Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, mayo de
2008
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La devoción al Sagrado Corazón de Jesús
Jenan
Bainval
(1) El objeto especial de la devoción al Sagrado Corazón
La naturaleza de esta cuestión es ya de por si compleja y las
dificultades que nacen a causa de la terminología la hacen aún
más compleja. Sin profundizar en términos que son extremadamente
técnicos, estudiaremos las ideas en si mismas y, con el fin de
pronto saber dónde estamos, nos detendremos en el significado y
en el uso que se da a la palabra corazón en el lenguaje normal.
(a) La palabra corazón despierta en nosotros, antes que nada,
la idea del órgano vital que palpita en nuestro pecho y del que
sabemos, aunque quizás vagamente, que está íntimamente conectado
no sólo con nuestra vida física, sino también con nuestra vida
moral y emocional Tal relación explica, también, que el corazón
de carne sea universalmente aceptado como emblema de nuestra
vida moral y emocional, y que por asociación, la palabra corazón
ocupe el sitio que tiene en el lenguaje simbólico y que esa
palabra se aplique igualmente a las cosas mismas que son
simbolizadas por el corazón. (Cfr. Jr 31, 33; Dt 6, 5; 29, 3; Is
29, 13; Ez 36, 26; Mt 6, 21; 15, 19; Lc 8, 15; Rm 5, 5;
Catecismo de la Iglesia Católica, nos. 368, 2517, N.T.).
Pensemos, por ejemplo, en expresiones como "abrir nuestro
corazón", "entregar el corazón", etc. Llega a pasar que el
símbolo es despojado de su significado material y en vez del
signo se percibe sólo lo que es significado. De igual manera, en
el lenguaje corriente la palabra alma ya no despierta la idea de
aliento, y la palabra corazón sólo nos trae a la mente las ideas
de valor o amor. Claro que aquí hablamos de figuras del lenguaje
o de metáforas, más que de símbolos. El símbolo es un signo
real, mientras que la metáfora es sólo un signo verbal. El
símbolo es algo que significa algo distinto de si mismo,
mientras que la metáfora es una palabra utilizada para dar a
entender algo distinto de su significado propio. Por último, en
el lenguaje normal, nosotros pasamos continuamente de la parte
al todo y, gracias a una forma muy natural de hablar, usamos la
palabra corazón para referirnos a la persona. Todas estas ideas
nos ayudarán a determinar el objeto de la devoción al Sagrado
Corazón.
(b) El problema comienza cuando se debe distinguir entre los
significados material, metafórico y simbólico de la palabra
corazón. Se trata de saber si el objeto de la devoción es el
corazón de carne, como tal, o el amor de Jesucristo significado
metafóricamente por la palabra corazón, o el corazón de carne en
cuanto símbolo de la vida emocional y moral de Jesús,
especialmente de su amor hacia nosotros. Afirmamos que se da
debido culto al corazón de carne en cuanto éste simboliza y
recuerda el amor de Jesús y su vida emocional y moral (Cfr. Pío
XII, encíclica "Haurietis Aquas", 18,21,24, N.T.).
De tal forma, aunque la devoción se dirige al corazón material,
no se detiene ahí: incluye el amor, ese amor que constituye su
objeto principal pero que únicamente se alcanza a través del
corazón de carne, símbolo y signo de ese amor. La devoción al
solo Corazón de Jesús, tomado éste como una parte noble de su
divino cuerpo, no sería equivalente a la devoción al Sagrado
Corazón tal y como la entiende y aprueba la Iglesia. Y lo mismo
se puede decir de la devoción al amor de Jesús, como si se
tratara de una parte separada de su corazón de carne, o sin más
relación con este último que la sugerida por una palabra tomada
en su sentido metafórico. (Cfr. Gaudium et Spes, 22,2, N.T.)
