccionarse. El depósito
de la revelación fue sellado con la muerte del último apóstol;
después, ningún escrito es admitido como inspirado, y las
revelaciones particulares de los santos no entran en lo absoluto
de las verdades contenidas en la revelación oficial de las
verdades de la fe. Pero muchas de las verdades contenidas en la
revelaciones contenidas en la revelación oficial no se
encuentran sino en germen; la ocasión no se da sino poco a poco,
bajo la presión de los acontecimientos y la guía del Espíritu
Santo, para alcanzar definiciones más explícitas que fijen las
fórmulas precisas y determinadas de lo que antes era conocido
sólo de manera implícita.
Desde el
primer instante de su encarnación, Cristo Jesús poseyó en su
santa alma todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría
divinas. Pero no fue sino poco a poco que fueron revelándose. A
medida que Cristo crecía en edad, esta ciencia y sabiduría se
declararon, se veía aparecer y florecer las virtudes qué Él
contenía en germen.
Algo
análogo sucede en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Por
ejemplo, encontramos en el depósito de la fe esta magnífica
revelación: “El verbo era Dios, y el Verbo se hizo carne(4)”.
Esta revelación contiene tesoros que no has sido puestos al día
sino poco a poco; es como una semilla que de desarrolla en
frutos de verdad para aumentar nuestro conocimiento de Cristo
Jesús. Con ocasión de las herejías que se levantaron, la
Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, definió que no hay Cristo
sino una persona divina, pero dos naturalezas distintas y
perfectas, dos voluntades, dos fuentes de actividad; que la
Virgen María es la Madre de Dios; que todas las partes de la
santa humanidad de Jesús son adorables en razón de su unión con
la divina persona de la Verbo. ¿Son éstos dogmas nuevos? No. Es
el depósito de la fe que se explica, se desarrolla.
Lo que
decimos de los dogmas de aplica perfectamente a las devociones.
En el curso de los siglos, surgieron devociones que la Iglesia
bajo la guía del Espíritu Santo, admitió e hizo suyas. No son,
en lo absoluto, innovaciones propiamente dichas, son efectos de
manan de los dogmas establecidos y de la actividad orgánica de
la Iglesia.
Una vez
que la Iglesia enseñante aprueba una devoción, que la confirma
con su autoridad soberana, debemos aceptarla dichosamente;
actuar de otra manera no sería “compartir los sentimientos de la
Iglesia”, sentire cum Ecclesia, sería dejar de entrar en
los pensamientos de Cristo Jesús; porque Él dijo a sus apóstoles
y a sus sucesores: “Quien los escucha me escucha, quien los
desprecia, me desprecia”(5). Ahora bien, ¿cómo ir al Padre si no
escuchamos a Cristo?
Relativamente moderna, bajo la forma que reviste actualmente, la
devoción al Sagrado Corazón encuentra sus raíces dogmáticas en
el depósito de la fe. Estaba contenida en germen en la palabra
de San Juan: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…
llevó hasta el límite el amor que tenía por los suyos”(6). ¿Qué
es, en efecto, la Encarnación? Es la manifestación de Dios, es
Dios que se revela a nosotros mediante la humanidad de Jesús”:
Nova mentis nostrae oculis lux tuae claritatis infulsit(7);
es la revelación del amor divino al mundo: “Dios amó tanto al
mundo que le dio a su hijo para que se entregara por ellos: “No
hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”: Majorem
hac dilectionem nemo habet(8). Toda la devoción al
Sagrado Corazón está en germen en esas palabras de Jesús. Y para
Mostar que este amor había alcanzado el grado supremo, Cristo
Jesús quiso que ni bien exhalase su último suspiro sobre la
cruz, su corazón fuese traspasado por la lanza de un soldado.
Como se
verá, el amor que está simbolizado por el corazón en esta
devoción es ante todo el amor creado de Jesús, pero como Cristo
es el Verbo encarnado, los tesoros de este amor creado nos
manifiestan las maravillas del amor divino, del Verbo eterno.
Se
comprende que la profundidad de esta devoción se sumerge en el
depósito de la fe. Lejos de ser una alteración o una corrupción,
es una adaptación, a la vez simple y magnífica, de las palabras
de San Juan sobre el Verbo, que se hizo carne y se inmoló por
amor por nosotros.
1 Marc.
XII, 30
2 Cf.
Santo Tomás II-II, q.82, a. I.
3 Cf.
Santo Tomás. III, q. 25, a. I.
4 Joan. I,
I y 14.
5 Lc X,
16.
6 Joan I,
14; XIII, I.
7 Prefacio
de navidad
8 Joan. VV,
13.
Traducido
del francés por José Gálvez Krüger para ACI Prensa