Pues hay que considerar que en esta devoción existen dos
elementos: uno sensible, el corazón de carne, y uno espiritual,
el que es representado y traído a la mente por el corazón de
carne. Estos dos elementos no son dos objetos distintos,
simplemente coordinados, sino que realmente constituyen un
objeto solo, del mismo modo como lo hacen el alma y el cuerpo, y
el signo y la cosa significada. De esos dos elementos el
principal es el amor, que es la causa y la razón de la
existencia de la devoción, tal como el alma es el elemento
principal en el hombre. Consecuentemente, la devoción al Sagrado
Corazón puede ser definida como una devoción al Corazón Adorable
de Jesucristo en cuanto él representa y recuerda su amor. O, lo
que equivale a lo mismo, se trata de la devoción al amor de
Jesucristo en cuanto que ese amor es recordado y simbólicamente
representado por su corazón de carne (Cfr. Encíclica de S.S.
León XIII, Annum Sacrum; Catecismo de la Iglesia Católica nos.
479, 609. N.T.).
(c) La devoción está basada totalmente en el simbolismo del
corazón. Es este simbolismo lo que de da su significado y su
unidad, y su fuerza simbólica queda admirablemente completada al
ser representado el corazón como herido. Como el Corazón de
Jesús se nos presenta como el signo sensible de su amor, la
herida visible en el Corazón nos recuerda la invisible herida de
su amor ("Sólo el corazón de Cristo, que conoce las
profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de
su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de
belleza", Catecismo de la Iglesia Católica, 1439, N.T.). Ese
simbolismo también nos deja en claro que la devoción, si bien
concede al corazón un lugar especial, poco está interesada en
los detalles anatómicos. Dado que en las imágenes del Sagrado
Corazón la expresión simbólica debe predominar sobre todo lo
demás, no se busca nunca la congruencia anatómica; ésta
afectaría negativamente la devoción al debilitar la evidencia
del simbolismo. Es de primera importancia que el corazón como
emblema se pueda distinguir del corazón anatómico; lo apropiado
de la imagen debe ser favorable a la expresión de la idea. En
una imagen del Sagrado Corazón es necesario un corazón visible,
pero éste debe ser, además de visible, simbólico. Y se puede
afirmar algo semejante en el ámbito de la fisiología, porque el
corazón de carne que constituye el objeto de la devoción, y que
debe dejar ver el amor de Jesús, es el Corazón de Jesús, el
Corazón real, viviente, que en verdad amó y sufrió; el que, como
lo experimentamos en nuestros corazones, tuvo relación con las
emociones y la vida moral de Cristo; el que, por el
conocimiento, así sea rudimentario, que tenemos a partir de las
operaciones de nuestra propia vida humana, jugó igual papel en
las operaciones de la vida del Maestro. Sin embargo, la relación
entre el Corazón y el Amor de Cristo no tiene un carácter
puramente convencional, como es el caso entre la palabra y la
cosa, o entre la bandera y el país que ésta representa. Ese
Corazón ha estado y está inseparablemente vinculado con la vida
de Cristo, vida de bondad y amor. Basta, empero, que en nuestra
devoción simplemente conozcamos y sintamos esta relación tan
íntima. No tenemos porqué preocuparnos por la anatomía del
Sagrado Corazón, ni con determinar cuáles son sus funciones en
la vida diaria. Sabemos que el simbolismo del corazón se funda
en la realidad y que constituye el objeto de nuestra devoción al
Sagrado Corazón, la cual no está en peligro de caer en el error.
(d) El corazón es, antes que nada, el emblema del amor y es
precisamente esa característica la que define naturalmente a la
devoción al Sagrado Corazón. Es más, ya que la devoción se
dirige al amante Corazón de Jesús, ella debe abarcar todo
aquello que es abrazado por ese amor. Y, en ese contexto, ¿no
fue ese amor la causa de toda acción y sufrimiento de Cristo?.
¿No fue su vida interior, más que la exterior, dominada por ese
amor? Por otro lado, teniendo la devoción al Sagrado Corazón
como objeto al Corazón viviente de Jesús, eso mismo familiariza
al devoto con toda la vida interna del Maestro, con sus virtudes
y sentimientos y, finalmente, con Jesús mismo, infinitamente
amante y amable. Consecuentemente, de la devoción al Corazón
amante se procede, primero, al conocimiento íntimo de Jesús, de
sus sentimientos y virtudes, de toda su vida emocional y moral;
del Corazón amante se extiende a las manifestaciones de su amor.
Hay otra forma de extensión que, teniendo la misma
significación, se realiza, sin embargo, de diverso modo, pasando
del Corazón a la Persona. Transición que, por otra parte, es
algo que se realiza naturalmente. Cuando hablamos de un "gran
corazón" siempre hacemos alusión a una persona, del mismo modo
que cuando mencionamos el Sagrado Corazón nos referimos a Jesús.
Esto no sucede porque ambas cosas sean sinónimas sino porque la
palabra corazón se utiliza para indicar una persona, y esto es
posible porque expresamos que tal persona está relacionada con
su propia vida moral y emocional. Del mismo modo, cuando nos
referimos a Jesús como el Sagrado Corazón, lo que en realidad
queremos expresar es al Jesús que manifiesta su Corazón, el
Jesús amante y amable. Jesús entero queda recapitulado en su
Corazón Sagrado, al igual que todas las cosas son recapituladas
en Jesús.
(e) Tal entrega a Jesús, amante y amable, lleva al devoto a
darse cuenta que su divino amor ha sido y continúa siendo
rechazado. Dios continuamente se lamenta de ello en las Sagradas
Escrituras; los santos siempre han escuchado en sus corazones la
queja de ese amor no correspondido. Una de las fases esenciales
de la devoción es la percepción de que el amor de Jesús por
nosotros es ignorado y despreciado. El mismo Jesús reveló esa
verdad a Santa Margarita María Alacoque, ante la que se quejó de
ello amargamente.
(f) Este amor se manifiesta claramente en Jesús y en su vida, y
únicamente ese amor puede explicar a Jesús, así como sus
palabras y obras. Empero, su amor brilla más resplandeciente en
ciertos misterios a través de los que nos llegan grandes bienes,
y en los cuales Jesús se manifiesta más generoso en la entrega
de si mismo. Podemos pensar, por ejemplo, en la Encarnación, la
Pasión y la Eucaristía. Estos misterios, además, tienen un lugar
especial en la devoción que, buscando a Jesús y los signos de su
amor y su gracia, los encuentra aquí con una intensidad mayor
que en cualquier evento particular.
(g) Ya se dijo arriba que la devoción al Sagrado Corazón,
dirigida al Corazón de Jesús como emblema de su amor, pone
especial atención a su amor por la humanidad. Lógicamente, esto
no excluye su amor a Dios, pues está incluido en su amor por los
hombres. Se trata, entonces, de la devoción al "Corazón que
tanto ha amado a los hombres", según las palabras citadas por
Santa Margarita María.
(h) Por último, surge la pregunta de si el amor al que honramos
con esta devoción es el mismo con el que Jesús nos ama en cuanto
hombre o se trata de aquel con el que nos ama en cuanto Dios. O
sea, si se trata de un amor creado o de uno increado; de su amor
humano o de su amor divino. Sin lugar a dudas se trata del amor
de Dios hecho hombre, el amor del Verbo Encarnado. Ningún devoto
separa estos dos amores, como tampoco separa las dos naturalezas
de Cristo (Cfr. Catecismo de la Igesia Católica, No. 470, N.T.).
Y aunque quisiésemos debatir este punto y solucionarlo a toda
costa, sólo encontraremos que hay diferentes opiniones entre los
autores. Algunos, por considerar que el corazón de carne sólo
puede vincularse con el amor humano, concluyen que no puede
simbolizar el amor divino que, a su vez, no es propio de la
persona de Jesús y que, por tanto, el amor divino no puede ser
objeto de la devoción. Otros afirman que el amor divino no puede
ser objeto de la devoción si se le separa del Verbo Encarnado, o
sea que sólo es tal cuando se le considera como el amor del
Verbo Encarnado y no ven porqué no pueda ser simbolizado por el
corazón de carne ni porqué la devoción debiera circunscribirse
solamente al amor creado.
(2) Fundamentos de la devoción
Esta cuestión puede ser estudiada bajo tres aspectos: el
histórico, el teológico y el científico.
(a) Fundamentos históricos
Al aprobar la devoción al Sagrado Corazón, la Iglesia no
simplemente confió en las visiones de Santa Margarita María,
sino que, haciendo abstracción de ellas, examinó el culto en si
mismo. Las visiones de Santa Margarita María podían ser falsas,
pero ello no debía repercutir en la devoción, haciéndola menos
digna o firme. Sin embargo, el hecho es que la devoción se
propagó principalmente bajo la influencia del movimiento que se
inició en Paray-le-Monial. Antes de su beatificación, las
visiones de Santa Margarita María fueron críticamente examinadas
por la Iglesia, cuyo juicio, en tales casos, aunque no es
infalible, sí implica una certeza humana suficiente para
garantizar las palabras y acciones que se sigan de él.
(b) Fundamentos teológicos
El Corazón de Jesús merece adoración, como lo hace todo lo que
pertenece a su persona. Pero no la merecería si se le
considerase como algo aislado o desvinculado de ésta.
Definitivamente, al Corazón de Jesús no se le considera de ese
modo, y Pio VI, en su bula de 1794, "Auctorem fidei", defendió
con su autoridad este aspecto de la devoción contra las
calumnias jansenistas. Si bien el culto se rinde al Corazón de
Jesús, va más allá del corazón de carne, para dirigirse al amor
cuyo símbolo expresivo y vivo es el corazón. No se requiere
justificar la devoción acerca de esto. Es la Persona de Jesús a
quien se dirige, y esta Persona es inseparable de su divinidad.
Jesús, la manifestación viviente de la bondad de Dios y de su
amor paternal; Jesús, infinitamente amable y amante, visto desde
la principal manifestación de su amor, es el objeto de la
devoción al Sagrado Corazón, del mismo modo que lo es de toda la
religión cristiana. La dificultad reside en la unión del corazón
y el amor, y en la relación que la devoción supone que existe
entre ambos. Pero, ¿no es esto un error que ya ha sido superado
hace mucho?. Sólo queda por ver si la devoción, bajo este
aspecto, está bien fundamentada.
(c) Fundamentos filosóficos y científicos
En este aspecto ha habido cierta falta de certeza entre los
teólogos. No obviamente en lo tocante a la base del asunto, sino
en lo que respecta a las explicaciones. En ocasiones ellos han
hablado como si el corazón fuera el órgano del amor, aunque este
punto no tiene relación con la devoción, para la cual basta que
el corazón sea el símbolo del amor y sobre ello no cabe duda: sí
hay una vinculación real entre el corazón y las emociones. Nadie
niega el hecho de que el corazón es símbolo del amor y todos
experimentamos que el corazón se convierte en una especie de eco
de nuestros sentimientos. Un estudio de esta especie de
resonancia sería muy interesante, pero no le hace falta a la
devoción, ya que es un hecho atestiguado por la experiencia
diaria; un hecho del cual la medicina puede dar razones y
explicar las condiciones, pero que no es parte del presente
estudio, ni su objeto requiere ser conocido por nosotros.
(3) El acto propio de la devoción
El objeto mismo de la devoción exige un acto apropiado, si se
considera que la devoción al amor de Jesús por nosotros debe
ser, antes que nada, una devoción al amor a Jesús. Su
característica debe ser la reciprocidad del amor; su objeto es
amar a Jesús que nos ama tanto; pagar amor con amor. Más aún,
habida cuenta que el amor de Jesús se manifiesta al alma devota
como despreciado y airado, sobre todo en la Eucaristía, el amor
propio de la devoción deberá manifestarse como un amor de
reparación. De ahí la importancia de los actos de desagravio,
como la comunión de reparación, y la compasión por Jesús
sufriente. Mas ningún acto, ninguna práctica, puede agotar las
riquezas de la devoción al Sagrado Corazón. El amor que
constituye su núcleo lo abraza todo y, entre más se le entiende,
más firmemente se convence uno de que nada puede competir con él
para hacer que Jesús viva en nosotros y para llevar a quien lo
vive a amar a Dios, en unión con Jesús, con todo su corazón, su
alma y sus fuerzas.
IDEAS HISTÓRICAS SOBRE EL DESARROLLO DE LA DEVOCIÓN
(1) Desde el tiempo de San Juan y San Pablo siempre ha existido
en la Iglesia algo semejante a una devoción al amor de Dios,
quien tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito, y al
amor de Jesús, quien tanto nos ama que se entregó a si mismo por
nosotros. Claro que, hablando adecuadamente, eso no era
equivalente a la devoción al Sagrado Corazón, ni le rendía culto
al Corazón de Jesús como símbolo de su amor. Desde los primeros
siglos, también, siguiendo el ejemplo del evangelista, ha sido
costumbre meditar sobre el costado abierto de Cristo y el
misterio de la sangre y agua, y se ha visto a la Iglesia como
naciendo de esa herida, del mismo modo como Eva nació del
costado de Adán (Cfr. San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum
Lucam, 2, 85-89; Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 3;
Sacrosanctum Concilium, 5, N.T.) Sin embargo, no existe
constancia alguna de que durante los primeros diez siglos se
haya rendido culto al Corazón herido.
(2) No es sino hasta los siglos XI y XII que encontramos señales
inconfundibles de alguna devoción al Sagrado Corazón. Se trataba
de acercarse al Corazón Herido a través de la herida del
costado, y la herida del Corazón simbolizaba la herida del Amor.
Fue en el ambiente de fervor de los monasterios benedictinos o
cistercienses, gracias al pensamiento de Anselmo o Bernardo,
donde la devoción nació, aunque es imposible determinar con
certidumbre cuáles hayan sido sus primeros textos o quiénes sus
primeros devotos. Según Santa Gertrudis y Santa Matilde, y para
el autor de la "Vitis mystica", la devoción ya era muy conocida
en sus tiempos. No sabemos, sin embargo, exactamente a quién se
debe la "Vitis mystica". Hasta principios del siglo XX se le
había venido atribuyendo su autoría a San Bernardo, pero algunas
publicaciones de la hermosa y académicamente completa edición
Quaracchi la atribuyen, y no sin razones de peso, a San
Buenaventura ("S. Bonaventurae opera omnia", 1898,VIII, LIII).
Sea como sea, ese documento contiene uno de los más hermosos
pasajes que se hayan inspirado en la devoción al Sagrado Corazón
y que la Iglesia utiliza para las lecciones de la Liturgia de
las Horas en su fiesta. Para Santa Matilde (+1298) y Santa
Gertrudis (+1302), se trata de una devoción muy conocida que
había sido base de muchas bellas oraciones y prácticas
devocionales. Y merece especial atención la visión de Santa
Gertrudis en la fiesta de San Juan Evangelista, ya que
constituye un hito en la historia de la devoción. Habiéndosele
permitido recostar su cabeza cerca del costado herido del
Salvador, pudo escuchar los latidos del Divino Corazón. Le
preguntó a Juan si en la noche de la Última Cena él también
había podido escuchar tan deliciosas pulsaciones y, si así había
sido, porqué no había hablado de ello. Juan le respondió que esa
revelación había sido reservada para tiempos posteriores, cuando
el mundo, habiéndose enfriado, necesitara que su amor se le
recalentara ("Legatus divinae pietatis", IV, 305; "Revelationes
Gertrudianae", ed. Poitiers y Paris, 1877).
(3) A partir del siglo XIII y hasta el XVI, la devoción se
propagó, pero sin desarrollarse internamente. Era practicada en
todas partes por almas escogidas, de lo que dan abundante
testimonio las vidas de los santos y los anales de las
diferentes congregaciones religiosas como franciscanos,
dominicos, jesuitas, cartujos, etc. Empero, siempre fue una
devoción individual de carácter místico. No había comenzado aún
ningún movimiento generalizado, a menos que uno concibiera como
tal la devoción a las Cinco Llagas entre las que la herida del
Corazón figuraba prominentemente y a cuya propagación los
franciscanos habían dedicado gran esfuerzo.
(4) Parece ser que fue en el siglo XVI que la devoción avanzó y
pasó del dominio místico al de la ascesis cristiana. Se
convirtió en una devoción objetiva, con oraciones previamente
formuladas y ejercicios especiales cuya práctica era muy
recomendada a la par que su valor era apreciado. Esto lo sabemos
gracias a los escritos de esos dos maestros de la vida
espiritual, el piadoso Lanspergius (+1539), de los Cartujos de
Colonia, y el devoto Lois de Blois (Blosius, 1566), un monje
benedictino y abad de Liessies, en Hainaut. A ellos se pueden
añadir San Juan de Ávila (+ 1569) y San Francisco de Sales, éste
último del siglo XVII.
(5) Desde entonces todo pareció ayudar al temprano nacimiento de
la devoción. Los autores ascéticos hablan de ella, especialmente
los de la Compañía de Jesús, Alvarez de Paz, Luis de la Puente,
Saint-Jure y Nouet. Y no faltan tratados especializados, como la
pequeña obra del Padre Druzbicki, "Meta Cordium, Cor Jesu".
Entre los místicos y almas piadosas que practicaron la devoción
podemos contar a San Francisco de Borja, San Pedro Canisio, San
Luis Gonzaga y San Alfonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús.
Igualmente, a la Beata Marina de Escobar (+1633) en España; a
las Venerables Magdalena de San José y Margarita del Santísimo
Sacramento, ambas carmelitas, en Francia; Jeanne de San Mateo
Deleloe (+1660), una benedictina, en Bélgica; la incomparable
Armelle de Vannes (+1671). E incluso en ambientes jansenistas o
mundanos, Marie de Valernod (+1654) y Angélique Arnauld; M.
Boudon, archidiácono de Evreux, el Padre Huby, el apóstol de los
retiros, en Bretaña y, sobre todos ellos, la Beata Marie de la
Encarnación, quien falleció en Quebec en 1672. La Visitación
parecía estar esperando a Santa Margarita María. Su
espiritualidad, algunas intuiciones de San Francisco de Sales,
las meditaciones de Mère l'Huillier (+1692), todo ello preparó
el camino. La imagen del Corazón de Jesús estaba evidente en
todas partes gracias, en gran manera, a la devoción franciscana
a las Cinco Llagas y a la costumbre jesuita de colocar la imagen
en la página de títulos de sus libros y en los muros de sus
templos.
(6) A pesar de eso la devoción seguía siendo algo individual o,
a lo mucho, privado. El hacerla pública, honrarla en el Oficio
Divino y establecerle una fiesta estaba reservado a San Juan
Eudes (1602-1680). El Padre Eudes fue, más que nada, el apóstol
del Corazón de María, pero en su devoción por el Corazón
Inmaculado había siempre una parte para el Corazón de Jesús.
Poco a poco se fue separando la devoción por el Sagrado Corazón
y el 31 de agosto de 1670 se celebró con gran solemnidad la
primera fiesta del Sagrado Corazón en el Gran Seminario de
Rennes. El 20 de octubre le siguió Coutances y desde entonces
quedó unida a esa fecha la fiesta de los eudistas. De ahí pronto
cundió la fiesta a otras diócesis e igualmente la devoción fue
adoptada por varias comunidades religiosas. Y así llegó a estar
en contacto con la devoción que ya existía en Paray, en donde
las dos se fundieron naturalmente.
(7) Cristo escogió a Margarita María Alacoque (1647-1690), una
humilde monja visitandina del monasterio de Paray-le-Monial,
para revelarle los deseos de su Corazón y para confiarle la
tarea de impartir nueva vida a la devoción. Nada indica que esta
piadosa religiosa haya conocido la devoción antes de las
revelaciones, o que, al menos, haya prestado alguna atención a
ella. Estas revelaciones fueron muy numerosas y son notables las
siguientes apariciones: la que ocurrió en la fiesta de San Juan,
en la que Jesús permitió a Margarita María, como antes lo había
hecho con Santa Gertrudis, recargar su cabeza sobre su Corazón,
y luego le descubrió las maravillas de su Amor, diciéndole que
deseaba que fueran conocidas por toda la humanidad y que los
tesoros de su bondad fueran difundidos. Añadió que Él la había
escogido a ella para esta obra (27 de diciembre, probablemente
del 1673). En otra, probablemente distinta de la anterior, Él
pidió ser honrado bajo la figura de su corazón de carne. En otra
ocasión, apareció radiante de amor y pidió que se practicara una
devoción de amor expiatorio: la comunión frecuente, la comunión
cada primer viernes de mes, y la observancia de la Hora Santa
(probablemente en junio o julio de 1674). En otra, conocida como
la "gran aparición", que tuvo lugar en la octava de Corpus
Christi, 1675, probablemente el 16 de junio, fue cuando Jesús
dijo: "Mira el Corazón que tanto ha amado a los hombres... en
vez de gratitud, de gran parte de ellos yo no recibo sino
ingratitud". Y le pidió que se celebrase una fiesta de
desagravio el viernes después de la octava de Corpus Christi,
advirtiéndole que debía consultar con el Padre de la Colombière,
por entonces superior de la pequeña casa jesuita en Paray.
Finalmente, aquellas en las que el Rey solicitó solemne homenaje
y determinó que fuera la Visitación y los jesuitas quienes se
encargasen de propagar la nueva devoción. Pocos días después de
la "gran aparición", en junio de 1675, Margarita María informó
de todo al Padre de la Colombière y este último, reconociendo la
acción del Espíritu de Dios, se consagró él mismo al Sagrado
Corazón, dio instrucciones a la visitandina para que pusiera por
escrito los detalles de la aparición y utilizó cuanta
oportunidad tuvo para discretamente circular ese relato en
Francia e Inglaterra. A su muerte, el 15 de febrero de 1682, se
encontró en su diario de retiros espirituales una copia
manuscrita suya del relato que él había solicitado de Margarita
María, con unas breves reflexiones acerca de la utilidad de la
devoción. Ese diario, junto con el relato y un precioso
"ofrecimiento" al Sagrado Corazón en el que se explica
claramente la devoción, fue publicado en Lyón en 1684. El
librito fue muy leído, aún en Paray, aunque no dejó de causar
una "horrible confusión" a Margarita María, quien, a pesar de
todo, decidió aprovecharlo para extender su preciada devoción.
Se unieron al movimiento Moulins, con la Madre de Soudeilles,
Dijon, con la Madre de Saumaise y la hermana Joly, Semur, con la
Madre Greyfié y hasta Paray, que al principio se había
resistido. Fuera de las Visitandinas, sacerdotes, religiosos y
laicos abrazaron la causa. En especial un capuchino, los dos
hermanos de Margarita María y algunos jesuitas, entre los que
estaban los padres Croiset y Gallifet, quienes estaban
destinados a desempeñar un papel importante en pro de la
devoción.
(8) La muerte de Margarita María, el 17 de octubre de 1690, no
asfixió el entusiasmo de quienes estaban interesados en la
devoción. Todo lo contrario. La pequeña narración que hizo el
Padre Croiset en 1691 de la vida de la santa, como un apéndice
de su libro "De la devotion au Sacre Coeur", sólo sirvió para
aumentarlo. A pesar de todo tipo de obstáculos y de la lentitud
de la Santa Sede, que en 1693 concedió indulgencias a las
cofradías del Sagrado Corazón y que en 1697 otorgó a la
Visitandinas licencia para celebrar la fiesta junto con la de
las Cinco Llagas, pero que se negó a otorgar una fiesta común
para toda la Iglesia, con misa especial y oficio, la devoción se
extendió, en particular entre las comunidades religiosas. Quizás
la primera ocasión para realizar una consagración solemne al
Sagrado Corazón y un acto público de culto fuera de las
comunidades religiosas la proporcionó la plaga de Marsella, en
1720. Otras ciudades del sur siguieron el ejemplo de Marsella y
a partir de ahí la devoción se popularizó. En 1726 se consideró
oportuno acudir de nuevo a Roma para solicitar una fiesta
propia, pero en 1729, de nuevo, Roma se negó. Mas por fin, en
1765, finalmente cedió y ese mismo año, a petición de la Reina,
la fiesta fue aceptada semioficialmente por el episcopado
francés. De todos los rincones del planeta llovieron las
solicitudes a Roma, y a todas se dio respuesta afirmativa.
Finalmente, gracias a las presiones de los obispos de Francia,
el Papa Pio IX extendió la fiesta a la Iglesia Universal bajo la
modalidad de rito doble mayor. En 1889 la Iglesia la elevó a
rito doble de primera clase. En todos lados se realizaban actos
de consagración y reparación junto con la devoción. En
ocasiones, en especial después de 1850, grupos, congregaciones y
hasta naciones enteras se han consagrado al Sagrado Corazón. En
1875 todo el mundo católico se consagró de esa manera. Aún así,
el Papa aún no había decidido tomar la iniciativa o intervenir
directamente. Eventualmente, el 11 de junio de 1899, por orden
de León XIII, y con una fórmula prescrita por él, toda la
humanidad fue solemnemente consagrada al Sagrado Corazón. La
idea de llevar a cabo esa acción, que León XIII calificó como
"el gran acontecimiento" de su pontificado, le había sido
sugerida por una religiosa del Buen Pastor, de Oporto
(Portugal), quien afirmó que ella lo había recibido directamente
de Cristo. Ella, quien era miembro de la familia Drost-zu-Vischering,
y cuyo nombre de religión era María del Divino Corazón, murió en
la fiesta del Sagrado Corazón, dos días antes de la
consagración, que había sido pospuesta hasta el siguiente
domingo.
(Nota del traductor: S.S. León XIII promulgó, el 25 de mayo de
1899, la encíclica "Annum Sacrum", en la que recomienda la
práctica de la devoción al Sagrado Corazón, y algunos de sus
sucesores hicieron lo propio, en especial Pío XI, en su
encíclica "Miserentissimus Redemptor", del 8 mayo de 1928, y Pio
XII, en sus encíclicas "Summi Pontificatus", del 20 de octubre
de 1939, "Mystici Corporis", del 29 de junio de 1943 y "Haurietis
Aquas", del 15 de mayo de 1956. Esta última contiene una
exposición integral del culto y la devoción al Sagrado Corazón y
debe convertirse en lectura indispensable para quien desee
conocer a fondo la posición pontificia al respecto. El Concilio
Vaticano II, 1962-1965, hace referencia al Corazón de Cristo en
varios documentos. Finalmente, el Papa Juan Pablo II incluyó el
tema como parte del Catecismo de la Iglesia Católica, en 1992).
Al hacer mención de esas grandes manifestaciones públicas no
debemos olvidar hacer también alusión a la vida íntima de la
devoción en las almas, a las prácticas que la acompañan, a las
obras y asociaciones de las que es el alma. Tampoco debemos
pasar por alto el carácter social que ha asumido en años
recientes. Los católicos franceses, en forma especial, se
aferran a esa devoción como a una de sus mayores esperanzas de
ennoblecimiento y salvación.
Transcrito por Christine J. Murria
Dedicado a Mary Christie y John A. Hardon, S.J.
Traducido por Javier Algara Cossío.